RELIGIÓN EN PANDEMIA

Del cura como psicólogo a la terapia del amor de Pare de Sufrir: ¿crece la fe por el COVID?

Un estudio sociológico de la Universidad Católica dice que la religión ayuda a la contención psicológica y social en pandemia, así como a mantener la paz interior. 

Iglesia
Las iglesias tienen cada vez más pedidos de ayuda "emocional" para también material: les piden alimentos, ropa y hasta trabajo.

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Suena el celular y es un número desconocido. Ella duda unos segundos pero al final atiende la llamada. “¿Con quién tengo el gusto de hablar?”, le preguntan del otro lado del teléfono. Otra vez duda pero igual dice su nombre: Marcela. Está en un buen día y entonces se dispone a escuchar a esa voz femenina que, evidentemente, quiere venderle algo, ya sea un servicio fúnebre o de acompañantes. O quizás las bondades de una religión.

—Marcela, te queremos contar lo que hacemos. ¿Tú creés en Dios?

—Sí, creo.

Entonces le dice que hay una página web donde puede leer la Biblia online y la invita a hacerlo. Al final de la conversación, que no dura mucho más de un minuto, le dice que es de los Testigos de Jehová y que la volverá a llamar para preguntarle qué le parece la página.

Y a los 10 días vuelve a sonar su teléfono celular.

—¿Pudiste ver la página?

—Te digo la verdad, no entré y no estoy interesada —responde Marcela, cuyo apellido no será mencionado para mantener en reserva su identidad. Pero no corta la llamada. Sigue escuchando.

Entonces la misma persona que la había llamado la otra vez le pregunta en qué cree. Marcela dice que tuvo crianza cristiana de chica pero que en realidad hoy no profesa ninguna religión.

—¿Pero en Dios creés, Marcela?

—Creo en el poder de obrar bien de la gente.

—Sí, pero estamos en una pandemia. ¿Cómo pensás que vamos a salir de esto?

A esta altura la conversación había tomado un sentido extraño. Marcela piensa que ya es momento de terminar pero igual le responde:

—Mirá, no sé. Creo que todos tenemos que hacer nuestra parte. Si eso pasa, las cosas van a salir bien. Yo creo en eso.

La mujer le agradece y se despide. Pero, antes de cortar la llamada, le cuenta que ahora los Testigos de Jehová optan por realizar llamadas telefónicas y ya no realizan el tradicional puerta a puerta. Al menos por ahora, con esto del virus.

Pero no solo eso: Roberto Contrera, portavoz de los Testigos de Jehová en Uruguay, dice a El País que se comunican con los fieles (o los potenciales fieles) con llamadas a números fijos y a celulares en forma aleatoria, pero también por carta. “Se ha dañado el bienestar emocional y la gente necesita consuelo, fortaleza y esperanza”, dice Contrera. “Por esta razón, estamos enfocados en el mensaje bíblico”.

A diferencia de otras religiones e iglesias, los Testigos de Jehová no realizan ceremonias presenciales desde marzo de 2020 y todo es mediante plataformas, o sea en forma virtual. Y dicen que por esa vía en los últimos seis meses han tenido un aumento de 15% en la concurrencia. Hoy tienen 11.929 personas activas que realizan los contactos virtuales (o que irán de casa en casa, cuando se pueda).

Desde la Iglesia Católica a Umbanda, todos han tenido que aggiornarse. Y se han encontrado con un notorio aumento en la necesidad de apoyo emocional (a veces hasta psicológico) y contención de los creyentes, además de la búsqueda de una explicación religiosa a la pandemia. En muchos casos la fe parece haberse potenciado, aseguran. Y hay más gente que toca la puerta de los templos para plantear problemas económicos, pedir comida y otro tipo de ayuda.

La investigación Coronavirus, religión y espiritualidad en Uruguay —elaborada por la socióloga y politóloga Valentina Pereira, integrante del Instituto de Sociedad y Religión de la Universidad Católica del Uruguay— concluye que las prácticas religiosas y espirituales cumplen una función de bienestar durante la pandemia y son efectivas en términos de contención psicológica y social, “ayudando a mantener la paz interior y la esperanza ante el actual escenario”. Las religiones, dice el estudio al que accedió El País, cuentan con “experiencia” para “ofrecer respuestas” ante la incertidumbre que genera la pandemia.

El trabajo, realizado en forma coordinada con investigadores de otros países para conocer el impacto del aislamiento social en relación a la religiosidad y espiritualidad de las personas, incluyó una encuesta a 1.034 personas entre mayo y julio de 2020, de las cuales el 57,7% son católicas, el 18,3% ateas y 17,5% creyentes sin institución religiosa. Esos números son similares, aunque no iguales, a las identificaciones religiosas históricas de la población uruguaya. De todos modos, no se trató de una encuesta representativa.

Entre los consultados, la ansiedad (63,6%), la incertidumbre (61,4%) y la soledad (47,8%) fueron los principales sentimientos mencionados. Además, la meditación y respiración, los altares domésticos y el yoga fueron las prácticas que más crecieron durante la pandemia. El 61% de los encuestados realizó alguna práctica religiosa en el ámbito virtual, con Facebook en primer lugar, seguido por WhastaApp y Zoom.

¿Y cuáles fueron los principales beneficios logrados? El más mencionado es la paz interior (524), seguido por mantener la comunicación con Dios o “lo sagrado” (420) y dar esperanza (327). Sin embargo, solo el 19,5% dijo sentirse protegido o a salvo del coronavirus gracias a las prácticas religiosas o espirituales.

Algunos estudios internacionales marcan un aumento de la fe durante la pandemia aunque en Uruguay hay poca evidencia, más allá de una medición de Opción Consultores.

ENCUESTA

¿Se fortaleció la fe durante la pandemia?

Según un estudio del Pew Research Center, el 28% de los estadounidenses asegura que su fe se ha fortalecido durante la pandemia y lo mismo afirma el 16% de los españoles.

En Uruguay casi no hay estudios sobre el tema. Opción Consultores maneja una encuesta de febrero sobre la importancia asignada a la religión en la vida de cada persona: el 85% de los que se identifican con una religión dice que es “algo” o muy importante” contra el 80% en diciembre de 2018. Y los que consideran poco o nada importante bajan de 21% a 15%. De todos modos, no se trata de un cambio radical.

Eso sí, los evangélicos o creyentes de religiones alternativas le asignan peso más fuerte a la religión que los católicos: en febrero el 75% del primer grupo decía que la religión era muy importante en su vida, contra el 40% de los católicos y 29% de los cristianos no católicos.

Iglesia Católica: de Salinas a Casavalle

Luis “Lucho” Ferrés es cura de la Parroquia de Possolo (o Parroquia de los Sagrados Corazones), que se encuentra en Las Acacias aunque su zona de influencia abarca otros barrios del norte de Montevideo como Marconi, Barrio Cóppola y Casavalle. Es una iglesia emblemática porque ahí están los restos del padre Cacho.

Ferrés llegó a la parroquia en enero de 2020, antes del coronavirus. “Acá todo se hace mucho más difícil, para la gente de estos barrios hacer una cuarentena es bravo”, afirma el cura. Y, más allá de lo espiritual y religioso, cuenta que las preocupaciones de la gente pasan por la comida y el trabajo.

“Llega mucha gente pidiendo ayuda para comer y tenemos alimentos para darles”, explica el sacerdote, quien tiene 31 años y además es cantautor cristiano y cuelga sus canciones en un canal de Youtube y en Spotify.

Ferrés habla con El País desde su cuarentena debido a casos positivos en la parroquia, que está cerrada durante estos días. Eso también implica que se cortan buena parte de los ingresos económicos por “las colectas” que no se hacen y que, como en todas las parroquias, son la base para que todo funcione.

Pero el cura asegura que hay un aumento evidente de la gente que pide asistencia social como la que busca contención en la fe ante el avance del COVID-19, cuyos primeros casos se detectaron el 13 de marzo de 2020. “Aún en este contexto de pandemia, donde los protocolos encorsetan todo, hay una tendencia creciente en la gente que se acerca y participa”, afirma el cura. “Acá mucha gente encuentra paz y también un sentido a lo que se está viviendo”, dice Ferrés. El cura se convierte casi en un psicólogo. Cada semana él envía audios por WhatsApp a los fieles.

Luis “Lucho” Ferrés. Foto: ICM.
Luis Ferrés es cura de la Parroquia de Possolo. Foto: ICM.

Leonardo Rodríguez —cura de Salinas y Empalme Olmos— pinta un panorama parecido. Dice que, además de la alimentación y la vestimenta, ha aumentado el pedido de ayuda emocional. Hace unos días una persona tocó timbre y le dijo: “Necesito entrar para llorar. Quiero estar solo y llorar un rato”. Hay mucha desilusión, cuenta, porque no se ve una luz al final del camino.

El encuentro presencial es “insustituible”, admite Rodríguez, aunque ahora la Iglesia Católica está muy volcada a lo virtual. Pero, advierte, “hay un gran porcentaje de la población creyente que hoy seguramente no se está planteando volver a la presencialidad” y dice que en algunos casos es por necesidad, “otros por cuidado, otros por comodidad”.

Desde Fray Bentos, el párroco Luis Cardozo —quien también es el encargado pastoral de la Diócesis de Salto— cuenta una realidad distinta porque allí están cerradas las iglesias para celebraciones desde antes de Semana Santa. En contrapartida, transmiten las misas por las redes sociales, tienen un servicio de “escucha” por teléfono, organizan “cumpleaños virtuales” y hasta los fieles se organizan para hacerle las compras a los que viven solos y no pueden salir.

Pero sobre todo han hecho foco en la atención psicológica: “Las personas han estado aisladas, incluso de su propia familia, y eso lleva a un problema psicológico serio y por eso intentamos acompañar, sea por teléfono o WhatsApp. Hacemos la contención de esa gente, que tiene nombre y apellido”. Cardozo ha notado, además, una mayor presencia masculina en las actividades, lo que le sorprende y asocia a la falta de empleo.

Los evangélicos: del pastor Márquez a Pare de Sufrir

Las dos iglesias neopentecostales más representativas en Uruguay son la Iglesia Universal del Reino de Dios y Misión Vida para las Naciones. La primera es brasileña, fundada por el pastor Edir Macedo y sus autoridades en Uruguay no respondieron la consulta de El País. Una crónica de una tarde en el enorme templo principal de la iglesia, en 18 de Julio y Pablo de María, acompaña esta nota y se puede leer más abajo cómo es "la terapia del amor".

La segunda tiene su iglesia principal a metros del túnel de 8 de Octubre, en el excine Liberty. Su autoridad máxima es el apóstol Jorge Márquez, quien por estos días se recupera tras 28 días complicados con COVID-19 (incluso con oxígeno y problemas respiratorios), según cuenta su yerno, el diputado y pastor Álvaro Dastugue (ironías de la vida: Márquez está contra las vacunas, se refiere al tapabocas como “bozal” y a la pandemia como “plandemia”).

Dastugue dice que el soporte emocional es clave y que por eso van a las casas de los fieles, además de hacer videollamadas por WhatsApp o Zoom para “quitar el miedo” y dar a entender que “Dios te va a ayudar”. Y entonces admite: “La gente está más necesitada y precisa esperanza. Por excelencia la organización que brinda esperanza es la iglesia, nuestra principal herramienta es la fe y la certeza de que todo estará bien”.

Pero ellos también se enfocan en las necesidades materiales. “Vimos que la gente no tenía para comer, estaba muy necesitada”, dice el pastor, “por eso desde marzo a diciembre brindamos más de 341.000 porciones de alimentos a gente de nuestra iglesia y de los barrios”. Los problemas económicos llegaron a los propios templos, admite Dastugue, tanto que algunos pastores debieron cerrar las iglesias y “entregar los salones”.

Jorge Marquez
El pastor Jorge Márquez tuvo COVID-19 Foto: Francisco Flores.

Dastugue se reúne tres veces por semana con un grupo de pastores de otras iglesias evangélicas, donde se evalúa la situación general. Uno de ellos es el apóstol José Vargas de Dios es con nosotros, una iglesia con sede central en el Hipódromo y presencia en todo el país, quien afirma que “hay un cambio notorio” y que cada vez más gente “busca a Dios y se refugia en la fe”, a pesar de los temores. Vargas se ha encontrado con un fuerte aumento de casos de depresión: “Hemos tenido que lidiar con la soledad y los problemas económicos de la gente”.

El apostol Leonardo Echenique del Ministerio Impacto Cristiano —una iglesia en la calle Molinos de Raffo en Paso de las Duranas— también dice que la contención espiritual fue clave porque la pandemia provocó más ataques de ansiedad, intentos de suicidio y casos de violencia intrafamiliar. Y asegura que, aunque tienen aforo limitado, “ha venido mucha gente nueva por la necesidad de buscar cómo salir de la pandemia”.

Las sinagogas en pandemia.

Max Godet, un brasileño de 34 años que es el rabino principal de la Comunidad Israelita del Uruguay —una de las cuatro comunidades de la colectividad judía en el país—, asegura que la pandemia duplicó la cantidad de personas que están en la búsqueda de espiritualidad, aunque eso no es solo religión.

“Hay mucha más gente participando en clases de meditación, cábala, el lado místico del judío, también la vida después de la muerte, el espíritu y el alma”, dice el rabino.

Además, la virtualidad aumentó el alcance de las ceremonias. Por ejemplo, en su sinagoga podían ir unas 80 personas al rezo semanal y ahora cada transmisión es seguida por unas 300 personas.

Los principales problemas que le llegan al rabino, en un sector que es de clase media y alta, son problemas económicos, relaciones que se complican (“muchos divorcios”, dice) y crisis existenciales o ausencia de felicidad. “Es un momento de crisis importante a nivel familiar, todo empeoró con el confinamiento”, afirma Godet, quien también es psicólogo y a veces recomienda terapias.

Sinagoga. Foto: Max Godet.
El templo Tehilat David, ubicado en Pocitos, en una ceremonia en pandemia, con aforo y capacidad limitada. Foto: rabino Max Godet.

¿Y cómo se adaptaron los umbandistas, que suelen tener pequeños templos? Para ellos fue más difícil pensar en aforos limitados, como establece la normativa. La mae Susana Andrade, de la comunidad afroumbandista Atabaque, cree que las religiones están jugando un papel relevante en medio de la crisis sanitaria, económica y social. Pero después dice que hay más necesidad espiritual pero menos posibilidades. ¿Por qué? “La contención que brinda la espiritualidad a través de la religión está limitada porque no podemos reunirnos”, afirma.

Los umbandistas realizan atención telefónica o virtual y reciben en el templo consultas particulares, en vez de rituales grupales. La desesperación, dice Andrade, “hace que la gente acuda a las religiones, que son una fuente de esperanza”. Y termina así: “Somos un faro que ilumina en la oscuridad de la noche y en medio de la tormenta”.

Crónica: una tarde en la Iglesia Universal
La "terapia del amor" de Pare de Sufrir
Iglesia Universal. Foto: Sebastián Cabrera.

Jueves, un rato después de las tres de la tarde. En 18 de Julio todo transcurre en cámara lenta, en ese ritmo cansino al que nos ha acostumbrado la pandemia. Adentro del enorme templo de la Iglesia Universal del Reino de Dios, conocida popularmente como Pare de Sufrir, la intensidad es otra. Somos una treintena de personas las que llegamos hasta la llamada Catedral de la Fe para participar de la “terapia del amor”: esa es la consigna de las ceremonias que se realizan cada jueves en esta iglesia neopentecostal brasileña que se instaló en 1989 en Rivera pero que se popularizó entrada la década de 1990 y se masificó a inicios del 2000 con gran presencia en los medios mientras avanzaba la crisis económica.

El templo es enorme y muy iluminado. “Jesucristo es el señor” se lee -bien grande- al final del salón, igual que en la fachada. También hay una gran pantalla.

Y acá estoy, sentado cómodo en una butaca. Entre las personas que me rodean —bastante separados unos de otros, eso sí— predominan las mujeres treintonas y cuarentonas, aunque también hay hombres. Hay algunas pocas parejas y sobre todo gente sola. Hay viejos y jóvenes.

Un muchacho duerme en su silla y no se despertará hasta el final del culto. Entre todos no ocupamos ni una quinta parte del templo, cuya construcción costó unos 15 millones de dólares, según publicó Qué Pasa en 2011.

El pastor no usa tapabocas. Es el único que no lo hace. Habla en un español con fuerte acento brasileño, tanto que a veces me cuesta entenderle. Por momentos eleva la voz y grita, por momentos la baja. Habla del “secreto de la felicidad”. Y da un consejo: el amor “no se elige por los ojos”, sino “a través de la fe”. Un rato después presenta a su esposa, quien también integra la iglesia. Ambos serán fieles para siempre, asegura. Después advierte: si alguien está casado “con una persona incrédula”, tiene dos caminos. Uno es “desistir y volverse incrédulo”. El otro “insistir y traerlo a la tierra de la promesa”.

Invita a pararse, cerrar los ojos y poner las manos en el corazón. Suena un piano y todos cantan una canción. Hacemos palmas. La mayoría se sabe de memoria la letra: “Luchar es perseverar / Tener la esperanza de un nuevo día / Y anunciar la salvación / Toda lucha trae siempre una victoria / Crea siempre, aunque los dolores sean fuertes / Aunque los problemas le ahoguen / Para todo existe una solución”. Me pregunto por qué los teatros y las salas de conciertos están cerradas por la pandemia y las iglesias abiertas. ¿Qué diferencia hay si acá se permite el acceso con aforo, la gente canta y luego se aglomera adelante en el altar?

Hay que invertir en la vida amorosa para ver resultados, dice el pastor. Habla de los “diezmistas”, es decir muchos de los que están acá y que contribuyen con su dinero a que la iglesia crezca. Dice que los diezmos son “el 10%”, aunque no aclara de qué, pero que también se puede hacer “una ofrenda” y que en ese caso no hay límites de dinero. Es como un regalo.

Al final llama a pasar al altar a los que tienen su ofrenda. Después nos darán un papel donde se puede escribir “un pedido para la vida amorosa”. Hay que anotarlo y traerlo el siguiente jueves. Aseguran que el pedido se cumplirá.

Cuando todo termina, camino unos metros y, antes de salir, tomo una foto del salón. Una señora pasa al lado y me avisa, bien enojada: “Está prohibido sacar fotos”. Guardo el celular y sigo mi camino.

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