Decenas de personas de distinta procedencia acompañaron el último tramo de la trashumancia en España; un tipo de pastoreo en movimiento, que se adapta a zonas de productividad cambiante. Una cultura nómade tradicional, que se diferencia del nomadismo por disponer de asentamientos estacionales fijos, con un núcleo principal establecido; por lo general el pueblo donde viven los que la practican.
Soria y Extremadura están unidas por la historia medieval y la cría de ovejas merinas, que por cuestiones climáticas eran conducidas a través de las cañadas, desde las Tierras Altas de Soria, a los pastos de invierno en las dehesas de Extremadura; y viceversa. Ello creó un lazo profundo tanto en lo cultural como en lo económico. Los rebaños eran llevados por una red histórica de cañadas, cordeles y veredas, que cruza gran parte de la península, desde Soria al sur. El viaje a pie duraba alrededor de un mes. Fue en el siglo XX, luego de la Guerra Civil, que se combinó con el tren.
Hoy es una práctica casi en extinción, por tal motivo se organizó este recorrido a la vieja usanza, para aprender y entender cómo funcionaba en otros tiempos.
El pasado camina hacia el futuro bajo la banda sonora de dos orquestas: contrapuestas:
-¡Prrrra!, ¡va!, ¡vamos!, ¡yee!, ¡ehe!, ¡prrrra!, saluda el ayer.
-¡Fru, fru, fru, fru, fru; rebate el hoy, a medida que el rebaño y su pastor ascienden hacia los colosales molinos eólicos.
La comarca de Tierras Altas de Soria ha perdido miles de esas ovejas grisáceas, de lana renegrida, merinas, y ganado. Miles de esos gigantes blancos de tres aspas, gran reemplazo en el sostén económico de la provincia, explican la despoblación. Antes las ovejas alimentaban a muchos, ahora los molinos llenan pocos frigoríficos, pero hacen funcionar los de unos cuantos. Los balidos y el lenguaje creado por los pastores para entenderse con sus animales se enmudecen, como ese territorio solamente surcado por los tres hermanos Pérez, los últimos trashumantes sorianos. La saga, septuagenaria, recorre las cañadas, los cordeles y veredas que resisten desde que Alfonso X el Sabio creó el Honrado Concejo de la Mesta -poderosa asociación de ganaderos trashumantes-, en 1273.
Resisten los caminos, por donde las ovejas descendían hacia el sur al terminar el verano, no así sus usuarios, salvo por el espejismo del fin de semana de principios de verano, cuando decenas de personas acompañaron a los pastores en su recorrido final, para empaparse de esa cultura andante y malherida por un desastre lento en forma de crisis demográfica y ganadería intensiva.
Las avenidas de la ciudad de Soria se llenan de cagarrutas (excrementos de las ovejas) a medida que el rebaño, -arribado en camiones desde Trujillo (Cáceres), donde pasaron el invierno-, transita hacia los campos gracias a esta iniciativa que lleva realizando la Mancomunidad de Tierras Altas desde 2010. El ovino, marcado con una P - de memoria y terquedad exquisitas-, rezonga cuando unas obras impiden su avance a través de una calle por donde siempre pasó, y tiene que desviarse al son de Ricardo Pérez (70 años), y de Lucy, una perra de raza carea (pastor de la región) siempre detrás del amo. “¡Lucy, por favor!”, le grita cuando el rebaño amaga con descarriarse, y ella ladra que te ladra, corrige. Dos mastines, perezosos, observan.
El hombre de ojos verdes o pardos, según la luz, peina canas y luce arrugas y callos en manos nudosas. Su piel rojiza semeja la de un obrero o un tenista; por las horas de exposición al sol, sin más respaldo que una gorra y sus ropas cómodas, ajadas, fieles.
“¡Nosotros, al ritmo de ellas!”, dice por las ovejas. “No les marcamos nada”, se exaspera, cuando los visitantes aprietan el paso contra el lento y sistemático ritmo ovino, calmo al roer arbustos o desbrozar las altas hierbas regadas por la primavera, de ahí los largos tiempos en moverlas. Esa firmeza se convierte en un arroyo verbal cuando toma impulso y se convierte en una enciclopedia andante, al preguntarle por la tradición familiar o las peripecias gremiales. Entonces dispara datos y anécdotas, entrecierra los labios, se acelera y evoca a aquel familiar que en el 1890 y tantos, cuando todo el mundo hacía riqueza en América, se dejó bigote, se agenció una pipa y cruzó el océano a buscar la esquiva suerte que tampoco halló ultramar. “Un ganadero ha de tener su propio criterio”, afirma sobre su sector. “Me hace ilusión que venga gente, pero para los animales es pesao”, confesará luego. Él cubre los 50 kilómetros de los tres días, mientras sus hermanos Basilio y José María, de 72 y 76 años, aparecen a ratos, o se organizan con los coches.
El reguero de niños, ancianos o curiosos que ve el rebaño en la ciudad, se diluye al enfocar las Tierras Altas, rumbo al despoblado de Navabellida, de donde procede esta familia, y donde solo quedan recuerdos y grietas. Primera posta, al lado de Tera, a 18 kilómetros de la ciudad. La comitiva despliega su campamento, con una carpa, sacos de dormir y tiendas de campaña, cena y café caliente matinal al alba, para intentar eludir el intenso calor de la jornada.
“¡Esto no lo tenían los pastores de antes!”, se escucha a las 5.30 del sábado junto al hostal de carretera abandonado, donde se instala el grupo. El amanecer regala brochazos morados, amarillos y naranjas, entre el aroma a manzanilla que a ratos mordisquean las ovejas. A alguna desprevenida, la agarran y tumban para echarle insecticida en heridas donde las moscas anidan hasta acabar comiéndoselas por dentro.
Atiende Joseba Guardia, de 38 años, uno de tantos asistentes atraído por el anuncio en redes sociales. Riojano, nieto de pastor sin relevo, enamorado de Soria y antaño de una soriana —“perdí una novia y gané una ciudad”—, ensalza la valentía de los trashumantes: “¡Las iniciativas personales son actos políticos, estos hombres son antisistema!”. Laura Ruiz, de 25, camina con sus colegas, a quienes les falla el fuelle, feliz por el cariño con que su abuelo Jesús, de 88 años y pasado ovejero, saludó ayer a los Pérez. Ella tiene tatuado “n-111”, la carretera nacional que engarza Soria con Logroño, donde estudió. La ruta se detiene a las 9.08 para atacar unas sartenadas de huevos fritos, chorizo, panceta y pan; ambrosía carnívora contra el festín herbívoro de hocicos ansiosos. El almuerzo regala historias: Juan Barrena y Antonio Gómez, de 70 y 80 años, oriundos de Algeciras (Cádiz), menean el bigote comentando que vinieron en 2017, y esta vez quisieron acompañar a la última trashumancia. Cristina Ferrer y Carlos Fernández, de 61 y 69 respectivamente, proceden de Lanzarote y entienden que desaparezca: “es como hacer contabilidad con lápiz y goma, pero es una tradición medieval y una lástima que se deje de hacer”. Las hermanas Marta y Ester Iglesias, de 29 y 27 años, de La Aguilera (Aranda de Duero, Burgos), aman lo local y admiten que pese a vivir muy cerca, no conocían Soria. “La primera vez que vi esquilar fue en la Patagonia chilena”, apunta Marta; Ester viajó a Nueva Zelanda y estudió en la Toscana (Italia), pero nada de la provincia vecina.
Ella, publicista especializada en gastronomía, y su hermana, enóloga, crearon Un lugar de la Ribera en Instagram, donde difunden las tradiciones vinícolas y organizan catas. Pronuncian frases como “a mis amigos se la suda” o “estamos muy desconectados de lo que hay aquí”. Abunda este perfil de jóvenes interesados en un pasado en decadencia. Entre ellos, David Ortega, de 29 años, que junto a su socio cordobés Francisco Ayuso, de 36, crearon Mestas, una marca de mantas hechas con la lana de estas merinas ahora reivindicadas desde lo material y emocional. Un modelo se llama Navabellida y otro Generosa, como la madre de los Pérez.
Ortega, afincado en Madrid, explica durante la andadura largas costumbres en riesgo de extinción, exhibe vocabulario rural y anhela retornar a Soria cuanto antes. Acudió también el cordobés Juan García, de 28, impulsor de la cuenta de Instagram, Vientos de pueblo, donde divulga estos saberes, como Emilio Medina, palentino de 27, bombero y especialista en recuperar especies históricas de tomates en La Mielga. “Nos llaman agroinfluencers, pero simplemente subimos lo que nos parece interesante y a la gente le gusta”, aclaran. Todos coinciden, a ratos buscando sombra bajo los coches escoba, o escalando por los montes, en su respeto y apego a estas costumbres que se difuminan como el paisaje, a 1.600 metros de altura, donde se aprecian los últimos neveros en las peñas mientras abajo la campiña se marchita y se convierte en combustible ideal para los incendios porque no hay tantas ovejas esquilmando la yesca.
El traqueteo ovino se ralentiza en los ascensos bajo el sol. Resuellan ellas y suspira Alexander Stelzer, de 56 años, al observar, espiga en boca, un rebaño como el de los Alpes, donde se crio. Afincado en Barcelona, sueña con jubilarse y comprar una docena de ovejas y cabras para subsistir en los Pirineos: “Es trágico que los jóvenes no quieran venir. Esto es vida y no una pantalla”. La hora de comer da para más intercambios. Los urbanitas se dispersan entre los sorianos amigos de los Pérez, y dos ganaderos históricos que regalan refranes como No hay vino malo sino paladar maleducado, cuando catan unas carrilleras preparadas por la organización.
Uno lleva una gorra de Caja Rural de Soria y otro de Nueva York. Para cenar, secreto. “Shh, no se lo digas a nadie”, susurra otro poeta del lugar común, ávido tras una intensa tarde en la que aparecen los nubarrones en los riscos convertidos en atalaya, para ver mantas de agua cayendo en lontananza. Bendito refresco. Como las balsas donde el rebaño abreva antes de enclaustrarse para dormir en la última noche de peregrinaje.
Los humanos, trasladados en coches, reposan en tiendas de campaña en Navabellida. Basilio —lentes, ojos verdes, nariz aguileña, vaqueros y zapatillas medio modernas— es parco: “es un pueblo muy bonito pero muy abandonado”.
Amanece el domingo y los valientes parten hacia las ovejas para conducirlas en la última etapa, tras dormir bajo las mantas de Mestas, estupendas contra el relente y entre el enloquecedor balido nocturno de otras rumiantes. El francés François Cadillon, de 60 años, escucha las lecciones de un paisano al catar la bota de vino: “esto era como el móvil ahora, no salías de casa sin ella”. Victoria Carrasco, de 29, bióloga y trabajadora de la agricultura, vino sola desde Murcia tras conocer este plan en las redes sociales, igual que su nueva amiga Sara Cabal, de Oviedo, 66 años, trabajadora social que siempre quiso trashumar porque admira la relación pastor-oveja. Carrasco ama el sector primario: en lugar de irse a Bali en viaje de bodas, quiere conocer Castilla y afirma con admiración: “aquí parece que el tiempo se detiene”. Ricardo Pérez ve cómo se forman círculos a su alrededor cuando cuenta historias: cita a Lobito, un perro que era un crack; y pequeñas batallas de cómo vadearon anchos ríos. “Ese era un caso”, recuerda, mientras pastorea a la marea marronácea, con ondas como el mar, en función de la altura de las cruces de los animales y de donde emergen cabezas blancas que otean el horizonte.
Asoma Navabellida para nostalgia de Conchi Martínez, de 59 años, parte de la Mancomunidad en los tiempos en que había varios pastores. Ellos se jubilaron, y ahora les toca a los Pérez. La mujer solloza: “es la seña de identidad de esta comarca. Les toca descansar, no se les puede pedir más. Pero la trashumancia de Soria desaparece con ellos. Les hemos llamado trashumantes por no llamarlos nómadas”, concluye, apoyando su pena en el bastón.
¡Chera!, ¡chera!, ¡chera!, ¡prrrra!, entran las ovejas en la aldea, jaleadas por el público, móvil en ristre, aplaudiendo entre el tolón de los cencerros. Los hermanos se hacen fotos como estrellas de rock. José María, soltero como sus hermanos, achaca tanta dedicación al amor por lo suyo. Ricardo, sonriente, admite que es esclavo y que “gente nueva no se encuentra”. Basilio, guerrero, quiere jubilarse para viajar a Argentina a conocer a unos parientes. “Es una vida que se nos va”, proclama Ricardo. “Esto se acaba”, añade Basilio. Las ruinas de la iglesia avisan sobre los efectos del olvido: el abandono no perdona ni a los muertos ni a aquella Julia Hernández que falleció un 12 de abril de 1953, como jura una cruz de hierro torcida donde nadie pone flores. Junto a ella yace para siempre la trashumancia de Soria.
(Derechos exclusivos, El País de Madrid).