Director de su propio taller cultural y responsable de Artemisa Editores, Rodolfo Fattoruso (Montevideo, 1953) ha explorado prácticamente todas las facetas de las llamadas Humanidades; una inclinación que según reconoce siempre lo ha acompañado. “Desde muy temprano consideré que los libros eran casi tan urgentes y entrañablemente gratos como son los perros", dice. Y sigue, “no recuerdo una época en la que no haya leído y no haya tenido perros; no recuerdo un momento en el que no fuera feliz siendo tiranizado por preguntas, por acuciantes reclamos de mayor conocimiento, zaherido por dudas y curiosidades sin límites. A priori, todo lo dado por el mundo y por la vida me parecía estrecho, insustancial para lo que quería saber, para esa sed de absoluto que me perseguía”. De ahí la sensación de infinitud y de vértigo que según cuenta, “no me abandona cuando me asomo a la biblioteca encantada de mis autores preferidos, a la música del Renacimiento y del primer Barroco, a los clásicos que atesoro y visito a diario en la memoria, a las glorias del siglo XVII, a las lecciones de Aristóteles, a los abismos de Schopenhauer y de Nietzsche, al centro de gravedad que está en la pregunta sustantiva de Heidegger”.
Desde 1976, este uruguayo ejerce la crítica literaria en el semanario Búsqueda y es columnista cultural de Radio Sarandí. Además de haber realizado comentarios bibliográficos en todos los canales locales de televisión, fue director del Instituto Nacional del Libro y de Informativos en Canal 5. En el diario El Día fue redactor responsable, crítico de teatro y cine, así como editorialista, actividad que también ejerció en La Mañana y Últimas Noticias.
Autor de numerosos libros, destacan los recientes "Borges. Algunos Rasgos Filosóficos", que refleja su especialización en el estudio de los aspectos filosóficos de la obra del argentino, y "Filosofía Liberal"; ambos de Artemisa Editores.
Asesor de los expresidentes Julio María Sanguinetti y Jorge Batlle, también cumplió funciones como asesor en el Instituto Militar de Estudios Superiores, entre otras instituciones de las Fuerzas Armadas.
−¿También impartió clases en centros de educación castrense?
−No veo por qué le resulta llamativo. Las Fuerzas Armadas son de las principales instituciones del Estado. Representan, y en la práctica han demostrado, que son la raíz y la última frontera de la existencia de la Nación. Ellas velan por la identidad y los valores de la Patria, y tienen por misión salvaguardar la entereza del orden y la seguridad del país. Servirlas con mis conocimientos es servir a los más altos intereses nacionales, y eso es siempre un honor.
−¿Qué entiende por espíritu crítico? ¿Es innato o se puede cultivar?
−En términos ideales, todos somos críticos en tanto tratamos de entender, de ver más allá de lo que salta a los ojos. Somos críticos porque pensamos y repensamos los problemas, les damos vueltas, vacilamos; juzgamos, pero también revisamos. Todo diálogo, toda pregunta, toda indagación es invariablemente una crítica, una modificación del objeto analizado. Pensar es lo natural. Todo lector y aficionado a la música, a las artes, al turf o a la arquitectura, si se toma en serio lo que tiene entre manos, termina siendo saludablemente crítico, es decir, busca ver un poco más, busca entender, confronta, se atreve a interpretar; no deja de preguntarse y pocas veces se da por satisfecho.
“No hay ocasión en la que no se avance para desalentar la inversión, para conseguir que las empresas cierren, que los empresarios huyan en estampida, que los trabajadores deban depender de los planes del Estado porque el país perdió competitividad”.
−El uruguayo es muy crítico, ¿hace buen uso del recurso?
−Respecto a ese errático hábito nacional, déjeme decirle que si de algo está groseramente carenciado el oriental promedio, es del pensamiento crítico, de esa alegre capacidad de interpelar con afán de conocer, de buscar más allá de los límites de su propia mediocridad, de no darse por bien pagado al primer influjo. No debe confundirse envidiar, tener resentimientos de diversa gama, afán por descalificar o destruir lo que no puede construir y ni siquiera comprender, con la honesta función de abrir un problema para -como recomendaba Descartes- tratar de entenderlo en sus partes más simples, y luego recomponer esos fragmentos en un concepto esclarecido que añada algo al mundo, que mejore un poco la realidad. Toda esta operación es extraña, es ajena y hasta le diría que injuriosa para quien encuentra comodidad cobijándose despectivamente en una ideología, en una repulsa o en un insulto sostenido. La ignorancia ostentada escandalosamente, como a veces ocurre con las pestes, se ha comido parte de la buena humanidad que tuvo esta porción del planeta. El uruguayo ya no es crítico porque se ha venido mutilando empeñosamente los reflejos mentales que podrían redimirlo de su humillada condición. Así le va.
−¿Qué lo define como liberal?
−Pretender que las relaciones sociales genuinas no son producto de la coacción, sino de la libertad; que las personas se deben a sí mismas y no a colectivos; que nadie puede obligar al individuo a hacer o no hacer en contra de sus valores; establecer que la propiedad, más que un derecho es una extensión natural de la persona, como la vida, como el pensamiento, como la independencia de expresar ideas y de circular por el mundo; postular que la seguridad es el primero de los derechos, el que los hace posibles a todos; reconocer que el individuo es soberano y nadie más que él conoce y defiende su bien y sus intereses. En fin, considerar con fuerte convicción que el capitalismo es el sistema económico y social de la libertad.
−A casi año y medio de una nueva presidencia, ¿cómo ve a esta administración: el gobierno te mintió o un gobierno de izquierda cumple? ¿Quizás ni una ni otra?
−No sabe cuánto me mortifica haber tenido razón hace ya tantos años; me ocurre como aquel personaje de Borges, que luego de haber visto el pasado, el presente y el futuro en El Aleph, temía que ya nada le resultara nuevo o asombroso. Lo he dicho de todas las maneras posibles: serenamente, con pasión y vehemencia, con angustia, con ironía, con gravedad, por escrito, por radio, por televisión, por redes, en conferencias públicas, en actos privados. Ninguna advertencia pudo despertar la molicie mental de una sociedad envilecida por la desidia y la temerosa y maquinal rutina. Otorgarle poder y confianza a una banda de ineptos y resentidos de profesión, haber puesto en manos de marxistas-leninistas anteriores a la Caída del Muro, de tupamaros y de secuaces obsecuentes de la política, los destinos de este desdichado rincón del mundo, es un crimen imperdonable, algo de lo que la ciudadanía no se podrá reponer por mucho tiempo. La culpa, con toda justicia, habrá de acosarla por varias generaciones. Quiero decirlo con todas las letras: este gobierno es un proveedor insidioso de iniquidades y no lo disimula. Al contrario, cada una de sus medidas apunta abiertamente a agravar los problemas que crea, en lugar de solucionarlos. En este sentido es francamente satánico en su acepción más descarnada, más cruel. ¡No me mire de ese modo! Sí, satánico. Le explico: el demonio no produce el mal meramente, sino que la exquisitez de su oficio consiste en profundizarlo y multiplicarlo. Si hay una acción torpe o perversa, el paso siguiente no es buscar la mejor alternativa para enmendarla o superarla, sino salir a la caza de algo peor. Siempre trata de internarse en el centro del infierno en una suerte de irreversible espiral de infamias. Mire en lo que terminó Cuba, que hace 30 o 40 años era una terrible dictadura totalitaria donde había privaciones y censuras de todo tipo; hoy aquel infierno de libreto soviético parece un infiernito, casi un purgatorio comparado con el menú que se sirve a la mesa de los afligidos cubanos: hoy el gobierno comunista consagra y generaliza la mugre, el hambre y la oscuridad, la tortura y la prisión política como la gran respuesta que la Revolución ofrece al dolor de los pueblos. En Europa los comunistas fueron más inteligentes, más higiénicos, más racionales si se quiere; cuando se dieron cuenta que el sistema había fracasado, lo abandonaron, se bajaron de la aventura y hasta se cambiaron el nombre. En Cuba la respuesta es inversa; si el sistema fracasa, porfiadamente insisten en mantenerlo hasta que libere sus últimos taninos, para que haga daño hasta el final. Y aquí viene el punto: los comunistas uruguayos, los tupamaros, los marxistas del Frente eligieron estar bien lejos de los comunistas europeos y se ubican bien cerca de los verdugos cubanos, se simbiotizan con ellos; ven fracasar una y otra vez sus imposibles malas soluciones a los muchos problemas que tiene el país, y lo que hacen para remediarlos es producir más y mayores problemas. No es que hayan mentido, que obviamente lo hicieron porque no saben hacer otra cosa a la hora de dirigirse a las masas; el crimen es que mintieron para distanciarse cada vez más de un camino sensato de administración de la vida pública que bien pudo haber sido de izquierda en sus ideas, pero que no por ello necesariamente tenía que ser tan pringoso e irracional como efectivamente es éste que ahora nos atormenta. La mugre como timbre de honor de las calles y de miles de personas, la marginación lastimosa como cultura, la celebración del delincuente como interlocutor hábil para entender en los temas de seguridad pública, la crasa mediocridad y la turbia acuosidad del discurso oficial de todas las jerarquías sumada a la consciencia de que no hay resistencia en una sociedad anestesiada, incentivan poderosamente al gobierno a ser cada vez peor. Cada día que pasa el país desciende un peldaño más en la escalera estigia por la que el Frente Amplio nos arrastra. Y las ovejas van felices al matadero, lana contra lana, tratando incluso de llegar antes. No espere, Julia, que las cosas mejoren. Sonría hoy; hágalo con ganas. Mañana será peor.
−¿Por qué dice que el ciudadano va feliz al matadero?¿Con qué se identifica?
−El matadero, en este caso, es el lugar en el que inexorablemente se agoniza en cámara más o menos lenta, sin vislumbrar una apertura hacia una cierta moderación del dislate. Esta gente en el poder está convencida que cuanto peor mejor. Y lo pone en acción. Los pobres contribuyentes no solo no se dan cuenta, sino que siguen pagando cada vez más impuestos para que los sigan ultrajando con sus abusos, con sus fábulas, con sus fanatismos trasnochados. Matadero es el lugar donde no hay retorno; donde muere toda esperanza, donde el espanto se corporiza. Donde las luces se apagan. Es el clima ideal para este tipo de gobiernos.
−¿Cuáles son los grandes temas que según usted debe atender esta administración?
−Son todos aquellos que no aborda, o si lo hace, lo hace mal. El principal, fuera de toda duda, es la seguridad interna; un Estado que no provee seguridad secuestra el derecho de los ciudadanos a tener su propiedad, a proteger su integridad física y moral, a circular libremente, a tener una justicia independiente. Al gobierno le repugna disuadir, perseguir y castigar la delincuencia; por el contrario, le place protegerlos, facilitarles la continuidad de sus operaciones dentro de las cárceles, cederles territorios en los barrios más deprimidos para que ejerzan la sangrienta justicia de la selva entre los vecinos. Mire lo que ocurre todos los días en vastas zonas de Montevideo. No se puede vivir. También, como reto, el gobierno tendría que sofocar las encrespadas pulsiones comunistas por espantar las inversiones. No hay ocasión en la que no se avance para desalentar la inversión, para conseguir que las empresas cierren, que los empresarios huyan en estampida, que los trabajadores deban depender de los planes del Estado porque el país perdió competitividad. Toda la industriosidad que ponen los comunistas para luchar contra el capitalismo les está dando idílicos frutos: la economía se achica, el trabajo se contrae, el mercado se opaca, los que tienen algo que perder emigran antes que los agarren las tropas de asalto combinadas de la DGI, de las intendencias, del BPS, sin hablar de esos odiadores profesionales de los derechos de propiedad que son los dirigentes y militantes a tiempo completo del PIT-CNT, para quienes todo lo que signifique trabajo, ahorro y prosperidad de las personas debe ser bestial y definitivamente erradicado de la realidad juridica, económica y moral del Uruguay. Para complicar más este panorama, el aumento del gasto estatal, de los impuestos y de las tarifas públicas y la consecuente embriaguez del endeudamiento terminan por dibujar un escenario en el que no hay mago o brujo que pueda afrontarlo ni pueblo digno que pueda soportarlo. Añádase a todo ello el desafío de rescatar a la educación del pozo hondo y oscuro en el que se la enterró, que aleja a los jóvenes de una genuina capacidad para tentar horizontes en otros países, y súmese la perentoria necesidad de emancipar a la Justicia de la sórdida tutela de los partidos políticos y la obediencia a logias de varias denominaciones, y se aquilatará cuán levantada es la tarea que debería afrontar la runfla que está en el gobierno si tuviera lo que notoriamente no tiene: luces para verlo, voluntad para realizarlo, convicción y humildad para ir dando siquiera unos primeros pasos en la dirección correcta.
−Aunque los datos del Ministerio del Interior apuntan a una baja en homicidios, hurtos y rapiñas, la inseguridad se percibe como mayor, y usted lo acaba de destacar. ¿Está más violenta la sociedad uruguaya?
−La situación de la violencia está subdiagnosticada. Tanto se buscó, que finalmente la intolerancia y el desprecio han triunfado; tanto se dejó hacer, que el mal acabó quedándose con los grandes espacios de la sociedad; tanto se estimuló el derecho social al robo que ya no se puede caminar por las calles, estar en la propia casa o ir a trabajar. El miedo nos ha colonizado. Lo que diga el Ministerio del Interior de este gobierno es como todo lo que dice y hace este gobierno: una fofa y grasosa mentira que esconde el afán por agudizar las contradicciones hasta que se hagan insoportables. Nunca se olvide que en el fondo de toda palabra, de toda acción de estas personas, está acechante la quimera de la Revolución. La violencia lumpen en cierta forma prepara el ambiente para legitimar mañana la violencia revolucionaria. Con los antivalores que se promueven e imponen desde el Estado, con la minuciosa demolición de la moral tradicional y de los sagrados fueros de la familia, con la depravación de la naturaleza de la condición humana, con las políticas que estimulan a disponer de las vidas inocentes, ¿qué otra cosa puede esperar?
−¿Y el Parlamento? ¿Cómo ve su desempeño? ¿Acompaña las inquietudes y necesidades del ciudadano?
−El Parlamento en su inmoral inutilidad, en su carácter pusilánime y en su desventurada gestión para nada desmerece la bancarrota de los otros poderes. Se alinea decorosamente a la par de sus congéneres. Es parte importante del problema. Si el país está como está, no es porque solamente tenga un gobierno comunista, soso e infantil, o porque su degradada justicia genere más sospechas que confianza. Es también porque el Poder Legislativo se ha demostrado incapaz de reorientar o siquiera de contener el aluvión de desmanes a los que el gobierno nos condena. Hay frivolidad, hay complicidad, hay desinterés. Lo dramáticamente importante para el parlamentario medio es seguir en el Parlamento. Es un delicioso fin en sí mismo; una elevada causa en la que embarga lo mejor de sus fatigados esfuerzos. El resto de la gente; los que viven y sufren sus maldades y distracciones, no tienen relevancia. No los desvelan siempre que voten cuando están obligados a hacerlo.
−Varios países de América Latina se volcaron a la derecha, ¿cómo nos ve en ese contexto?
−La izquierda ya mostró lo que podía dar: miseria, mugre, violencia, corrupción. La derecha tampoco fue mucho mejor; digamos que es más racional cuando está bien aspectada y respeta más libertades. Pero los márgenes son muy pequeños; a la mayoría de los políticos de todos los signos le gusta intervenir en la economía, hacer milagros de ingeniería social, desconocer la lógica del mercado. Los pueblos están extraviados; cada vez entienden menos. Siguen olas, se chocan contra los muros y continúan insistiendo… El sistema democrático no funciona en medio de primitivismos tan arraigados y tan estremecedores como los que estamos observando; hay mucha ignorancia, mucha ingenuidad, hay formas lerdas y enrevesadas de razonar y de reaccionar difíciles de mitigar en el corto o mediano plazo. No confío en la sabiduría de los pueblos; es un mito, un cuento con el que nos acunan los políticos para que los votemos.
−¿Sigue siendo relevante la dicotomía entre izquierda y derecha?
−A primera vista podría afirmarse que no, que son categorías vetustas. Pero cuando se vive y se sufre en esta aldea que se llama Uruguay y se tiene un gobierno como el que nos ha caído encima, pasa a tener cierto relieve. La izquierda en Uruguay, en Venezuela, en Nicaragua, en Cuba es una maldición; tal vez no tanto en Brasil, que es mala pero no horrible como acá. Las derechas en Argentina y por ahora en Chile, engendran expectativas más favorables.
“El sistema democrático no funciona en medio de primitivismos tan arraigados y estremecedores como los que observamos... No confío en la sabiduría de los pueblos; es un mito, un cuento con el que nos acunan los políticos para que los votemos”.
−Vivimos un comienzo de siglo convulso: Rusia en guerra con Ucrania; conflictos en Medio Oriente lejos de resolverse; Occidente frente al choque de civilizaciones que advirtió Huntington en los 90’; migraciones dramáticamente descontroladas, ¿no aprendimos nada del siglo XX?
−En realidad, no aprendimos lo suficiente. Las civilizaciones siempre estuvieron en disputa; en el siglo XX el Telón de Acero definió la diferencia entre dos modelos de convivencia, entre dos concepciones del hombre y de sus relaciones sociales, del Estado respecto del ciudadano, del individuo frente al Poder omnímodo de la política, de los valores de la libertad frente al imperativo de la igualdad forzosa. Esa Guerra era un claro choque de civilizaciones; mucho más nítido y estratégicamente más coherente que lo que ocurre hoy, donde países europeos solicitan ser colonizados por inmigrantes africanos predominantemente subsaharianos y si es posible, musulmanes, para que les dicten leyes y para que rechacen y ofendan la tradición de esas naciones que otrora supieron ser luz del mundo. Que la demagogia y la idiotez de los dirigentes europeos, haya decidido el suicidio en masa, con su nefasta Agenda 2030, no convierte a la situación en un choque de civilizaciones. Es simplemente una idiotez, como la que en los inicios del octavo siglo cometieron aquellos príncipes visigodos en Hispania, que rogaron ayuda a los bereberes para resolver disputas internas cristianas, y en poco menos de una década se quedaron casi que con toda la península. En Rusia no tienen ese problema; allí las autoridades, sin ningún remilgo regulan y defienden sus fronteras, valores y estilo de vida. No los someten a ningún riesgo de menoscabo. Allí, las mezquitas dependen del Estado, no del financiamiento de las metrópolis musulmanas. Allí defienden la religión mayoritaria, que es intocable para todos. Allí no se plantea el choque de civilizaciones sino la defensa de su soberanía, de su singularidad histórica, y de sus intereses. Rusia construye su realidad orgullosamente en base a una identidad y a unas tradiciones de las que se siente agradecido. La discusión imaginaria acerca del choque no entra en el pragmatismo de dicha sociedad; cuida sus fronteras, militar, económica, cultural y moralmente. La degeneración está al oeste. A China le ocurre casi lo mismo; y América está abriéndose camino con Trump.
−¿Cómo ve ese partido de ajedrez entre dichos países?
−Es un partido más tranquilo, más equilibrado y prudente de lo que la ansiedad de ciertos observadores cree o teme. Salvo Europa, que es un enfermo terminal por haber ingerido los venenos del snobismo progresista de los países nórdicos y su nefasta agenda, tanto Rusia como Estados Unidos y China conocen sus límites; acomodan y tratan de disciplinar sus zonas de influencia para mantener esa buena paz armada que siempre es garantía entre los fuertes. La paz no es una tambaleante alianza de debilidades y miedos, sino una tensión consciente entre los poderosos. Aristóteles definió el equilibrio como la resultante de la tensión extrema entre opuestos. De eso va el manejo del tablero mundial con estos actores que hoy marcan el rumbo, imponiendo los ritmos. El protagonismo de los tres grandes, sus entendimientos, sus cordiales recelos y sus notables armamentos me parece que definen una situación razonable, garantista para el mundo. Lo de Europa, le repito, no entra en este juego; es el factor desatinado e irritante. No suma, y en su debacle perturba. Increíblemente juega a ser la quinta columna de la anomia que por todos los medios ha de evitarse. Siento que pocas veces en la historia, los astros se alinearon tan virtuosamente como ahora. Tal vez, algo parecido tuvo lugar cuando discurrieron por el mundo Francisco I de Francia, Carlos V de Alemania y Enrique VIII de Inglaterra a principios del siglo XVI; monarcas poderosos y con intereses enfrentados que de algún modo marcaron el tono de las condiciones políticas, diplomáticas y militares de una Europa que estaba transfigurándose material y cualitativamente luego del Descubrimiento y del amenazante fortalecimiento del poder Otomano. Putin, Trump y Xi Jinping son tres expresiones o momentos de una estrategia destinada a repartir oportunidades y responsabilidades en un mundo expectante y confuso al que es necesario domesticar y encuadrar, para que el sistema tripolar pueda desplegarse hacia una mejor explotación de las posibilidades del comercio, la ciencia y el trabajo. Me gusta la figura que construyen estos dirigentes entre sí y hacia fuera. Infunde confianza. Como dice Trump, vamos a un mundo más seguro.