"Me devolvió el alma": historias de vida de cazadores uruguayos, entre el monte, las tradiciones y la ley de armas

Historias de cazadores en diferentes partes del país, atentos a los proyectos de ley que vuelven a discutirse en el Parlamento. Mientras el gobierno plantea ordenar el mercado de las armas, ¿cómo es hoy la rutina del cazador uruguayo?

Cazador sostiene un jabalí.
Cazador sostiene un jabalí.

Roberto Giumelli tenía apenas seis años cuando empezó a caminar detrás de su padre entre montes y pajonales. No iba a disparar. Era un niño con pasos cortos y firmes que apenas lograba seguir el ritmo de aquel hombre que avanzaba por el campo con naturalidad. Seis décadas después, Giumelli sigue recorriendo esos montes. A los 70 años continúa saliendo casi todos los fines de semana de invierno a cazar, ahora acompañado por su hijo de 30 años.

Su historia no empieza con un rifle ni con una escopeta. Empieza alrededor de un fogón. Con un muchachito que veía a su padre baquiano acomodar en la caja de la camioneta todo lo necesario para pasar varios días de campamento y agarrar camino rumbo a algún arroyo. Las noches serenas con el cielo estrellado, solo interrumpidas por el ladrido de algún perro que encontró un jabalí.

Después vendrían las madrugadas de niebla blanca, las botas abriéndose paso entre el barro, talas, espinillos y chircas. Y también la espera. El mate, las partidas de truco, los cuentos repetidos una y otra vez. Porque, dice, muchas veces se vuelve con las manos vacías, pero nunca sin una historia para contar.

Ciervo axis en Uruguay: para su caza se necesita habilitación
Ciervo axis en Uruguay: para su caza se necesita habilitación.
Foto: Archivo El País

“La gente piensa que ir a cazar es salir, andar a lo loco con armas, matar un jabalí y volver”, dice Giumelli. A veces pasa que pueden cazar, sobre todo cuando los llama algún productor porque los chanchos están destrozando el campo. “No hay que olvidarse de que no es un animal de acá, y que son plaga. Pero eso no es lo que define la caza. Lo importante es todo lo demás”, resume el hombre, integrante de la Asociación Nacional de Cazadores del Uruguay.

Mientras Giumelli cuenta esa forma de vivir la caza, el tema volvió a instalarse en la discusión pública. El Parlamento analiza distintos proyectos de ley vinculados a la regulación de armas y municiones, un debate que encendió las alarmas en algunas organizaciones.

El punto de choque no está tanto en las armas de caza. Los cazadores insisten en que los rifles y escopetas que utilizan difícilmente sean las armas que terminan en un asalto o un homicidio, porque para eso se usan armas cortas. El viernes 10 de julio la Asociación de Cazadores del Uruguay y otras organizaciones se movilizaron frente al Palacio Legislativo para expresar sus derechos como “legítimos usuarios” de armas.

Manifestación por proyectos del gobierno para mayor regulación de armas.
Manifestación por proyectos del gobierno para mayor regulación de armas.
Foto: Ignacio Sánchez.

Los cazadores temen que vuelvan a discutirse algunos cambios ya planteados en el pasado, como reducir de ocho a tres la cantidad de armas que puede registrar un cazador. También recuerdan un cambio que se produjo durante el gobierno de Luis Lacalle Pou, cuando se autorizó el uso de proyectiles expansivos -de punta blanda o semiencamisados- en sustitución de los encamisados que los cazadores debían utilizar hasta ese momento. Aquellos proyectiles atravesaban al animal y seguían su recorrido, con el riesgo de provocar accidentes, mientras que los expansivos están diseñados para abrirse dentro de la presa.

En la movilización también participaron organizaciones de coleccionistas, tiradores deportivos y armeros. Sus representantes aseguran que no se oponen a una mayor modernización de los controles y los sistemas de registro. Su principal preocupación pasa por lo que consideran un avance hacia un enfoque “antiarmas” o de “desarme civil”, así como por la posibilidad de que nuevas reglamentaciones encarezcan, demoren o limiten los trámites necesarios para la tenencia legal de armas.

El gobierno pone el foco en la trazabilidad. Entiende que el riesgo aparece cuando armas o, sobre todo, municiones adquiridas legalmente dejan de poder ser rastreadas y terminan alimentando el mercado ilegal o llegando a manos de la delincuencia. Ese es el punto sobre el que busca intervenir un nuevo decreto que prepara el Ministerio del Interior.

En el Parlamento avanza el debate sobre las armas

En el Senado se discuten dos iniciativas, una fue presentada por el senador nacionalista Carlos Camy y busca extender hasta fines de 2027 el plazo para regularizar armas que ya forman parte del mercado legal. La otra, impulsada por legisladores del Frente Amplio y presentada originalmente por el entonces senador Mario Bergara, propone reducir de cinco a tres años la vigencia de los permisos de tenencia y porte de armas, exigir un seguro de responsabilidad civil para obtenerlos o renovarlos y crear un organismo interinstitucional para coordinar políticas de prevención de la violencia armada.

Carlos Camy, senador del Partido Nacional.
Carlos Camy
Foto: Leonardo Mainé

A eso se suma un tercer proyecto, presentado en la Cámara de Diputados por el legislador Andrés Zavala, elaborado junto al asesor en seguridad del Ministerio del Interior, Diego Sanjurjo. Busca aumentar las penas mínimas por tráfico y porte ilegal de armas y mejorar el intercambio de información entre Interior, Defensa y Aduanas.

Hoy quienes adquieren municiones deben presentar la documentación del arma y cada compra queda registrada por las armerías, que deben informar periódicamente a dos organismos: al Ministerio del Interior y al Servicio de Material y Armamento (SMA) del Ministerio de Defensa. Además, para obtener y mantener la tenencia de un arma es necesario cumplir una serie de requisitos. Una evaluación psicológica primero, y otra médica luego. Además acreditar aptitud mediante un curso de manejo de armas, no registrar antecedentes penales y presentar la documentación sobre el arma que se piensa comprar.

Las exigencias no terminan allí. Cada arma queda registrada a nombre de un único titular, por lo que ya no es posible, como ocurría años atrás, que un hijo utilizara el arma de su padre. Además, cuando se traslada debe hacerse descargada. En el domicilio también existen requisitos sobre cómo debe almacenarse para evitar accesos indebidos.

“No cualquiera puede acceder a un arma”, resume Camy. El legislador recuerda que Uruguay cuenta con uno de los registros de armas más antiguos de Sudamérica, vigente desde 1943, y sostiene que la tenencia responsable forma parte de una tradición jurídica del país. Incluso menciona que las Instrucciones del Año XIII, impulsadas por José Artigas, reconocían el derecho del pueblo a estar armado.

Ministro del Interior, Carlos Negro.
Ministro del Interior, Carlos Negro.
Foto: Ministerio del Interior.

El gobierno, en tanto, sostiene que el objetivo no es restringir la actividad de los cazadores sino cerrar las vías por las que armas y municiones pasan del mercado legal al de los delincuentes. “Allí, del mercado ilegal, es donde los criminales obtienen la mayor cantidad de armas”, afirmó el ministro del Interior, Carlos Negro, al presentar el Plan Nacional de Seguridad Pública ante la Comisión de Seguridad de la Cámara de Diputados.

Según los datos que expuso, el 79% de las armas incautadas en Uruguay tiene sus números identificatorios borrados. Del 21% restante, cuyos registros permanecen intactos, más del 90% proviene originalmente del mercado legal, mayoritariamente de armas robadas a policías.

Cazadores uruguayos en un monte nativo.
Cazadores uruguayos en un monte nativo.

Mientras, Giumelli sigue haciendo lo mismo que aprendió de niño: preparar el campamento, cargar los perros y salir al monte.

Cuando tenía 12 años perdió a su padre. Durante un tiempo fue un tío quien ocupó ese lugar. La tradición siguió intacta. Ya no era solamente una salida entre hombres: también iban su tía y su prima. Era un campamento familiar.

En su relato, la cacería es también una excusa para recorrer Uruguay. San José, Paysandú, Artigas, cualquier departamento puede convertirse en destino. Dice que gracias a la caza conoció personas que terminaron convirtiéndose en amigos de toda la vida, con algunos lleva 45 años compartiendo salidas.

Cuando llega Semana Santa, el grupo instala un verdadero campamento. Llevan freezer, máquinas para picar carne y hacer embutidos. Si la presa es grande, parte de la carne se cocina allí mismo y otra se transforma en chorizos. No siempre fue así. Antes había que arreglarse con mucho menos.

La rutina empieza temprano. Los perros son protagonistas, son ellos quienes rastrean el monte hasta encontrar al jabalí escondido entre zarzamoras, pajonales o la vegetación más cerrada. Cuando lo detectan, ladran. Entonces comienza la parte más difícil: entrar donde el animal está refugiado. “Hay lugares donde, si no lo sacás con perros, no hay forma de encontrarlo”, dice.

Habla con naturalidad de calibres, cuchillos y técnicas de caza. Explica cómo un jabalí viejo desarrolla una gruesa capa de cuero que protege parte de su cuerpo y por qué, cuando los perros ya tienen inmovilizado al animal, prefiere no disparar para evitar herirlos.

El monte al que volvió para seguir adelante

Durante meses Andrés Morales no quiso volver a cazar. Después de la muerte de su esposa, dejó las armas guardadas, abandonó la Asociación de Cazadores y perdió las ganas de salir. El monte, que durante toda su vida había sido un lugar de encuentro, quedó asociado al vacío. Fueron sus hermanos y los amigos de siempre quienes insistieron una y otra vez hasta convencerlo de volver a un campamento. Hoy, a los 57 años, dice que aquella decisión fue el comienzo de algo parecido a una recuperación: “La cacería me devolvió el alma. Me devolvió las ganas de pelearla”.

CAZADORES
Cazador junto a su perro.

La historia de Morales con el monte empezó mucho antes de que pudiera sostener un arma. Nació en una familia de cazadores en Colonia, donde también comenzó la historia de las dos principales especies invasoras que hoy se cazan en Uruguay: el jabalí y el ciervo axis. Ambos fueron introducidos en el Parque Nacional Anchorena y, con el paso de las décadas, se expandieron por buena parte del territorio. Crecer en esa zona significó convivir desde niño con esos animales y con una actividad que, para muchas familias rurales, formaba parte de la vida cotidiana.

No sabe precisar la edad en que empezó a acompañar a su padre. Dice que iba “prendido de los pantalones” y que muchas veces salían de noche con un farol. En aquellos años la caza no era una afición ni un deporte: era parte de la economía familiar. Las liebres, las perdices, los ciervos o los jabalíes terminaban en la olla. “Éramos humildes. Eso era parte de la comida”, recuerda.

Con los años, las salidas familiares quedaron atrás. Ya de adulto, la caza pasó a ser una actividad compartida con un grupo de amigos que, con el tiempo, se convirtió en una barra inseparable. Dice que, lejos de la imagen del cazador que dispara a cualquier movimiento, la actividad requiere paciencia y precisión. “Solo tiramos cuando estamos seguros de qué animal tenemos delante, usamos miras y también trípodes para el rifle. No vamos a matar una oveja o un perro. Hay que identificar bien la presa, sea de día o de noche”, sostiene.

Una vez al mes cargan las camionetas y parten un jueves. Pasan dos días de campamento recorriendo el monte y el domingo vuelven a casa.

Fogón de un campamento que salió en grupo a cazar.
Fogón de un campamento que salió en grupo a cazar.

Pero cuando habla de esos viajes, rara vez empieza por los animales. Habla del fuego, del asado que nunca falta, del mate que pasa de mano en mano y de las conversaciones que se estiran hasta la madrugada. “Nos llevamos el asado desde casa. Después, si se caza algo, se cocina también. Pero el campamento siempre empieza alrededor del fuego”, cuenta. Dice que, incluso cuando no se caza nada, el viaje ya valió la pena.

Fue ese espíritu el que lo hizo volver a la Asociación de Cazadores después del duelo por la muerte de su esposa. Allí se reencontró con compañeros y con una preocupación que hoy atraviesa a buena parte del sector: el temor de que las iniciativas para modificar la normativa sobre armas terminen afectando también a quienes practican la caza de forma legal.

Para Morales, muchas veces se legisla sin conocer cómo funciona la actividad. Un cazador, explica, necesita distintos tipos de armas según el terreno, la especie que persigue y las condiciones de la salida, como la luz del día o la noche. Sin embargo, cada vez que la charla parece abrir esa discusión, vuelve casi inevitablemente al mismo punto de partida.

Habla otra vez de la barra. De los kilómetros recorridos juntos. De las noches en el campamento. Porque, para él, la caza nunca fue una actividad individual. Siempre estuvo atravesada por los vínculos. “No sé si fue la cacería o fueron los amigos”, dice, antes de corregirse. “Capaz que fueron las dos cosas juntas”.

Un cazador de arco y flecha

Pablo Borrazás, de 48 años, tiene una armería. Vende rifles, escopetas, municiones y equipos para la caza. Sin embargo, cuando se le pregunta por las armas, sorprende con la respuesta: “A mí las armas no me gustan mucho. Lo que me gusta es la caza”.

Pablo Borrazás, de 48 años, tiene una armería.
Pablo Borrazás, de 48 años, practica la caza con arco y flecha.

A diferencia de otros cazadores, no heredó la tradición familiar. Empezó a los 15 años, mientras vivía en un campo en Lavalleja, porque los jabalíes atacaban las ovejas del establecimiento. “Empecé para controlar. Teníamos mucho lanar y hacían mucho daño”, recuerda.

Con el tiempo encontró una modalidad que lo apasiona más que cualquier rifle: la caza con arco y flecha. Es una práctica silenciosa que obliga a acercarse mucho más al animal, y esperar el momento exacto. “Es mucho más difícil. Pero la idea sigue siendo la misma: darle una muerte rápida y no dejar un animal herido”, explica.

Su condición de cazador y comerciante también lo llevó a participar en las discusiones sobre la regulación de armas. En los últimos años integró reuniones técnicas con autoridades.

Borrazás está de acuerdo con mejorar los controles y la trazabilidad de las armas y las municiones. De hecho, sostiene que cada venta ya queda registrada y propone digitalizar esos sistemas para hacerlos más eficientes. “Puede haber alguien que haga las cosas mal, como en cualquier actividad. Pero esa no es la realidad de la enorme mayoría”, sostiene.

Manifestación por proyectos del gobierno para mayor regulación de armas.
Manifestación por proyectos del gobierno para mayor regulación de armas.
Foto: Ignacio Sánchez.

La discusión sobre las armas suele moverse entre dos extremos: el control que reclaman quienes ven en ellas un riesgo en sí mismo y la defensa de quienes las consideran una herramienta dentro de una práctica regulada. Borrazás queda parado en ese cruce. Habla de caza, de tradición y de responsabilidad, pero también de una frontera que para él es clara: una cosa es el arma en manos de un cazador y otra muy distinta el arma que llega al circuito ilegal. “Los cazadores no somos proveedores de la delincuencia”, avisa.

Estudio científico

Jabalíes y ciervos: hallan parásitos

Un estudio científico realizado en Uruguay detectó la presencia de parásitos con potencial impacto sanitario y productivo en dos especies exóticas invasoras: el jabalí y el ciervo axis. La investigación analizó la circulación de Toxoplasma gondii y Neospora caninum en fauna silvestre y encontró niveles significativos de infección en ambas especies.

Ciervo axis en Uruguay

Andrés Cabrera, investigador del Institut Pasteur de Montevideo y del Instituto de Higiene, que formó parte de la publicación, explicó que el trabajo se realizó a partir de un banco de muestras de sangre, suero y órganos obtenidos de jabalíes y ciervos axis.

“Son especies introducidas que pueden mantener estos parásitos en el ambiente silvestre y están en contacto con la producción, tanto con ganado bovino como ovino”, señaló. Los resultados mostraron que cerca de la mitad de los jabalíes analizados presentaban Toxoplasma gondii, un parásito que puede transmitirse a humanos, especialmente a través del consumo de carne cruda o mal cocida.

En los ciervos axis, en tanto, se detectó una alta presencia de Neospora caninum, un parásito asociado a abortos en el ganado y pérdidas económicas para los productores. Cabrera advirtió que el problema no se limita a los patógenos: ambas especies se adaptaron al territorio uruguayo, crecieron en población y generan impactos sobre la biodiversidad. “Cuando entra una especie invasora, uno de los primeros objetivos es controlar sus poblaciones”, dijo el investigador.

Algunos países han optado por la caza regulada como una herramienta de control. Sin embargo, Cabrera advirtió que no se trata simplemente de reducir poblaciones, sino de aplicar estrategias planificadas.

El desafío, planteó, es avanzar en sistemas de monitoreo que permitan identificar los puntos críticos: “Con las nuevas tecnologías, como drones y cámaras térmicas, se podría estimar dónde están los mayores focos y actuar sobre esos puntos”. De todas formas, el investigador considera que la erradicación del jabalí y el ciervo axis resulta prácticamente inviable: son animales que ya se adaptaron al territorio uruguayo.

¿Encontraste un error?

Reportar

Te puede interesar