La entrevista de PAULA con Raúl Sampayo (Melo, 1963) lo encuentra en su taller, trabajando en esculturas de tamaño pequeño que fueron entregadas como premios durante la Expo Construye, llevada a cabo hace unos días en el Centro de Convenciones de Punta del Este. "Para estas piezas usé una varilla de hierro, el elemento más común en la construcción, que recorre una base de 15 por 15 centímetros y se levanta en espiral para formar una casita como la que dibujan los niños. Las piezas van sobre una plaquetita de mármol de un centímetro, y eso se apoya en un chapón de fenólico de 18 milímetros, que también es muy común en las obras; se usan para hacer encofrados".
El escultor explica que con los materiales quiso referirse al pensamiento fundamental de la construcción, que es tener una casa. Entusiasmado con describir el proyecto, comenta que antes de definirse por ese concepto, manejó otra idea. "En una época hacía llaves y las llamaba La llave del infierno y la del paraíso. Uno elegía cuál quedarse, yo entregaba las dos. El origen de esas piezas viene de cuando estuve trabajando en la Escuela del Mármol, en Almería, y estando allí nos llevaron a visitar lugares y pueblos. En uno de ellos, que se llama Vélez-Rubio, me llamó la atención la puerta de una iglesia, que era del siglo XI o XII. Tenía unos 15 centímetros de espesor, y como el pueblo está en la frontera donde se desarrollaron las luchas de moros y cristianos, la puerta tenía algo de fortificación. La llave estaba puesta del lado de afuera y medía 30 centímetros; era impresionante, pero había dos llaves y empezamos a bromear con un ucraniano que estaba ahí que una era para el paraíso y otra para el infierno (se ríe). Cuando volví a Uruguay, empecé a hacer las llaves. Fue una de las ideas que pensé para los premios de la feria de la construcción, pero al final me fui por el concepto de la casita de niños", comenta entre risas.
–¿Estas piezas con forma de casita lo remontaron a su tiempo en la arquitectura?
–Eso está presente casi siempre, cuando diseñás, cuando hacés cosas. Inclusive cuando estudiaba en Italia, tuve que hacer todo un proceso de 'desortogonalización' como le llamo, para sacarme y desaprender todo, y poder hacer algo orgánico. Pero te lleva, te lleva a la mesa de dibujo, al paralelógrafo, y a que todo tiene que tener una forma y una función. ¡Y si hay algo que tiene el arte es que no sirve para nada! Hay que dejar libre la cabeza y poner énfasis en eso. “¿Para qué sirve esto?”. “¡Para nada!”, (se ríe).
–Está viviendo un nuevo capítulo en su trayectoria. ¿Cómo se encuentra en su nuevo taller?
–Sí, ahora estoy en La Juanita. Acá encontré la playa más cerca, que no es poco (se ríe), y encontré más tranquilidad, que tampoco es poco. Esas cosas son las que inspiran mi trabajo; tengo que tener tranquilidad y estar próximo al mar, que es la fuente de inspiración. En el taller armé algo mínimo donde poner las herramientas y espacio para trabajar afuera. Para lo mío trabajo afuera, sea en invierno o verano, no tengo problema. El asunto es tener un lugar con paz y tranquilidad para poder desarrollar lo que uno busca, que es encontrar esa inspiración. Como decía Picasso, 'que te encuentre trabajando'. Si viene la inspiración y estás sin hacer nada, de poco sirve.
–Comentó de las esculturas para la feria de la construcción, ¿cómo encara una obra cuando es por encargo?
–En eso volvemos un poco a lo que hablamos recién de la arquitectura. En esa disciplina todo es encargo, a no ser que participes en un concurso y propongas algo. Incluso cuando uno hace su casa, también es un encargo, solo que propio. Al principio, yo rechazaba los pedidos, no trabajaba por encargo.
–¿Tenía prejuicio?
–Tal vez que sí. Para mí estaba muy relacionado a la arquitectura el tema del encargo, y yo quería algo más libre, más mío; poder despegarme de lo que traía y que la cabeza me volara y me llevara. Con el tiempo empecé a tomar los encargues como un desafío. El tema con esto es que se trata de un diálogo y hay que estar abierto, no hay que tomarlo como una imposición. O sea, se puede llegar a un acuerdo o no, pero hay que dejar esa parte abierta. Un encargue te lleva a dialogar con la otra persona. “¿Tú quieres hacer esto? ¿por qué?”. Así empieza la indagatoria. El cliente tiene que convencerte para que ejecutes lo que él quiere. Él, tal vez no tiene los elementos para hacerlo y busca un socio, alguien que plasme lo que está pensando. Se forma un equipo con el cliente y ya no es tú trabajo nada más. El cliente también lo tiene que sentir, que es una responsabilidad para él también.
–¿Luego se produce el diálogo con los materiales?
–Todo el tiempo se está dialogando con los materiales, pero sobre todo con el cliente que te lleva a plasmar con tus ojos y con tus manos lo que él ve. Tiene que haber una interacción muy fuerte. Hace años trabajé para un señor polaco, ya fallecido: don Julio Gottlieb. Había sido prisionero de guerra en la Segunda Guerra Mundial y cuando nos vimos empezó compartiendo una vivencia. Me contó cómo fue su escape de un campo de concentración. Él era muy joven, tenía 16 o 17 años y logró escaparse de los nazis, que a pesar de que lo buscaron con perros, no lo pudieron encontrar porque se refugió debajo de una cascada. Cuando lo conocí, él soñaba con recrear el sonido de esa cascada, que estaba en su cabeza tantos años después. Estuve trabajando con él y en el jardín hice una fuente con una caída de agua. Estuvimos tiempo regulando el caudal, la caída, la profundidad del foso, y otros elementos. Me ayudó Guillermo Riva Zucchelli, que era mi maestro y había hecho muchas fuentes; sabía mucho del tema. Todos los días probábamos algo distinto hasta que lo conseguimos. Eso fue un pedido y fue un trabajo en equipo. Yo fui modificando cosas, hasta que finalmente me dijo: “esto es lo que yo quería”. Fue muy fuerte la emoción; uno trabaja con un montón de elementos que como artista te son comunes pero no podés hacerlo solo porque eso está en la cabeza del cliente, y lo que uno buscaba era recrear sus emociones. El trabajo del artista es en solitario; es un trabajo en soledad y se resuelve en soledad. Yo digo que la obra se termina cuando la presento al público, cuando la ve otra persona. Hasta ese momento, no está terminada. La obra es comunicación y si no hay otro, la comunicación no se da. Esto de los encargues funciona así en mi mente, pero en cada artista es distinto. Esta es mi experiencia personal; yo fui cambiando mi concepto hasta que encontré la manera de llevarlo. Es que un encargue va uno poco en contra de los planteos de libertad que uno se hace como artista. Y no, hay que aprender a trabajar en equipo, que también es una manera de experimentar la libertad desde otro lado, desde el diálogo.
–¿Cómo es ese diálogo cuando la obra es para usted?
–El juego siempre está en el medio. Es lo que desata el nudo de la creación. El arte es transformar para decir algo, si no, es como desarmar un despertador. No se trata de desarmar porque sí. ¿Qué hago con los pedazos después?, como decía Mafalda (se ríe). Se trata de analizar algo, jugar con eso y volverlo a componer para decir otra cosa, o expresar lo mismo de otra manera. Ese planteo surge en el camino de lo que se quiera expresar. Lo he hecho un montón de veces, descontextualizar un material.Hice una serie que se llamó Homenaje al papel, y tomé cosas cotidianas a las que no les damos bolilla por chocarnos todos los días con ellas, pero que merecerían estar en otro estante. Por ejemplo, casi todos tenemos una biblioteca con libros en papel. ¿Qué pasa si los libros fueran en otro material?. Esto surgió para una edición del Día del Libro. Me dijeron: ‘traé algo para una exposición del Día del Libro”. Era la época en que se discutía si el libro en papel iba a seguir existiendo. Yo pensé, ‘no lo sabemos, así que vamos a hacerlo en piedra para que perdure’. O por lo menos que sea una referencia. Lo que hice fue descontextualizar el libro de papel, fabricándolo en otro material, mármol. Tengo obras en hierro, y a muchas les hago filigranas y trabajo con las transparencias. El espectador no se imagina que eso que ve, de apariencia tan leve, pesa tres toneladas.
–¿Sigue trabajando con mármol?
–Sigo; aunque no con tanta frecuencia como me gustaría. Me gustaría trabajar más en mármol porque soy consciente de que el hierro me ha absorbido mucho. No doy abasto con eso. En cambio, el mármol lleva mucho más tiempo, trabajo y dedicación. En cambio el hierro tiene la inmediatez. En cinco días o una semana, la obra está pronta. En mármol, a los cinco días sigue el bloque como venía (se ríe). Recién se ven los resultados con el correr de los meses. Son otros tiempos. La gente encarga más en hierro porque corre con esa inmediatez, y además requiere otra disponiblidad, ya no se consiguen mármoles, hay que importarlos. La gente muchas veces no está dispuesta a esperar. Entonces, hay un tema de inmediatez y de costos que no permite trabajar tan seguido con el mármol, que es la formación primaria mía. Hoy en día, prácticamente tengo más hierro del que necesito. Es una disponibilidad que no te esperás pero que viene muy bien.
–Le pidieron una escultura de un oso de gran tamaño…
–Sí, esa obra surgió por el pedido de un señor alemán, que estaba de viaje por Osaka y me mandó la foto de una escultura preciosa de un gato porque quería poner una escultura en el parque de su casa. Yo le dije, ‘esa ya está hecha, vamos a hacer otra cosa’. El encargo a veces surge así, es para una cosa y cambia. Me contestó, ‘bueno, vamos a seguir conversando’, y yo le propuse hacer algo divertido. ‘¿Por qué no hacemos un perro que te guste, orinando una planta?’. Todo esto tiene que ser algo en lo que nos podamos divertir los dos. Íbamos a hacer un perro importante, de unos dos metros, con una patita levantada y una linda planta debajo. Estábamos trabajando en eso y a él se le ocurrió un oso.
“El trabajo del artista es en solitario; es un trabajo en soledad y se resuelve en soledad. Yo digo que la obra se termina cuando la presento al público, cuando la ve otra persona. Hasta ese momento, no está terminada”.
–¿Suelen surgir nuevas ideas o derivaciones cuando trabaja un proyecto?
–Cantidad de veces me pasó, por suerte. Este cliente empezó a manejar ideas y propuso un oso. Como no tenemos mucho contacto con estos animales, a mí se me venía a la cabeza Winnie Pooh (se ríe) y el oso Yogui. Ositos dulces, no esos otros que te encontrás en el bosque con hambre de meses. Entonces salió un osito tierno, regordete, de 5 o 6 meses, pero de tres metros de largo y 1.60 de altura.
–¿Qué material usó?
–Hierro, pero con otras texturas. No usé las transparencias, hice otra cosa, una especie de puzzle de tres dimensiones. Es una chapa formada por recortes de cuadraditos de 10 por 12 o 10 por 15, que van colocados en un lugar específico. Es como un juego dentro de otro juego. Tiene color metal -yo había propuesto pintarlo pero no cuajó- y durará lo que dure.
–¿Esa técnica de puzzle es nueva?
–No, ya la había usado. Había hecho unos torsos con ese puzzle, pero era todo con tiritas. Son torsos de 20 por 30 centímetros; eran más manejables, más pequeños. Con esta pieza del oso sentí que se me fue, tuve que contratar un camioncito para levantarlo y trasladarlo.
–¿Cuánto le llevó?
–Cuatro o cinco meses, mucho tiempo.
–¿Puede llegar a aburrirse durante el proceso de una obra?
–A veces sí, sobre todo cuando tengo otras cosas, pero no puedo abandonarlas. Yo no dejo las obras porque luego no las logro retomar. Puedo tener varias, dos o tres, y las tengo que ir haciendo en paralelo. Una obra la tenés que empezar y terminar. Además, si abandono y retomo, rompo con la energía. Todo tiene su tiempo. Es otra la mirada que se hace sobre la cosa. Nuestra cabeza es distinta a la que vamos a tener dentro de dos o tres meses. Puede generar discontinuidades en la obra, y no es bueno que eso pase.
–¿Volvió a utilizar material reciclado en esta obra?
–Todo reciclado. Siempre prefiero que sea así por una cuestión de conciencia ambiental, que es una de las cosas que yo trato de transmitir en mis obras. Hay que ser consecuente.
–¿Ya había incursionado en gran formato? ¿La ballena?
–Sí, la ballena es bastante más grande y tiene otro grado de dificultad. El oso fue más sencillo, y me divertí mucho haciéndolo, que es lo principal. Citando de nuevo a Riva Zucchelli, él decía que no consideraba trabajo lo que hacía porque, en realidad, le divertía. En mayor o menor medida, ese es el objetivo.
–¿Qué viene ahora? ¿Materiales nuevos? ¿Alguna inquietud?
–Siempre está presente como un chisporroteo interior. Hay inquietudes y uno va anotando. La parte del ensayo siempre está. No es que te quedás en algo; siempre estás con una curiosidad. Estoy haciendo alguna cosa con inoxidable. A mí me gusta mucho, pero aún hay algunos desafíos técnicos que quedan por resolver. Es un material al cual es difícil sacarle partido expresivo. Es de laboratorio y no resulta fácil sacarle esa dureza. Mi objetivo con el inoxidable es lograr darle plasticidad, como le he dado plasticidad y textura al hierro, que también es un material que uno lo mira y es una plancha dura. Sin embargo, cuando lo trabajás, lo forjás y lográs darle textura, es de una gran calidez. Por otra parte, el inoxidable tiene una duración mucho mayor. Creo que lograr la ductilidad que consigo con el hierro es 0por donde va a ir mi trabajo. Hacer con otra plástica, con otra lectura, y con otra forma de expresarse, lo que hice con el hierro. Hay que buscar el camino por ahí, no quedarse quieto. Si la curiosidad está, hay que seguirla a donde te lleve, y hay que tener constancia.
–¿Aún sin saber a dónde lo conduce?
–Es que nunca se sabe. El que diga ‘yo sé a donde voy’, está equivocado. Hay que probar, ensayar, equivocarse, y volver a empezar. De eso se trata, del juego. Si estuviera todo escrito, sería todo muy aburrido.