El milagro secreto del "putismo": cómo Pinchinatti cambió en serio la vida de algunos de sus seguidores

Pinchinatti, el inolvidable personaje de Ricardo Espalter en "Decalegrón", se convirtió en un fenómeno popular que trascendió la sátira y en algunos casos, el actor respondió silenciosamente a pedidos de ayuda de sus "votantes"

Acto de Pinchinatti
Campaña de Pinchinatti en 1989.
Foto: Archivo El País.

Por Julio Fablet
Se acercaban en 1989 las segundas elecciones nacionales tras el retorno de la democracia y al elenco de Decalegrón (Canal 10) se le ocurrió reflotar a un tipo de personaje que ya había aparecido con diferentes nombres en antiguos programas de los uruguayos. El Dr. Pundersoff fue “candidato” en Telecataplum y lo mismo Tiberio Quevedo en Jaujarana: ambos estaban cortados con el mismo molde de personaje de un político que vendía humo y encarnados por Ricardo Espalter. Pero ninguno de estos antecedentes alcanzó la repercusión de Pinchinatti, recordado hasta hoy como el líder del PUT o "putismo".

El caldo de cultivo de este suceso fue la realidad misma de la época. La democracia había llegado cuatro años atrás, pero las expectativas de muchos orientales no se habían cumplido. Los sueldos seguían bajos, la inflación apretaba el cinturón, la ciudad no estaba limpia y las promesas electorales no cuajaban. Eso se notaba en las conversaciones cotidianas y en las quejas que a diario llegaban a los medios de comunicación. Fue así que en el equipo creativo de Decalegrón surgió la idea de traer de nuevo al político que les había dado éxito en el pasado. Enrique Almada lo bautizó “Pinchinatti”, sin nombre de pila y ese fue el comienzo de la historia.

El libreto de cada semana era creado por una tormenta de ideas que después el propio Espalter daba forma. Eran disparates tremendos, dignos del programa humorístico en el que aparecía “el candidato”. Decidieron empezar grabando un acto político en el estudio del canal con los actores y técnicos encarnando a los “correligionarios” que seguían al candidato. Pero no prendió.

Fue ahí que con olfato, Eduardo D’Angelo propuso sacar al personaje a la calle para ver la reacción de la gente. Así se hizo, y Pinchinatti empezó a ser conocido. Cada semana salían a grabar el sketch por las veredas del barrio de Canal 10. Los vecinos preguntaban a qué hora era para ir a acompañarlos. Hasta aparecieron tímidos carteles con “Pinchinatti Presidente”. En cada grabación Espalter -hablando como un candidato que creía lo que decía- explicaba las locuras más graciosas que se pudiera imaginar. “Los días de paro, haremos que los autos oficiales hagan el recorrido del 125 para aquellos que necesiten trasladarse” o “en mi gobierno instalaremos pantallas gigantes de televisión en la Caja de Jubilaciones para que las abuelas no se pierdan la novela de la tarde haciendo interminables colas para cobrar”.

Pinchinatti - Campaña politica
Pinchinatti en la Plaza de los 33.
Foto: Archivo El País.

El rating empezó a mostrar que Pinchinatti estaba prendiendo en el público. Fue entonces que se decidieron grabar en una chata en la Plaza De los 33 a las 15 horas cada lunes. El público esperaba atento la llegada de Espalter y su gente que iban ya vestidos y caracterizados como el “equipo político del hombre”. Ahí Espalter hablaba "para las masas" encarnado como Pinchinatti.

“Me transformaba en político, hasta a mí me asustaba”, llegó a decirme después de alguna de las grabaciones.

El personaje se ganó pronto el corazón de los uruguayos y llegó el momento de ponerle nombre al partido. Así nació el Partido Unificado Tradicionalista, su sigla era el PUT, su agrupación el "putismo" y sus seguidores eran "putistas".

RICARDO ESPALTER
Ricardo Espalter como "Pinchinatti".
Foto: Archivo El País.

Las cartas de ayuda que recibía el candidato

Una tarde de domingo, medio lluvioso, me llamó Espalter por teléfono. “Venite a casa a ver esto”, me dijo. Cuando llegué, al abrir la puerta habían 3 bolsas inmensas con cartas dirigidas al Sr. Pinchinatti. “Ayudame a leerlas y saquemos algo en limpio”, me dijo y empezamos el trabajo.

Las cartas llegaban a su domicilio porque Espalter figuraba en la guía telefónica con nombre, dirección y teléfono. Leer aquello era un desafío a reír o ponerse serio. Porque llegaban ideas absurdas para la campaña o peticiones dolorosas de personas que pasaban un mal momento en su vida.

Recuerdo que Ricardo había empezado a tomar nota de aquella gente desposeída para ayudarla pero de forma indirecta. “Yo soy un actor que interpreta un personaje. No corresponde que les dé ayuda porque ya alcanza con hacerlos reír, pero no puedo mirar para el costado”, decía y derivábamos las peticiones a gente amiga para intentar soluciones anónimas.

Lo que empezó tímidamente, se fue convirtiendo en un fenómeno que trascendió fronteras. En Argentina, Alejandro Romay, dueño de Canal 9, donde Espalter y compañía hacían su programa cómico, les dijo: “Muchachos, llegó la hora que Pinchinatti haga campaña en Buenos Aires”.

Ricardo Espalter
Ricardo Espalter.
Fotos: Archivo El País.

La respuesta fue un rotundo “no”. Aunque Romay insistió con el tema, le explicaron al empresario que el elenco -a los que en Argentina aún se los recuerda como ‘los uruguayos’ - gozaba del cariño del público argentino. Y que no les correspondía meterse en asuntos propios de la patria que les dio un apoyo constante. Costó, pero al final Romay desistió.

Una tarde de 2006 estábamos en Radio Universal haciendo mi programa, donde Espalter aparecía semanalmente contando episodios de su vida. Un oyente llamó y le dijo emocionado: “Espalter, gracias a usted tengo mi casa propia”. El oyente, de nombre Raúl, había salido de la cárcel tras duros años. Durante su reclusión, le había escrito a Pinchinatti para que consiguiera su libertad, cosa que Espalter no hizo. Lo que sí hizo fue escribirle una carta a Raúl animándole a cambiar de vida. Fueron 5 cartas autógrafas que llevaban la firma de Ricardo Espalter, y que cuando eran contestadas estaban dirigidas al “licenciado Pinchinatti”. Los consejos habían calado hondo en aquel hombre que había cambiado de vida y logrado su casa propia. Solo Espalter (y Pinchinatti) lograban esos milagros.

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