Por Martina Molinari
El celular en la mano, nada demasiado importante que hacer. Un partido que está por empezar, una cuota prometedora, un clic, un suspiro: capaz que hoy sí. La escena no tiene nada de extraordinaria. Podría ocurrir a cualquier hora, en cualquier casa, en cualquier cuarto con una puerta cerrada o apenas entornada. Podría ser de tarde o de madrugada. Podría ser después de hacer los deberes o antes de dormir, o en lugar de ello.
No hay fichas, ni mesas verdes. No hay humo, ni mozos, ni alfombras gastadas. El casino ya no necesita una arquitectura específica: cabe entero en una pantalla. Se activa con un gesto mínimo y permanece disponible incluso cuando el cuerpo ya está cansado. El juego online se presenta como entretenimiento, a veces como una oportunidad para ganar algo de dinero rápido y otras simplemente como un recurso contra el aburrimiento.
En Uruguay, salvo el caso de Supermatch, que es gestionado por La Banca, las apuestas online están prohibidas, pero la falta de una regulación del juego en el terreno digital, permitió que las apuestas crecieran, desbordaran la fiscalización del Estado —a través de la Dirección Nacional de Loterías y Quinielas— y encontraran en adolescentes y jóvenes a uno de sus principales públicos.
La expansión de casinos virtuales, apuestas deportivas y mecanismos de azar accesibles desde el celular configura un problema cada vez más grave. Se trata de un fenómeno de salud pública que avanza en la clandestinidad.
En la actualidad, el juego online está disponible en el mismo dispositivo que los mensajes, los videojuegos y las redes sociales. Comparte espacio con las conversaciones, los videos cortos y la música de fondo. Se confunde con el ocio. Y, aun así, conserva la promesa más persistente del juego: la idea de que esta vez puede ser distinto.
En 2017, la Ley de Rendición de Cuentas estableció que los juegos de azar online sin autorización estatal son ilegales y habilita al Poder Ejecutivo a bloquear tanto los sitios como la publicidad asociada.
La letra es clara. La práctica, no tanto.
Aunque ya se han bloqueado más de 1.500 páginas, el cierre de una plataforma rara vez significa el fin del acceso. En su lugar aparecen los llamados sitios espejo: copias casi idénticas que operan bajo otros dominios, replican el diseño original y permiten continuar apostando como si nada hubiera ocurrido.
A eso se suma el uso de una VPN (red privada virtual), que posibilita simular una conexión desde el exterior, y el empleo de billeteras electrónicas y criptomonedas, que facilitan depósitos y retiros por fuera del sistema bancario y las redes de cobranza, que son controlados especialmente por el Banco Central del Uruguay para evitar que ingresen fondos generados por esta actividad.
En foros digitales como Reddit, usuarios uruguayos intercambian instrucciones con una naturalidad llamativa.
No se habla de delito ni de ilegalidad, sino de procedimientos: cómo apostar, cómo cargar saldo o qué método conviene para retirar las ganancias sin que “salte nada”. El lenguaje es técnico, casi pedagógico. La ilegalidad desplaza el consumo, y en ese desplazamiento, el juego queda librado a su propia lógica, sin garantías ni protección.
Apuestas crónicas
Una investigación realizada en 2025 por la Fundación Manantiales —clínica enfocada en el tratamiento de adicciones— permite dimensionar el alcance del fenómeno en Montevideo.
Según una encuesta aplicada a 925 estudiantes de liceos y colegios, el 39% de los adolescentes declaró haber realizado apuestas online.
Dentro de ese grupo, el 27% apuesta a diario y el 42% lo hace sin el consentimiento de sus padres o adultos responsables. El acceso al dinero refuerza esa continuidad. Casi la mitad utiliza su propia tarjeta de débito o crédito para apostar; otro 37% recurre a familiares o amigos.
En paralelo, el estudio registra un aumento sostenido de las consultas por ludopatía: del 12% en 2019 al 21% en 2024, un crecimiento que la institución vincula tanto al impacto de la pandemia como a la expansión acelerada de la oferta digital. “La ludopatía es una adicción comportamental caracterizada por la pérdida de control sobre la conducta de juego, aun cuando la persona reconoce el daño que le provoca”, explica Pablo Rossi, licenciado en Psicología y director de la Fundación Manantiales.
En adolescentes, advierte, el impacto es especialmente grave porque los procesos de autocontrol, planificación y evaluación de riesgos aún están en desarrollo. La adolescencia es una etapa atravesada por la búsqueda de sensaciones intensas, la necesidad de pertenencia y una relación todavía frágil con el tiempo futuro. En ese territorio, el juego online encuentra un espacio fértil para instalarse y consolidarse.
El casino online no tiene horarios ni pausas visibles. No cierra. No duerme. No marca el final de la noche. Según Rossi, concentra múltiples factores de riesgo: acceso permanente desde el celular, resultados inmediatos, microapuestas, bonos de bienvenida y sistemas de recompensa variable. “Todo está diseñado para sostener la repetición”, señala. “No se trata de falta de voluntad individual, sino de plataformas pensadas para que el usuario no se detenga”.
Desde el punto de vista del diseño, estas plataformas operan sobre principios conocidos de la economía de la atención: maximización del tiempo de permanencia, reducción de fricciones y estímulos constantes orientados a la reiteración de la conducta. En adolescentes, esta combinación actúa como un acelerador de conductas compulsivas. En ese marco, la responsabilidad poco tiene que ver con una elección individual.
Ese mismo diseño contribuye a volver opaca la intervención adulta. “En la mayoría de los casos, las familias no están al tanto en las primeras etapas”, explica Rossi. “La ludopatía online ocurre en la intimidad del celular y suele confundirse con un juego más”. Cuando el problema se vuelve visible, el daño suele estar avanzado.
La puerta de entrada
El primer contacto con las lógicas del azar no siempre implica dinero real. En videojuegos populares entre niños y adolescentes aparecen mecanismos como las loot boxes o “cajas sorpresa”, en las que se paga —con dinero real o virtual— para acceder a un contenido cuyo resultado es incierto.
La lógica es simple y eficaz: pagar sin saber, esperar, repetir. Algo similar ocurre con los sistemas “gacha” inspirados en máquinas de premios, donde se invierte una y otra vez para obtener personajes o ventajas con probabilidades mínimas.
Estas prácticas funcionan como dispositivos de aprendizaje temprano del azar, familiarizando a niños y adolescentes con la lógica de la apuesta antes incluso de que el dinero tenga un valor plenamente comprendido.
“Me desperté de madrugada y encontré a mi hermano de 13 años jugando al casino del GTA”, escribe un usuario en un foro digital. “No entiende el valor del dinero, pero ya está aprendiendo cómo funciona el casino”.
“La ludopatía digital no es un fenómeno aislado”, advierte Rossi. “Comparte mecanismos con videojuegos y redes sociales. Cuando estos consumos se superponen y no hay límites claros ni supervisión adulta, el riesgo aumenta”.
Para muchos jóvenes, las apuestas deportivas funcionan como puerta de entrada. El deporte —espacio tradicional de identificación y pertenencia— se convierte en plataforma de acceso al juego. “Yo apuesto por el cuadro rival: si gano, estoy contento porque gana mi equipo; y si pierdo, por lo menos me hago unos pesos”, explica uno de los jóvenes que apuesta con regularidad.
Tras el bloqueo local de plataformas como bet365, numerosos usuarios migraron hacia sitios espejo y operadores no autorizados. En esos entornos, depositar dinero suele ser sencillo. Retirarlo no siempre. Fondos retenidos, cuentas bloqueadas y ausencia total de canales de reclamo forman parte de una experiencia cada vez más frecuente.
Un joven de 19 años relata que comenzó a apostar a los 17. “Firmé la autoexclusión en las plataformas legales, pero soltar el casino ilegal es mucho más difícil”, cuenta.
La autoexclusión es un mecanismo de protección previsto en las plataformas de juego legales que permite a una persona solicitar, de forma voluntaria, la prohibición de acceso a los servicios de apuestas y casino por un período determinado o de manera permanente.
En la práctica, implica el bloqueo de la cuenta y la imposibilidad de apostar, depositar dinero o recibir comunicaciones promocionales. La solicitud no puede revertirse de forma inmediata ya que su objetivo es introducir un corte efectivo en la conducta de juego.
En Uruguay, este mecanismo se aplica exclusivamente a plataformas autorizadas por el Estado y no impide que una persona continúe apostando en sitios que operan por fuera de la regulación.
En primera persona
En diálogo con El País, un adolescente que comenzó a apostar online a los 17 años relativiza los riesgos del consumo. “Un amigo me enseñó la página y apostaba normal”, dice.
Hoy asegura jugar poco, sobre todo cuando está aburrido o con amigos. “Cuando gano siento satisfacción; cuando pierdo, a veces me enojo, pero es plata”, explica. Reconoce haber perdido sumas importantes, aunque sostiene que podía permitírselo.
Usa criptomonedas y conoce las plataformas más populares, distinguiendo entre aquellas que exigen verificación de identidad y las que no. “No se recomiendan”, aclara sobre estas últimas, “pero se puede jugar igual”.
Detalla que algunas plataformas tienen un sistema de verificación llamado KYC, que exige enviar foto de la cédula y del rostro para confirmar la mayoría de edad, mientras que otras no lo requieren y son las que, según él, “no se recomiendan, pero se puede jugar siendo menor”.
Señala que las páginas que más utiliza son Stake y 1xBet, y que prefiere las criptomonedas, ya que está familiarizado con ellas y le resulta más fácil.
Sobre la supervisión parental, dice: “La verdad no sé si mis padres saben o no, pero si saben no pasaría nada”.
Respecto a los montos apostados, explica que hace depósitos de unos 2.000 pesos uruguayos y que participa en sistemas de progresión que requieren apostar grandes sumas para alcanzar niveles VIP. “Para llegar al VIP 2 tenés que apostar 10.000 dólares. Juego 10 dólares, gano 20, juego 20… ahí va subiendo. Completé cuatro cuentas, la mía y tres de amigos, hasta llegar al objetivo”.
La mayoría de las apuestas las realiza de noche y en llamadas con amigos; nunca solo.
Cuando llega el desgaste
Existe una reconocida sensación de control —la idea de que el juego es manejable y que el riesgo está bajo dominio— que aparece con frecuencia en las consultas clínicas.
Según Rossi, no existe un perfil único de mayor vulnerabilidad, pero sí una combinación de factores que incrementan el riesgo. Entre ellos, menciona una mayor prevalencia en varones adolescentes y en edades más avanzadas de la adolescencia, junto con rasgos como la impulsividad, la baja tolerancia al malestar emocional y la escasa supervisión adulta del uso de la tecnología. “Más que hablar de un perfil cerrado, hablamos de contextos que aumentan el riesgo y sobre los que es posible intervenir”, agrega.
El problema rara vez se manifiesta de forma abrupta. Avanza de manera progresiva y persistente. Los primeros indicios suelen ser físicos y conductuales: cansancio sostenido, dificultades para dormir, disminución de la concentración, irritabilidad. Aumenta el tiempo de conexión, sobre todo en horarios nocturnos, y aparecen prácticas de ocultamiento. El manejo del dinero empieza a mostrar inconsistencias.
No hay estallidos, pero sí un desgaste sostenido.
Según la Fundación Manantiales, el 44% de los adolescentes presenta problemas de sueño y más de la mitad reconoce la necesidad de reducir su tiempo en línea, aunque no logra hacerlo. El malestar antecede al reconocimiento del problema y al pedido de ayuda.
Mientras en el Parlamento se vuelve a discutir la regulación del juego online, ahora con un nuevo proyecto de ley del oficialismo, especialistas advierten que Uruguay no cuenta hoy con una política específica de protección digital para niños, niñas y adolescentes.
La prohibición general resulta insuficiente ante un fenómeno que se filtra por videojuegos, redes sociales, publicidad encubierta y plataformas ilegales.
El vínculo entre adolescentes y apuestas online, señalan, no puede comprenderse por fuera del ecosistema digital en el que se produce: plataformas diseñadas para maximizar la permanencia, marcos regulatorios fragmentados y una socialización temprana en lógicas de recompensa inmediata. En ese entramado, el juego no aparece como una actividad excepcional, sino como una práctica más, integrada a los consumos cotidianos.
Frente a este escenario, el abordaje terapéutico exige una mirada integral que exceda la conducta de juego en sí misma. “Cuando un adolescente llega por apuestas online, no solo trabajamos la conducta de juego”, explica Pablo Rossi. “También abordamos el uso del dinero, el manejo del tiempo, el malestar emocional y los acuerdos familiares en torno a la tecnología”.
El tratamiento incluye trabajo individual con el adolescente, un abordaje profundo con la familia y acciones preventivas dirigidas a padres y referentes adultos. “Sin adultos que recuperen su rol de orientación y de límite, el tratamiento queda incompleto”, advierte.
El celular vuelve a estar en la mano. Como al principio. Ahora sí hay algo importante que hacer.
Tal vez lo más importante: apostar.
No hay fichas ni mesas verdes. No hay humo, ni mozos, ni alfombras gastadas.
No hay políticas públicas que miren debajo de las almohadas, que sigan el ritmo de los adolescentes, que sepan que esta adicción se esconde en sus pantallas y los acompaña sin hacer ruido.
Nuevo proyecto para regular el juego online
Una vez más, el Parlamento tiene sobre la mesa un nuevo proyecto para regular el juego online. Hasta el momento, por más que la única plataforma autorizada es la de apuestas deportivas Supermatch, los otros sitios se han multiplicado. Detrás de estos sitios ilegales está el Estado, fiscalizando. Quien tiene los ojos puestos sobre el problema es la Dirección Nacional de Loterías y Quinielas, disponiendo de un equipo destinado a su detención y recepcionando las denuncias anónimas que alertan sobre nuevas páginas, o sitios espejo que se crean imitando el diseño de las que fueron bloqueadas. Una vez identificada la plataforma, se notifica a la Unidad Reguladora de Servicios de Comunicaciones, quien realiza el bloqueo. Hasta el momento, ya van más de 1.500 páginas cerradas. Otra pata de la fiscalización apunta a la publicidad sobre estos sitios, que puede aparecer por ejemplo durante un evento deportivo internacional que se realiza en territorio nacional, pero también en sitios web y redes sociales. La publicidad también está prohibida.
Esta carrera contra el auge de los casinos online parece inútil frente al crecimiento que ha tenido la participación de los uruguayos, en especial de los jóvenes, en este mundo de apuestas adictivas.
En noviembre pasado, el senador oficialista Felipe Carballo presentó un proyecto de ley para regular el juego online. Según informó El Observador, propone crear una Plataforma Estatal de Juego Online, que sería administrada por la Dirección Nacional de Loterías y Quinielas. El Estado explotaría parte de la actividad, pero también controlaría a los actores privados. Se crearía la Agencia Nacional de Regulación del Juego Online, que además de otorgar las licencias a los privados, fiscalizaría las plataformas, algoritmos y transacciones e implementaría el Registro Nacional Digital de Apostadores.
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