Rosina tenía 17 años y una responsabilidad que excedía largamente a la de cualquier estudiante de sexto de liceo. Ella era el año pasado una de las encargadas de organizar la fiesta de egresados de los cuatro sextos de su colegio. Todos los meses recibía, en efectivo y dentro de un sobre, el dinero que le entregaba cada uno de sus compañeros. Tenía que controlar que el monto fuera exacto, separar el sobre correspondiente a cada alumno y, luego, cruzar hasta una plaza ubicada frente al liceo para entregar toda la recaudación a la empresa contratada. Además, mantenía el contacto con los organizadores y seguía cada detalle de un evento que terminaría costando alrededor de 537.500 pesos, a los que luego se sumaron gastos extra por una banda en vivo y una barra de tragos de autor para los egresados.
Paradójicamente, casi no pudo disfrutar de la fiesta que había pasado meses organizando.
Con el sueño de convertirse en abogada penalista, Rosina vio cómo todo se desmoronaba el mismo día del evento. Al llegar al Hotel del Prado, descubrió que uno de los servicios prometidos por la empresa no estaba. La plataforma de fotos 360°, contratada desde marzo. Sus compañeros comenzaron a reclamarle como si la responsabilidad fuera suya, cuando, en realidad, el incumplimiento correspondía a la empresa organizadora.
“Ella estuvo muy angustiada los últimos meses porque no llegaban con el dinero. Lloraba y hablaba un poco con la madre”, recuerda su padre. “Ahí fue que nos dimos cuenta que estaba organizando toda la fiesta con una empresa junto a los gurises y que el colegio no tenía nada que ver”. Los padres pensaban que la institución era parte de la organización.
En los últimos años las fiestas de graduación se transformaron en producciones de gran escala. Salones de fiestas, DJs, canilla libre de alcohol, bandas en vivo, vestimenta de gala, barras de tragos y una estética inspirada en los tradicionales prom estadounidenses forman parte de una industria que comienza a trabajar con los adolescentes varios meses antes del egreso. En ese proceso, muchas veces son los propios estudiantes quienes asumen responsabilidades que implican manejar cientos de miles de pesos, negociar con empresas, vender entradas, recaudar dinero y coordinar eventos para cientos de personas.
El encargado de una de las empresas más conocidas que organiza fiestas de graduación en Uruguay dice a El País que trabajan con un modelo estructurado. Asegura que suelen llegar a cada generación por recomendación de estudiantes de años anteriores y que, además de reunirse con los alumnos para definir la propuesta, realizan encuentros con los padres para explicar cómo será todo,
Pero varios padres de alumnos consultados por El País ven otra cosa: cuestionan cláusulas en los contratos porque las consideran abusivas y excesivamente favorables para las empresas. Uno de los contratos al que accedió El País no fue leído previamente por autoridades de colegio ni por muchos padres, e implicaba la coordinación de tres colegios.
Una de esas cláusulas establece que si 15 días antes del evento no está abonado el 70% del precio, la empresa puede cancelar o reprogramar la fiesta. Otra dispone que si los contratantes cancelan el evento no habrá devolución de ninguna de las sumas abonadas. “No se prevé ninguna instancia de negociación. Manipulan a los gurises y juegan con la ilusión que tienen de vivir esa noche”, cuestiona una madre.
Los padres también advierten que el contrato fija numerosas obligaciones para los estudiantes -como cumplir los plazos de pago, responder por determinados daños y perder el dinero abonado en caso de cancelación-, pero no establece sanciones o compensaciones para la empresa si incumple parte de los servicios prometidos. A eso se suma que en muchos casos son los propios adolescentes quienes administran durante meses cientos de miles de pesos y actúan como nexo con las empresas.
Todos hijos de una misma época
El boom de estas celebraciones terminaron por instalar este tipo de experiencias como un paso casi obligatorio al terminar el liceo. Todo parece tener que ser más grande, más intenso y, sobre todo, digno de mostrarse en las redes sociales.
Para el psicólogo Juan Pablo Cibils, autor del libro Adolesienten Re-Cargado, es importante comprender este fenómeno en el contexto de una época marcada por la sobreoferta de opciones y el mandato de no quedarse afuera. “A los adultos también nos cuesta movernos en un mundo con tantas ofertas y decisiones permanentes. Los adolescentes, por su etapa de desarrollo, son especialmente sensibles a esa presión”, explica.
Y a las celebraciones se le suman las fiestas del Último primer día (UPD), una moda que viene de Argentina. ¿De qué se trata? Los estudiantes que comienzan su último año de liceo se reúnen la noche anterior al inicio del ciclo lectivo, lo que implica que vayan a clase sin dormir y muchas veces alcoholizados.
Para Cibils estas celebraciones deben entenderse como un rito de pasaje propio de la adolescencia, pero eso no significa que los jóvenes deban afrontar solos todas las responsabilidades que conllevan. “El centro educativo sin duda tiene una responsabilidad, la familia también”, dice. “Esto tiene que ser una celebración y no debe convertirse en una situación de riesgo”, sostiene.
Cibils reconoce que la organización de estas fiestas también pone en evidencia capacidades muy valiosas de los adolescentes. “A veces en otros contextos educativos cuesta ver ese nivel de coordinación, pero para estas cosas logran ponerse de acuerdo, administrar dinero, negociar, resolver conflictos”, sostiene.
Para el director de Espectáculos Públicos del INAU, Pablo Lima, no todas las fiestas representan el mismo riesgo. Distingue entre los eventos organizados por empresas que cumplen con la normativa y aquellas celebraciones informales o clandestinas que se multiplican a través de redes sociales y terminan realizándose en casas particulares o locales sin habilitación. Otra clave para el director del INAU es que en la mayoría de los casos no son grandes empresas las que trabajan en esta organización, sino jóvenes que en sus 20 años ven en esta tarea una salida laboral.
Lima dice que la clave pasa por reforzar el rol de los adultos. “No estamos hablando de niños de nueve años. Son adolescentes de 16 y 17 años, con autonomía progresiva y capacidad para tomar decisiones. Pero eso no elimina la responsabilidad de los padres, de las empresas y del Estado de garantizar que esos espacios sean seguros”.
"Se sentía como una cosa muy mafiosa"
Para Stefany todo empezó con una pregunta sencilla: dónde iba la plata que su hija llevaba todos los meses. Sabía que la fiesta de graduación no la organizaba el colegio, porque las autoridades se habían encargado de aclararlo desde el principio.
“La información llegaba a cuentagotas”, recuerda. En un momento, incluso, su hija le preguntó si podía usar su cuenta bancaria para recibir el dinero. Se negó. Finalmente, la plata terminó concentrándose en la tarjeta de alguna estudiante, que además ya firmaba los contratos con la empresa organizadora porque había cumplido los 18 años.
La fiesta implicaba un gasto importante para cada familia. A las cuotas mensuales se sumaban los costos del vestido o traje, peluquería, maquillaje y zapatos. “Es toda una industria”, resume. Además está la fiesta del colegio. Le dijo “tenés que elegir, a las dos vestido y peluquería no podemos pagar”. Y claro, su hija fue por la fiesta privada.
Según cuenta, las propias empresas impulsan a los estudiantes a tomar decisiones que implican mover cientos de miles de pesos. “Son gurises de 17 o 18 años convencidos de que van a vender cientos de entradas. No tienen herramientas para medir esos riesgos”, dice.
Otro episodio terminó de convencerla de que el sistema funciona con escaso control. El DJ argentino que la generación había contratado nunca apareció y, cerca de las tres de la mañana, con otra madre tuvo que ir a exigir a los organizadores la devolución de unos 2.000 dólares que habían pagado. “Todo se sentía como una cosa muy mafiosa, muy poco cristalina”, recuerda Stefany.
Verónica, otra madre, comparte buena parte de ese diagnóstico. Su hijo integra una de las comisiones organizadoras y ella ve de cerca cómo funciona el mecanismo. Las cuotas se depositan en la tarjeta Prex de una estudiante, que luego transfiere el dinero a la empresa. Además, los alumnos deben vender bonos o rifas para financiar servicios adicionales, como la contratación de una banda musical. Lo que más le preocupa, sin embargo, es la responsabilidad que asumen adolescentes que todavía están terminando el liceo.
“Ellos no tienen margen para negociar. Las empresas ponen las condiciones: hay fechas de pago, recargos y contratos. Después toda esa presión baja a los estudiantes”, dice.
Para ambas madres, detrás de estas celebraciones se consolidó un negocio que excede ampliamente una fiesta de fin de cursos. “Se juega con la ilusión de los chiquilines”, resume Verónica. “Les venden la noche perfecta, pero muchas veces son ellos los que terminan cargando con la presión, los problemas y el costo de que todo salga bien”, dice Stefany.
Ellas llevan vestido largo, ellos de traje
La fiesta de egresados tiene un código de vestimenta que los estudiantes siguen casi al pie de la letra. Para los egresados la consigna es de gala: vestidos largos para ellas y traje o camisa con corbata para ellos. Los invitados, en cambio, deben asistir con ropa semiformal.
Mientras algunos estudiantes compran su vestimenta para la ocasión, otros optan por alquilarla o mandarla a confeccionar especialmente. La elección del look se convierte así en otro de los gastos que se suma al costo de una celebración.
Lío, pero con orden
Cuando todavía faltan varios meses para terminar el liceo, Lucía ya tiene parte de su último año ocupado en organizar la fiesta de graduación. Tiene 17 años, cursa sexto de derecho y junto a otros compañeros coordina un evento para unas 800 personas, porque hay invitados de afuera del colegio.
La generación anterior había contratado a la misma empresa, y además la recomendación llegó por otro camino: la agencia que organiza el viaje de egresados a Florianópolis.
Eligieron celebrar en el salón Elías Regules, con capacidad para unas 800 personas. El presupuesto ronda los 900.000 pesos y el cronograma de pagos ya está fijado: una seña inicial, dos cuotas de 50.000 durante el año y el saldo completo tres días antes del evento.
“Nos explican que con la venta de entradas debería alcanzar para pagar toda la fiesta. Pero, como generalmente no alcanza o queremos agregar cosas, hacemos cantinas y actividades con los más chicos del liceo”, dice la liceal.
El paquete básico, explica Lucía, ya incluye el salón, DJ, fotógrafo, videógrafo, personal de seguridad y limpieza, además de una barra libre de bebidas. Para quienes compran entrada hay whisky, ron, vodka, fernet, cerveza y refrescos. Pero los egresados tienen un servicio diferencial: una barra exclusiva donde preparan tragos de autor como daiquiris o piñas coladas. Nunca hay comida, todo es alcohol.
La organización también contempla una realidad inevitable: no todos los estudiantes habrán cumplido 18 años cuando llegue la graduación. Así, los menores tienen que presentar un permiso firmado por los padres donde consta que saben que van a asistir a una fiesta donde habrá alcohol. En cambio, los invitados que no son egresados sí tienen que ser mayores de edad.
Aunque la graduación todavía está a meses de distancia, para Lucía y sus compañeros la fiesta ya empezó. Entre presupuestos, reuniones, transferencias y actividades para recaudar dinero, el último año de liceo se vive también como la producción de un evento que, por una noche, busca parecerse más a una gran gala que a una despedida de clases.
Último Primer Día: de la fiesta al salón de clases
La fiesta termina a las cinco de la mañana, pero para cientos de estudiantes la noche todavía no terminó. Apenas salen del salón muchos pasan por un local de comida rápida, se cambian, se ponen el uniforme y se dirigen al liceo para vivir el llamado Último Primer Día (UPD), una tradición que se instaló en los últimos años entre quienes cursan sexto y viene de Argentina.
“Van sin dormir. Algunos llegan directamente desde la fiesta, otros pasan por un McDonald’s para cambiarse. Hay quienes no aguantan y se van a dormir, pero muchos igual entran al colegio”, cuenta una madre. El cansancio y el consumo de alcohol hacen que la jornada termine rápido: “La hija de una amiga llamó a la madre a las ocho y media de la mañana porque no podía más. De sueño, de alcohol, no podía seguir”.
Aunque los liceos suelen impedir el ingreso a estudiantes visiblemente alcoholizados, muchas veces el efecto de una noche entera sin dormir termina imponiéndose.
Quienes conocen la organización de estas fiestas aseguran que el descontrol no termina con la salida de los jóvenes. Luis, DJ con experiencia en este tipo de eventos, dice que las productoras buscan salones que puedan limpiarse con rapidez para que al día siguiente vuelvan a funcionar con normalidad. “Son fiestas muy intensas. Rompen de todo, hasta los waters”, afirma. Él mismo protege su consola con una estructura de plástico para evitar que reciba bebidas y golpes.
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