ENTREVISTA

"Los abrazos van a volver, pero no este año"

El cardiólogo argentino Oscar Cingolani, profesor e investigador en la universidad Johns Hopkins, contó en qué están trabajando hoy y opinó sobre la “nueva normalidad” en la que se adentra Uruguay

Oscar Cingolali
Oscar Cingolani es profesor e investigador en la escuela de Medicina de la universidad estadounidense Johns Hopkins. Foto: Hopkins

Antes de que el mapa mundial de los casos de coronavirus fuera de dominio público, cuando todavía se manejaba para el uso interno de la universidad Johns Hopkins, el cardiólogo argentino Oscar Cingolani, profesor de ese centro de estudios, empezó a analizarlo. Su foco era avanzar en una investigación previa, vinculada al rol de una proteína específica durante la infección. En eso estaba cuando, entre fines de enero e inicios de febrero, Cingolani se la vio venir. “Fui uno de los que dije: esto se va a expandir en todo el mundo”, dice desde Baltimore, Maryland.

Hoy, Cingolani forma parte de un selecto grupo de 12 especialistas de Johns Hopkins que cada día se reúnen virtualmente para evaluar hacia dónde dirigir las investigaciones y los posibles tratamientos bajo estudio para enfermos con Covid-19.

Este destacado médico, que habla con total sencillez y cercanía, es coautor de un escrito que descartó que el uso de antihipertensivos pueda complicar el curso de la enfermedad —algo que tenía preocupados a los cardiólogos del mundo—. Ahora acaban de aprobarle la publicación en la revista británica The Lancet de un paper que demuestra que los jóvenes con coronavirus tienen menos chance de entrar a CTI que los mayores, a menos que tengan obesidad.

Cingolani tiene, como muchos en Hopkins, triple tarea: docencia, investigación y asistencia. Es el director del Centro de Hipertensión Arterial de la universidad y trabaja en la unidad de cuidados críticos cardiovasculares del hospital de esa institución, que es uno de los más prestigiosos en Estados Unidos y que junto con otros centros de salud realiza varios de los ensayos clínicos con las drogas en las que están puestas las expectativas del mundo.

Además, participa de dos grandes investigaciones: el testeo, su poder y alcance, y la reapertura inteligente de las economías en el contexto de pandemia. De todo eso habló con El País, y lo que sigue es un resumen de la charla.

—Usted integra un grupo sobre Covid-19. ¿Cómo trabajan concretamente?

—Hopkins tiene una ventaja, y es que tiene muchos médicos clínicos e investigadores de laboratorio, y en ocasiones como esta hay muy buena comunicación. Uno de los líderes, decano de la Facultad de Medicina, formó un grupo de 12 personas de distintas especialidades y áreas entre los que hacemos Zoom conferences de una hora, hora y media. Hablamos con quien esté en la unidad de cuidados críticos de Covid, analizamos cifras, vemos medicaciones y evaluamos posibles pasos a seguir en los estudios. Hemos parado la pelota, y en lugar de tratar pacientes con múltiples drogas, como se hizo en varios países, lo que hicimos fue decir: ‘estamos preparados, estudiemos bien a los pacientes, usemos nuestra base de datos y no utilicemos cosas que no esté comprobado que sirvan’. Nos está yendo bien, no tenemos mortalidad muy elevada. En parte porque tratamos a cada uno en función de cómo le impacta la enfermedad.

—Como cardiólogo, ¿qué opina de la teoría que ha circulado recientemente que plantea que la letalidad del virus estaría más asociada al daño cardiovascular que al daño pulmonar en sí?

—El daño pulmonar existe, está comprobado. Hay distrés respiratorio y es un distrés atípico, no es común. Hay mucha inflamación y poca recuperación del tejido. Hemos visto pacientes con complicaciones de todo tipo. Y hemos visto pacientes con alteraciones de la coagulación y estamos estudiándolo, pero también hemos visto pacientes sin eso. No descartaría, como esos textos que están circulando, que sea una enfermedad pulmonar. Eso es mentira. Hay que tener muchísimo cuidado porque la gente se asusta, pero no hay nada nuevo: con cualquier infección las complicaciones trombóticas existen. Puede que en este virus, un poco más.

—¿Ustedes tratan a los pacientes con anticoagulantes?

—Hay un protocolo que rige en todo Estados Unidos: a los pacientes se les ponen bajas dosis de heparina de bajo peso molecular, a modo de profilaxis. Nosotros lo estamos haciendo con los pacientes de Covid porque creemos que tienen más riesgo de trombosis. Acá en Hopkins tenemos un protocolo agresivo que incluye ultrasonido para ver si tienen trombos en piernas o brazos. Todos los días medimos una proteína en sangre llamada dímeros D (y que indica problemas de coagulación). Si sube mucho, empezamos con anticoagulación en forma precoz.

—¿Con qué sustancias están haciendo ensayos clínicos en Hopkins?

—Con múltiples medicaciones, pero no quiero dar nombres para no generar falsas expectativas. Los trials no son únicos de mi hospital, son multicéntricos. Hasta ahora no sabemos los resultados, y ni nosotros sabemos si el paciente recibió placebo o no. Estamos tratando de tener una respuesta definitiva y la mejor manera de hacerlo es así. Hay un organismo independiente que viene, investiga el trial y nos dice si continuamos o no. Luego se analizan los datos.

—¿Cuánto tiempo lleva el proceso?

—Esperemos que en semanas tengamos algún resultado. Otras instituciones están haciendo trials específicos, no multicéntricos, y estamos atentos porque en los próximos días puede haber alguna comunicación. Yo creo que no va a haber una droga que pueda curar. Puede haber una o más que la hagan menos grave.

—¿Y para qué momento de la enfermedad servirían esas drogas?

—Hay dos frentes y estamos en los dos: cuando el paciente es positivo, antes del hospital, estamos viendo si podemos frenar la replicación viral; y otro puede ser el intercambio de plasma cuando ingresa al hospital. El protocolo para el plasma surgió aquí, en Hopkins.

—¿Qué postura tienen respecto al uso de la hidroxicloroquina con azitromicina, que se ha probado en varios países pero que genera mucha controversia?

—Hasta hoy no hay ningún trial que haya mostrado científicamente un beneficio. Fue una de las primera medicaciones, y por la severidad de la enfermedad se la tomó como una esperanza, pero no la usamos. Ni la combinación ni una de las dos. En un estudio de hace pocos días, retrospectivo, se vio que aquellos pacientes internados en el estado de Virginia, que no habían recibido hidroxicloroquina y azitromicina, tuvieron la mitad de la mortalidad que el resto. Hay trials para ver qué pasa si se da hidroxicloroquina al inicio de la enfermedad. No apostaría mi plata en eso, aunque científicamente no lo sé. Tiene muchos efectos cardíacos adversos, más de los que se cree.

—¿Y respecto al plasma, no hay conclusiones aún?

—Lo único que te puedo decir es que hay anécdotas de 10, 12 pacientes a los que se les ha dado estando muy graves y en pocos días se han recuperado. Al escuchar esos casos, uno tiene esperanza. Se han visto cambios muy rápidos que no se pueden ver en forma natural. También nos gustaría esperar para dar una respuesta. Se va a saber pronto.

—¿Qué se está investigando en Johns Hopkins sobre el testeo?

—Lo que se viene son los test nuevos, que te permiten saber si estuviste infectado y desarrollaste anticuerpos. Hasta ahora el PCR, que detecta el ARN del virus, es lo más sensible y específico. Eso es lo que uno tiene que hacer masivamente. Si uno no testea, no se puede plantear la reapertura. Con el test de anticuerpos se puede detectar cuántos ya tienen inmunidad, lo cual es importante porque no sabemos si esta inmunidad realmente protege. Ahora veremos si esos pacientes que desarrollaron anticuerpos se vuelven a infectar al salir a la calle. Hay dos preguntas generales cuyas respuestas aún no se saben: si tenés anticuerpos contra el virus, ¿estás inmune? ¿Hasta cuándo? Y la otra: sos asintomática y tenés PCR positivo: ¿contagias?

—¿Cuántos test deberían hacerse?

—Cada país debe testear de acuerdo a sus condiciones y no se puede pretender testear en Pocitos o en el puerto lo mismo que en Paysandú. En Estados Unidos se cree que deben hacerse 150 test por cada 100 mil habitantes. Si logramos hacerlo por tres o cuatro semanas, sabremos si podemos salir de cuarentena.

—¿Uruguay lo está haciendo bien?

—Es un país chico, organizado. Tienen un gobierno que por lo que he escuchado tiene una idea clara de lo que viene. Por los números que me decís, me da la idea de que han hecho las cosas bien. Creo que deberían testear más, aunque si tienen menos de 10% (casos sobre testeados) es positivo. Deben testear en distintas áreas para abrir la economía sectorial. Esto es una guerra. Uruguay y Argentina deberían apostar a ser los graneros del mundo. Vayan a lugares periféricos, testeen, pónganse a producir donde haya pocos infectados. Y en el centro de Montevideo van a tener que hacer una salida más gradual.

—¿Cómo sería, entonces, una reapertura inteligente de la economía?

—Lo más importante es la reactivación gradual: evaluar grupos de riesgo bajo, mediano y alto. No creo que vuelva a haber conciertos masivos o estadios llenos, pero sí playa en familia. Casamientos masivos, por los próximos meses, no creo. Velorios, cumpleaños infantiles, nada de eso. Todo lo que involucre niños va a ser muy difícil. Tampoco creo que abrir las escuelas deba hacerse primero. Sí reactivar negocios con menos empleados, restaurantes con menos mesas, y compras por internet. Todo lo que impida aglomeraciones. No va a ser para siempre: cuando haya más de 50% o 60% con anticuerpos, cambiará. Y si la vacuna viene en un año o en meses, va a cambiar también.

—¿Qué riesgo conlleva un almuerzo familiar con abuelos y nietos? Es algo que no está en el reporte pero importa mucho.

—Acá se dice que reuniones de más de seis personas no se recomiendan. Yo creo que, conociendo la cultura rioplatense, los almuerzos de los domingos hay que evitarlos lo más posible. Porque es exponer a los mayores que tienen más riesgo.

¿Está bien reabrir las escuelas rurales?

Consultado acerca de la medida de reabrir algunas escuelas rurales, Cingolani opinó que se trata de “una estrategia personalizada e inteligente”. “El chico debe ir a la escuela porque desayuna ahí, y el padre debe trabajar, y hay baja tasa de infección”, planteó, avalando la lógica. Para él, cada país debe hacer su plan de reactivación y tener muy en cuenta la geografía. “En Carrasco o en Pocitos no me parece reabrir escuelas, pero en el medio rural me parece prudente. Quizá mañana les va mal, y bueno, estarían equivocados en cuanto a la tasa de infección. Por eso es importante el testeo”.

—¿Podremos volver a abrazarnos con nuestros abuelos, o con personas con patologías previas?

—Creo que lo vamos a poder hacer en forma rutinaria cuando haya una vacuna. Vamos a tener que abrir bien los ojos. Porque esta no va a ser la última pandemia. Los virus son cíclicos, lo vamos a volver a tener. Espero que nos ayude a tomar medidas, como el lavado de manos, evitar la ronda de mate, el beso como saludo a gente desconocida. El abrazo vamos a poder dárnoslo. Es necesario. No este año, pero va a volver.

—Acá en Uruguay el gobierno acuñó el concepto de “nueva normalidad”, que incluye medidas como las que usted menciona. ¿Lo comparte?

—Sí, comparto. Habrá que hacer mateada con mate propio. Después de todo, hay cosas más caras.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados