A las siete de la mañana empieza el movimiento. Llegan los trabajadores de la construcción: los autos que estacionan, las motos acelerando para subir a la vereda y entrar a la obra. Los primeros mates amargos que comparten entre compañeros y los tabacos antes de que empiece la jornada, acompañados de charlas a un volumen alto para quienes todavía duermen. Y a las 7:30 llega el ruido de verdad: la obra se pone en marcha con todo. Taladros y martillos de gran porte, las alarmas de las grúas que se mueven y tareas de hormigonado se convierten en parte del paisaje sonoro.
Laura vive en el sexto piso de un edificio al costado de una obra en construcción y ese momento marca desde hace meses el comienzo de un día que ya no se parece demasiado a la vida que llevaba antes. La obra toma toda una esquina. Para ella también cambió dónde deja el auto, cómo organiza sus horarios y la logística cotidiana de una familia en la que convive con sus hijos en edad escolar y con su madre, que ya es mayor.
Ella no es la única afectada por esta obra. Ubicada sobre una avenida, la construcción también modificó la circulación a nivel de la calle. Raúl, dueño de una carnicería en el mismo edificio donde vive Laura, dice que el ruido es un problema, pero no el más importante. “Por momentos es insoportable, no sé si están taladrando o haciendo una excavación”, cuenta mientras el ruido de la obra se escucha de fondo. Antes, los vecinos también atravesaron el proceso de demolición de los edificios que ocupaban el predio, con polvo, ruido y grandes máquinas. Al principio, recuerda Raúl, estaba “contento, o tranquilo”, porque el lugar se había convertido en “medio boca de lobo”: una casa abandonada donde solía meterse gente.
Ahora, el principal impacto para su negocio llegó por otro lado. Las estructuras de madera que rodean la obra dejaron a la carnicería prácticamente escondida y, con menos visibilidad, también llegaron menos clientes. Raúl tuvo que reducir personal y ampliar el negocio: pasó de ser solo carnicería a incorporar otros productos, buscando también a los trabajadores de la construcción que todos los días circulan por la zona.
Hay algo, sin embargo, que cambió. “La Coca-Cola de vidrio de mediodía siempre la compran acá”, cuenta.
Una vecina jubilada cuenta que las rutinas más simples quedaron condicionadas por el polvo y el movimiento de la construcción. Ya no sabe con certeza cuándo puede tender la ropa. Abrir una ventana para ventilar puede significar que el polvo de la obra termine dentro del apartamento. Y hasta el día del asado puede convertirse en una experiencia incómoda.
Pero la mujer hace una distinción. Los obreros, dice, no son maleducados. Al contrario: cree que entienden que al otro lado de la pared vive gente.
Al principio, cuenta, era habitual que pusieran música a todo volumen y hasta cantaran durante la jornada. Después de que la comisión del edificio se acercó a hablar con ellos, eso cambió. La música dejó de ser un problema.
Con el boom de la construcción, las molestias de los vecinos se repiten en muchas calles montevideanas y de otras partes del país. De hecho, las denuncias por ruidos de obra se duplicaron en la capital. Entre enero y el 18 de agosto la Intendencia de Montevideo (IMM) recibió 100 reclamos, frente a los 48 registrados durante el mismo período del año pasado. Si se mide todo el 2025, habían sido 112 denuncias.
El aumento llega en paralelo a un fuerte crecimiento de la actividad de la construcción: en 2024 se otorgaron 968 permisos de construcción, en 2025 fueron 1.362 y en lo que va de este año ya suman 1.226 en Montevideo.
Ahora bien, no aumentó en la misma proporción la cantidad de obras que incumplen la normativa. Según dice a El País Diego Olivera, prosecretario general de la IMM, en 2026 se constató infracción en el 9% de los casos denunciados, una proporción prácticamente igual a la de 2025, cuando había sido de 9,8%.
En el 36% de las denuncias no se constató infracción este año, en el 11% se intimó lo denunciado (eso solo ocurrió una vez en 2025) y en un 4% la situación se resolvió por persuasión en el lugar. El resto corresponde a casos en los que no se pudo actuar, el denunciante desistió o no quedó registrado el resultado de la actuación.
Olivera explica que estos números deben leerse teniendo en cuenta una particularidad de la normativa: para que un ruido sea considerado molesto debe ser innecesario y excesivo. Una obra de construcción, por definición, no es una actividad innecesaria. Por eso, frente a este tipo de reclamos, la intendencia apunta principalmente a mitigar las molestias que generan la actividad sobre los vecinos, antes que a sancionar. Aunque se dan casos extremos donde después de varias multas la IMM tiene que proceder con la sanción más dura, que es la paralización de la obra.
“La construcción es necesaria y va a tener ruidos molestos”, dice Olivera, y opina que el crecimiento de la actividad inmobiliaria tiene otros efectos positivos, como la generación de empleo e inversión y la recuperación de padrones abandonados. El desafío de la administración, explica, es encontrar un equilibrio entre esos beneficios y las molestias que inevitablemente produce una obra.
Lo que hay más allá de la ley
Para el titular de la Defensoría de Vecinas y Vecinos de Montevideo, Daniel Arbulo, el problema no puede analizarse solo desde el cumplimiento de la normativa: “Hay problemas claros de convivencia que, aun cuando se cumple la norma, generan molestias”.
Arbulo sostiene que uno de los principales inconvenientes es que no existe una exigencia para que las empresas constructoras contemplen una estrategia de mitigación de los impactos sociales y ambientales que genera una obra. “Ninguna norma, ni nacional ni departamental, te exige esto”, afirma.
Según explica, la normativa se concentra fundamentalmente en el padrón donde se desarrolla la construcción. “Te hacés cargo de hacer la construcción y como mucho te hacés cargo de algo de la vereda. Ahora, de todo lo que pasa alrededor, no sos responsable”, señala. El problema es que una obra también genera efectos fuera de ese padrón: “Vos no sos responsable, sí, pero me acabás de traer cuatro camiones de hormigonera a la cuadra”, plantea.
La Defensoría también recibe casos en los que las obras generan daños en construcciones linderas, incluso en centros educativos. Arbulo menciona que se cayó un salón entero de una escuela y hubo roturas de paredes de liceos. En esos casos, señala, el problema es que el análisis suele terminar nuevamente en establecer si existe o no un incumplimiento de la normativa.
Muchas veces la responsabilidad termina recayendo sobre la propiedad lindera que fue afectada, porque los movimientos provocados por la obra pueden dejar en evidencia un problema que hasta entonces no era visible, ya sea en los cimientos o en la propia estructura. Es decir, una pared que podía parecer firme puede revelar una falla que ya existía, pero que nunca había sido constatada.
“Yo debería tener comunitariamente, más allá de la norma, una práctica cotidiana en la cual, si voy a construir algo, me tengo que hacer cargo de esta externalidad negativa y de todo el proceso”, sostiene el Defensor del Vecino.
Otro problema es la falta de comunicación entre las empresas y los vecinos. Cuenta que la Defensoría participa en algunos procesos de mediación en los que las constructoras acuerdan mecanismos de comunicación directa: “Eso sería una buena práctica: tengo un teléfono en donde me comunico con la empresa”.
Qué ruidos controla la IMM y en qué horarios
Los horarios de funcionamiento de las obras no son competencia de la intendencia sino del Ministerio de Trabajo y Seguridad Social. Para sus inspección, la comuna toma como franja de tolerancia los días lunes a viernes de 7 a 18 y los sábados de 7 a 14. Dentro de ese horario no se realizan mediciones de ruido, ya que se considera que es la franja en la que trabajan.
Cuando el reclamo refiere específicamente al ruido generado por maquinaria -como grúas, retroexcavadoras, generadores o mezcladoras-, la denuncia se canaliza a través del Servicio de Instalaciones Mecánicas y Eléctricas, que cuenta con personal especializado. De todas formas, los inspectores de Convivencia de la intendencia también están capacitados para realizar mediciones con sonómetro.
"Me volví loco, no podía dormir"
El primer indicio de que algo no estaba bien fue el revoque que se caía. Gustavo empezó a sentir que, del otro lado de la pared, algo se desprendía. Después comenzaron a caerse los azulejos. Hasta que un día se desprendió la banderola del baño: “Quedó en el piso. Si estaba en la ducha en ese momento, se me caía arriba”, dice.
Del otro lado de esa medianera, una casa estaba siendo reciclada. Los obreros habían empezado a retirar las paredes para convertirla, según le explicaron después, en un gran ambiente. El problema era que las casas de esa zona, a metros del Cementerio Central, estaban pegadas unas a otras, eran antiguas y tenían décadas de humedad acumulada. Y ahora un martillo neumático golpeaba contra la pared que compartía con su vivienda. “Era como un terremoto, todo se movía”, recuerda Gustavo.
El ruido empezaba temprano. Según cuenta, algunos días alrededor de las seis de la mañana. La obra tampoco se detenía los fines de semana o feriados.
Gustavo no podía trabajar ni mantener una conversación telefónica. Los golpes eran tan fuertes que, en determinados momentos, resultaba imposible hacer cualquier cosa dentro de la vivienda. Sus perros también empezaron a sufrir las consecuencias. Caminaban nerviosos, ladraban y estaban permanentemente alterados por las vibraciones.
Empezó a preocuparse, sumado al dormir poco, ya el problema no era solo el ruido, sino la afección que eso tuvo en su vida y su descanso. “Me volví loco”, dice.
Por aquellos días se enteró que había ocurrido un derrumbe en una vivienda de la zona de Mercedes y Andes. “Las casas están enganchadas”, recuerda. “Si sacan mal una viga, una pared, puede derrumbarse todo”, se preocupó. ¿Podría pasar lo mismo en su casa?
Entonces empezó a llamar.
Primero habló con los obreros. Intentó conseguir el teléfono del propietario de la vivienda que estaban reformando. Después llamó a la Intendencia de Montevideo. Le explicaron que para iniciar la denuncia debía concurrir personalmente a un centro comunal y pagar por el trámite. Gustavo no entendía. La obra estaba ahí. Pero para que alguien actuara, debía iniciar formalmente una denuncia.
También recurrió al BPS. Allí le indicaron que debía aportar fotografías y videos de la obra. Pero se trataba de una propiedad privada a la que él no tenía acceso. “¿Cómo me voy a meter ahí para sacar fotos?”, se preguntaba.
Además llamó al Sunca, donde muy sueltos de cuerpo le dijeron que ellos no tenían nada que hacer porque la obra no estaba regularizada: era una reforma ilegal. Mientras tanto, entre llamada y llamada el martillo seguía golpeando su pared y ya le parecía que el sonido lo acompañaba siempre.
La situación se prolongó durante meses y Gustavo llegó a hablar con el responsable de la obra. Pero recibió una respuesta que no resolvía su problema: la obra terminaría, según le dijo, en dos, tres o cuatro semanas.
Para Gustavo, esas semanas eran demasiado.
Ya llevaba 10 meses viviendo allí y el contrato de alquiler todavía tenía un mes por delante. Decidió irse antes de tiempo. Se mudó a la casa de su madre y comenzó a buscar otro lugar. Siguió pagando el alquiler de la vivienda en la que ya no podía vivir.
"Con la obra derrumbaron mi casa"
En una tarde calurosa de febrero los hijos de Esteban, que entonces tenían seis y nueve años, quisieron usar la pequeña piscina de juguete en el techo de su casa. Esteban y su pareja subieron con ellos. Él se quedó sobre una parte del techo de chapa para arreglar una gotera, mientras los niños y su madre permanecieron sobre la losa. Nunca imaginó que ese movimiento cotidiano terminaría siendo decisivo.
“Nos salvamos de milagro, porque si pasaba 15 minutos antes se nos caía todo arriba. Nos podía haber matado”, dice Esteban. El estruendo hizo pensar que era otro ruido de la obra que se levantaba pegada a la vivienda. Pero cuando miraron hacia abajo, la hija de nueve años vio lo que había ocurrido: una pared de su casa de unos tres metros y medio de alto y diez metros de largo se había derrumbado para adentro.
La pared lindera correspondía a una habitación que funcionaba como cocina, living y estar. Otro tramo se desplomó de otra manera, se hundió. Todo ocurrió el 20 de febrero de 2025.
La familia no volvió a dormir esa noche en su casa. El derrumbe dejó la vivienda abierta y cubierta de polvo, afectó ropa, muebles y pertenencias. Durante varios meses tuvieron que vivir fuera, los niños cambiaron de escuela y la rutina familiar quedó alterada. Recién regresaron en junio, después de limpiar y reconstruir lo que pudieron.
Al día siguiente del desastre, el encargado de la obra ofreció 3.000 dólares, además de pagarles un alquiler cercano mientras duraran los trabajos y reparar el muro. Esteban no aceptó. Según cuenta, la empresa pretendía que firmaran un documento por el que renunciaran a futuros reclamos.
Tras el derrumbe, intervino Bomberos y un arquitecto de la IMM inspeccionó la vivienda. Según Esteban, el informe atribuyó la responsabilidad a la obra y la intendencia posteriormente intimó a la empresa por el riesgo de derrumbe. La constructora colocó puntales de hierro y levantó un muro.
Pero el conflicto sigue sin resolverse. Esteban insiste en que su reclamo no parte de querer obtener dinero, sino de que la empresa asuma las consecuencias de lo ocurrido: “Nosotros no esperábamos que se nos cayera la pared encima. Una vez que ocurre, pretendemos que se actúe de manera correspondiente”.
El caso de Esteban muestra hasta dónde pueden llegar las consecuencias de una obra cuando algo sale mal. Pero incluso cuando una construcción se desarrolla dentro de los parámetros previstos, la relación entre quienes construyen y quienes viven alrededor no termina necesariamente cuando los obreros se van.
Para la IMM, a diferencia de actividades que permanecen indefinidamente en un lugar, como un comercio o un club, una obra tiene un final previsto. “Se resuelve cuando se finaliza la obra”, explicó Olivera. Pero para la Defensoría de Vecinas y Vecinos, el problema no necesariamente termina cuando finaliza la construcción. El defensor Arbulo señala que también reciben reclamos por las molestias que generan los edificios una vez que comienzan a funcionar: alarmas, porterías digitales, circulación de vehículos y deliverys son algunos de los motivos de las quejas.
En ese sentido, Arbulo vincula el fenómeno con las distintas formas de habitar la ciudad. “Si hubiera distintas maneras de vivir pero fueran compatibles, no habría un problema”, sostiene. Y cuestiona, además, que haya una política orientada fundamentalmente a estimular la construcción “pero no una política de vivienda”. Pero esa, claro, es otra historia.
El 91% de los reclamos en Municipios B, Ch y C
Las denuncias por ruidos de obras no se concentran en un momento puntual del año. Los datos de la Intendencia de Montevideo (IMM) muestran que, durante 2026, se mantuvieron relativamente estables, entre 11 y 15 por mes. Abril y junio fueron los meses con más reclamos, con 15 cada uno, mientras que enero, febrero y agosto registraron 11, según los datos a los que accedió El País.
El comportamiento fue diferente en 2025. Aunque durante todo ese año se registraron 112 denuncias (contra 100 en lo que va de 2026), el 57% se concentró entre setiembre y diciembre. El mapa de los reclamos muestra otra particularidad: las denuncias se concentran en las zonas donde la actividad inmobiliaria es más intensa.
El Municipio B reúne el 45% de los reclamos de este año, seguido por el CH con 29%, y el C con 17%. Entre los tres concentran el 91% de las denuncias. Son zonas que incluyen barrios con fuerte dinamismo de la construcción, como Cordón, Parque Rodó, Punta Carretas y Pocitos.
El Municipio C (Prado, Aires Puros, Atahualpa, Mercado Modelo, Goes, Aguada, Capurro, Bella Vista, Reducto, Larrañaga, Jacinto Vera, La Figurita, La Comercial y Villa Muñoz entre otros barrios) es el que registra el crecimiento más marcado respecto a 2025. Pasó de cinco denuncias por ruidos de obra durante todo el año pasado a 17 en los primeros ocho meses de 2026.
La convivencia entre vecinos y obras también implica otros controles. En las construcciones de mayor porte, las autorizaciones contemplan una evaluación del impacto y establecen condiciones para el desarrollo de los trabajos, entre ellas las vinculadas con la ocupación del espacio público. Un ejemplo son las tareas de hormigonado, que pueden requerir cortes de circulación y la reserva de espacios para camiones de gran porte. En esos casos también interviene la División Tránsito de la IMM para coordinar.
El resultado es una convivencia cada vez más frecuente entre vecinos y obras en zonas donde la construcción tiene un fuerte dinamismo. Desde la IMM reconoce que las molestias existen, pero sostienen que la industria de la construcción ha incorporado mayores niveles de profesionalismo.