Luis Novaresio en Uruguay: cuándo es su charla en Montevideo y su mirada sin filtro sobre el periodismo

Antes de su presentación en Montevideo, Luis Novaresio repasa su trayectoria desde Rosario a Buenos Aires, el desafío de escribir ficción y su visión sobre la realidad argentina.

Tu deseo, tu decisión
Luis Novaresio.
Radisson Victoria Plaza

El argentino Luis Novaresio llega a Uruguay con una charla que no nació en un auditorio, sino casi de rebote: una invitación para hablar de su primera novela terminó convirtiéndose en un espacio de reflexión sobre el deseo, las decisiones y ese incómodo momento en el que hay que dejar de imaginar y empezar a actuar.

En esta entrevista, el periodista y escritor que llega hoy a las 21.00 al Radisson repasa cómo surgió Tu deseo, tu decisión, reflexiona sobre los riesgos de elegir, cuestiona la idea de “pedirle al universo” y se mete de lleno en temas más ásperos: la fragilidad personal, la polarización política y un periodismo que, a veces, parece más preocupado por llamar la atención que por contar historias. Con la curiosidad como brújula -dice-, se mueve entre certezas incómodas y preguntas abiertas.

—Venís a Montevideo con la charla Tu deseo, tu decisión. ¿Cómo surge esta propuesta?
—El año pasado me invitaron a dar una charla en Paraguay, a partir de que yo había publicado mi primera novela. En realidad, la invitación tenía esa excusa: hablar sobre el libro. Pero a mí me interesó aprovecharla para reflexionar sobre algo más amplio, que tiene que ver con la experiencia de llevar adelante un deseo y, sobre todo, con la decisión de hacerlo. Muchas veces uno tiene deseos, proyectos o intuiciones, pero no necesariamente se anima a convertirlos en decisiones concretas. De esa primera charla salió algo que me gustó mucho hacer: me sentí cómodo, me resultó estimulante, y entonces empecé a repetirla en distintos lugares.

—¿Suelen surgir así tus proyectos, de manera un poco inesperada?
—Sí, fue bastante imprevisto. Yo nunca imaginé ser conferencista ni dedicarme a dar charlas. Surgió casi como una consecuencia lateral de haber escrito la novela. Pero lo cierto es que me gustó mucho la experiencia. Me sentí muy cómodo en ese formato, en esa posibilidad de hablar más distendidamente sobre cuestiones que a veces no entran en el marco del periodismo cotidiano. Y a partir de ahí seguí haciéndolo.

—¿En qué momento de tu vida entendiste que el deseo por sí solo no alcanza si no se transforma en decisión?
—El deseo es algo muy movilizante. Tiene una potencia enorme, te empuja a imaginar, a proyectar, a entusiasmarte. Pero el deseo, por sí mismo, no hace que las cosas ocurran. Yo no soy de los que creen en esa idea de que uno le pide algo al universo y el universo se lo devuelve. Ojalá fuera así, pero la verdad es que yo le he pedido tantas cosas al universo y el universo no siempre me las concedió. El deseo necesita convertirse en acción, en decisión concreta. Es como cuando se habla de mandar una nave a Marte: hay un deseo, una aspiración enorme, pero después viene todo el trabajo técnico, científico y humano para hacerlo posible.

Luis Novaresio presentó su novela "Todo por amor, pero no todo" en Enjoy Punta del Este.
Luis Novaresio. Foto: Archivo.
Foto: Ricardo Figueredo

—O sea que con pedírselo al universo no alcanza.
—No, definitivamente no alcanza. El deseo puede ser el motor, el punto de partida, pero después hay que tomar decisiones, asumir riesgos, aceptar que elegir algo implica dejar otras cosas de lado. Y eso es lo difícil.

—¿Hay algún deseo que todavía no te animes a convertir en decisión?
—Más que deseos que no me anime a concretar, diría que tengo ganas de profundizar más en algunas áreas de mi trabajo. Por ejemplo, me gustaría explorar más ciertas formas del periodismo, hacer entrevistas más largas, más profundas. No es tanto que no me anime, sino que a veces la coyuntura, el ritmo del trabajo o las circunstancias hacen que uno vaya postergando ciertas cosas.

—Estamos viviendo una época bastante particular. ¿Sentís que hoy tenemos más libertad o más miedo?
—Es una muy buena pregunta. Creo que vivimos un momento muy complejo, con muchas discusiones abiertas. Hay debates culturales, políticos y sociales que están muy intensos. Pienso, por ejemplo, en discusiones que parecían ya saldadas y que de pronto vuelven a aparecer. Eso genera cierta preocupación, porque uno siente que algunas cuestiones que parecían claras vuelven a ponerse en cuestión.

—Como si estuviéramos discutiendo cosas que ya creíamos resueltas.
—Exacto. Y eso puede interpretarse como una especie de retroceso, o al menos como una señal de que los consensos sociales nunca son definitivos.

—Si hablamos de decisiones colectivas, ¿qué decisión creés que Argentina todavía no se anima a tomar?
—Creo que tenemos un problema histórico con la idea de que todo empieza con nosotros. Es una especie de actitud adánica: cada generación cree que inaugura la historia. Y eso dificulta mucho la construcción de acuerdos duraderos. Además, la lógica del “nosotros contra ellos” lleva muchos años instalada en la política argentina, y la verdad es que hasta ahora solo ha traído malas consecuencias.

—Esa polarización parece cada vez más fuerte.
—Sí, y es un fenómeno que se retroalimenta. Cada sector se convence de que tiene la razón absoluta y que el otro es el enemigo. Eso hace muy difícil cualquier diálogo.

—¿Y el periodismo? ¿Sentís que hoy informa o que compite por llamar la atención?
—Las generalizaciones siempre son injustas, pero creo que hay una parte del periodismo que se ha sometido bastante a las reglas del espectáculo. A veces no sé si es el huevo o la gallina: si se hace así porque el público lo consume, o si el público lo consume porque se produce de esa manera. También hay un momento bastante narcisista en el periodismo. A veces los periodistas estamos más interesados en nosotros mismos que en la historia que estamos contando. Y en realidad nuestro rol debería ser el de vehículo: el de transmitir una historia, no el de convertirnos en protagonistas.

Luis Novaresio vuelve este lunes a la pantalla de A24 después de tres años en La Nación+.
Luis Novaresio. Foto: Archivo.
Foto: Ricardo Figueredo

—Si tuvieras que dar un consejo incómodo pero honesto, ¿cuál sería?
—Yo en general no doy consejos. Soy bastante sartreano en eso. Sartre decía que quien busca un consejo en realidad ya tiene tomada la decisión y lo que busca es a alguien que se la justifique. Dar consejos implica una cuota de soberbia bastante grande. Lo que sí creo es que hay que apostar más a los argumentos que a los adjetivos. En nuestro trabajo es fundamental intentar sostener las cosas con sustantivos, con hechos, con razones.

—Muchas veces se cae en la tentación de adjetivar demasiado.
—Exacto. Y cuando uno llena el discurso de adjetivos, en realidad está reemplazando el argumento por la opinión. En el periodismo hay que intentar contar una historia de la manera más rigurosa posible. Por supuesto que existe el derecho a opinar, pero primero está el deber de narrar los hechos con seriedad.

—Si tuvieras que resumir tu presente en una sola palabra, ¿cuál sería?
—Curiosidad.

—No es poca cosa para un periodista.
—No, es fundamental. En nuestro oficio la curiosidad es casi una condición básica. Cuando un periodista pierde la curiosidad, pierde lo esencial de su trabajo. Porque en realidad uno escribe sobre cosas que no sabe del todo y que necesita investigar. El periodismo consiste en hacerse preguntas, en querer entender más.

—En tu carrera hubo momentos de debates fuertes, como aquel cruce con Mariano Grondona sobre el caso de Ernestina Herrera de Noble y los análisis de ADN.
—Sí. En ese momento yo dije lo que pensaba. Era la época en la que se discutía mucho sobre los exámenes de ADN y el derecho a la identidad. Yo sostenía que había dos derechos en tensión: por un lado el derecho de una persona a negarse a una prueba, y por otro el derecho de una abuela a saber si ese chico era su nieto, y el derecho de ese chico a conocer su identidad. Yo estaba a favor de que se hicieran esos estudios. Lo dije con respeto, aun sabiendo que Grondona tenía una posición distinta.

Pero también creo que ese episodio se magnificó un poco. Yo pude decir lo que pensaba con bastante libertad. Y hoy, cuando escucho algunos discursos sobre la libertad, me pregunto si realmente hay tanta gente dispuesta a tolerar la contradicción con buen humor.

—En los medios argentinos parece haber una polarización muy fuerte.
—Sí, y además pasa algo curioso: muchas veces hablamos solo con quienes piensan igual que nosotros. Entonces se genera una especie de burbuja en la que todos nos confirmamos mutuamente nuestras propias ideas. Y eso reduce mucho la posibilidad de diálogo.

—Pero no es algo exclusivo de Argentina.
—No, pasa en muchos lugares del mundo. En Estados Unidos también se ve con mucha claridad. Es como si cada grupo hablara solo para su propio público.

—Y termina siendo un discurso que solo escuchan quienes ya están de acuerdo.
—Exactamente. Si uno dice algo y lo escucha únicamente la gente que ya piensa igual, entonces el debate se vuelve bastante pobre.

—Mirando la región, ¿cómo creés que puede salir América del Sur de este momento tan incierto?
—Creo que estamos en un momento bisagra. Hay discusiones muy profundas sobre la democracia liberal tal como la conocíamos. En muchos lugares del mundo se están poniendo en cuestión sus bases, sus instituciones, sus consensos. Eso genera mucha incertidumbre.

—¿Y cómo se puede salir de ese escenario?
—La historia demuestra que las sociedades atraviesan ciclos. Hay momentos de avance, momentos de retroceso, momentos de redefinición. Es difícil saber exactamente hacia dónde vamos. Antes las discusiones parecían más claras, había ejes más definidos. Hoy todo está bastante más abierto. Y probablemente ni siquiera quienes están protagonizando estos cambios sepan con certeza cuál va a ser el resultado final.

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