Entre entrevistas, reuniones y compromisos promocionales, Gastón "Tonga" Reyno hace una pausa en una cafetería del Centro de Montevideo para hablar de la pelea que soñó durante años: su debut en el Antel Arena. Invicto en BKFC (la principal organización de boxeo a puño limpio del mundo) y comentarista de ESPN, el referente de los deportes de combate en el país reflexiona sobre la presión de pelear ante su público, el crecimiento de esta disciplina que gana adeptos a nivel global y el cambio de prioridades que le trajo la paternidad. El próximo 25 de julio encabezará la llegada del boxeo sin guantes profesional a Uruguay en una velada que promete ser de nivel internacional. "Hay más acción: más caídas, más cortes y más sangre", define sobre este deporte.
-Vas a pelear por primera vez en el Antel Arena. ¿Qué implica para vos preparar un combate de este tipo en Montevideo?
-Es un sueño. Hace tiempo que quería pelear frente a mi gente, en Montevideo y en un escenario como el Antel Arena. Además, me encuentra en una etapa más madura de mi carrera. Antes la presión me afectaba más; hoy estoy acostumbrado. Igual, pelear de local tiene una dificultad extra porque uno quiere que todo salga bien.
-¿Qué implica pelear sin guantes, con los puños expuestos, bajo la modalidad BKFC?
-Es el deporte de combate que más está creciendo en el mundo. Tiene mucha más acción. Vivimos en la era de la inmediatez: en el boxeo tradicional los peleadores se estudian mucho y eso, para algunos espectadores, puede resultar aburrido. En el boxeo a puño limpio eso no pasa. Son rounds de dos minutos y hay acción constante. Hay más caídas, más cortes y más sangre.
-Es más salvaje.
-No. De hecho, creo que exige ser más preciso. Si lanzo mal un golpe sin guantes puedo romperme la mano, así que tengo que ser mucho más inteligente. Cuando competía en MMA peleaba de una manera más impulsiva, más agresiva. Acá tengo que medir mucho más cada movimiento para no lesionarme.
-¿Es más riesgoso, entonces?
-En el corto plazo sí, por los cortes y las lesiones visibles. En mi última pelea le rompí la oreja a mi rival. Fue impactante: quedó sangrando y con la oreja colgando. Hubo que frenar la pelea, pero le dieron cinco puntos de sutura y se fue a su casa con su familia. En cambio, recibir golpes constantes en la cabeza durante una pelea larga de boxeo tradicional genera un daño mucho mayor a largo plazo. Yo ahora que soy padre quiero vivir muchísimos años, y en ese sentido con este deporte siento que me cuido más que en el boxeo.
-¿Cómo es el vínculo con tus rivales?
-Se genera una empatía especial porque durante semanas estás pensando en esa persona. Después de la pelea muchas veces terminamos siendo amigos. Hoy veo rivales que acaban de ser padres y entiendo perfectamente lo que están viviendo. Pero cuando llega el momento de competir trato de no pensar en eso y concentrarme en hacer mi trabajo arriba del ring.
-¿Te genera culpa provocar una lesión importante?
-No. No quiero lastimar a nadie, pero es parte de lo que hacemos. De hecho, me preocupa más lesionarme entrenando. Una semana antes de una pelea en Tijuana un compañero me rompió el pie durante una práctica y no pude competir. Y si no peleo, no cobro.
-Sos consciente de que no encajás en el estereotipo del peleador de personalidad más hosca.
-Sí, me dicen que no soy el típico peleador. En los pósters todos aparecen serios y yo salgo sonriendo. Probablemente sea una de las personas menos violentas que puedas conocer. Nunca participé en una pelea callejera, no soy agresivo ni siquiera cuando manejo. No me enojo fácilmente, no levanto la voz y ni siquiera me gustan las películas de tiros o explosiones. Además, tampoco tengo la estética típica del peleador: llevo un corte de pelo común y no tengo tatuajes.
-¿Y te han subestimado por tener una personalidad más pacífica?
-Claro. Incluso tuve que cambiar algunas costumbres. En Uruguay saludamos con un beso y, en mis primeras peleas, subía al ring y saludaba así a mis rivales. Era cualquier cosa. Hay países donde ni siquiera se dan la mano, entonces algunos lo interpretaban como una falta de respeto. Aun así, me gusta saludar a los entrenadores, al rival y al árbitro. Hay quienes piensan que eso te hace más débil, pero no tiene nada que ver.
-Durante tu reciente visita a Uruguay te reuniste con el presidente Yamandú Orsi. ¿Cómo fue ese encuentro?
-Nos vimos apenas llegué y fue un honor. Mis compañeros de otros países no entienden cómo el presidente recibe a un peleador y apoya un evento de deportes de combate. Es muy humilde, al punto de que a veces uno se olvida de la investidura que representa. Le agradezco mucho no solo por apoyar mi pelea, sino también porque este respaldo ayuda a muchos chiquilines que quieren acercarse a estos deportes. Las artes marciales transmiten valores muy importantes: respeto, disciplina, perseverancia y autocontrol.
-También te había recibido Lacalle Pou durante el período anterior. ¿Encontraste diferencias entre ambos?
-No. Luis también era muy sencillo y me cayó muy bien. Yo no voto ni en Uruguay ni en Estados Unidos, pero a veces las fotos con presidentes generan críticas.
-¿Dirías que sos tan buen comentarista como peleador?
-Creo que soy mejor comentarista que peleador. Como deportista no me considero en el top del mundo; lo que tengo es disciplina y la valentía de animarme a hacer cosas nuevas. En cambio, siento que nací para comentar peleas. Me apasiona este mundo y soy muy chusma. Me interesa la historia de los peleadores y trato de transmitirla al aire. Me encanta contagiar esa pasión para que más personas se acerquen a los deportes de combate.
-¿Te imaginás dentro de algunos años dedicado solo a esa faceta?
-Sí. Creo que mi camino va a ir por ahí. Me veo comentando deportes de combate durante el resto de mi vida.
Foto: Darwin Borrelli
-¿Cómo cambió tu perspectiva sobre la carrera deportiva desde que te convertiste en padre?
-Cambió mi relación con el tiempo. Antes me pasaba el día en el gimnasio y volvía a casa solo para dormir y comer. Ahora entreno y vuelvo enseguida porque me están esperando Sofi y Carmelo, que son lo más importante que tengo. También me tomo más en serio la recuperación. Cuando vivía en Montevideo salía a bailar y al otro día iba a entrenar sin haber dormido. Hoy mi estilo de vida es diferente y eso me convirtió en un mejor atleta. Físicamente estoy mejor que hace diez años.
-¿Te imaginás incentivando a Carmelo para que siga tus pasos?
-Me encantaría que me acompañara en mi actividad. A los dos meses ya vio una pelea mía y a los seis meses estuvo presente en la segunda. Además, siempre me ve entrenar. De todos modos, me gustaría que encontrara una pasión propia. Como comentarista comprobé que este es un deporte muy ingrato. Hay atletas jóvenes, disciplinados y talentosos que hacen todo bien y aun así chocan contra una pared. Se depende mucho de los resultados y hay factores, como una lesión en el momento equivocado, que pueden cambiar la carrera. Preferiría que elija su propio camino, aunque si decidiera dedicarse a esto tendría todo mi apoyo.
-¿Qué descubriste de vos mismo al convertirte en padre?
-No sé qué tan buen deportista soy, pero sé que soy un muy buen padre. Soy muy presente y con Sofi formamos un gran equipo. Me tengo mucha fe para cuando crezca, porque sé que cada etapa trae mayores desafíos.
-¿Por qué eligieron casarse de una manera tan discreta, sin fiesta?
-Necesitábamos casarnos por un tema de papeles, así que lo resolvimos rápido y sin exposición. Fue una ceremonia muy íntima. Estamos felices y usamos nuestras alianzas con orgullo. Nos sentimos totalmente casados, aunque no hayamos organizado una fiesta para 150 personas.
-¿Qué fue lo que te cautivó de Sofía para proyectar una vida junto a ella y formar una familia?
-Desde que la conocí me di cuenta de que teníamos muchísimas cosas en común. Ella es de Santa Fe, no de Buenos Aires, y creo que eso también acerca porque la gente del interior de Argentina es más parecida a los uruguayos. Es una persona sencilla, familiera y con valores muy parecidos a los míos. Me conquistó con esos ojos celestes hermosos y con una personalidad increíble. Además, desde el principio sentí que iba a ser una gran madre.
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