De la borra del café a TikTok y la IA: el nuevo mapa de la espiritualidad y las terapias alternativas en Uruguay

Muchos jóvenes uruguayos, criados en un país con tradición de lejanía con lo religioso, recurren a la astrología, el tarot y otras espiritualidades alternativas, con una mayor incidencia de las redes sociales y hasta la inteligencia artificial.

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Por Guillermina Uteda

Un joven entra a una casa llena de santos y deja $ 500 en una caracola sin tocarle la mano a nadie. Otra vuelve a escuchar un audio años después y se estremece con un viejo vaticinio. Una adolescente echa unos naipes arriba de una mesa para ver si tendrá suerte con un compañero del liceo. Alguien se conecta a una videollamada con un mexicano que encontró en TikTok, mientras otra persona se detiene en un video que le pide que elija una carta.

Muchos jóvenes uruguayos, crecidos en un país que siempre se autopercibió ajeno a lo religioso, buscan respuestas en la “espiritualidad alternativa”: en un tarot, en la borra del café, en la astrología, los registros akáshicos, el reiki o los videos personalizados en redes sociales.

Las escenas cambian pero la pregunta de fondo es la misma: ¿qué compra alguien cuando paga por una sesión espiritual?

Cuando algo se rompe

Flor, de 32 años, pagó mil pesos para que le leyeran la borra del café después de una separación. No se define como especialmente esotérica —eso sí, dice que es curiosa porque es de Acuario—, pero estaba en un momento de desorden personal. “Se cae una estructura y no sabés bien para dónde ir”, resume en diálogo con El País.

No buscaba exactamente consuelo. Quería comprobar si alguien podía decirle algo sobre su vida sin conocerla. Y el resultado la impactó. Escuchó referencias familiares y advertencias laborales que no parecían generalidades: desde una advertencia sobre una compañera de trabajo —“un lobo con piel de cordero”— hasta un pronóstico sobre el auto que compraría años después.

“Quedé helada”, dice. No cree que el futuro esté escrito, pero dice que la experiencia le dio algo que necesitaba: una narrativa o un mapa.

Con el tiempo incorporó pequeños rituales. Se define como “un poco cristiana”, pero mezcla otras prácticas, desde prender velas de miel a escribir metas a mano. “Decía: ¿por qué voy a escribir en un papel algo que quiero? No va a pasar”. Pero ahora no lo entiende como algo mágico, sino como un mecanismo de autoayuda. “No es que lo escribo y el universo me lo da. Es una forma de empezar a creértelo. Y capaz inconscientemente empezás a hacer cosas para que eso pase”

Camila, de 35 años, llegó a una lectura de registros akáshicos en otra crisis: había dejado terapia y tenía su vida laboral estancada. Fue por recomendación y con bastante escepticismo.

Pero la sesión empezó con algo que la descolocó. “Me dijeron que no estaba creyendo completamente y enseguida empezaron a describir un episodio de mi vida con detalles que nadie podía saber”. Era un accidente de su padre, alcanzado por un rayo cuando ella era chica. La escena, dice, aparecía como en fragmentos, pero con una precisión imposible.

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Había ido concretamente en búsqueda de respuestas sobre su trabajo —donde sentía que no lograba avanzar—, pero la lectura fue por otro lado. Le dijeron que el problema no era laboral sino emocional. Que seguía enganchada a una relación que ya había terminado, pero que no había cerrado del todo. “Me dijeron que estaba poniendo energía ahí, aunque yo creyera que ya lo había superado”.

Al día siguiente, sin pensarlo demasiado, bloqueó a su ex en todos lados. “No salí de la sesión con esa idea consciente, pero actué en consecuencia”, dice a El País.

Otro momento la dejó todavía más desconcertada. “En un momento me dijeron: ‘vos que sos la tercera’. Y yo tengo un solo hermano”. La frase quedó en su cabeza hasta que habló con su madre y se enteró que antes de ella, había habido dos embarazos que no llegaron a término (la “lectora”, entonces, se quedó corta: era la cuarta).

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Años después, Camila volvió ante una nueva crisis laboral. Esta vez fue más directo: antes de que pudiera hacer una primera pregunta, le dijeron que ya sabía lo que tenía que hacer. “Tenía que renunciar”. No era lo que quería escuchar, pero lo hizo.

Cuando se le consulta qué busca la gente que recurre a estas prácticas, Camila dice que “te obligan a parar y mirarte en un momento donde estamos completamente desconectados”.

No es fe

Cuando se repasan los testimonios, hay algo que se repite: casi nadie habla de creer.

Lía, de 31, es otra de las que dice haber sido siempre escéptica. Pensaba que en esas consultas “te decían lo que querías escuchar y te robaban la plata”. Hasta que murió su madre. En ese momento, cuenta, no estaba buscando creer en nada en particular, sino más bien entender algo que no lograba procesar por sí sola. “Me agarraba de un cable pelado”, dice. Fue a psicólogos y psiquiatras, pero nada terminaba de cerrarle.

Un día una amiga suya fue a tirarse las cartas y, en medio de la consulta, la mujer le dijo algo inesperado: “vos tenés una amiga que está muy mal, decile que venga”. Lía (la amiga en cuestión) fue. Tocó la puerta de una casa de barro, rodeada de imágenes de santos que jamás había visto. Se sentó y lloró antes de que alguien le dijera nada.

Después vinieron las respuestas. O algo parecido.

“Me dice: habitualmente vos me tenés que hacer una pregunta, pero las cartas quieren hablar con vos”. Según dice, empezaron a aparecer explicaciones sobre lo que le estaba pasando. “Me dijeron todo. Qué era ese dolor tan espantoso que sentía, más allá de la muerte de mi mamá”.

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En otros casos, la búsqueda aparece casi como un juego. Como el caso de Ana, hoy de 18 años, que tenía 16 cuando empezó a tirarse ella misma las cartas. No siguió ningún método ni aprendió de manuales: usaba naipes españoles.

Al principio lo hacía por curiosidad. Le gustaba un compañero de clase. Quería saber qué pensaba y cómo acercarse. “Era como pedirle consejo a alguien, pero con las cartas”. No buscaba respuestas exactas: “No es que te dicen sí o no, pero se van acercando”, dice.

“Ola de chantas”

No todas las experiencias terminan bien. Sofía, de 24 años, empezó a formarse en reiki a los 18 años con una mujer que, con el tiempo, empezó a resultarle “rara”. “Al principio me cerraba todo. Era un mundo nuevo, me interesaba. Pero después empecé a ver contradicciones”, cuenta.

La mujer daba clases, organizaba grupos y promovía prácticas espirituales, pero —según Sofía— no era coherente con lo que predicaba.

“Te decía cómo tenías que vivir, qué tenías que hacer, pero ella no lo cumplía. Y además empezaba a generar como cierta dependencia”, dice. Con el tiempo, la relación se volvió más incómoda. “Ahí fue cuando dije: esto no está bien. Era todo medio raro”, resume. Hoy, con distancia, lo define sin rodeos: “Había cosas que servían, pero también había mucho humo. Y gente que se aprovecha”.

“Después de la pandemia vino una ola de chantas”, cuenta un tarotista que hoy también atiende por redes sociales. Según explica, muchas personas llegan en estados de vulnerabilidad —duelos, rupturas, ansiedad— y eso abre la puerta a abusos.

Los precios varían de forma extrema, desde consultas accesibles hasta sesiones que pueden costar cientos o incluso miles de dólares. En ese contexto, lo espiritual también entra en la lógica del mercado: hay demanda, hay oferta; hay competencia. Algunos intentan marcar límites. No leen ciertos casos, derivan a profesionales de la salud mental cuando detectan situaciones más complejas o advierten sobre el uso excesivo de estas consultas. Pero el terreno es difuso y no hay regulación clara.

trascendencia

Uruguay y lo espiritual, desde la sociología

Desde la sociología, el fenómeno no es nuevo, aunque sí adopta nuevas formas. “Cada vez más tendemos a pensar que la religión no es solo las instituciones religiosas, sino un campo más amplio de sentido, de trascendencia, de interioridad”, explica el sociólogo Néstor Da Costa, especializado en religión.

En Uruguay, donde históricamente hubo una fuerte tradición laica y una distancia cultural con las instituciones religiosas, esa necesidad no desaparece, aunque a veces se desplace a experiencias más alternativas o individuales.

“Las generaciones jóvenes vienen de un pasado, especialmente en Uruguay, que tiene una predisposición antirreligiosa culturalmente establecida desde el fin del siglo XIX, comienzo del XX, donde las instituciones religiosas siempre van como relegadas”, dice. “No hay nada más fácil en Uruguay que criticar las instituciones religiosas. Por lo tanto, cuando se cierra el canal de expresar la religiosidad a través de religiones institucionalizadas, eso no termina con la espiritualidad, sino que se expresa por otros carriles”.

Del alivio al negocio

La psicóloga Romina Brugman señala que el auge de estas prácticas puede leerse a la luz de un problema contemporáneo: la dificultad creciente para tolerar la incertidumbre. “La mente humana busca cerrar lo inconcluso. Cuando algo encuentra una explicación, aunque sea simbólica, el cuerpo se calma”, explica.

“Cuando aparece un marco narrativo —aunque sea simbólico— hay alivio. No necesariamente consuelo. Pero sí alivio”, dice.

También, señala Brugman, estas prácticas funcionan como “una respuesta rápida”. “La gente quiere que todo sea claro, que haya un camino más recto. Y la vida no es así”, dice.

A diferencia de la religión tradicional, con instituciones que las ordenan, la espiritualidad alternativa se mueve sin jerarquías claras, con una oferta dispersa, muchas veces mediada por redes sociales. Algunos hasta buscan la “ayuda espiritual” a distancia, recurriendo a cuentas que encuentran en TikTok.

No hace falta pagar ni agendar un turno. Si el algoritmo está alineado, ahí aparecerán los videos de tarotistas que no saben quién puede estar del otro lado, e igual hacen lo suyo. Tiran tres cartas, piden elegir una —“la uno, la dos o la tres”— y, según la elección, construyen una lectura.

“Si elegiste esta carta, es porque estás cerrando una etapa”, dice la voz del otro lado de la pantalla.

Y no es esa la última frontera de la espiritualidad alternativa. Hay una que no necesita cartas o velas, y ni siquiera videollamadas. En las redes ya circulan prompts para pedirle a la inteligencia artificial formas de hacer una carta natal, una lectura de tarot o una “apertura de registros”.

Así de amplio es el menú para los que buscan respuestas sin saber bien de dónde salen.

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