Son casi cuatro décadas de historia, Marcelo “Chelo” Delgado repasa el camino de La Zimbabwe, una banda pionera del reggae en la región que sigue en movimiento. Desde los inicios en los años 80, los hits que cruzaron fronteras y los escenarios compartidos con gigantes, hasta el presente de una banda madura que se permite decidir sus tiempos. De cara al show del 11 de enero en el Enjoy Punta del Este, el músico adelanta un recital que combinará clásicos infaltables, canciones menos difundidas y un mensaje que sigue apostando a la conciencia y la celebración, con el reggae como banda sonora del verano.
—Son casi cuatro décadas arriba del escenario: ¿qué se siente mirar para atrás y ver que La Zimbabwe ya es parte de la historia grande del reggae en la región?
—Ya son 38 años desde que se fundó La Zimbabwe, en agosto de 1987. Son 37 años del primer disco, como para poner en claro las estadísticas. Yo, por ser miembro fundador de la primera formación, soy el que sigue. Quizás porque soy el que canta, el que hace las canciones. En algún momento asumí mi rol y me puse la mochila de La Zimbabwe al hombro, que hoy es más una bandera. Es un sentimiento de amor hacia el reggae. Es un orgullo poder seguir haciendo música a través de La Zimbabwe, que es mi canal de expresión. Gracias a la tercera generación de la banda he tenido la bendición de estar siempre en la ruta. Yo llevo las canciones con una guitarrita, escribo las letras y canto, pero la magia está hecha por todos: los que participaron y los que están hoy. Para mí es una alegría enorme poder seguir en acción.
—Ahora vienen a Punta del Este, un lugar más asociado al pop y la electrónica. ¿Qué tiene el reggae que funciona tan bien en un show veraniego ahí?
—Estoy muy feliz de poder volver a Uruguay después de un tiempo. Si bien estuvimos hace tres o cuatro años, tocando en un festival en Mercedes, hacía bastante que no estábamos en Punta del Este. La última vez fue en el 96, cuando se hacían los desfiles de Roberto Giordano. Y sí, el reggae se asocia naturalmente a la playa, al verano, porque nace en Jamaica, un paraíso del Caribe. El escenario acá es distinto, hablamos del Atlántico Sur, pero la vibra es la misma: verano, playa y disfrute. Vamos a hacer un repaso por toda la historia de la banda, y el Enjoy es un lugar emblemático y hermoso para eso.
—En estas casi cuatro décadas cambiaron los formatos, el público y la industria. ¿Qué fue lo más difícil de sostener?
—Nuestras propias decisiones. Hoy somos más grandes, con familia, hijos y otras responsabilidades. Eso nos llevó a trabajar de una forma más tranquila, más relajada. Nos ganamos el derecho a tomar nuestras propias decisiones. Algunos lo ven como un obstáculo, pero para nosotros es algo muy positivo. Trabajamos con más conciencia interna de banda y eso es invaluable.
—¿Y cómo se arma un show aniversario? ¿A partir de la nostalgia o mirando hacia adelante?
—Las dos cosas. Sabemos que a la gente le encantan los clásicos, no solo a los uruguayos, a todos. Hace poco tocamos en Rivera para la Noche de la Nostalgia y fue bárbaro. Uruguay es un país que me recibe tan bien que siempre me siento como en casa. Vamos a repasar los grandes clásicos desde el primer disco hasta hoy, pero también vamos a mostrar material desde 2012 en adelante, que quizá es menos conocido porque es de la etapa independiente, sin un sello grande que nos respalde. La idea es que la gente también se acerque a esas canciones nuevas. El show es un abanico que va del 88 hasta hoy.
—Compartieron escenario con pesos pesados como Soda Stereo, Charly, Spinetta. ¿Hay algún cruce que todavía te saque una sonrisa?
—Muchísimos. En el 89 tocamos en Vélez, cuando UB40 vinieron por primera vez a Buenos Aires, y fue nuestro debut como teloneros internacionales. Habíamos sacado el primer disco hacía muy poco. Hicimos primero el festival de los Tres días por la Democracia, en diciembre de 1988 en la Avenida 9 de Julio. Ahí compartimos Soda, Paralamas, Ratones Paranoicos, Fito, Charly, Enanitos Verdes. Nosotros éramos primerizos y había 130 mil personas. Me temblaban las rodillas, pero fue un debut increíble. También volvimos a ser teloneros de UB40 cuando volvieron en 2015, lo que para nosotros fue una alegría muy grande, porque son nuestros mayores referentes. Y más adelante tuvimos la bendición de abrirle a The Wailers en la gira de los 30 años de Uprising. Para los conocedores del reggae y fanáticos de Marley, ese disco es sagrado. Fue una noche inolvidable en Palermo. Siempre hay alguna satisfacción que te da la vida con respecto a eso.
—“Traición a la Mexicana” fue un fenómeno continental. ¿Eran conscientes de que estaban rompiendo fronteras?
—La canción entró al disco de milagro. Fue la última. La producción ya estaba cerrada y yo insistí con Pablo Guyot que produjo el disco. Le insistí hasta que me dijo “bueno, escuchémosla con toda la banda, y si les gusta a todos, entra”. Tuvo una aprobación general. Pasó algo parecido con “Natty Dread” que también entró última al primer disco. Nadie esperaba que tuviera un éxito semejante, aunque yo tenía la intuición de que algo pasaba. Mirá si hgabrán tenido energía, fuerza y ese toque de magia que provocaron un fenómeno latinoamericano, porque nos abrieron las puertas de latinoamérica. Siempre voy a estar agradecido a esas canciones.
—Justamente, “Natty Dread” marcó un antes y un después. ¿No te cansás de tocarla?
—Jamás. Al contrario. Nunca renegué ni voy a renegar de los clásicos. Tomaron un vuelo propio. Los temas ya no son míos, son de la gente. A veces pongo el micrófono y la gente las canta sola. Ver cómo se los apropian es una caricia al alma. Nosotros nos nutrimos de esa energía que te devuelve el público, así que nosotros agradecidos de eso.
—Muchas letras del reggae, y de ustedes también buscan generar conciencia social. ¿Sentís que ese mensaje está más vigente que nunca?
—Sí. La Zimbabwe no solo tienen temas de alegría, también abordamos cuestiones sociales que nos interpelan. En nuestro último disco hay un tema que recomiendo, se llama “No More Guns”, que nació a partir de una noticia sobre unos chicos usados por narcotraficantes en barrios pobres de Buenos Aires. Habla de cómo la vida puede cambiar en un instante. Y eso es algo que también pasa en Montevideo, en San Pablo, como en cualquier otra ciudad del mundo. Hay que poner esos temas sobre la mesa. Y si una canción despierta conciencia, siento que ya pusimos nuestro granito de arena.
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