LESTIDO LLEVA A LA JUSTICIA A FIRMA AUDITORA Y A CASINO

Mónica Rivero, una estafadora que capitalizó la confianza de Lestido en un robo millonario

Sin ser contadora, pero con el oficio aprendido, Mónica Rivero capitalizó la confianza que le tenían en Lestido y montó una maniobra que le permitió robar US$ 7,6 millones en una década. El País accedió a los expedientes que revelan cómo lo logró y dónde se gastó el dinero.

En Barra del Chuy, Rivero se hacía llamar Ana Fernández. Foto: Francisco Flores
En Barra del Chuy, Rivero se hacía llamar Ana Fernández. Foto: Francisco Flores

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Un grupo de policías detiene el vehículo que circula en Barra del Chuy. Dentro de la camioneta Montana gris, de chapa brasileña, viajan un hombre y una mujer. Los uniformados se identifican, dicen que son de Crimen Organizado e Interpol, y piden los documentos de los pasajeros. Ella responde que no lo lleva consigo, pero que su nombre es Ana Fernández. Entonces los policías le muestran una foto de Mónica Rivero, una mujer desaparecida el 13 de febrero de 2017, investigada por apropiación indebida, estafa y lavado de activos, prófuga y requerida dentro y fuera del país.

Es el instante en el que Ana lo pierde todo: "Sí, esa soy yo".

Es, también, el comienzo del fin de una historia que salta en febrero de 2017 con el faltante de unos US$ 198.000 de la caja de Lestido, la importadora de autos y camiones, pero que tiene varios capítulos anteriores y posteriores. Porque la ausencia de Mónica Rivero llevó a la empresa a descubrir que aquella empleada leal era, en realidad, una estafadora que había conseguido engañar no solo a Lestido, sino también a la auditora internacional KPMG. Una mujer que, amparada en la confianza de 24 años de trabajo en la empresa, en su rol de jefa de finanzas y tesorería había montado una sofisticada ingeniería contable que le había permitido robar un total de US$ 7,6 millones durante 10 años sin que absolutamente nadie lo detectara. Y sin ser siquiera contadora.

Rivero les ganó a sus superiores, a los proveedores, a los controles internos y externos, y también al Conrad, el casino más grande de Latinoamérica. Porque a pesar de tener un sueldo de $ 81.287 nominales, y a pesar de apostar de a miles de dólares en efectivo —una noche llegó a jugar medio millón—, le entregaron una tarjeta VIP, la agasajaron como a los mejores clientes, y a nadie se le ocurrió preguntarle por el origen del dinero. Rivero, junto a su marido y sus dos hermanos, dejaron en el casino de Punta del Este, entre 2007 y 2017, US$ 4.244.924.

Finalmente perdió. Rivero fue detenida el miércoles 27 y reconoció sin rodeos sus culpas a la Policía. Y aunque al día siguiente se negó a declarar ante la fiscal Sylvia Gari y la jueza en lo penal Ana Ruibal, su confesión y las pruebas reunidas durante dos años determinaron que fuera procesada con prisión por un delito continuado de estafa y por falsificación de documento.

Pero la historia no termina, porque buena parte de la trama se dirime ahora en el juzgado de Crimen Organizado de la jueza Dolores Sánchez y el fiscal Luis Pacheco. Allí se investiga un delito de lavado de activos, y están involucrados tanto Rivero como sus hermanos y su marido.

Y hay más. El País pudo saber que en la Justicia Civil se tramitan hoy dos juicios que son coletazos de esta historia en la que perdió Rivero, tal vez pierda su familia, y perdió también obviamente Lestido. La empresa entabló una demanda contra KPMG por entender que un procedimiento de auditoría responsable habría detectado el fraude a tiempo. Por otro lado, está en fase de conciliación con Enjoy (Conrad) y es de esperar que en breve se presente una demanda por haber omitido los controles que debería haber hecho por ser sujeto obligado en la prevención de lavado de activos.

Lo que sigue es el relato de una maniobra de fraude millonaria —tal vez la más impactante que haya existido en Uruguay—, reconstruida en base a lo que surge de los expedientes judiciales a los que se tuvo acceso. Es la historia de Mónica Rivero, la brillante empleada infiel, y de cómo perdió una jugada casi perfecta.

"Yo me tengo que ir".

El viernes 10 de febrero Rivero supo que se había complicado la partida cuando su jefe directo le transmitió que, en el marco de una auditoría en curso de KPMG, se haría "un trabajo especial de control de todos los comprobantes de la contabilidad, de los asientos, y que se los bajara del sistema".

"Mónica preguntó para qué era ese trabajo y (él) le contestó que en general se hace para buscar fraudes o desviaciones de fondos. Le comentó que era una cosa normal. Fue ella la que preguntó para qué era el trabajo. Eso nos llamó la atención, porque en general esas cosas no trascienden demasiado", declaró el jefe superior de ambos ante Ruibal y el fiscal de entonces, Ricardo Perciballe.

Ese día Rivero pidió para retirarse media hora antes, a las 17:30 en vez de las 18:00 horas, y se la autorizó. Había entrado con una cartera negra, pero las cámaras de seguridad de la empresa pronto revelarían que había salido también con un bolso de tela negra.

Muchos creían que estaba muerta desde 2017, pero no. Ahora debe responder por el faltante de US$ 7,6 millones. Foto: Francisco Flores.
Muchos creían que estaba muerta desde 2017, pero no. Foto: Francisco Flores.

Pasó el fin de semana, y el lunes bien temprano su marido la llevó a una peluquería en Buceo, a la que nunca entró.

"Yo decido irme ese lunes porque sabía que en la empresa estaba la auditoría. Como yo sabía que no tenía forma de tapar el dinero que había sacado para jugar, en ese momento cuando me quedé en la parada dije yo me tengo que ir. Paré un taxi y me fui para Portones Shopping", declaró Rivero ante Interpol.

Se fue. Le dijo por mensaje a su marido que iría directo a trabajar y a su jefe le avisó que llegaría tarde, pero nada de eso se concretó. Emprendió un viaje al este que la llevaría primero al Chuy del lado brasileño, luego a La Paloma y finalmente a Barra del Chuy, donde se camufló hasta el final.

En la declaración del miércoles a la Policía dijo que se fue con unos US$ 80.000, de los cuales US$ 70.000 se los había robado de la caja fuerte de la empresa el viernes, y el resto los había ganado jugando con su hermana en el casino ese día.

Ante la noticia de su desaparición, en Lestido decidieron revisar sus fondos. Porque Rivero no era una empleada más. "Ella, como tesorera, recibía las cajas de dinero de los distintos departamentos y de allí hacía los pagos y depósitos de los proveedores", dijo en el juzgado uno de los principales directivos de la automotora. Solo ella y el contador jefe tenían la llave de la caja fuerte. "Tengo que reconocer que para mí era una persona de total confianza. Me cuesta creer, estoy asombrado por todo", admitió.

El arqueo de fondos se hizo el 18 de febrero y arrojó un faltante de US$ 148.000 más una suma en pesos que resultaba en un total de casi US$ 200.000. De ese monto, Rivero se había llevado US$ 70.000 en su último día de trabajo; el resto lo había sacado entre diciembre, enero y los primeros días de febrero. La empresa había cerrado su balance en noviembre de 2016.

Ahí se radica una primera denuncia. Y a pesar de no imaginar que Rivero fuera capaz de fraguar la contabilidad —por la confianza que le tenían, pero también por no creer que fuera lo suficientemente idónea, ya que no tenía formación contable e incluso debía materias del liceo— dispusieron una auditoría interna. En cuestión de días detectan un faltante de US$ 2,5 millones solo de las cuentas de dos de sus proveedores: Audi y Man. En marzo Lestido amplía la denuncia y anuncia expresamente que la auditoría continúa, por lo que la cifra puede aumentar. Y de hecho aumenta: en mayo, al finalizar la investigación interna, llegan a la conclusión de que el fraude asciende a US$ 7,6 millones y amplían otra vez la denuncia, esta vez en Crimen Organizado, donde se había dispuesto investigar el presunto lavado.

Rivero empezó a robar en 2006. El primer año fueron "apenas" US$ 83.680. Al ver que pasaba desapercibida, fue subiendo la apuesta hasta llegar a 2011, cuando logró sacar US$ 1.293.233. Luego de ese pico máximo se moderó, muy posiblemente porque la venta de vehículos 0 km. había caído.

¿Cómo lo hacía? Rivero recibía de los proveedores de Lestido las "confirmaciones de saldo" por mail, es decir, los saldos de las cuentas corrientes adeudadas por la empresa. Durante años la mujer modificó esos saldos, envió la cifra fraguada a KPMG y extrajo para sí dinero del pago a proveedores. Cuando estos reclamaban, ella arrastraba el pasivo a otro proveedor o sacaba fondos de otros depósitos. El informe de la auditoría, incluido en el expediente, lo explica así: "La operación consistía en generar asientos contables falsos sobre depósitos en efectivo, que pudieran justificar las salidas de caja de la empresa. El ocultamiento contable de estos valores consistía en subvaluar contablemente pasivos de la empresa y sobrevaluar activos".

En 2016 KPMG cambió su gerente y este consideró que las confirmaciones de saldo no podían tener empleados intermediarios. Esto puso en aprietos a la tesorera, que igual se las rebuscó: según surge del expediente, a uno de los proveedores le comunicó el mail de la auditora de KPMG con una letra cambiada a propósito, de forma de que el correo rebotara, lo recibiera solo ella, y luego pudiera reenviarlo con el monto modificado.

La auditora y su supervisor declararon en el juzgado de Crimen Organizado, y allí contaron cómo el suceso del correo mal escrito encendió las alarmas. Desde KPMG pidieron al jefe de Rivero que solicitara a los proveedores una vez más las confirmaciones de saldo, pero sin intermediarios. Allí surgió la diferencia, pero ya era tarde. Rivero ya se había fugado.

En el juzgado, al jerarca de KPMG le preguntaron si era "de estilo chequear la información de un empleado de la empresa con los proveedores", a lo cual él contestó: "Las normas profesionales no lo piden. Dicen pueden. No había nada que hiciera pensar que esas cartas fueran falsificadas. Por eso el auditor no tiene por qué desconfiar (de) si son o no fraguadas". Le siguieron preguntando, y entonces aseguró que el trabajo de auditor no es revisar el "control interno", sino "verificar si los saldos presentan razonablemente la situación de la empresa".

KPMG fue desvinculada de Lestido, pero antes llegó a informar en su balance de 2016 que el daño total había ascendido a los US$ 7,6 millones.

En su confesión, Rivero demostró conocer a fondo la forma de trabajo no solo de Lestido, sino también de KPMG. Y afirmó: "Faltó control y sobró confianza".

El solo uso y la posesión de dinero ilegal puede ser lavado

Aunque la mayoría del dinero se haya esfumado en apuestas, y no se haya ocultado en inmuebles, el caso de Rivero podría configurarse como lavado de activos. Así lo explicó al programa Todo Pasa Ricardo Sabella, experto en el tema: "La realidad es que se puede contextualizar dentro del marco de lavado de activos, porque la ley pena no solo la conversión y la colocación de los recursos a sabiendas de que provienen de un acto ilegal, sino también la utilización y la posesión". Sabella también explicó que la normativa de control que deben aplicar los casinos se fortaleció el año pasado con una ley y un decreto, sobre todo a partir de los US$ 3.000 de juego. A su vez, ahora se impide que una persona apueste en efectivo y pretenda llevarse la ganancia mediante transferencia o cheque.

Dónde está la plata.

Al día siguiente de la desaparición, el marido y la hermana de Rivero se presentaron en Lestido para contar lo que pasaba. El contador titular dijo en el juzgado: "Lo noté muy frío al marido, una persona muy bonachona. No frío de preocupado, lo noté raro".

Cuando sus allegados declararon por la ausencia, cuando todavía no se sabía que había robado, el marido y el hermano omitieron el detalle de que Rivero era gran apostadora. Solo su hermana y una amiga hablaron del juego como un "hobbie". En Lestido tampoco sabían. "Cuando comprábamos la lotería de fin de año de la empresa, ella nunca quería elegir el número para comprar porque decía que tenía mala suerte", relató un empleado.

El 22 de febrero de 2017, nueve días después de la desaparición, la realidad empezó a salir a la luz. Un equipo de la dirección policial de Crimen Organizado se presentó en la vivienda del barrio Las Acacias, donde viven el padre, el hermano y la hermana en una casa, y Mónica y su marido en un apartamento al fondo.

Buscaban rastros que pudieran aclarar la ausencia, y también el dinero faltante de la caja de Lestido. Pero allí se encontraron con mucho más. De la casa del frente se llevaron dos computadoras, siete celulares, pendrives, discos duros, una táblet, un grabador de voz, cuatro tarjetas de puntos del Conrad (dos a nombre del marido, otras dos a nombre del hermano) y US$ 6.000. Del apartamento se llevaron 4.918 pesos argentinos, 300 dólares, 355 euros, 7.900 pesos uruguayos, tres billeteras, una tarjeta de crédito, 14 cajas vacías de joyería Revello, cadenas, relojes, pulseras, anillos (31 joyas en total, de oro, de plata, con brillos), cuatro celulares, cuatro pasaportes, un Ipad y tarjetas varias.

VEA LA FOTOGALERÍA. Imágenes: el País
Rivero tenía en su poder cuatro pasaportes uruguayos. Algunos eran de su marido.
Varias tarjetas de crédito fueron encontradas por la Policía en los allanamientos.
La Policía incautó cerca de US$ 11.000 en Barra del Chuy.

Ese día, estando los policías allí, debieron llamar a la emergencia cuatro veces. Primero por la hermana (le diagnosticaron "estrés"), luego por el hermano (le dieron un fuerte analgésico), después por el padre, de 84 años (el diagnóstico fue "angustia por la situación familiar" y le dieron un calmante), y finalmente por el marido.

Este último, cuestionado acerca de por qué no mencionó el asunto del juego, respondió que padece diabetes nerviosa y eso le genera un trastorno que le enlentece el razonamiento: "Al no pensar rápido me olvidé de que concurríamos al casino". El hermano, en tanto, dijo: "Porque, la verdad, soy un tarado".

La investigación de Perciballe y Ruibal puso el foco en el Conrad. El gerente de servicios legales del casino les informó que Rivero y su marido eran jugadores VIP y que a nombre de él figuraba una tarjeta de beneficios "seven star". Es un plástico que se otorga a quienes acumulan 200.000 puntos, y cada punto se obtiene con US$ 16. Es decir, se la dieron después de jugar US$ 3,2 millones. A nombre del hermano también detectaron una tarjeta "diamante" (de menor categoría). Esto le permitió a todo el núcleo familiar alojarse gratis en el Conrad y canjear "comps" (puntos) por beneficios. Y allí sí que se daban todos los gustos: restaurante, spa, masajes, peluquería, boutique de ropa, boutique de souvenirs, boutique de revistas, traslados.

También se incautaron comprobantes de las transacciones que la estafadora y su pareja realizaron.
También se incautaron comprobantes de las transacciones que la estafadora y su pareja realizaron.

En el casino todos ubicaban a los Rivero, especialmente a Mónica. Su marido y su hermano declararon que ella era la que jugaba "fuerte". Los empleados coincidieron. El jerarca del Conrad admitió en el juzgado que si bien eran clientes VIP, no eran de los "destacados". Agregó: "Estas personas venían a jugar en efectivo y se llevaban efectivo. No están en ninguna lista negra del World Check. Tenemos conocimiento del cliente, no vamos a fondo con el volumen de ingresos. Tenemos políticas muy estrictas, garantizamos que ciertas cosas no ocurren, pero el detalle de los ingresos creo que no lo tenemos".

Lo que sí pudo verificar el casino fue el monto final del gasto: US$ 3.598.097 con la tarjeta a nombre del marido de Rivero, y US$ 646.827 con la del hermano.

A juzgar por la información que figura en los expedientes, el dinero no se fue solo en apuestas. La información de Migración arroja unos 60 viajes solo de Mónica en el período investigado, la mayoría a Buenos Aires (a veces por el día), pero también a Europa, Estados Unidos y el Caribe.

De la declaración del hermano —jubilado por enfermedad— surge que ella le daba unos $ 15.000 por mes, que le pagaba el gimnasio y que con plata que ella le dio hizo varios viajes; que le regaló US$ 80.000 para comprarse un apartamento, y que por cada ida al casino le entregaba US$ 4.000 o US$ 5.000. Él también reconoció tener dinero invertido (en el entorno de US$ 25.000) en empresas prestamistas o de emprendimientos en general.

De la investigación se desprende, además, que el hermano se compró un inmueble en Atlántida en diciembre de 2010 a US$ 27.000, y lo vendió en 2014 a US$ 45.000. A su vez, Rivero y su marido eran dueños de un apartamento en La Aguada y lo tenían alquilado. Entre 2004 y 2015 cambiaron de auto cuatro veces.

Todos los bienes están embargados desde febrero de 2017. Durante estos dos años, los cuatro familiares de Rivero solo pudieron acceder a sus cuentas de sueldo.

Varias veces en el proceso se les cuestionó, tanto al marido como al hermano, de dónde creían que provenía el dinero que Mónica les facilitaba. Ambos respondieron que no se lo habían preguntado nunca, que suponían que era ganancia de las apuestas. Su responsabilidad está ahora en manos del fiscal Pacheco.

En el Chuy la descubrieron e intentó suicidarse
La casa en Barra del Chuy donde vivía Mónica Rivero. Foto: Ricardo Figueredo

Casi catártica fue la declaración de Mónica Rivero ante la Policía en Montevideo. Allí, además de confesar y explicar al detalle su maniobra, contó que en octubre de 2017 la persona que le alquilaba la casa del lado brasileño del Chuy, un tal Alejandro, le dijo que sabía quién era ella. La mujer dijo entonces que se iba y dejó el dinero en la casa porque ya había decidido que su vida "terminaba ahí". Se fue a la playa con una mochila, la dejó en un poste y empezó a caminar hacia el balneario Hermenegildo, según su relato. "Iba entrando al mar para suicidarme y el mar me devolvía, eso lo hice muchas veces". Finalmente, una pareja la encontró tiritando de frío en Hermenegildo. Le preguntaron si se había querido matar y ella dijo que sí, llorando. Llamaron a la Policía y fueron los mismos uniformados que la llevaron al Chuy. Volvió a buscar su dinero y lo recuperó. De allí se fue a La Paloma, y más tarde se instalaría en Barra del Chuy.

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