"Una plaga no respeta gobiernos ni fronteras. No respeta nada: va atrás de lo que precisa para vivir, reproducirse y sobrevivir”, dice Agustín Giudice, director general de Servicios Agrícolas del Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP). La frase resume una de las principales dificultades que plantea el avance del picudo rojo en Uruguay: el insecto no entiende de límites administrativos y poco de planes de contención. Mientras las autoridades uruguayas trabajan para evitar que el insecto llegue a los palmares de Rocha, uno de los ecosistemas que se busca proteger, el picudo rojo ya cruzó el Río de la Plata (y el Uruguay). A fines de enero de 2026 fue detectado en la isla Martín García, que Argentina y Uruguay comparten en soberanía. Meses después, en agosto, también se registró su presencia en Entre Ríos, en una estancia próxima a Colonia Elía.
La expansión del picudo obliga a coordinar respuestas entre países. “Hay convenios internacionales, sobre todo en el tema de las plagas y en específico con esta”, explica Giudice. Uruguay participa del Comité de Sanidad Vegetal del Cono Sur (Cosave) y de organismos vinculados a la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), que establecen normas fitosanitarias y marcos de cooperación para prevenir y enfrentar estas amenazas.
La FAO ya elaboró una serie de recomendaciones para que Uruguay logre reducir la población de picudos rojos y frenar su crecimiento hasta alcanzar una meseta. Porque hay algo que las autoridades del MGAP y del Ministerio de Ambiente, los dos organismos que lideran la estrategia de control, tienen claro: el picudo rojo llegó para quedarse y el desafío ahora es aprender a convivir con él.
Desde el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa), el organismo argentino encargado de abordar la plaga, admiten a El País que tuvieron ventaja al anticiparse a su llegada con tareas de prevención y sensibilización. Durante más de dos años, capacitaron personal, prepararon equipos y trabajaron para responder rápidamente a las denuncias que ahora llegan.
Ante la detección de una palmera sospechosa, el protocolo establece la toma de muestras de todos los estadios del insecto -larvas, pupas y adultos- para enviarlas a un laboratorio entomológico habilitado. “Lo primero que tenemos bien claro es que se toma muestra de todo lo que se encuentra”, explica una fuente del Senasa. Así confirmaron la presencia del picudo rojo en una palmera canaria que había sido afectada por un rayo en Entre Ríos. Según la fuente, la cantidad de larvas y adultos encontrados era reducida, a diferencia de lo que pasó en la isla Martín García, donde eran varias las palmeras dañadas y la infección ya tenía insectos en diferentes etapas de crecimiento comiendo la palmera.
Argentina también realiza monitoreos en las zonas de frontera y capacita a técnicos para reconocer la plaga y actuar ante posibles casos. Según informan desde Senasa, en Entre Ríos ya se tomaron más de 40 muestras en localidades como Colón, Larroque y Aldea San Antonio para determinar si había presencia de picudo rojo.
En paralelo, se evalúan medidas preventivas para proteger otras palmeras cercanas a los ejemplares afectados. En algunos municipios también se realizan ensayos con tratamientos como la endoterapia, que consiste en aplicar productos en el interior del árbol, y se utilizan sensores para detectar la actividad de insectos en su interior.
Desde el organismo advierten, además, que no todas las denuncias corresponden al picudo rojo. “Mucha gente llama, pero se trata del picudo negro”, dice una fuente del Senasa. A diferencia del rojo, esta especie es nativa de la región y convive desde hace tiempo con las palmeras, también en Uruguay. Por eso, la identificación en laboratorio resulta clave para distinguir ambas especies y determinar cómo actuar en cada caso. La misma fuente del Senasa señala que mantener una comunicación constante con Uruguay es clave para prepararse ante el avance de la plaga. “Por la bibliografía y por la información oficial de ustedes sabemos la velocidad con la que se mueve. Pero los técnicos uruguayos siempre nos dicen: cuando ingrese se van a dar cuenta, porque el tiempo, la acción, la agresividad, todo cambia completamente”, cuenta.
El picudo rojo ya cruzó el charco
Pero no todos ven en Argentina el panorama como lo cuentan las autoridades. Francisco Peragallo, ingeniero agrónomo y director de la Escuela de Educación Agrotécnica de Argentina, trabaja en el Refugio de Vida Silvestre del Palmar, frente al Parque Nacional El Palmar, en Entre Ríos. Y está preocupado.
Desde 2024, cuenta, impulsa la idea de desarrollar una estrategia conjunta con Uruguay para contener el avance del picudo rojo en la zona fronteriza. El objetivo, reconoce, no es erradicar al insecto, sino establecer una barrera de control que permita limitar su expansión. “Frenarlo es imposible”, advierte sobre una plaga que ya demostró su capacidad para atravesar fronteras.
Para Peragallo, uno de los principales obstáculos es la demora de las instituciones en tomar decisiones y poner en marcha medidas concretas. “El principal aliado que tiene este bicho es la lentitud estatal”, afirma. También cuestiona que la respuesta dependa de la visibilidad del problema: sostiene que, si el picudo hubiera aparecido en la Plaza de Mayo, frente a la Casa Rosada, la reacción habría sido mucho más enérgica que ante los focos detectados en Entre Ríos, lejos de la capital argentina.
“¿Cuánta gente tiene que ver una palmera muerta para que se actúe? Los argentinos tomamos conciencia al ver los daños en la ruta en San José en verano, yendo a Punta del Este”, cuestiona.
Peragallo considera que el picudo rojo es un insecto especialmente peligroso por su resistencia, su capacidad de alimentarse rápidamente y su velocidad de reproducción.
“Para mí es bastante frustrante. Nosotros en 2024 empezamos a hacer las primeras jornadas sobre este tema, pero no conseguíamos atención por parte del Estado”, recuerda Peragallo. El docente también cuestiona que la respuesta se centre en erradicar cada palmera infectada y fiscalizar los ejemplares cercanos. El protocolo contempla inspeccionar las palmeras en un radio de un kilómetro y luego ampliar la búsqueda hasta los diez kilómetros, mediante la observación de las hojas y la toma de muestras.
Pero hay una pregunta que todavía no tiene respuesta: ¿cómo llegó el picudo rojo hasta esa estancia de Entre Ríos? Colonia Elía, donde se detectó el ejemplar afectado, está a unos 15 kilómetros del río Uruguay, la frontera natural con Uruguay, y a unos 13 kilómetros de la ruta 14. Para Peragallo, conocer el origen de la infestación es clave para comprender cómo se está expandiendo la plaga.
Ahora, señala, uno de sus principales objetivos es difundir lo ocurrido en Uruguay y transmitir la gravedad del problema al otro lado del río. Busca que la experiencia uruguaya sirva para generar conciencia, no solo en Argentina, sino también en el resto de Sudamérica. “Brasil, Paraguay y otros países de la región van a tener un problema mucho más grave que nosotros”, advierte.
Con la llegada del picudo rojo, Argentina reforzó los protocolos para frenar su dispersión. Las medidas incluyen restricciones al traslado de palmeras desde y hacia zonas afectadas, la compra de ejemplares en viveros registrados y la reducción de podas.
Ante una sospecha, se recomienda no manipular ni trasladar la planta y avisar a las autoridades. Si se confirma la plaga, puede activarse un plan de contingencia que incluya la eliminación controlada de los ejemplares afectados y el tratamiento de los restos vegetales.
Gerardo Grinvald, director de Equitec, empresa uruguaya especializada en el manejo del picudo rojo, dice que Argentina aborda la amenaza con una estrategia que pone el foco en la prevención y la detección temprana. “Argentina se lo ha tomado muy en serio y lo están operando bastante bien”, opina. Como parte de ese trabajo, Equitec instaló sensores en palmeras de Gualeguaychú para actuar antes de que el insecto avance.
Grinvald destaca también las instancias de comunicación, capacitación y simulacros que se han impulsado en el país. “Nosotros insistimos desde el principio en la importancia de la prevención, la detección temprana y el manejo integrado”, señala. A su juicio, la experiencia de Uruguay ya permite advertir sobre las dificultades que supone enfrentar una plaga cuando está extendida.
Hongo nativo controlado infecta y mata al picudo
Alda Rodríguez, doctora en Ciencias Agrarias, lleva más de dos décadas investigando el uso de microorganismos para el control de plagas. Desde el Instituto Batoví, en Tacuarembó, lidera el desarrollo de productos biológicos a partir de organismos nativos. Uno de ellos fue autorizado por el Ministerio de Ganadería, Agricultura y Pesca (MGAP) en febrero de 2026 para combatir al picudo rojo.
El producto no consiste en aplicar un hongo aislado, sino en un preparado estandarizado cuyo principio activo son las esporas de Metarhizium anisopliae, un hongo capaz de infectar insectos. Su formulación debe garantizar una calidad constante y una concentración determinada de esporas por gramo, para asegurar que cada lote mantenga las características necesarias para actuar sobre la plaga.
El uso de bioinsumos crece a nivel mundial como alternativa para el control de plagas, pero que un producto sea de origen natural no significa que sea inocuo. Su autorización requiere controles que permitan evaluar tanto su eficacia como sus posibles efectos sobre otros organismos y el ambiente.
En Uruguay, el registro exige presentar un dossier técnico, realizar pruebas de inocuidad y ecotoxicidad y someter el producto a ensayos de eficacia supervisados.
Los resultados deben demostrar estadísticamente que funciona antes de autorizar su comercialización. “La sociedad uruguaya está aprendiendo recién de estos temas”, dice la doctora Rodríguez.
La apuesta biológica que elige Colonia
“Es como si te vacunaras”, dice la ingeniera agrónoma Andrea Maddalena, directora de Paseos Públicos de la Intendencia de Colonia. Se refiere al tratamiento preventivo que el gobierno departamental comenzó a aplicar para proteger las palmeras. El compuesto contiene Metarhizium anisopliae, un hongo entomopatógeno de origen natural capaz de infectar y matar insectos.
La estrategia parte de una decisión: actuar sobre las palmeras que todavía están sanas para intentar preservarlas antes de que el daño sea irreversible. Para eso, la intendencia apostó por un insumo biológico de producción nacional, registrado ante el MGAP, cuyo desarrollo está vinculado a años de investigación liderados por la doctora Alda Rodríguez.
Ella lleva más de dos décadas estudiando estos temas. Desde el Instituto Batoví, en Tacuarembó, lleva adelante investigaciones sobre el uso de hongos para el control biológico de plagas. El biosinsumo que se utiliza para combatir el picudo rojo fue aprobado por el MGAP, tras un proceso que exige un dossier técnico, pruebas de inocuidad y ecotoxicidad, una composición estandarizada y ensayos de eficacia supervisados.
Rodríguez explica que la preparación recomendada es de cuatro gramos del producto por litro de agua. En palmeras de gran porte pueden utilizarse hasta 20 litros de la mezcla, que se distribuye en la copa y las hojas, el tronco y el suelo.
“El 60% de la mezcla se aplica en la copa”, señala. El objetivo es que el producto llegue a la zona superior de la palmera, donde se encuentra el meristema apical, el tejido responsable de su crecimiento y una de las áreas más vulnerables al ataque del picudo.
El Metarhizium anisopliae es un hongo entomopatógeno capaz de infectar insectos. Según Rodríguez, en ensayos de laboratorio se observó una mortalidad y patogenicidad superiores al 80% en larvas y adultos del picudo rojo. En pruebas de campo también se constató su capacidad de afectar a las pupas, incluso cuando están protegidas por el capullo.
El mecanismo consiste en aplicar millones de esporas en la palmera. Cuando entran en contacto con el insecto, se inicia el proceso de infección. “También tiene un efecto repelente”, dice Rodríguez. Según la investigadora, los compuestos volátiles asociados al hongo pueden ser detectados por los insectos y disuadirlos de acercarse a la palmera.
Rodríguez destaca, además, la especificidad del tratamiento: a diferencia de los insecticidas de amplio espectro, el objetivo es actuar sobre la plaga sin afectar a otros organismos. Esa característica convierte al control biológico en una alternativa para proteger las palmeras y reducir el impacto sobre el ambiente.
Según el balance de Maddalena de la Intendencia de Colonia, entre el 80% y el 82% de las palmeras intervenidas permanecen en pie y sanas. En ese departamento algunas debieron retirarse porque estaban afectadas, incluso en casos en los que el deterioro no era todavía visible cuando se aplicó el hongo.
El momento de la intervención es determinante. La experiencia de Colonia indica que, si el deterioro recién comienza y se detecta a tiempo, puede haber posibilidades de recuperar una palmera. Cuando el daño está avanzado, en cambio, el tratamiento puede no ser suficiente. Por eso, Maddalena insiste en que no existe una respuesta única contra el picudo rojo. “Para manejar una plaga, la respuesta es integral”, afirma.
El control químico, el biológico, las trampas y las feromonas son herramientas que pueden formar parte de una estrategia más amplia. La elección depende de la situación de cada zona y del estado de los ejemplares.
La situación es diferente en Rocha, donde los palmares tienen una importancia ecológica asociada a su biodiversidad. En Colonia, en cambio, muchas palmeras están alineadas en espacios urbanos y rutas, lo que plantea algunas facilidades de intervención. La apuesta de Colonia, el departamento que se señala como el que mejor viene haciendo los deberes, es conservar la mayor cantidad posible de ejemplares.
El hongo es una de esas apuestas. Sus resultados todavía deben evaluarse en el tiempo, pero la intendencia sostiene que el balance inicial es alentador. En una lucha en la que no hay una solución única, el desafío es detectar a tiempo, combinar herramientas y actuar antes de que las palmeras dejen de tener posibilidades de sobrevivir. En Argentina toman nota.
En Montevideo se plantan ibirapitás
La presencia del picudo rojo ya obligó a retirar alrededor de 1.400 palmeras en Montevideo. El paisaje de Bulevar Artigas, por ejemplo, cambiará después de más de un siglo. Las palmeras comenzaron a ser retiradas por la afectación del picudo rojo. En su lugar, la Intendencia de Montevideo (IMM) empezó a plantar ibirapitás, árboles nativos que permitirán repensar no solo la estética de la ciudad, sino también su relación con el ambiente.
Marcelo Roux, director de Espacios Públicos y Edificaciones de la IMM, explica que la decisión de no reponer las palmeras respondió a la necesidad de evitar nuevas afectaciones.
El retiro sigue protocolos de los ministerios de Ambiente y de Ganadería, Agricultura y Pesca. El procedimiento incluye el corte, el traslado protegido y la trituración de los restos para la disposición final.
La elección del ibirapitá no fue casual. Se trata de un árbol autóctono, de porte importante y crecimiento relativamente rápido, con una floración amarilla y follaje capaz de ofrecer sombra en verano. Además, al ser caduco, permite el ingreso de luz solar en invierno. “Hay que pensar también en el paisaje del futuro”, señala Roux. Las palmeras de Bulevar Artigas habían sido elegidas hace aproximadamente un siglo, cuando la avenida se concebía como un límite de la ciudad. El diseño paisajístico de aquella época privilegiaba la alineación, la perspectiva y la repetición de especies, como los modelos europeos.
Hoy el arbolado se piensa desde otra perspectiva. “Se tienden a integrar especies nativas y a contar con más biodiversidad”, dice el jerarca. Los árboles también contribuyen a reducir las islas de calor, absorber carbono y favorecer la gestión del agua de lluvia.
La IMM trabaja en un plan de arbolado para Montevideo, una ciudad con una importante masa vegetal pero con muchos árboles envejecidos que deberán ser sustituidos. El daño por el picudo rojo aceleró ese proceso en algunos puntos y abrió la posibilidad de revisar el paisaje. “En este caso fuimos un poco más obligados, pero también permite reformular la imagen de la ciudad”, resume Roux.
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