Perfil

La historia sin fin de Jorge Nasser

En los últimos meses recibió más reconocimientos que en 30 años de profesión. A punto de estrenar una película sobre su vida, el artista con más renacimientos en la música nacional libera sus claroscuros.

El eterno femenino de una imaginativa pintora
Jorge Nasser

Jorge Nasser supone que es más difícil ser roquero hoy en día, mucho más que cuando le tocó a él, “porque ahora es estúpidamente fácil”, suelta, “ahora el rock está en Disney”. A los que ponen en su muro de Facebook que estudiaron en la “Universidad de la calle”, les dice que llegó hasta tercero y abandonó: ser un callejero, ser un marginal, te pone tarde o temprano contra las cuerdas. Te obliga a elegir entre ser un cadáver eternamente hermoso o vivir, que eso sí es para valientes.

De esos poetas malditos que le mostraron la puerta de entrada a la bohemia sobrevivieron pocos. “Yo pienso en ellos, porque por esos años a mí no me hubiera importado morirme”, asegura. Jorge Nasser, hijo único, el menor de los hombres de una familia que parecía destinada a interrumpir la descendencia, cree que su naturaleza tiene unos cimientos volcánicos. Es decir, que como cantó Steppenwolf, él había nacido para ser un salvaje, sin importar los esfuerzos que hicieran sus padres para contenerlo. Pero, a mediados de sus 50, comenzó a sentirse domesticado. Buena parte de eso roto que tenía adentro quedó en el quirófano cinco años atrás, cuando una lesión muscular casi lo deja paralítico. Estuvo demasiado cerca de no festejar sus tres décadas haciendo música, porque las múltiples hernias de disco le impedían levantar una guitarra.

Recuperado, entre 2015 y 2016 llenó el Solís y el Auditorio del Sodre con el show Nasser 3.0, la celebración de un aniversario que a comienzos de 1980 hubiera creído imposible. Acerca de estas fechas editó un disco y un DVD. También fue nombrado Ciudadano Ilustre por la Intendencia de Montevideo, la misma ciudad a la que dijo amar (relativamente), pero en la que hasta los vendedores de garrapiñada lo insultaban por usar patillas y pelo largo, aros en las orejas y pantalones de cuero. Nasser no se imaginaba que tres meses después los críticos musicales iban a darle el Premio Graffiti a la Trayectoria. Ni que una película sobre su vida se iba a estrenar en octubre en un festival de cine. Se llama El camino de siempre, como el verso más famoso de Candombe de la Aduana. Un verso que resulta consecuente con la forma que tomó su destino.

Aunque pasó su carrera haciendo de sus canciones una excusa para la farra entre colegas, versionándolos, escribiéndoles letras, invitándolos a grabar y a sus conciertos, a punto de cumplir 60 Jorge Nasser se encuentra cerrando un círculo cargado de simbolismo. Otra vez, como al principio, está solo, en un formato cuya columna vertebral lo aterrorizó. Acompañado de su guitarra como único sostén, recorre el país protagonizando la gira más serena de su carrera. La primera noche, a punto de salir al escenario, rumiando, se preguntó por qué debería salir a cantar. Un cortocircuito que lo retrocede a los ‘90, en un concierto con Níquel en Paraguay, cuando despertó en un hotel con una idea fija en la cabeza: ¿Por qué tenía que acordarse de todas las letras de memoria? “Por fuera siento esa molestia, pero por dentro, extrañamente, hay una sensación de absoluta liviandad. Es como si hubiera abandonado el circo y no hubiera elefantes, ni monos, ni una mujer barbuda. No está el domador. No hay nada. Estoy solo yo”.
          
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Es ahora que Nasser puede negociar con su pasado. Todo empezó con la canción Maestra, del disco Efectos personales (2001). “Desde ese momento empecé a conectar con mis recuerdos”, dice. Fue una maestra quien le enseñó a cantar Milonga para una niña de Alfredo Zitarrosa, tema que él interpretaba para la familia. Fue una maestra la que comenzó a destacarlo en los eventos escolares y le hizo dar un paso al frente del coro para que se luciera. Así, cantar se transformó en algo que podía hacer y a cambio recibía aplausos y propinas. Era una gracia. Como lo era dibujar retratos y caricaturas. “De mi infancia tengo la sensación de haber vivido varios días iguales. Estables. Como calcados.”

Casi toda su rutina transcurría en la Aduana, un barrio al que describe como “el epílogo” de su historia. Jorge Nasser pasó su infancia corriendo entre las vías del tren en la Estación Carnelli. “Por eso digo que ese ambiente ferroviario que tienen los blues lo conozco. Viajábamos escondidos de polizones en los vagones con cargamentos de sandías. Íbamos hasta Paso Molino y nos volvíamos”. Concluye: “Fue una infancia perfecta en el sentido artístico.”

Es ahora que puede usar en sus composiciones el romanticismo que le devuelve la memoria. Aunque su principal homenaje a la pertenencia del barrio fue Candombe de la Aduana y había sido un hit en los ‘90. Escribió la letra cuando regresó al país luego de un período en Argentina. En el ambiente under porteño era conocido como periodista y poeta: Alejandro del Prado lo convirtió en uno de los personajes de su canción Los locos de Buenos Aires.

De los impulsos rebeldes que no pudieron frenar sus padres, el más peligroso fue la militancia en el partido comunista en plena dictadura. Jorge Nasser dice que cruzó el río para salvarse la vida. Pero, allá, perdió el control. Varias veces y por distintas razones terminó en la cárcel que quería evitar. Sus contactos eran unos amigos que trabajaban estacionando autos. Vivían en una especie de comunidad hippie; era el under del under, “el borde de la sociedad”, remata. El primer trabajo que consiguió, dos días después de llegar, fue como lechero de La Serenísima. Le decían “el uruguayo” y era el encargado de arrimarle un par de postres a los militares que les cobraban “peaje” en el recorrido nocturno. “Ahí, como dijo Lou Reed, i’m beginning to see the light”, dice.

Luego, sirvió café en la agencia de publicidad McCann Erickson, donde también dibujaba bocetos para los creativos. “A mí lo que me gustaba de ese mundo era la adrenalina de lo inmediato, porque todo era para ayer. Sin ser eso, odio la publicidad, me parece la prostitución más grande del artista”. La primera vez que cantó fue en una sesión de terapia de grupo. Se arrimó para hablar de su inconformismo laboral.

Como un camaleón, el mismo Nasser que admiraba al personaje de Mickey Rourke en la película La ley de la calle, a ese entorno de pandillas y códigos criminales, podía cumplir con un horario fijo en una oficina. “Se me eriza la piel cuando te lo digo porque había entendido cómo ocultarme en ese mundo careta. Y lo hacía bien. Te podía engañar. Era tal cual dijo Gustavo Cerati en letra de La ciudad de la furia”.

Sin embargo, el camuflaje se deshizo.

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A esta entrevista Jorge Nasser llegó obligado, por una condición de músico inserto en la industria del entretenimiento nacional de la que ya no puede salir. “Ser músico me costó mucho. Me distraigo y eso me perjudica. Pero es lo único que me hizo sentar cabeza, por eso le estoy agradecido a esta profesión.” ¿Qué hubiera hecho de no estar aquí, en esta charla? “Nada. Durante años no hice nada en el sentido formal de la palabra.” En Buenos Aires vivió de la caza y de la pesca: jugando al fútbol en la C, publicando entrevistas, dibujando tapas de discos (el más importante fue para Mercedes Sosa) y vendiendo retratos en pequeños medios del ambiente bohemio intelectual.

“Ahora puedo ver que desde mi niñez hago lo mismo, me junto con los tipos talentosos que se sientan en el fondo, con los díscolos, con los que están por fuera. Con esos yo me entiendo”. Los Redondos. Daniel Melingo. Charly García, “con quien teníamos una relación tirante, porque le hacía preguntas que no le gustaban”. En los tiempos en que escribía poemas sobre las hojas membretadas de la revista cultural El Expreso Imaginario, Nasser entrevistó a músicos como Caetano Veloso, Egberto Gismonti, Eduardo Mateo, Ruben Rada o Jaime Roos. Publicó algunas de sus primeras notas en Argentina. Produjo el único toque de Mateo fuera del Uruguay.

Por esa época, Alejandro del Prado convirtió uno de sus poemas en una canción y le suplicó que por favor, por el bien de todos, por él mismo, hiciera algo positivo con su vida. “Uno también es hijo de su tiempo y el under suponía estar a salvo de lo malo, que era esa represión constante, de ver desaparecer a gente como moscas, pero también te alejaba de lo bueno. A mí me metió en las drogas. Había mucho mutante y estuve a punto de ser uno de ellos. Pero empezó a funcionarme el instinto de supervivencia, que lo tengo muy desarrollado”.

Al rescate llegó Jaime Roos, productor de su primer disco solista, Era el mismo (1981): otro título que hoy cobra un significado premonitorio. “Si no fuera por él nunca hubiera entrado en la música. Yo llegué preguntándole a todos y así soy hasta el día de hoy.” Jorge Nasser cree que tiene el aspecto de un tipo avasallante, pero que los pasos los dio pidiéndole permiso a los que sabían. “No sé proponer, no sé cómo hacerlo”. ¿Níquel sinfónico? Fue una propuesta que llegó de afuera. ¿Cantar milongas? Una construcción en paralelo a su carrera en una banda que no se proponía abandonar. “Lo que pasó es que cuando salió el tema Luchadores en el lodo tuvo más difusión radial que todo lo que había hecho con Níquel. Fue un éxito fulminante y me empezaron a pedir shows con ese tono”. ¿Convencer a los hermanos Méndez de acompañarlo en guitarras? “Eso tiene que ver con mi respeto a los códigos. Yo pienso como un criminal: si voy a robar un banco tengo que conseguir al mejor tipo que haga boquetes, no voy a darle un culetazo a una vieja. Me presenté ante ellos como un escritor de canciones que quería hacer milongas nuevas y aceptaron. ¿Salir a cantar blues? “Eso es porque ahora estoy en el colmo de la libertad, es una de las consecuencias que le agradezco a la enfermedad.” ¿Tocar solo por primera vez en 30 años? Se lo propuso una empresa (República AFAP).“Yo nunca hice una canción para hacer plata, he hecho plata con canciones, que es muy distinto”, aclara. ¿Hacer un documental recorriendo la cuna del rock en Estados Unidos? La promesa de su amigo Julio Sonino en el borde de una cama de hospital.

En un medio artístico reticente al cambio, Jorge Nasser llegó hasta el fin.

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Como un tendedor de puentes entre músicos, así se ve. Como un exroquero salvaje. Como un portador de banderas: “Soy como esos tipos de Las Llamadas que sostienen banderas pesadísimas y largas, que le rozan la cabeza al público y andan a los tumbos. ‘El rock en español’, ‘el primer video clip’, ‘dar a conocer la música uruguaya en el exterior’, ‘retomar lo criollo’...Yo me sentía comprometido con todo eso. Al final de cuentas, creo que seguí cumpliendo con una tarea de militante”.

Ese pasado anarco no le sirvió de nada cuando corrió el riesgo de quedar postrado. Para encontrar la calma tuvo que buscar más atrás. “Fue una lección de humildad. Por primera vez respeté al tipo que cumple las ocho horas, eso que para mí siempre había sido despreciable. Yo me creía que era Superman, que era irrompible. Me di cuenta de que siempre me había fijado en cómo lucía, en cómo me veía. Que era superficial. Que me había gustado demasiado sacarme fotos y había concentrado la atención de todos en mis tatuajes, mis músculos y los chalecos. Ahora, me gustaría no ser nadie, no tener identidad ni personalidad, volver a ser lo que era al comienzo.”

Dice que sin la música no hubiera tenido paz. “De las formas, fue la mejor que pude darme a mí mismo”, opina. Es el enigma que le permitió descansar el pensamiento constante, que puede ser un enemigo con saña. Para Jorge Nasser el triunfo no es coleccionar discos de oro, es poner en orden a sus personajes internos, sobre todo a los que despertaban como gárgolas. Entender, finalmente, que todos eran el mismo y hacer que sus voces dialoguen entre sí, obedientes, convirtiéndose en una sola, como la de esos coros que tantas veces vimos cantar y aplaudir a sus espaldas.

SABER MÁS

Amo este lugar: Un hit mal entendido

"Me inspiró Bruce Springsteen con Born in the USA. Ningún periodista me preguntó por la contradicción entre el estribillo y lo que decían los versos. Lo escribí para provocar, porque decir que el país era gris y agonizaba era tan común que se convirtió en establishment. La versión original decía "amo y odio este lugar", pero saqué el "odio" porque hubiera sido congeniar con los críticos. Además, amar y odiar en el fondo son lo mismo: es una línea que se cruza."

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