EN ARROYO DE LOS PATOS, SEBASTIÁN CABRERA
Antes de ponerse la túnica y la moña, Erika Yamila Hernández se sienta frente a la tele cada mañana a las 8.30 y ve su "comedia" preferida, Torrente, un torbellino de pasiones. Es una telenovela venezolana cuya historia podría resumirse más o menos así: una doctora, Ana Julia Briceño Mendizábal, sufre un accidente aéreo y se interna en la selva, donde se enamora de un muchacho solitario, Bayardo Santa Cruz.
La novela termina a eso de las 9.30 y recién ahí arranca la jornada de Erika, una niña de 10 años simpática y conversadora. Apronta sus cosas y se sube a la moto de la abuela, Blanca López, para ir a clase.
Son seis kilómetros -tres por la ruta 108 y tres por un camino de tierra- hasta llegar a la escuela 39 de Arroyo de los Patos, un tranquilo paraje justo ahí donde termina Canelones y empieza Lavalleja, y donde lo único que se escucha es el ruido del viento, algún ladrido y muy de vez en cuando el motor de un auto que pasa.
Un despintado cartel da la bienvenida a Lavalleja y, un poco más adelante, aparece la escuela arriba de una loma verde y rodeada de seis o siete casas. La bandera de Uruguay se ve a la distancia. Contando otras viviendas que están más lejos, en este pueblo rural -si es que puede calificarse así- no viven más de 40 personas.
Son las 10 de la mañana y la maestra Graciela Umpiérrez espera en la puerta. No hay compañeros. Pero no es que hoy faltaron o que están enfermos: Erika es la única alumna de la escuela, que hace tres décadas tenía 60 estudiantes y hace 10 años tenía ocho o nueve niños.
La 39 agoniza lento: es una de las nueve escuelas rurales con un solo alumno, según la información que el Consejo de Educación Primaria brindó a Qué Pasa (ver página 5).
La relación entre Erika y Graciela es casi como de hija y madre. Las dos admiten que es así, pero luego la maestra dice que "hay que poner límites". No es fácil: se ven cinco horas por día, hacen las tareas juntas, comen juntas y hasta limpian juntas. El ritual se repetirá un año más. Erika terminará sexto año a fines de 2012 y después es probable que pase lo que los (pocos) vecinos de Arroyo de los Patos temen: que la escuela cierre.
"O podés traer a tu hija y tu sobrina a darles clase acá. Es una buena idea", sugiere Erika en broma y con un acento bien de campo. "Lo tendremos en cuenta", responde la maestra.
La 39 es más que una escuela, es un centro de reunión. Una vez al mes, por ejemplo, los pasivos cobran ahí la jubilación. En la zona no hay más niños en edad escolar: solo un bebé de ocho meses, hijo de un matrimonio de caseros de una estancia. A cinco o seis kilómetros hay otros escolares, pero toman un ómnibus de Primaria que los pasa a buscar por la puerta de la casa para ir a la escuela 139 del departamento vecino, Canelones.
Erika es "bichera" (tiene tres perros, cinco gatos, un caballo y muchas gallinas) y vive sola con sus abuelos. "Digamos que son como mis padres", dice ella, que muchas veces parece una persona mayor por cómo habla. El padre y la madre viven más lejos y los ve de vez en cuando. La familia la envía a Arroyo de los Patos porque "quieren a esta escuela y saben que es la única posibilidad de mantenerla abierta", dice la coordinadora de educación rural en Lavalleja, Mónica Rodríguez, que fue maestra allí entre 2004 y 2008.
"Yo padecí el despoblamiento", dice Rodríguez. "Acá nos quedan los vecinos de 60 para arriba y sé que desgraciadamente esta escuela agoniza, a pesar que la gente ha redoblado esfuerzos e incluso dejaban pasar a los niños por su campo".
Hoy la política oficial es mantener abierta todas las escuelas si tienen al menos un alumno, pero el director de educación rural del Consejo de Educación Primaria Limber Santos admite que desde el punto de vista pedagógico y de la integración social es muy negativo que un centro tenga pocos estudiantes (ver página 8).
EL PUEBLO. Hoy, el viento sopla fuerte, acá en Arroyo de los Patos. El cielo gris anuncia lluvia y Erika (o Yamila, su segundo nombre, que prefiere usar la maestra) dice que si hay tormenta la trae su abuelo en auto o falta a clase. Eso pasa muy de vez en cuando (la maestra confirma que tiene buena asistencia) pero le permite ver "comedias", su gran pasión. A veces mira hasta ocho novelas por día.
Donde vive, en la ruta 108, no hay otros niños de su edad. "Directamente no tengo muchos amigos. Los vecinos con niños están lejos", cuenta.
Atrás de la escuela está la casa de Hilda Martínez, más conocida como Pola, la más anciana del pueblo. "¿Sabes si la cierran?", pregunta la señora con el ceño fruncido. "A mí me gustaría que siguiera", dice. Y luego cambia de tema: "¿Cuántos años me das?", pregunta, pícara, porque sabe que no parece de 83 años, a pesar del bastón. Pola es la vecina más preocupada por el futuro cierre, ya que la escuela le trae movimiento y muchos recuerdos: su hijo fue alumno y su esposo "presidente" de la institución.
Al costado vive la familia de Wilmar González, que tiene 50 años y también fue alumno. En su época la escuela estaba en otro lugar, más adentro en el campo, y era de madera, chapa y techo de quincho. Un día, una maestra -se llamaba Cristina, Wilmar lo recuerda perfecto- quiso sacar con humo un enjambre de abejas que estaba en una ventana pero se le fue la mano. Wilmar se ríe y recuerda que se prendió fuego el enjambre, luego la ventana y después todo el rancho.
En aquel momento fue una tragedia, corría el año 1968. "Solo pudimos salvar algunos útiles y libros", dice. Durante la década de 1970 las clases se dieron de casa en casa hasta que un vecino, Isidro López, donó el predio actual.
Enfrente a la escuela está la casa de Yolanda Pérez (59 años), que vive con su marido y tres perros. Se dedican a "carnear" vacas de vez en cuando. La escuela funcionó en la casa donde viven hoy, en la década de 1970, y Yolanda también tiene pena por la situación. Luego piensa un poco y le pone un poco de realismo al asunto: "La escuela sirve. Pero tampoco sé si es lógico que Primaria mantenga un sueldo por un niño solo. Entiendo a los que dicen que así se funde el país".
CULPABLE. Graciela, la maestra de 39 años, trabajó casi siempre en educación rural. Vive en Villa Rosario, a 10 kilómetros, y desde allí se toma un ómnibus hasta la ruta 12. El resto del viaje lo hace en una moto que deja en casa de un vecino.
Al principio se sentía "culpable" por tener un solo alumno en un local donde todo anda bien, cuando otros maestros tienen 30 niños. "Pero de a poco me hicieron ver que no era mi culpa", cuenta ella. Erika dice que "es lindo" tener una maestra para ella sola. "Pero exige mucho más la maestra", bromea Graciela. "No mucho", contesta la niña y se ríe a carcajadas.
Ella se toma todo el tiempo la túnica con las manos, va de un lado al otro, es inquieta y muestra con orgullo su segunda casa. El edificio tiene un amplio salón principal donde hay una mesa larga, cuatro mesas más chicas y un pizarrón donde se lee: "Bienvenido Qué Pasa". Arriba del pizarrón, el clásico cuadro de José Gervasio Artigas y el de José Pedro Varela.
Esta escuela podría ser la envidia de muchos niños capitalinos: el salón principal -adornado con guirnaldas- está limpio y reluciente. "Sí, está bien conservado", dice Erika.
En una esquina hay un calentador eléctrico y ahí cerca una estufa a leña. También se ve un globo terráqueo algo desinflado, el infaltable botiquín, además de un aparato ("jaulita", le dicen) que hace un ruido algo molesto y sirve para la conexión wifi.
A Erika le gusta bajar fotos de playas en internet, pero hoy no tiene su ceibalita. "La mandamos a flashear", dice, con seguridad. Significa "ponerle cosas nuevas" y adecuar el software.
Pero Erika y Graciela prefieren un salón más chiquito, que está al fondo, donde hay una mesa blanca de plástico y cuatro sillas. Arriba de la mesa, un cuaderno de Hello Kitty, una calculadora, regla, Cascola y otros útiles. Al lado hay otra habitación, originalmente prevista como dormitorio del maestro, que hoy cumple la función de salón de juegos. En el piso hay un colchón tipo sillón cama, una mesa bajita y en la pared varios cuadros infantiles, entre ellos un póster de la Era del Hielo.
La escuela tiene dos baños y una cocina, así como un laboratorio donde hay tubos de ensayo y otros elementos. Pero allí llama la atención una cartelera con notas de El País sobre temas tan distintos como la reapertura del Ventorrillo de la Buena Vista en Villa Serrana o el aumento en la demanda del supergás.
"¿Querés ponerte una camperita?", pregunta la maestra cuando salen y muestran un invernáculo donde cultivan menta, orégano y perejil. Y en la huerta hay lechugas, remolachas y acelgas. "También tenemos un limonero, un bergamoto y un tangerino", dice Erika y señala los árboles. Hay un espacio que le alquilan a un vecino, quien planta maíz y les cede el 30% de la producción.
El edificio está un poco despintado del lado de afuera. "Acá hacemos todo a pulmón", dice Graciela. Y cuenta que INCA donó pintura, por lo que en primavera habrá un necesario lavado de cara.
PEDIDO. Antes, hasta hace cuatro años, Erika iba a otra escuela rural. "Pero vino un vecino a pedir que viniera acá, porque no había ningún niño. Mi papá le dijo que sí", cuenta ella. Así que en segundo año empezó sola en Arroyo de los Patos. Luego entraron dos niñas, pero una de ellas se fue el año pasado a Tala y a principios de 2011 llegó el turno de la otra niña, Fabiana, que ahora va en el ómnibus de Primaria a la otra escuela. Ella "venía a caballo por dentro del campo", dice Erika.
Cuando la escuela volvió a quedar con un solo alumno, Primaria retiró a una asistente que ayudaba a la maestra. Así, Graciela no solo debe enseñar, también cocina, limpia y arregla todo. "No me pagan por eso, pero yo no podría vivir en un lugar donde todo se cae", dice.
Hoy la maestra encargó una actividad plástica: se trata de un fotomontaje con rostros de gente conocida a recortar de los diarios. "Maestra, ¿con 50 fotos está bien?", pregunta Erika, cuando va unas 30 caritas, entras las que se ve el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, el maestro Tabárez, Diego Lugano y Susana Giménez. Un día después Graciela, a la que Erika rara vez llama por su nombre, contaría por mensaje de texto que "Yamila está muy entusiasmada por el fotomontaje, disfruta lo que hace". Y luego agregaría: "Ahora quiere que ustedes vuelvan para que vean cómo quedó".
A la hora de la comida, el menú es armado con la ayuda de una nutricionista de Primaria: la sugerencia es bajar la carne roja y comer más pollo, pescado y verduras. "Igual estamos gorditas, ¿eh?", dice Erika. Y se ríen otra vez. Graciela contesta que "hay truquitos, como licuar la sopa" o hacer una ensalada primavera, el menú de hoy. Es decir, arroz mezclado con choclo, arvejas, tomate, repollo y sardina.
La maestra saca un tupper con el arroz ya preparado, luego abre una lata de sardinas y corta el tomate. Se nota que son un equipo: cuando Graciela cocina, la alumna pone los individuales, los platos, los cubiertos y vasos en la mesa.
Erika no quiere ir al liceo, le gustaría estar toda la vida en la escuela. Pero no se puede. Eso sí, tiene clarísimo que de grande quiere ser peluquera en Migues o tal vez en Montes. Pero, mucho antes de eso, le preocupa otra cosa: que el acto de fin de año -que se suele hacer junto a otra escuela de la zona- esta vez sea en la 39. Que los otros niños vengan a Arroyo de los Patos; que Erika y Graciela los reciban y todo sea una fiesta. "Vamos a pedir la autorización", promete la maestra.
El reloj se acerca a las tres de la tarde y llega la abuela en su moto Yumbo. La niña se despide hasta la mañana siguiente con un beso, cuando se vuelvan a ver otra vez cara a cara, a solas.
A una hora y media de Montevideo
A Arroyo de los Patos se llega por la ruta 7. Después de Tala hay que tomar una cascoteada y polvorienta ruta 12 -repleta de camiones con madera- hasta el pueblo Ombúes de Bentancor. Ahí conviene preguntar en "lo de Rodríguez", un típico bar-almacén de campaña, que enseguida indicará donde sale el camino de tierra. Más adelante por ese camino está el pueblo, a una hora y media de Montevideo.
De Chamangá a Chamamé
"Ya no sé qué hacer. ¡Vos porque no estás acá!", le comentó hace unos meses un maestro a una funcionaria del departamento de educación rural de Primaria, después de un par de días con su único alumno enfermo. "Y... aprovechá a leer", le contestó ella. En todo el país hay nueve escuelas que tienen un solo estudiante. Cinco de ellas están en Lavalleja, una en Flores, otra en Soriano y Treinta y Tres. Además de la de Arroyo de los Patos, son éstas:
CHAMANGÁ. La escuela 36 La Lucila, en el paraje Chamangá en el departamento de Flores, tiene un niño de 5 años, en Educación Inicial. Hasta hace unos meses había seis niños pero la maestra tuvo un accidente y pidió licencia. Los alumnos se distribuyeron en otras escuelas de la zona.
Sarandí de gutiérrez. La escuela 59 reabrió en 2011 en esa localidad de Lavalleja, cerca de Varela, ya que se inscribió una niña de 4 años.
Arrayanes de corrales. Hay un solo niño, de 5 años, en la escuela número 62 en el paraje Arrayanes de Corrales de Cebollatí, en Treinta y Tres.
Sarandí de cebollatí. En la escuela 69 de Lavalleja hay una niña en edad preescolar.
Puntas de marmarajá. También hay una niña en Educación Inicial en la escuela 93 de este pueblo minuano.
Retamosa. Es otro lugar en la Lavalleja profunda, donde está la escuela 95. Allí hay una niña, también en Educación Inicial.
Costas del perdido. Es una escuela -la 107- ubicada al norte de Cardona, en el departamento de Soriano.
Chamamé. Al norte de Lavalleja, en el límite con Florida, el maestro Tomás Ruiz empezó el año en la escuela 110 con cuatro alumnos y ahora tiene uno solo, de sexto año. Los demás niños se fueron del lugar, algunos porque sus padres emigraron a la zona de Valentines atraídos por Aratirí. Es una escuela en una zona aislada, sin electricidad (hay solo un panel solar y la gente del lugar está gestionando la luz), sin agua corriente (hay un aljibe) ni conexión a Internet. El camino para llegar hasta la escuela se encuentra en muy mal estado y hace poco se cambió el cielorraso de la casa. La mamá del niño le paga a una persona para que cocine.
Pocos vecinos, pero unidos
Hay muchas teorías de por qué Arroyo de los Patos se llama así. Algunos pobladores hablan de una familia "Pato" que se instaló en el lugar hace mucho tiempo y otros hablan de una familia "Arroyo". Wilmar González, vecino a la escuela, tiene una teoría más simple: "Es por el arroyo que pasa cerca, ahí hay patos". Pero Erika aclara que no son patos, sino que "son gansos".
La comunión entre los vecinos se nota en el pequeño paraje. Hace una semana se cayó de la moto el hijo de Wilmar y se quebró la pierna. Así, la gente de la zona está organizando un festival en su beneficio, con carreras a caballo, baile, payadores, asado con cuero, y tortas fritas.
Decisión. La familia de Erika la envía a Arroyo de los Patos para evitar que la escuela cierre.
Consejos de primaria
La motivación
A la maestra Graciela Umpiérrez le costó adaptarse a una clase con una sola niña. "Había trabajado con dos o tres; nunca uno. Y es un desafío", dice. Para el director del departamento de educación rural de Primaria, Limber Santos, es clave "la motivación de esa clase personalizada" y la inventiva del maestro para "acercar material gráfico o videos, llevar referentes" que hagan que sea interesante para las dos partes. Hace unos días el tema fue la Copa América en Arroyo de los Paros y Erika escribió una redacción sobre el arquero Fernando Muslera, donde predomina la descripción física. "Tiene el pelo morocho y lacio, que combina con sus ojos oscuros. Sus orejas son medianas y la nariz puntiaguda", escribió. "Es alto, delgado y su boca es grande. Tiene la voz fina. Es simpático".
Santos dice que se debe evitar que el maestro sea la única figura de referencia y que -si es posible por razones geográficas- el niño se pueda desplazar a otras escuelas y que se realicen actividades en común, de integración.
Las escuelas rurales habitualmente funcionan de 10 a 15 horas, con un recreo de 12 a 13. La comida se elabora en la escuela y hay una partida de Primaria destinada a la compra de todos los alimentos.