Argentina y Chile estuvieron a punto de ir a la guerra. Un largo conflicto llegó a un punto crítico el 22 de diciembre de 1978 cuando la dictadura argentina puso en marcha la Operación Soberanía. El objetivo: apoderarse de un grupo de islas que entonces estaban bajo jurisdicción del régimen de Augusto Pinochet en el canal Beagle, que conecta las aguas del océano Pacífico con las del océano Atlántico bien al sur del continente.
En el inicio de su pontificado, el papa Juan Pablo II se había ofrecido a mediar entre los dos países: la diplomacia vaticana liderada por el cardenal Antonio Samoré necesitaba un territorio neutral para negociar. Y ese lugar terminó siendo Uruguay: en el Palacio Taranco se firmó el Acta de Montevideo el 8 de enero de 1979; allí se fijó el marco de la mediación y ambos países desistieron de aplicar medidas de fuerza. Casi seis años después, el 29 de noviembre de 1984 se firmó en el Vaticano el definitivo Tratado de Paz y Amistad entre Argentina y Chile.
Este relato viene a cuento porque, cuando en 1986 se confirmó que Juan Pablo II estaría de visita a inicios del año siguiente en Argentina y Chile para recordar aquel acuerdo, se desplegó un estratégico plan del gobierno del presidente Julio María Sanguinetti: harían todo lo posible para que el polaco Karol Józef Wojtyła pisara Uruguay. Tenían un argumento suficientemente fuerte: debía celebrarse que en Montevideo se había logrado la paz.
La historia la reconstruye Enrique Iglesias, canciller durante los tres primeros años del gobierno de Sanguinetti al regreso de la democracia. En el escritorio de su apartamento frente a la playa Pocitos, dice a El País:
—Al presidente y a mí nos daba mucha lástima que el papa pasara por encima de nosotros y no hiciera una parada acá. Entonces Sanguinetti me pidió que hiciera un viaje al Vaticano para convencerlos de que el papa tuviera en Uruguay el punto de partida de la recorrida.
Y allá fue el canciller.
Iglesias trasladó la invitación al papa:
—Le comenté que sería un gran honor que empezara su misión de paz en nuestro país. “Donde se hizo la paz, en el mismo sitio usted va a estar presente”, le dije. Y parece que eso el papa lo sintió, entendió el significado.
Pero la primera respuesta no fue ni positiva ni negativa. El cardenal Samoré le explicó que era “muy difícil” para el papa, ya que tenía previsto ir a Uruguay en 1988.
—Yo insistí. Él no me confirmó nada, me dijo que lo iba a pensar. Le aseguré que en la recepción aquí iban a estar el canciller de Chile y el de Argentina.
El expresidente dice hoy que, en realidad, fue el propio Iglesias el que sugirió la idea de “aprovechar” y proponerle al papa que pasara por Uruguay.
Sanguinetti había conocido a Juan Pablo II en setiembre de 1985, en una audiencia en el marco de una gira por Europa. Ese día ya lo había invitado a visitar Uruguay. El presidente tenía como referente en el Vaticano al abogado Guzmán Carriquiry, quien en aquel entonces era jefe de oficina en el Pontificio Consejo para los Laicos.
En el libro El papa en el reino laico (Ediciones de la Plaza) de Sergio Berruti, Sanguinetti lo define como “un buen espía; él nos pasaba las informaciones de con quién había que hablar o no, en el buen sentido de la palabra”.
Se sabe: la respuesta al final fue positiva. Es el único papa que estuvo en el país como tal (otros vinieron antes de serlo, ver recuadro más abajo). Eso hasta el próximo viernes 6 de noviembre, cuando llegue León XIV.
—Lo hizo como una gran generosidad y gentileza —dice Iglesias—. Era una figura, un líder espiritual con pasta de líder político.
A Juan Pablo II se lo conocía como “el papa viajero”. Berruti lo resume así: “Puso a la iglesia en el mundo”.
Esta es la historia de las dos visitas: la primera, un viaje relámpago de 19 horas el 31 de marzo y el 1° de abril de 1987, negociado a pulmón por Iglesias y Sanguinetti; la segunda, del 7 al 9 de mayo de 1988, con ceremonias en Montevideo, Melo, Florida y Salto.
Juan Pablo II en Montevideo: 31 de marzo de 1987
Llovía fuerte en Montevideo pero igual cientos de personas agitaban banderas uruguayas y amarillas y blancas en la terraza del aeropuerto de Carrasco. A las 17.48 apareció el enorme avión de Alitalia.
A bordo, además de la comitiva del papa, viajaba un uruguayo: Washington Beltrán. El 14 de febrero de 1987 había muerto en Roma el embajador uruguayo ante el Vaticano, Alejandro Zorrilla de San Martín, y Sanguinetti lo había designado como responsable de coordinar aspectos de la visita de Juan Pablo.
Al papa lo esperaban el presidente Sanguinetti y su esposa Marta Canessa, el nuncio Andrea Cordero Lanza di Montezemolo, los obispos encabezados por monseñor José Gottardi, integrantes del gabinete y los tres comandantes en jefe de las Fuerzas Armadas.
Hubo 21 salvas de cañón, el papa salió y levantó sus manos “en gesto característico del papa viajero”, dice la crónica de El País. Descendió la escalerilla cubierto por un paraguas, se inclinó y besó el suelo. Dos niñas le entregaron un ramo de flores amarillas y blancas.
En un podio instalado especialmente para ello, dio un discurso donde deseó “paz y prosperidad” a Uruguay.
Antes de subir al emblemático papamóvil, que trasladaría al santo padre desde Carrasco a la catedral, vinieron los saludos de rigor. Sanguinetti señaló al cielo y le dijo al papa: “Santidad, mire como llueve. Yo arriba no tengo ninguna influencia. ¿Por qué no convoca un poquito a los poderes superiores para que pare?”.
Los dos rieron.
La cita es reconstruida 39 años después por Sanguinetti, en entrevista en la Casa del Partido Colorado. Y cuenta:
—El papa quedó empapado. Tanto que en la Nunciatura unas monjas pasaron toda la noche planchando las sotanas blancas.
Gottardi lo acompañó en el papamóvil. La gente acudió en masa a saludarlo por las calles de Montevideo.
En la Plaza Independencia el edificio en obras del Palacio de Justicia (hoy Torre Ejecutiva) tenía una pancarta: “Bienvenido su santidad Juan Pablo II”.
En la catedral Juan Pablo rezó en la capilla del Santísimo Sacramento y se detuvo ante la tumba de Jacinto Vera. “¡Que sea beato!”, gritó alguien, según recuerda el hoy cardenal Daniel Sturla, quien en aquel entonces era diácono. Vera fue beatificado el 6 de mayo de 2023.
—Se cumplió aquel pedido a gritos que dijo uno de los que estaba en ese encuentro de oración —dice Sturla, sentado en un banco en la catedral.
En esa ceremonia habló en castellano, con su inconfundible acento polaco. Lo escucharon sacerdotes, monjas y seminaristas.
Una de las que estaba allí era la monja de clausura Teresita María Bardier. En una sala del monasterio Santa Clara de Asís en San José de Carrasco, cuenta que le dio la mano a Juan Pablo II:
—Cuando el papa se iba acercando al lugar en el que estábamos nosotras, vi una posibilidad. Fue un regalo medir 1,75 de altura y tener los brazos largos, porque me empecé a estirar, a estirar. Y para mí él me miraba. Me quedó grabado eso. Pero quizá ni me vio —dice mientras muestra un cuadro con la foto de ese momento. La imagen la mandó el Vaticano y se la regalaron para Reyes—. Hasta que al final él me estiró la mano también y me la dio. Cada persona que él miraba, era única. Es la mirada de Dios.
De la catedral, Juan Pablo marchó al Palacio Taranco, donde se conmemoró el Acta de Montevideo.
Igual que sucedería en 1988, y como hará ahora León, Juan Pablo II pernoctó en la enorme casona de la Nunciatura en Bulevar Artigas y Guaná.
Estaba prevista una cena con los obispos. En El papa en el reino laico, el sacerdote Félix Bruno dice que, cuando llegó el postre, Juan Pablo dijo: “Ustedes sigan comiendo, yo estoy cansado, me voy a dormir”.
Afuera el clima era de fiesta. Gritos, cantos, barullo. Había decenas y decenas de personas sobre Bulevar Artigas, que se habían autoconvocado. El hit era la canción “Un nuevo sol”, himno de la II Jornada Mundial de la Juventud celebrada ese año en Buenos Aires, además del clásico “Juan Pablo II, te quiere todo el mundo”. Tanto que el papa decidió salir a un balcón en medio de una ovación. “Buenas noches, el papa quiere dormir”, llegó a decir “solemne como si estuviera dando misa”, según cuenta el periodista Javier Alfonso, quien estuvo allí siendo niño. Lo confirma el propio Sturla entre risas:
—Sí, el papa salió. Juan Pablo tenía ese carisma de la comunicación con las multitudes.
Los que vinieron antes de ser papas
Juan Pablo II no fue el único papa que pasó por Uruguay. Otros lo hicieron, pero antes de ser elegidos.
Giovanni Maria Mastai Ferretti estuvo en 1824 y 1825 como parte de una misión diplomática pontificia hacia Chile: la misión Muzi. Se alojó en la casa del padre Dámaso Antonio Larrañaga. Mucho después se convirtió en el papa Pío Nono (entre 1846 y 1878).
En 1934 Eugenio Pacelli pasó por Montevideo como secretario de Estado en camino hacia el Congreso Eucarístico de Buenos Aires. Luego sería el papa Pío XII (entre 1939 y 1958).
Más acá en el tiempo, Jorge Mario Bergoglio (el papa Francisco) estuvo al menos una vez en el departamento de Colonia, en verano, visitando una familia amiga, cuando era obispo auxiliar de Buenos Aires, dijeron a El País fuentes de la iglesia.
El papa Juan Pablo II: 1 de abril de 1987
El gobierno había declarado feriado. Juan Pablo se despertó a las 4.30 de la mañana, se aseó y acudió a realizar sus oraciones a la capilla. Por los ventanales de Bulevar Artigas se escuchaban las celebraciones y cánticos de los católicos reunidos, que querían despertar al papa, según recuerda una crónica del periodista Miguel Carbajal publicada en El País en abril de 2005.
Casi a las 8 el papa salió acompañado por dos custodios, el nuncio Lanza di Montezemolo y monseñor Gottardi. Llevaba un megáfono.
—¿No os ha acobardado la lluvia? —dijo con su español apolacado.
—¡No!
—Entonces el Papa debe seguir adelante —dijo y se despidió deseando “bendiciones”.
Partió rumbo al Edificio Libertad, donde se reuniría con Sanguinetti, quien hoy lo recuerda así:
—Él era un hombre de paz, de libertad. Su tono apacible solo se encendía en el momento en que aparecía la palabra comunismo o marxismo. Recuerdo que yo le dije “bueno, nosotros también hemos conocido lo que fueron esas etapas de violencia, nuestras guerrillas y nuestra dictadura”, y entonces me respondió: “Sí recuerdo muy bien a los tupamaros y todo eso pero es nada, ustedes no saben lo que es un Estado totalitario, el control absoluto de la vida, del pensamiento, de la gente”. Nuestra dictadura, por ejemplo, quebró las instituciones democráticas. Pero no instauró un totalitarismo como el totalitarismo polaco que sufrió Juan Pablo.
La gente caminó lentamente hacia el imponente altar de Tres Cruces, donde se haría la misa más multitudinaria de la historia uruguaya. Ya no llovía.
Susana Monreal fue fundadora de la Universidad Católica, es doctora en historia y coordina un seminario permanente de historia y religión. Se había juntado la noche anterior con un grupo grande en la propia universidad, durmieron allí “en campamento” y de madrugada marcharon a la Plaza de la Bandera.
—En aquel gentío había un ambiente espiritual de recogimiento; esas misas campales a veces pueden transformarse en algo un poco desordenado.
Aún no estaba el shopping. El papa utilizó la sacristía del Hospital Italiano para prepararse y salió por la entrada de Avenida Italia. Subió al estrado mientras sonaba la “Oda a la Alegría”.
Con un techo que era una gran lona tensada de color blanco, el altar había sido montado mirando hacia el Edificio Libertad y delante de la enorme cruz de 24 metros de altura, ocho metros de ancho y 7,5 toneladas de hierro.
La inscripción “Totus tuus” se leía en el escenario: esa icónica expresión en latín se traduce como “Totalmente tuyo” y era el lema oficial del pontificado de Juan Pablo II.
Había una gran tarima con escalones y una moquette roja. El papa se sentó en un antiguo sillón traído de Colonia de Sacramento. Usó una casulla roja sobre las vestiduras litúrgicas habituales, atuendo que se conserva en el ajuar de la catedral.
La imagen de la Virgen de los Treinta y Tres presidió la misa. Las estimaciones más cautas sobre la concurrencia apuntan a unas 100.000 personas, las más optimistas hablan de 300.000. Berruti toma la cifra del diario El Día, “que era el más anticlerical”: unas 200.000 personas.
Cerca de 300 fieles se desmayaron durante la jornada. Las hostias fueron preparadas por las hermanas carmelitas del Convento de Punta Rieles, que ya no existe más, y por las clarisas de Canelones. El papa dio la comunión a unas 100 personas, que hicieron larga fila. Entre ellos, varios ministros.
—Al papa lo veías chiquito allá a lo lejos —dice la profesora Monreal—. Y en realidad no sé si lo veíamos, veíamos el gran altar y la cruz. No había pantallas. Se escuchaba muy bien.
El que estaba en el altar era Sturla, cuando ni siquiera era sacerdote. Asistió al papa sosteniendo el cáliz en el momento que se denomina doxología. Más tarde le pudo besar la mano.
—Fue un momento muy intenso. Juan Pablo transmitía algo especial. Quienes han estado con él, así lo dicen. Y yo lo viví también ese día. Emanaba algo muy particular de su personalidad carismática, pero yo diría también de un santo que tenía ya toda una historia vivida de pontificado. Había estado, entre otras cosas, en el atentado en la Plaza de San Pedro en mayo del 81.
El mensaje de Juan Pablo II en la misa se enfocó en el matrimonio, la familia y la juventud. “El papa reafirmó la oposición de la iglesia a la gestación in vitro, divorcio y aborto”, tituló El País.
Juan Pablo dijo: “Hoy, por desgracia, no faltan quienes pretenden ofrecer a los matrimonios y a las familias una supuesta felicidad a bajo precio (…) Ante las dificultades que puedan surgir dentro de la vida conyugal, no os dejéis desorientar por el fácil expediente del divorcio que sólo da apariencias de solución, pues en realidad se limita a trasladar los problemas, agravándolos, hacia otros ámbitos”. Habló de “familias unidas, sanas moralmente, educadoras en la fe, respetuosas de los derechos de cada persona, empezando por el respeto a la vida de cada criatura, desde el momento mismo de su concepción”.
Con la mitra blanca en la cabeza y el característico bastón pastoral en la mano, bajó del estrado. Miles gritaban “que no se vaya”, “que se quede”, “que vuelva”. Él respondió: “No se debe perder la esperanza”. Y también, “para volver tengo que irme”. Hubo risas y aplausos.
Al monseñor Arturo Fajardo, hoy obispo de Salto, le tocó sostener el micrófono del papa en esa parte de la ceremonia. En aquel momento todavía era seminarista: sería ordenado el año siguiente. Se llevó de recuerdo un rosario que le dio el papa y él se lo regaló a su madre.
—Me tocó por providencia, diríamos —cuenta Fajardo—. El que estaba encargado de la ceremonia me pedía que yo retirara el micrófono cuando se daba ese diálogo, pero yo lo dejaba porque era un momento muy lindo con alguien que tenía un carisma muy especial.
Antes de terminar ese primer viaje, Sanguinetti le entregó en Carrasco un álbum con fotografías tomadas durante la visita, un videocasete con imágenes y un sobre con los diarios de la capital. También le regalaron un corderito de raza ovina Merilin.
—Cuando lo fuimos a despedir —recuerda el entonces canciller Iglesias—, Sanguinetti me dijo que había sido una visita histórica para el país, que era importantísimo recordarla y que pediría que la cruz quedara. Y quedó.
Sturla opina que la época que vivía el país, en la salida de la dictadura, le dio aún más relevancia a aquella visita:
—Había sido difícil todo el tema de la ley de caducidad. Era un momento de dolor, de enfrentamiento y al mismo tiempo de mucha esperanza. El papa ayudó a limar asperezas, a llenar de esperanza al país.
—En ese sentido la presencia del papa pudo ayudarnos a buscar la unión más allá de las diferencias —coincide el obispo Fajardo—, por lo menos en algunos temas fundamentales.
El intenso debate atrás de la cruz
Antes de la despedida del papa en Carrasco en 1987, el presidente Julio María Sanguinetti propuso que la cruz quedara en su sitio. El asunto levantó polémica y sobre todo dividió al Partido Colorado. En la junta departamental el proyecto fue rechazado el 9 de abril por 21 a 10. Solo votaron a favor los siete ediles del Partido Nacional y tres colorados. Entonces el nacionalista Gonzalo Aguirre presentó un proyecto de ley que se terminó aprobando en el Parlamento tras una intensa discusión. El colorado Ope Pasquet, que era diputado, fue una de las voces en contra. Hoy resume: “Los que estaban a favor decían que se trataba de recordar un hecho histórico. Y los que estábamos en contra decíamos que se transformaba un símbolo religioso en monumento público”.
El Papa Juan Pablo II en Uruguay: del 7 al 9 de mayo de 1988
Al llegar a Carrasco, no besó el suelo uruguayo —un gesto típico de él, una forma de abrazar al lugar— porque ya había estado en el país un año antes. “Llevo en mi corazón el recuerdo vivo de la maravillosa bienvenida que me dispensasteis bajo una lluvia torrencial, y del encuentro que tuvimos en la explanada de Tres Cruces con un sol que brillaba luminoso en vuestro cielo tan azul”, dijo el papa en la terminal aérea. “Me alegro mucho de que hayáis dejado la blanca cruz conmemorativa de aquella celebración de amor y esperanza como testimonio de pública profesión cristiana. Como os decía al despedirme: tengo que confesar que el papa y los uruguayos han sabido entenderse perfectamente”.
Tras un encuentro en el Aula Magna de la Universidad Católica, se realizó una multitudinaria celebración de la palabra en el estadio Centenario. Se calcula que participaron unos 100.000 uruguayos.
El papa entró por la Tribuna América después de las cinco de la tarde. Se colocó un altar sobre el palco oficial; el coro ocupó buena parte de la platea. Un vestuario del estadio había sido dispuesto a modo de sacristía.
Igual que el año anterior, Juan Pablo hizo foco en el matrimonio y la fecundidad: “¡No tengáis miedo a los hijos que puedan venir; ellos son el don más precioso del matrimonio! Si queréis hacer de vuestro matrimonio un testimonio de verdadero amor y construir una nación próspera, no os neguéis a traer muchos invitados al banquete de la vida (…) Es necesario que también la legislación civil relativa al matrimonio y la familia no ponga obstáculos, sino que tutele los derechos de los individuos y de las familias, potenciando una política familiar que no penalice la fecundidad sino que la proteja”. Y siguió: “¡La fidelidad no se ha pasado de moda! Podéis estar seguros de que son las familias verdaderamente cristianas las que harán que nuestro mundo vuelva a sonreír”.
El segundo día arrancó temprano en Melo con una ceremonia en la explanada de la Concordia. Todos mencionan que Roberto Cáceres, el obispo, fue el único durante los dos viajes que se atrevió a hablar sin leer: improvisó. El papa se refirió al mundo del trabajo (“la asociación con fines laborales, en los sindicatos, no solamente es justa, sino que —siempre dentro del respeto de los principios de la justicia— se muestra conveniente para lograr la armonía social”) pero para la historia quedó la tragicómica anécdota de los miles y miles de brasileños que nunca llegaron, inmortalizada en la película El baño del papa.
De paso por Montevideo, Juan Pablo II se encontró con los obispos en la Nunciatura y les advirtió por “esa desviada posición teológica que pone el acento de modo unilateral sobre la liberación de las esclavitudes de orden terrenal y temporal, olvidando que la liberación es, ante todo y principalmente, liberación de la esclavitud radical del pecado”. Eso se interpretó como un mensaje contra la Teología de la Liberación y así lo tituló El País en su tapa el lunes 9 de mayo.
Ese domingo Juan Pablo II viajó en un coche blindado por la ruta 5 rumbo a Florida. Cuando pasaba frente a Villa Guadalupe en Canelones, donde la Iglesia tiene hoy una casa de retiros, el obispo Orestes Nuti le contó que allí al costado del camino estaba la Virgen de Guadalupe, patrona de Canelones. Entonces el santo padre hizo detener el vehículo y bendijo la imagen.
Lo cuenta el actual obispo de Canelones Heriberto Bodeant, mientras recorre el predio:
—Monseñor Nuti había organizado todo un grupo de gente que lo esperaba aquí —dice, a unos metros de la virgen y de unos bancos que la rodean, en un extremo del predio—. Él bajó, hizo la bendición, saludó y continuó.
Bodeant resalta la capacidad de comunicación de Juan Pablo:
—Le decían el papa actor. Porque de joven fue actor... Pero además eso se veía en su capacidad de comunicación, cierto histrionismo, gestualidad, énfasis en la voz, un esfuerzo por hablar a cada uno en su idioma.
En Florida hubo misa y euforia generalizada en el estadio Campeones Olímpicos. La ceremonia terminó de noche: ese día ordenaron a 13 sacerdotes. Dos de ellos hoy son obispos: Arturo Fajardo y Milton Tróccoli.
El lunes 9, tras reunirse con Sanguinetti en Suárez, Juan Pablo II se subió a un Boeing 737 de Pluna que aterrizó en el Aeropuerto Nuevas Hespérides de Salto. Más de 50.000 personas acudieron a la santa misa en el parque Mattos Netto junto al río Uruguay. Se construyó un enorme altar de quincho tradicional, con techo de paja y paredes de barro, que representaba las viviendas rurales del interior y a los “pobres de la campaña”. Años después, el quincho se prendió fuego.
El obispo salteño Marcelo Mendiharat dio un mensaje con fuerte contenido social y habló sobre el “creciente empobrecimiento de nuestra gente”, según afirma el cura José García, hoy a cargo de la catedral de la ciudad. En Salto muchos recuerdan que ese mensaje, que había sido consensuado con las comunidades locales de la diócesis, fue criticado por políticos salteños en los medios de comunicación, porque entendían que no se podía poner sobre la mesa un tema tan negativo.
Tras 49 horas, Juan Pablo II partió hacia Paraguay. El próximo viernes será el turno de otro papa: León XIV.
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