La peculiar colonia de 5 mil uruguayos en La Plata: desde políticos perseguidos y poetas malditos a estrellas musicales

Los uruguayos llevan 150 años cruzando hacia La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires. Intelectuales, inventores, políticos, deportistas y músicos dejaron su rastro en la ciudad.

Plaza República Oriental del Uruguay en La Plata.
Plaza República Oriental del Uruguay en La Plata.
Foto: María Inés Hiriart.

Por Juan Manuel Mannarino

Es un mediodía de invierno del 2026 en la casa de Gustavo Rubens Espósito Vidal, zona de Tolosa bautizada como “el barrio del Candombe”, donde reside la mayoría de los uruguayos, y el que abre la puerta es uno de sus hijos. Su mujer está cocinando y él invita a pasar a un cuarto pequeño en el fondo, donde un televisor transmite los entretelones del Mundial mientras se acomoda con el mate en una mesa atestada de libros y papeles. Allí, con la computadora encendida y un celular, se cuece la agenda de la Colectividad Uruguaya de La Plata, nacida en 1980 en los últimos años de la dictadura argentina.

—La Plata, desde antes de su fundación, en 1882, fue receptora de uruguayos en Tolosa —es lo primero que larga, con el paquete de yerba Canarias en la mano, “sin palo, como nos gusta a nosotros”. Se reconoce hincha de Gimnasia y Esgrima, club que está ligado tradicionalmente con los uruguayos, como Gregorio Pérez y Diego Alonso.

Gustavo Espósito Vidal.
Gustavo Espósito Vidal.
Foto: M.I. Hiriart.

Con pulso de historiador amateur, nombra una serie de sucesos: en Tolosa —que nació en 1871, fundada como pueblo por el terrateniente vascoargentino Martín Iraola— se realizaron desde siempre Las Llamadas; funcionó la sede de la Colectividad —hoy se juntan en el Club de los Abuelos—; en esas cuadras nació la primera cuerda de candombe, Lucamba, que ensayaba en el playón del ferrocarril; y allí vivió el poeta maldito uruguayo Matías Behety, en 1885, tristemente conocido como la “Momia de Tolosa” y cuyo nombre quedó marcado en una calle de la ciudad.

“Nos queda pendiente levantar el monumento al Candombe en la rambla de calle 3 entre 520 y 521”, acota Gustavo, cuyo abuelo Victorio llegó en 1969 y se dedicó a construir estaciones de servicio y reformó el edificio de Radio Provincia, y cuyo padre fue uno de los fundadores de la Colectividad. Desde joven, Gustavo sintió una suerte de misión: propagar las ideas de José Artigas en la región y, a la vez, defender el acervo histórico y social de Uruguay en la cultura rioplatense.

Uruguayos en La Plata: Luis Danta, Agustina De Andrea, Gustavo Expósito Vidal y Mariela Rodríguez.
Uruguayos en La Plata: Luis Danta, Agustina De Andrea, Gustavo Expósito Vidal y Mariela Rodríguez.
Foto: María Inés Hiriart.

Se explaya y dice que los primeros registros de uruguayos en La Plata se dieron en las Lomas de la Ensenada con Pedro Trápani, uno de los integrantes de la Cruzada Libertadora de los Treinta y Tres Orientales. En la prehistoria de la Colectividad Uruguaya, que Gustavo Espósito Vidal plasmó en el libro Huellas Orientales, candombe y milongón, se destaca la presencia del educador Victoriano Emilio Montes, director de Escuelas Normales; la del escritor, periodista y político uruguayo Eduardo Acevedo Díaz en los primeros tiempos del diario El Plata, y fundador de la Protectora Oriental, una sociedad de socorros mutuos; el célebre dramaturgo Florencio Sánchez, que se instaló en La Plata en 1906 trabajando codo a codo con Juan Vucetich en la Oficina de Estadística y Antropometría; el paso de desarrollistas urbanos y rematadores de grandes loteos como Samuel Ponsati y Francisco Piria; la familia Podestá y su huella en el circo criollo, del cual surgió el teatro Coliseo Podestá, templo de los uruguayos en La Plata; el físico inventor Tebaldo Jorge Ricaldoni, primer director del Instituto de Física de la Universidad Nacional de La Plata; y la inauguración en 1966 de la plaza República Oriental del Uruguay en el Paseo del Bosque.

“El éxodo que inició Artigas nunca terminó. Ayer, hoy y mañana siempre habrá orientales viniendo a la Argentina. Por diferentes motivos, la mayoría económicos, algunos por oportunidades sociales y otros políticos. Las décadas del ‘60, ‘70 y ‘80 fueron las de mayor flujo, llegando a vivir en la ciudad más de 11.000 compatriotas. Hoy residen unos 5.000”, explica y sitúa en el 6 de agosto de 1980 la gesta de la Colectividad Uruguaya de La Plata, con la creación de una comisión directiva que funcionó en el bar “Los 33 Orientales”, ubicado en las calles 38 y 121. El presidente fue su padre, Rubén Darío Espósito, junto a otras familias como los Rodríguez, Vargas, Sánchez, Sanguinetti, Cazaux y Amaral.

Todo comenzó con un cronograma de fechas patrias donde organizaban tertulias y guitarreadas. Después, integrados a la comunidad, fueron invitados a participar de fiestas argentinas, eventos municipales y una presencia especial en la Fiesta del Inmigrante de Berisso. Con el tiempo apadrinaron dos escuelas: la número 81°, “José Gervasio Artigas”, en Villa Castells; y la número 89°, “Juan Zorrilla de San Martín”, en el barrio de Ringuelet.

—Recuerdo que en el cincuentenario de esa escuela trajimos de visita a la China Zorrilla, hija de Juan, para rendirle un homenaje. Fue una gran fiesta —y abre grande los ojos, como si se trasladara a ese momento.

Desembarco cultural

En todos los barrios platenses hay uruguayos, muchos de ellos ligados a la cultura y el arte. Desde aquel paso fundacional de Matías Behety en “la ciudad soñada por los poetas” —que el propio Behety, pobre y estragado por el alcohol, vivenció en tugurios y bajos fondos—, hay una gran cantidad de artistas plásticos, escritores, artesanos y músicos en la capital de la provincia de Buenos Aires.

Uruguayos en La Plata en un acto en el Consulado.
Uruguayos en La Plata en un acto en el Consulado.

En efecto, existe una asociación solamente de escritores uruguayos, con más de veinte miembros, además de una considerable presencia de murgueros, bailarines y cantantes de tango. Braulio López, el histórico integrante de Los Olimareños, es uno de los tantos radicados en la ciudad, así como el famoso payador José Silvio Curbelo. Un programa radial, “Garra Charrúa”, lleva diez años en el aire hablando de la historia de los orientales en la ciudad.

La Colectividad de La Plata, que es la más antigua de Argentina —hay otras sedes en Mar del Plata, Córdoba, Bariloche o Tandil, entre otras—, no sólo ayuda a difundir y a organizar el movimiento cultural de los uruguayos, sino que se agrupa para brindar trabajo social y asesoramiento jurídico. Aunque no cuenta con personería jurídica ni maneja fondos económicos, tiene el aval del Consulado uruguayo y del municipio de La Plata como entidad de bien público.

Cada quince días se juntan en el Club de los Abuelos: participan regularmente entre diez y quince personas. Si se reúnen de tarde, hay mate y torta frita; si es de noche, vino y carne a la parrilla.

Allí se dirimen trámites como el documento y la doble nacionalidad —muy costosa a nivel económico y burocrático—, la radicación permanente —que sigue trabada por los acuerdos vigentes del Plan Cóndor de tiempos de la dictadura en ambos países—, como también asisten a los uruguayos en situación de calle, organizan visitas a las cárceles y a los hospitales donde existen compatriotas, articulan con colectividades de otros países y arman lo que denominan “consejos itinerantes”, en el cual suele participar la Cónsul General, Lilián Alfaro.

—Un hito importante fue la inundación en La Plata, en 2013. Se organizó una ayuda grande desde la Colectividad, donaciones que llegaron de uruguayos que viven en Europa —cuenta Luis Danta, actual presidente de la Colectividad. El cargo se rota cada dos años.

Nacido en 1963, Luis tiene dos hijos y dos nietos. Hijo de albañil y de enfermera, su padre también llegó a Argentina a fines de los años 60 en busca de trabajo. “En Uruguay, estuvimos un tiempo sin mi padre y pasamos hambre. Recuerdo que mi madre nos acostaba temprano y nos contaba cuentos hasta que el sueño nos vencía sin tener nada en el estómago”, rememora.

En La Plata, su padre trabajó en la construcción de departamentos. Juntó algo de plata y viajó a buscar a la familia. Vivieron un lapso en una obra, donde a su padre le permitieron permanecer como sereno. Retiene otro recuerdo de aquella época de precariedades: “Dormíamos en colchones con lana de vidrio. Y a veces amanecíamos con los brazos y piernas cortados por ese material”.

Luis Danta.
Luis Danta.
Foto: M. I. Hiriart.

Tiempo después se construyeron la casa, su madre haciendo trabajos de peón y los niños picando los escombros. Luis trabajó en el Ministerio de Salud de Buenos Aires y se jubiló por insalubridad a sus 50 años. En 2017, se incorporó a la Colectividad ocupándose del sonido y los videos en eventos además de la gráfica institucional, al tiempo que fue delegado en la Fiesta del Inmigrante.

—No hay que perder la memoria de ayudarnos. Es lo que nos hace sobrevivir como comunidad y más en estos tiempos de odio y de hostilidad— enfatiza.

La primera comunidad

De acuerdo al último censo (2022) habría unos 100.000 uruguayos viviendo en Argentina —aunque la Colectividad estima que serían muchos más, cerca de un millón, considerando a los que no están documentados, los hijos y los nietos—, de los cuales hay 20.000 en el Gran Buenos Aires y 5.000 en La Plata (otra vez: sin contar hijos ni nietos). Es la mayor comunidad de uruguayos en el exterior, seguida por España y Estados Unidos. Hay 184 colectividades uruguayas en el mundo, aunque todavía no se permita el voto a distancia. Cada dos años, un representante de cada colectividad viaja a Montevideo para una reunión diplomática que organiza el gobierno uruguayo.

Cuando regresó la democracia en Argentina, en 1983, en la votación electoral y debajo de la comunidad italiana, los uruguayos eran el segundo grupo migrante más numeroso en La Plata.

La mayoría eran albañiles y trabajaron en la construcción, otros tantos plomeros, gasistas y empleados del correo público, y una buena parte se radicó en la zona de Altos de San Lorenzo con un barrio propio de la comunidad.

También hubo una importante cantidad de jockeys, con triunfos históricos en hipódromos nacionales, como los de Pablo Falero y Eduardo Jara.

—La Plata nos gusta porque es parecida a Montevideo. Y si bien no tiene cerro ni mar, tiene cerca el río. La Plata abraza, te da pertenencia. Es más chica que Buenos Aires, donde uno se siente bastante expulsado —dice Mariela Rodríguez, una de las mujeres históricas de la Colectividad que, como otros coterráneos, tiene hijos uruguayos como argentinos.

Plaza República Oriental del Uruguay en La Plata.
Plaza República Oriental del Uruguay en La Plata.
Foto: M.I. Hiriart.

Rodríguez integró el Consejo Consultivo Juana de Ibarbourou representando a la diáspora, y en la Colectividad ayudó con los trámites de la repatriación de personas con la colaboración de sus hijos. Reconoce que no tener un lugar propio y mudar la sede de la Colectividad de tanto en tanto dificulta los encuentros. Y que la idiosincrasia uruguaya es “compleja”.

—Los uruguayos formamos grupos que no se conectan entre sí. Somos bastantes egocentristas, orgullosos, de carácter fuerte. Muchos caciques y pocos indios. Que la Colectividad haya durado más de 25 años es un pequeño milagro —vuelve a reírse, aunque no tan en broma.

La nueva generación

Marcelo Prado tiene 52 años, tres hijos, es cocinero profesional y llegó a Argentina en 1984 con sus padres, sus hermanos y su abuelo. Nació en un conventillo en el barrio La Comercial, en Montevideo, y con su familia partió en barco hacia Buenos Aires. “Llegamos con lo puesto”, rememora.

Se instalaron en La Plata porque había un tío, zapatero de profesión, mudado hace tiempo. El padre de Gustavo Expósito Vidal ayudó mucho a la familia con trámites y contactos. Se mudaron luego al barrio El Dique, donde compraron una casa. “Al principio éramos diez personas en un rancho de chapa”, lo describe. Su madre sigue viviendo allí.

Recuerda los momentos de hiperinflación del gobierno de Raúl Alfonsín, pero dice que se adaptaron rápidamente. Su papá trabajaba como pintor de autos y de electrodomésticos, era uno de los más buscados de la ciudad, y sus parientes se desparramaron por diferentes barrios.

Marcelo estudió Gastronomía en Buenos Aires y trabajó en La Plata en lugares emblemáticos como Lean y Me Piace, así como pasó temporadas en Bariloche y en otros lugares de Argentina trabajando en panaderías, restaurantes y casas de comida. Organizó eventos de la Colectividad, en la parte gastronómica, y sobre todo en la Fiesta del Inmigrante de Berisso, donde ganó un premio por el mejor plato: ravioles rellenos de bondiola asada con salsa fondue de tomate mediterránea.

—Mi hija, con ocho años, salió elegida como reina del Uruguay. Fue una experiencia hermosísima, nos representó en desfiles, reuniones y presentaciones.

Marcelo es uno de los exponentes de las últimas generaciones. La mayoría de los integrantes de la Colectividad tiene más de 55 años.

—A los jóvenes les cuesta acercarse. Es lógico: la vida se hizo más acelerada y más individualista, hay más obligaciones, menos tiempo, muchos trabajan y estudian, y si sumamos a los que tienen familia, se hace difícil el traspaso —comenta Gustavo Espósito Vidal, y sin sacarse responsabilidad como referente de la Colectividad, dice que una de sus tareas fundamentales es superar los “traumas de la migración”: desde revisitar el pasado hasta entender los problemas del presente.

Uruguayos en La Plata.
Uruguayos en La Plata.

Desde Uruguay, en los últimos tiempos, llegaron a La Plata jóvenes para estudiar carreras universitarias como Antropología y Astronomía. “Algunos están de paso y otros permanecen después de terminar de estudiar, pero una parte se recibe y se va a otros países. Hay también una buena cantidad de policías, sobre todos lo que obtuvieron la nacionalidad”, amplía Gustavo.

Más allá de los problemas de sucesión generacional, en la Colectividad se enorgullecen de recientes novedades, como que los artistas que visiten La Plata logren pasar un tiempo con ellos.

No Te Va Gustar y Ana Prada nos recibieron con alegría en sus camarines, y así ayudaron a difundir nuestras actividades en las redes sociales -dice Gustavo, y se entusiasma con la pronta organización de un Encuentro Regional en La Plata que nucleará a colectividades regionales, desde Chile, Perú y Paraguay a Brasil y Bolivia.

El exilio económico, el exilio político, el exilio social. Mariela Rodríguez repasa los desafíos pendientes, y no deja de ser autocrítica: aunque no ha perdido la solidaridad, a la comunidad le cuesta organizarse para cuestiones sociales que no sean el fútbol y la cultura. “La negritud nos identifica más que a los argentinos, junto a la bohemia. Por eso, cuando hay candombe y comida, el uruguayo está siempre”, comenta.

Gustavo Espósito Vidal menciona la convocatoria de “La noche de la nostalgia”, a fines de agosto, donde en un club de La Plata festejarán un nuevo aniversario de la independencia de Uruguay con una cena de chivito al plato y números musicales.

—Si escuchamos un tambor, ahí se enciende nuestro espíritu— dice, algo irónicamente, Mariela Rodríguez.

En primera persona: la historia de Federico

Federico Villanueva, 44 años, nació y creció en Montevideo y nunca pensó en emigrar a Argentina hasta que a su madre le diagnosticaron una enfermedad neurodegenerativa. Regresó a vivir a Uruguay, pero viaja frecuentemente a La Plata, donde tiene familia y su casa. Además, es profesional de Relaciones Internacionales -sigue estudiando su maestría en La Plata-, y acompañó recientemente al presidente de la Junta Departamental de Montevideo en el Consejo Deliberante platense, “trabajando para unir las dos regiones”.

Llegó a La Plata por amor. Poco tiempo después se vinculó con la gente de la Colectividad Uruguaya, con quien organizó “ollas itinerantes” en la pandemia, y tuvo a cargo un comedor. “La gente que venía tenía problemas de documentación y había muchas mujeres jóvenes embarazadas, así que también nos involucramos para ayudarlos a resolver esas cuestiones”, cuenta.

Pasó la pandemia. “Noté que Argentina se fue degradando económicamente”, repasa. Dio clases en la periferia platense y a “los nadie de Galeano”, integrantes de la comunidad boliviana que buscaban terminar el secundario, a la vez que asesoró a políticos y trabajó en espacios gubernamentales. Luego ganó Javier Milei, perdió el trabajo y se volvió a Uruguay. Todos los meses regresa a La Plata y tiene una columna de análisis internacional en el programa de radio Raíces y Alas. “Mi tarea diplomática es que los uruguayos que están en Argentina reconecten con el país y para que nuestras ciudades hagan cosas en conjunto”, dice.

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