Cuando llueve, los techos, las calles y las veredas aceleran el recorrido del agua hacia los desagües y los arroyos. En los humedales, en cambio, el agua encuentra superficies donde acumularse temporalmente, con la ayuda de una vegetación que se presta a frenar su avance.
Los Bañados de Carrasco cumplen esa función, en una cuenca compartida entre Montevideo y Canelones, por tanto contribuyen a amortiguar las crecidas, además de ofrecer refugio para muchas especies de la vida silvestre. “Son máquinas biológicas que regulan los caudales y las sequías. Cuando su vegetación funciona bien, estos ambientes también ayudan a reducir la contaminación orgánica.
Pero su capacidad natural tiene límites, no reemplazan el saneamiento ni el control de los vertidos, pero sí forman parte de la salud ambiental del territorio”, explica el investigador Eduardo Gudynas, quien trabaja para el Centro Latino Americano de Ecología Social (CLAES), y desde hace más de tres décadas estudia las relaciones entre ambiente, desarrollo y movimientos sociales en América Latina.
”Rellenar un humedal, drenarlo o modificar su entorno, puede reducir el espacio disponible para el agua, y eso puede alterar su circulación y aumentar el riesgo de inundación en otros sectores. Tampoco alcanza con dejar libre la superficie que se ve anegada, porque un bañado puede inundarse de manera estacional, pero depende directamente de los aportes de agua, los suelos, la vegetación y las conexiones con otros ambientes circundantes. Por eso, antes de pensar dónde podrían levantarse nuevas viviendas, hay que comprender cómo funciona el conjunto. En Carrasco, esa discusión tiene una dificultad adicional, ya que lo que queda, ha perdido buena parte de su extensión y de sus condiciones originales”, resume el experto.
Gudynas propone empezar por la historia. “Durante el siglo XIX y a comienzos del XX, los bañados eran mucho más amplios. Formaban parte de un sistema que incluía el llamado Bañado Largo, extendido desde el arroyo Carrasco hacia el arroyo Pando, en paralelo a la costa. Hacia la playa aparecían campos de dunas, con un paisaje muy similar al de la costa de Rocha, que todavía conocemos. La transformación fue cambiando el curso del agua y el relieve”, explica.
El investigador ubica un mojón importante en esta trama, que fue la creación del actual Parque Roosevelt, iniciada en 1916: “las obras de desecación, la modificación del terreno y la forestación contribuyeron a sustituir el área de humedales y dunas, por un paisaje arbolado. El deterioro continuó y se aceleró durante la segunda mitad del siglo pasado, y en este siglo. Hoy los humedales de Carrasco, junto con algunos otros del arroyo Pando, son los últimos remanentes de aquel paisaje costero metropolitano, original. Esa condición aumenta su valor. Pero conservar lo que queda exige intervenir. Yo creo que protegerlos, limpiarlos y restaurarlos es lo más coherente que podríamos hacer. Y en estos temas, las palabras importan. No alcanza con decir voy a proteger el bañado. Lo que se debería decir es: tengo que recuperar y restaurar el bañado”.
La diferencia atraviesa toda la conversación. Proteger puede evitar nuevos daños; restaurar supone trabajar sobre los que ya existen. En Carrasco, Gudynas describe una flora alterada, espejos de agua modificados, y contaminación. Advierte además, que la cercanía del sitio de disposición final de residuos de Felipe Cardoso obliga a evaluar el estado de los suelos y las aguas subterráneas, ya que hay una altísima probabilidad de que presenten contaminación, la cual debe estudiarse, y si se confirma, remediarse con tareas que llevarían mucho tiempo y obviamente, una inversión enorme.
También distingue este caso del de los humedales del Santa Lucía, donde señala que aún subsiste una mayor extensión de ambientes naturales. Carrasco, a diferencia, necesita una respuesta ajustada a su deterioro. “No basta con poner un alambrado que diga no pase”, resume. El investigador, reclama acciones concretas de las autoridades locales, departamentales y nacionales, sostenidas más allá de un anuncio.
Para el experto, la responsabilidad política y estatal está planteada desde hace décadas y recuerda la incorporación de los bañados a la planificación territorial de Montevideo, como un cinturón verde que protege la ciudad y como un área ecológica significativa desde entonces. Asimismo, Gudynas cuestiona que se minimice ese antecedente que fue aprobado en 1998. Su balance es crítico: “ni el gobierno departamental, ni las autoridades ambientales nacionales fueron eficaces en asegurar la conservación. Las herramientas institucionales, tampoco son nuevas. El anterior Ministerio de Vivienda, Ordenamiento Territorial y Medio Ambiente se creó en 1990, y la ley que estableció el Sistema Nacional de Áreas Naturales Protegidas es del año 2000”.
Es sobre ese territorio deteriorado que hoy se discute una nueva urbanización impulsada por la empresa Bislun SAS, con participación del empresario argentino Eduardo Costantini. Se trata del desarrollo de unas tres mil viviendas, en un predio que abarca alrededor de 228 hectáreas, con unas 120 destinadas a la urbanización residencial. Además, el proyecto contempla áreas comerciales, un centro cívico y un parque lineal abierto al público. Sus promotores sostienen que el proyecto permitiría mejorar las condiciones ambientales e incorporar infraestructura. Pero para que el emprendimiento sea viable, requiere decisiones sobre la transformación del suelo rural; y eso es lo que está en revisión hoy, por parte de la Intendencia Municipal de Montevideo (IMM) y la Junta Departamental. Ahí aparece la tensión entre la oportunidad inmobiliaria y la conservación de funciones ambientales que benefician a toda la cuenca. El punto que Gudynas cuestiona, es que el deterioro se convierta en el argumento para habilitar la transformación. “La situación de los bañados de Carrasco refleja las consecuencias de la repetida inacción”, afirma. Su razonamiento es que a medida que un ambiente se degrada, se debilitan los argumentos para conservarlo, y gana espacio la idea de que una inversión privada resuelva lo que el Estado no atendió. Esto no es una maniobra deliberada, yo no creo que sea un plan malévolo, sino que es parte de la idiosincrasia de cómo funciona el Estado uruguayo”. Su crítica abarca a las sucesivas administraciones: “no es que una administración no hizo nada, es que ninguna ha hecho nada, y han pasado todas a lo largo de estos años”.
La protección nacional también estuvo en discusión. Carrasco no figuró en el listado aprobado por el Decreto 228/025. El 8 de setiembre de este año, el Ministerio de Ambiente anunció la firma de un decreto que lo incorpora como humedal de importancia ambiental, con una delimitación específica. Esa categoría no equivale a ingresar al Sistema Nacional de Áreas Protegidas.
A mediados de setiembre, el intendente Mario Bergara pidió dejar en suspenso el tratamiento de la solicitud vinculada al proyecto en la Junta Departamental, y anunció un plan parcial para estudiar los usos del suelo en el entorno. La pausa abre una instancia de evaluación; pero no significa una autorización para construir, ni un rechazo definitivo de la propuesta de Costantini.
La mirada de Gudynas sobre la gestión departamental va más allá del expediente. El investigador considera que las urgencias del “Montevideo urbano”, como la basura, el transporte y los problemas cotidianos de sus habitantes, absorben toda la atención y dejan en segundo plano al “Montevideo rural”. Desde ese lugar, reclama una visión que permita “entender el departamento más allá de la última manzana edificada”. Describe predios que han perdido su actividad productiva, enfrentando dificultades de seguridad para quienes todavía producen, con la deriva de terrenos vacíos donde se acumulan residuos. En ese contexto, la venta del lote para un emprendimiento inmobiliario puede aparecer como la única salida rentable para sus propietarios, alimentando nuevas presiones para cambiar el uso del suelo.
“La situación de los bañados de Carrasco refleja las consecuencias de una repetida inacción”, afirma el experto. Su razonamiento es que a medida que un ambiente se degrada, se debilitan los argumentos para conservarlo, y gana espacio la idea de que una inversión privada resuelva lo que el Estado no atendió”.
También menciona el estado de los arroyos Carrasco, Malvín, Miguelete y Pantanoso. “Basura flotante, plásticos en las orillas y objetos abandonados componen una muestra del deterioro que se ha naturalizado. El manejo ecológico que se hace en el departamento de Montevideo parece ser una celebración de lo desagradable y nauseabundo, cuando debería asegurarse un ambiente verde y limpio”.
La preocupación alcanza al Parque Roosevelt, donde actualmente se están talando árboles para desforestar e instalar allí un campo de golf. Gudynas ve allí “otra expresión de un proceso acumulativo: primero se transforma el ambiente, luego se descuida y finalmente se presenta un nuevo uso privado como solución”.
Consultado sobre la posibilidad de volver a involucrarse en la recuperación de Carrasco, responde que hoy no ve las condiciones. Explica su respuesta a partir de una distancia creciente entre los gobiernos y la comunidad ambientalista, a la que considera se ha sumado parte de la academia.
En su reconstrucción, el conflicto por las plantas de celulosa y la controversia con Argentina afectaron el lugar del ambientalismo en el debate público. Luego, durante el gobierno de José Mujica, la discusión sobre Aratirí y la minería a cielo abierto, profundizaron esa brecha. La movilización contra la Ley de Riego durante la administración de Tabaré Vázquez, logró una recolección de firmas, que aunque no alcanzó el mínimo requerido, expresó una oposición ciudadana considerable. Entonces, Eduardo Gudynas cuestiona que el Frente Amplio escuche de manera efectiva esos reclamos, y pone en duda las afirmaciones de Fernando Pereira en ese sentido. También critica la continuidad de personas y enfoques en puestos de decisión: “no ha habido ni un recambio de ideas ni de personas. Pero al igual que en el medioambiente, la calidad del intercambio político y parlamentario también se ha deteriorado”.
Frente a ese panorama, encuentra una señal distinta en la organización ciudadana. Destaca el caso de Punta Ballena como un ejemplo de incidencia y menciona las redes costeras que registran contaminación y alteraciones del ambiente, comparten información y mantienen un seguimiento cotidiano, con una participación de miles de ciudadanos activos.
“La única manera de alterar el curso de las cosas es vincularse a algún grupo ciudadano que esté en estos temas, y juntar fuerzas ahí para manifestar una dirección. Yo creo que al país le falta una estrategia nacional de cómo manejar los humedales y el agua. No se puede seguir encarando cada obra de manera aislada, y no saber qué camino seguir con certeza”.
Así, el futuro del bañado queda unido al de Montevideo. Recuperar sus aguas y su vegetación exige decidir cómo se ocupa el territorio, qué condiciones se ofrecen a quienes ya lo habitan y qué responsabilidades asume el Estado. Para Gudynas, el punto de partida de estos conflictos radica en “la desidia y la inacción, como la base de todo”. Cambiar ese rumbo requiere que la recuperación deje de ser una promesa. n