Podríamos empezar por destacar su gran talento musical innato; su capacidad creativa como para atravesar el candombe, el rock, el jazz, el funk, la murga y las canciones para niños, pero no solo, porque su presencia en los escenarios era enorme.
Sin embargo, hay algo todavía más profundo que hoy queremos destacar: su manera de ser y de estar en el mundo, de expresarse y de vincularse con la gente. Rada no solo cantaba, hablaba con todo su cuerpo. Se movía, gesticulaba, se reía, exageraba, inventaba voces, personajes y maneras de decir. Conciso, espontáneo, frontal, sin vueltas. Podía hablar en serio o en broma. Supo llevar adelante tiempos que fueron duros, sin bajar los brazos; sin perder el humor ni la esperanza.
Pero por sobre todo fue capaz de mezclar mundos distantes, más allá de otras cuestiones dado que la música era el punto de unión. Su inspiración no era un recurso para adornar los ritmos; era su modo de entender la vida.
Autodidacta, rápido y sagaz, nunca vamos a olvidar su paso por los escenarios, y menos, la capacidad de ponerle el hombro a su existencia, un hombre profundamente humano que supo inmortalizar su paso con sus letras simples y sentidas.