El boom imprevisto de las escuelas de modelos: llegan, de todas las edades, para superar depresión, ansiedad y bullying

En los últimos años cientos de adolescentes, jóvenes y adultos realizaron cursos de modelaje para mejorar el autoestima. El impulso, a su vez, revivió el polémico negocio de los certámenes de belleza.

Sesión de fotos en academia Ema Models.
Sesión de fotos en academia Ema Models.
Foto: Juan Manuel Ramos.

Si te parás bien derecha, en la vida vas a lograr un montón de cosas, me dice la modelo Paola Chaparro. “Cuando entres a un lugar, acordate que primero pisás con el pie derecho y los hombros siempre deben estar para atrás”. Es una regla de oro ineludible para visitar la casa de una pareja, llegar al trabajo o plantarse en una pasarela. “Vos tenés que pensar que los hombros caídos son una señal de baja autoestima, de poca seguridad”, explica.

Y resulta que la seguridad —ahora— se conquista en el lugar menos pensado: las academias de modelaje. Unos años atrás, una adolescente tímida y disconforme con su cuerpo difícilmente se hubiera animado a inscribirse en un curso para ser modelo o incluso una miss, pero hoy algunas de estas aulas se promocionan como un refugio contra la angustia, la depresión, la ansiedad y el bullying.

Academia de modelaje PC Model's.
Academia de modelaje PC Model's.

Transformados por un nuevo paradigma, estos antiguos templos de la belleza exterior pasaron a ser un atajo hacia la confianza. Allí se forman niños, adolescentes, jóvenes y adultos de distintos entornos socioeconómicos, razas, tipos de cuerpo e intereses. Las clases que dictan buscan erradicar la competencia entre alumnos, en cambio se fijan como meta mejorar el autoestima y su empoderamiento para salir a enfrentar “el afuera”. Por eso Chaparro, directora de la escuela de modelos PC Model’s, asegura que “saber desfilar te sirve para la vida”.

El secreto está en trabajar la educación emocional sin dejar de utilizar los ejercicios básicos de la pasarela. “El modelaje viene de una creencia de lo artificial. Antes te enseñaban solo a caminar y ya fue, no importaba cómo estabas por dentro. Vos tenías que ser una buena modelo y sacarte buenas fotos. Pero si estás rota por dentro no podés hacer eso. Tenés que fortalecer el autoestima para hacer buenas fotos”, plantea la profesora.

Usar tacos que superen los 10 centímetros, colocarse un palo detrás de los brazos para erguir la espalda, caminar con un libro sobre la cabeza y así mantenerla firme, el mentón paralelo al piso y avanzar en línea recta son pautas clásicas que tal y como ella lo ve, entrenan una postura que, combinada con otros aprendizajes, influye en lo que comunica nuestro cuerpo, por ejemplo para destacarse en una entrevista laboral.

¿Será?

Lo cierto es que en los últimos dos años, el mercado de las renovadas escuelas de modelaje vive un sorprendente auge. Cada vez surgen más academias y sus grupos se llenan. La tendencia se está propagando a pasos agigantados por el interior del país, incluso en zonas rurales. Y como un efecto secundario, este impulso además provocó el resurgimiento de los olvidados y polémicos certámenes de belleza; otra faceta del ambiente bastante menos luminosa y, como ya veremos, mucho más intrincada.

La pose de la confianza.

El pequeño pero vasto mundo de las academias de modelos no es parejo. El grupo que protagoniza este informe se identifica con una filosofía centrada en valores de “hermandad” entre los alumnos —“desterrando el mito de la competencia”—, no fijan condicionantes etarias ni físicas para ingresar —de altura, peso, ni medidas— y centran su trabajo en el fortalecimiento del autoestima. Según dicen, otros institutos no comparten su visión. Tampoco se vinculan con la organización de concursos de belleza que implican bandas bordadas, coronas, viajes internacionales y —casi siempre— un desembolso de dólares para participar.

Alumnas de una escuela de modelos.
Alumnas de una escuela de modelos.
Foto: Juan Manuel Ramos.

El perfil de estas escuelas se va definiendo de acuerdo a cómo va cambiando el objetivo que busca el adolescente que se inscribe en ellas: sus principales clientes. Se reconocen como un termómetro de sus transformaciones. “Creo que estamos en un momento de autoconocimiento, de evolución y de crecer desde otro punto. Hay mucha gente que hace el curso no solo porque quiere incursionar en el modelaje, sino que te dicen ‘en vez de ir al psicólogo vengo acá’”, cuenta la modelo Leticia Fernández, directora de Ema Models, cuyo lema es que para relucir por fuera, primero hay que brillar por dentro.

La mayoría de las veces, las chicas y también los chicos —pero más las mujeres—, llegan de la mano de sus padres porque tienen la autoestima baja, o un diagnóstico de depresión, o ansiedad, o les cuesta vincularse con sus pares en los círculos estudiantiles, donde en varios casos son hostigados por su timidez o aspecto. “El problema no es estar mal, sino cómo salir de ese lugar rápido. Creo que hay toda una cuestión energética postural que podemos llegar a usar para engañar al cerebro”, dice Fernández y ahonda: “Si ponés el cuerpo en tal punto, el cerebro lo toma como otra información”.

Leticia Fernández y Luana Laporta, de Ema Models.
Leticia Fernández y Luana Laporta, de Ema Models.
Foto: Juan Manuel Ramos.

Pero, ¿cómo se construyen estas señales? A través de clases de maquillaje, peluquería, estilismo, pasarela, actuación, fotografía y una coach que trabaja las emociones, Fernández plantea que les “enseña a amar lo que odian”.
¿Qué odian?
Su nariz.
Su boca.
Su pelo.
“Hasta lo más mínimo les genera inseguridad: desde el acné hasta estar convencidos de que tienen el peor dedo gordo del pie del universo”.
Les enseña a mirarse con amor, dice, porque ella, a pesar de haber triunfado en el reinado de la belleza, sabe lo que es estar en ese otro lugar oscuro.

Los cursos de estas escuelas suelen dividirse en dos etapas, una para principiantes y otra para avanzados; se extienden por nueve meses y su costo varía entre 1.800 pesos y 3.500 mensuales. Una de las clases estrella de la currícula es la de fotografía.

La tarde del martes, 17 chicas se preparan para debutar posando ante un fotógrafo profesional. Salvo un par, este sería su primer acercamiento a un book de fotos. La actividad comienza con un aplauso generalizado, un aplauso para ellas mismas por el paso que están a punto de dar. En círculo, las chicas escuchan los consejos del fotógrafo Richard Sosa. Todas usan un jean oscuro y arriba una musculosa ceñida, o una remera justa al cuerpo, o una blusa de color neutro. El maquillaje también apunta a la naturalidad, con tonos terrosos. En los pies, dos de ellas se animan a calzar altísimos tacos que las distinguen del resto.

—Nada de lo que van a hacer hoy va a estar mal... —las tranquiliza Fernández.

Pero las chicas enmudecen y solo las más audaces ensayan poses frente a las paredes que están cubiertas de espejos.

Sosa, el fotógrafo, elige a una adolescente de mirada furtiva y sonrisa con brackets y la conduce al centro de la ronda. Propone un ejercicio: él irá señalando distintas alturas sobre su cuerpo y las compañeras deberán identificar a qué tipo de plano corresponde. La adolescente se sonroja y mantiene la mirada en el piso. Sus compañeras componen un coro de voces que va diciendo: “Primer plano”, “plano medio”, “plano americano”.

Conforme, el fotógrafo exclama:

—¡Manos a la obra!

Alguien puso música, suena un clásico de la moda, el tema “Vogue”, de Madonna. Pero como ninguna se anima a ser la primera, juegan al piedra, papel o tijera. La que pierde, marcha al set.

Richard Sosa dando una charla a las alumnas de Ema Models.
Richard Sosa dando una charla a las alumnas de Ema Models.
Foto: Juan Manuel Ramos.

Durante la sesión aprendo algunos consejos útiles, como que nunca en una foto se deben cortar las extremidades de una persona “porque nuestro cerebro interpreta que ahí termina la historia”, es decir que al retratado le faltan partes del cuerpo. Nunca usar demasiado brillo. Y que es un error estirar los brazos o piernas delante del cuerpo, es mejor ponerlos hacia el costado porque el foco se concentrará en esa parte y el efecto no será el deseado.

—¡Las veo panic attack! —les dice Fernández a las chicas, que no se animan a pasar. Entonces las lleva de la mano, se queda a su lado, les acomoda el pelo.

Llega el turno de una chica altísima, mide un metro ochenta de altura.
Sucede esta charla:

—Está demás ser alta —dice una adolescente, admirándola.

—¡Quién pudiera! —acota otra.

—Lo bueno es ser como una —las interrumpe la profesora.

El final está reservado para las alumnas más seguras. Al pararse frente a la cámara, colocan una pierna ligeramente delante de la otra, los hombros hacia atrás, suben los manos a la altura del codo y presionan delicadamente los dedos de una mano, con los de la otra. Calibran el mentón, insinúan una sonrisa y fijan una mirada que cuando está lista, parece estar diciendo “mirá lo cómoda que estoy posando de la manera menos natural del mundo”.

Y ahí está: la confianza.

Tu imagen, tu empresa.

La proliferación de las redes sociales multiplicó la cantidad de marcas. Las marcas, con las redes, no necesitan de un desfile para mostrar sus colecciones: hacen producciones de foto. Muchas. Con tantas producciones, creció la demanda de modelos, de fotógrafos, de estilistas.

En el mundillo de las academias de modelos que trabajan con la autoestima, el nombre del fotógrafo Richard Sosa es una referencia, lo marcan casi como si se tratara de una legitimación. “Creo que este auge se explica porque las chicas y chicos, sobre todo por el despliegue visual que trajo Instagram, se visualizan más triunfando en el modelaje. Pero esto a su vez es contraproducente porque la realidad es que Uruguay, aunque amplió y diversificó su moda, no logra ofrecer una cantidad de trabajo que acompañe el ritmo de crecimiento de los interesados”, opina.

Alumna tomándose una selfie.
Alumna tomándose una selfie.
Juan Manuel Ramos.

Algunos ven en el modelaje una analogía con el fútbol. Cientos tienen el sueño, se forman, se prueban, fantasean pero únicamente poquísimas —y poquísimos— van a llegar. Por eso, Santiago Gómez, modelo y docente de técnicas masculinas, dice que para vivir de esto “tenés que tener varios quioscos”: hacer un poco de publicidad, de pasarela y de fotografía.

“Yo les pido a mis alumnos que convertirse en modelo no sea su objetivo principal”, dice la modelo Cinthia Amorín, directora del instituto Miss Uruguay. “Les digo que vengan con la cabeza abierta porque van a encontrar una infinidad de posibilidades, pueden descubrir que lo que les gusta es la producción detrás de cámara, o el maquillaje, o la actuación”, dice.

De todas formas, sin importar cuál sea el camino elegido, todos deben saber manejar sus redes sociales, en especial Instagram porque a estos modelos los forman “para ser su propia empresa”, captar el interés de agencias que los representen, o trabajar su “automarketing” para negociar con las marcas de formas freelance. Es decir: uno debe saber cómo venderse. Y también dónde no caer, en especial si comienzan a tentarlos con certámenes de belleza.

Instituto Miss Uruguay.
Instituto Miss Uruguay.

En el interior del país, donde concretar los sueños muchas veces requiere el doble de esfuerzo, el modelaje no es una excepción. Desde Melo, en Cerro Largo, la modelo Vicky Ramos Ortiz, cuenta que contra todos los pronósticos, su escuela de modelos cada año crece más. Hoy tiene 40 alumnos, muchos oriundos de zonas rurales. “El 80% de los que llegan no quieren ser modelos, vienen para soltarse y superar la timidez”, dice. Y se le eriza la piel cuando recuerda el caso de una chica que miraba hacia el piso y se tapaba la cara con el pelo, “pero te muestro sus fotos ahora y no lo podés creer”.

Para los que planean abrirse paso en la moda, el problema que tiene el interior es que allí no están las marcas, “no hay actividades, eventos o producciones si uno no las genera”, explica Ramos Ortiz. Fuera de Montevideo, entonces, con menos producciones de fotos, la organización de desfiles y de concursos de belleza se multiplica. En Cerro Largo, por ejemplo, los balnearios Laguna Merín y Fraile Muerto siguen eligiendo a su reina. “Se mezcla más lo que es ser una modelo y una miss, ven todo como lo mismo, aunque yo les explico a las alumnas que son cosas diferentes”, dice. La modelo vende el producto que luce y debe mostrar lo que lleva puesto “sin ella llamar la atención”, explica. En cambio, la miss se vende a ella misma, debe destacarse en una pasarela de competencia.

Alumnas de Vicky Ramos Ortiz.
Alumnas de Vicky Ramos Ortiz.
Foto: Richard Sosa.

Las academias que forman a las misses son vistas, por lo general, con desconfianza por el resto de las escuelas. A sus alumnas —y en menor medida, alumnos— les enseñan protocolo y etiqueta, en una clase que tal y como se narra recuerda a aquella famosa escena de la película Mujer bonita en la que le enseñan a Julia Roberts cómo iniciar una conversación en un evento, sonreír, caminar, sentarse en una mesa y utilizar correctamente los cubiertos y las copas.

Testimonio

"Me ayudó a quererme"

Valentina Amorín demoró en decidirse a dar el paso e inscribirse en una escuela de modelaje. “Todo lo que veía eran mujeres hegemónicas, de piernas altas y curvilíneas y yo no tenía ni la mitad de esas condiciones”, cuenta. “Pero me apunté. Sentí que era la primera vez que hacía algo por mí. Y me enamoré de ese mundo. Me encontré con una gran diversidad de mujeres y ahí me di cuenta de cómo había cambiado el mundo del modelaje”, dice. “Me ayudaron a quererme, a no caminar mirando el piso. Yo tenía miedo a sentirme rechazada, poca cosa, pero en cambio me empoderó. Muchas vamos a estas escuelas en busca de empatía y confianza”.

Uruguay denigra mucho a las misses, aunque tienen un mensaje social, un proyecto que entregarle al país en el que basa su representación en el exterior”, dice Valentina Amorín, modelo y docente. El asunto es que “para que sea genuino” se requiere apoyo gubernamental y de empresas privadas. “Hay muchos organizadores de certámenes que lo que hacen es estafar a las chicas cobrándoles para postularse, para prepararse y después para competir, adentro y afuera del país, en concursos que muchas veces no tienen legitimidad”, explica.

Para intentar cumplir su sueño, deben ahorrar en dólares.

El regreso de la corona.

En redes sociales surgen decenas de certámenes de belleza, en especial internacionales. Por lo general, el procedimiento se repite. Los directores nacionales que representan a la franquicia, hacen una búsqueda (scouting, le llaman) por todo el país. La inscripción tiene un costo. También la preparación de la concursante. Luego, se elige a la representante departamental. Y en la etapa final, a la representante nacional. Esta reina competirá en el concurso fuera del país, pero para hacerlo deberá abonar una nueva inscripción, en dólares —que suele rondar los 1.000—, usualmente también el pasaje, y debe conseguir la indumentaria y el resto del material que necesita para subir a la pasarela.

Si gana, la recompensa será un premio económico que difícilmente supere lo que ya invirtió. Las categorías son amplísimas, van desde la tradicional reina hasta “reinitas” o “mini mister”. Decenas de jóvenes uruguayos compiten cada año. Muchos son menores de 18 años.

Un par de años atrás, el Instituto del Niño y Adolescente del Uruguay (INAU) se sumergió en este entorno al recibir denuncias cruzadas entre organizadores de estos eventos. La dirección de Espectáculos Públicos y la de Trabajo Infantil trabajaron en unos lineamientos, generando una resolución que oficia como una especie de regulación en el caso de los desfiles y certámenes donde se mueve dinero, aunque se trate de un bono colaborador. Si se realizan dentro del país, el organizador debe sacar un permiso. Pero, si es fuera de fronteras, el INAU ya no tiene competencia.

Paola Molina lleva cinco años formando misses en un país que “no las valora”. Desde Flores dirige la academia PM, asociada con la escuela Mundo de Reinas — “el huracán de la belleza uruguaya”—, que debido a su éxito se extenderá a Durazno y Montevideo. “Acá no se realizan certámenes de buen nivel porque están catalogados como una exhibición de la mujer y por ese concepto erróneo las marcas no te apoyan”, lanza. El año pasado fue el último de la franquicia Miss Universo y Miss Mundo Uruguay, su organizadora se retiró.

Paola Molina junto a la miss Georgina Rocha.
Paola Molina junto a la miss Georgina Rocha.

Molina confía en que su trabajo está abriendo “una nueva era”, que está “cambiando la cabeza” acerca de las misses. “La chica no es un cuerpo que viaja, es una embajadora del país, se la prepara a nivel emocional, en idiomas, en pasarela, en cultura; no hay por qué desmerecer su trabajo”, reclama. Ella, asegura, no permite que sus chicas paguen por competir. Busca apoyos en las intendencias y empresas. Su ganancia es una comisión del 20% si llegara a obtener el premio económico que conlleva la corona. Y la visibilidad como organizadora de eventos.

Pero, advierte, también están los que “lucran con la ilusión”. “Esto puede ser un curro”, dice. Un negocio que ya vieron distintos organizadores que contactan con franquicias más o menos conocidas e inflan el precio de las inscripciones, además de no buscar apoyos que eviten que las concursantes se endeuden o vendan rifas para costear su participación. A las chicas que se le acercan, Molina les recomienda que tengan cuidado con su sueño de llevar una corona. “No lo cuenten mucho”, les dice, “porque lo van a utilizar para sacarles plata”.

Una corona de 5.000 dólares

15 días en la rutina de una miss

Los últimos quince días antes de viajar a Colombia, a competir por el Reinado Internacional de la Ganadería, Georgina Rocha hizo una pausa en su trabajo de cajera en una tienda de su ciudad natal, Flores, para intensificar su preparación para el certamen.

La rutina comenzaba, cada día, a las siete de la mañana. Luego del desayuno, se dirigía al teatro —prestado por el gobierno departamental— para tomar dos horas de clases de pasarela, dictadas por Rolando de la Ossa, un inmigrante venezolano que, en su país, solía estar vinculado a la preparación de certámenes de alto nivel.

Después, Georgina se dirigía junto a Paola Molina a recorrer tambos. Allí aprendió a ordeñar vacas y ensillar caballos. En una escuela agraria tomó clases para entender cómo funciona la industria ganadera y agrícola uruguaya, sus exportaciones e importaciones.

Los conocimientos de la ganadería nacional serán clave para acercarse a la corona y al contundente premio de 5.000 dólares que se llevará la ganadora, pago por el gobierno de Colombia. Además, la miss galardonada tendrá un año agitado, donde participará de otros concursos que organizan las marcas patrocinantes, como L’Oréal. Esto, entre otras actividades que también costearía el país extranjero.

Volviendo a la rutina de preparación, después de las actividades en el tambo, Georgina seguía el día en la academia que dirige Molina y por la que abona una mensualidad de 800 pesos. Allí la instruyeron en peluquería, en el cuidado de su piel, sus manos y recibió masajes descontracturantes.

La competencia se realizará entre el 12 y el 20 de junio. El pasaje lo pagó el gobierno colombiano. La inscripción, de 450 dólares, corrió en parte por cuenta de la Intendencia de Flores — “porque entiende que es un evento cultural”, dice Molina— y el resto se pagó gracias a colaboraciones anónimas de distintas empresas locales. A su vez, el vestido, el bikini y los otros gastos que requiere la participación se lograron mediante canje.

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