Hay acontecimientos que obligan a reorganizar la vida en cuestión de minutos. Un terremoto puede volver irreconocible un lugar familiar; un incendio puede obligar a abandonar una casa; un temporal puede dejar barrios enteros sin electricidad. Son hechos muy distintos, pero tienen algo en común: interrumpen bruscamente la vida cotidiana y ponen en cuestión certezas básicas.
¿Qué ocurre psicológicamente cuando aquello que parecía seguro deja de serlo? PAULA consultó a dos especialistas en psicología de emergencias, con trayectorias diferentes y complementarias. Por un lado, Graciela Loarche, psicóloga, docente de la Universidad de la República y magíster en Psicología Social, se ha especializado en intervenciones psicosociales en situaciones de trauma colectivo, emergencias y desastres. Trabajó, entre otros casos, con las consecuencias del tornado de Dolores en 2016, que causó la muerte de cinco personas y provocó más de 200 heridos, y del siniestro ferroviario de Young en 2006, que causó el fallecimiento de ocho personas y dejó a decenas de heridos.
Por otro lado, el doctor en Psicología por la Universidad Complutense de Madrid y especialista en Psicología Social y de Emergencias, Miguel Ángel Estévez Paz. Su trayectoria incluye el estudio y la intervención psicosocial en situaciones de crisis, como la erupción del volcán de La Palma en 2021 y el accidente ferroviario de Adamuz (Córdoba, España), ocurrido en enero de 2026. Es parte del equipo de profesionales de CES Cardenal Cisneros, un centro de educación superior privado, adscrito a la UCM.
Ambos profesionales coinciden en una precisión fundamental: una reacción intensa frente a una catástrofe no debe confundirse automáticamente con una enfermedad mental. Después de un acontecimiento extremo pueden aparecer miedo, angustia, tristeza, irritabilidad, dificultades para concentrarse, alteraciones del sueño, sobresalto o hipervigilancia. Las respuestas no son iguales para todos: algunas personas pueden paralizarse y otras volverse especialmente activas.
Distinguir sucesos
En la gestión del riesgo, emergencia, desastre y catástrofe no son sinónimos. Una emergencia puede ser afrontada con los recursos disponibles. Se habla de desastre cuando la magnitud del suceso supera la capacidad de respuesta de la población y los organismos involucrados. Desde la psicología lo relevante es el impacto que este tiene sobre las personas. “Pensamos en aquellos eventos o incidentes críticos que provocan un gran efecto emocional, que de alguna manera quiebran la rutina de la gente y la desestabilizan”, explica la psicóloga Graciela Loarche.
Esto también puede darse a escala individual, frente a una muerte inesperada o un diagnóstico que cambia de un día para otro la vida de una familia.
Que aparezcan estas reacciones no significa, por sí mismo, que una persona haya desarrollado un trastorno. Son respuestas posibles frente a una experiencia extraordinaria y pueden aparecer de inmediato o después de algunos días. Tampoco existe una única manera de reaccionar. Algunas personas permanecen concentradas durante la emergencia y recién registran emocionalmente lo ocurrido cuando el peligro desaparece. Otras manifiestan su malestar desde el primer momento.
Loarche advierte que un acontecimiento nuevo puede reactivar experiencias anteriores. “A veces lo traumático no es lo que está pasando ahora, sino las huellas que quedaron de otros traumas, heridas que no cicatrizaron bien y se abren”.
La consulta profesional se vuelve importante cuando las reacciones son intensas, persisten o interfieren de manera significativa con la vida cotidiana. Dejar de dormir o comer, desarrollar una agresividad marcada o no poder retomar actividades básicas son algunas señales que requieren atención.
Las primeras horas
Los Primeros Auxilios Psicológicos (PAPs) constituyen una herramienta de apoyo temprana para personas afectadas por emergencias y situaciones extremas. No buscan hacer psicoterapia de urgencia, sino favorecer la calma y la seguridad, reducir el estrés inicial y conectar a la persona con sus redes de apoyo.
Para Loarche, una de las primeras necesidades es comprender qué está ocurriendo. Así lo comprobó junto al equipo de la Facultad de Psicología que intervino después del siniestro de la locomotora en Young. En aquella ocasión recurrió a medios locales para explicar que determinadas reacciones podían aparecer después de un hecho traumático y que no necesariamente indicaban una enfermedad. “No siempre hace falta una intervención clínica. Muchas veces lo primero que necesita una persona es comprender que lo que está sintiendo tiene relación con lo que acaba de vivir”.
–¿Cómo intervenir?
–Después de una tragedia puede aparecer una experiencia difícil de compartir. Mientras la persona afectada siente que su vida quedó detenida, el resto del mundo continúa. Familiares, amigos o compañeros pueden retomar rápidamente sus rutinas e incluso evitar hablar de lo que pasó para no aumentar el sufrimiento. “Pero ese silencio puede generar aislamiento”, explica Loarche.
La recuperación no implica volver a ser como antes. Puede significar reconstruir rutinas, vínculos y una sensación posible de pertenencia y seguridad. La especialista enfatiza que la atención psicológica en emergencias no puede depender únicamente de los profesionales. La formación comunitaria previa permite que vecinos y referentes locales sepan cómo brindar apoyo inicial, y al mismo tiempo, favorecer la autonomía de las personas afectadas.
Los profesionales deberían intervenir cuando la situación requiere conocimientos especializados. La prevención también tendría que contemplar a los bomberos, policías, médicos, psicólogos y voluntarios, en especial en localidades pequeñas, donde es común conocer a las víctimas o sus familias. Preparar a quienes ayudan, y establecer espacios de protección después de las intervenciones forma parte de una buena respuesta.
Cuidados especiales
Los niños no quedan al margen de una catástrofe. Aunque un bebé no conserve un recuerdo narrativo del acontecimiento, puede percibir los cambios en su entorno, sus rutinas y las personas que lo cuidan. En los más pequeños, además, la comprensión de la muerte todavía está en desarrollo. Ocultarles lo ocurrido no los protege. “Ellos necesitan saber que los adultos también están tristes y afectados”, sostiene.
La clave es explicar lo sucedido de acuerdo con su edad y capacidad de comprensión. Los adolescentes, por su parte, suelen tener reacciones similares a los adultos. Sin embargo, están en plena construcción de su identidad, personalidad y sistema de valores, por lo que afrontar un evento extremo puede superar sus capacidades de aceptación y autorregulación emocional.
La protección a la intimidad es otra arista del análisis, porque una escuela, un gimnasio o una cancha pueden convertirse en refugios temporales para quienes viven allí. La emergencia no elimina su derecho a decidir quién ingresa a su casa, quién los fotografía ni qué parte de su historia se hace pública. La comunicación, por tanto, también necesita preparación: quién informa y cómo se transmiten las malas noticias puede contribuir a reducir el daño o por el contrario, aumentarlo.
Recuperar seguridad
Una catástrofe no termina cuando desaparece el peligro físico. Sus efectos pueden prolongarse y cada persona los atravesará con recursos, historias y redes diferentes. Por eso, para Loarche, recuperación y prevención forman parte de un mismo proceso. Una comunidad preparada sabe cómo actuar durante una emergencia, pero también reconoce que después será necesario reconstruir vínculos y recuperar cierta sensación de seguridad. “Entender que como en todos los campos, hay que prevenir antes que curar. Tener políticas que apunten a la prevención en la gestión de riesgo es fundamental. España es un ejemplo en ello. Cuesta menos prevenir que recuperar, y los países con políticas fuertes en prevención, gastan mucho menos en la etapa de recuperación. Esto aplica a lo edilicio, pero también a las personas: que sepan qué hacer, cuándo evacuar, dónde están los refugios y que estén bien organizados. Los comités de emergencias deben tener gente capacitada trabajando en prevención cuando no está sucediendo nada, y no esperar a que ocurra un desastre para armar los protocolos”.
Experiencia en España
La experiencia española introduce matices vinculados a la idiosincrasia comunitaria, a los recursos y antecedentes. El psicólogo social español Miguel Ángel Estévez Paz coincide en que, tras una catástrofe, el shock, la incredulidad, el llanto, la irritabilidad, el insomnio o la hipervigilancia son reacciones esperables. Incluso una calma que pueda parecer extraña puede formar parte del proceso. “Ninguna de estas respuestas es en sí misma patológica: son la forma en que la mente procesa una información que excede su capacidad habitual de asimilación”, explica el especialista.
La señal de alarma está en la persistencia de estos síntomas cuando la situación comienza a estabilizarse. Mientras continúen las réplicas, el desplazamiento, la incertidumbre o la falta de seguridad, es prematuro hablar de patología. “En la inmensa mayoría de los casos, lo que está alterado es la situación, no las personas”, señala.
Cuando las reacciones persisten e interfieren con la recuperación de la vida cotidiana, puede ser necesario buscar apoyo profesional. Pedir ayuda no significa padecer un trastorno: también puede ser una forma de prevenirlo y de encontrar un espacio para elaborar lo vivido.
En dicha etapa, lo importante es recuperar los vínculos, la seguridad y las rutinas. “Volver a los horarios, las tareas cotidianas, y las pequeñas responsabilidades, va a devolver la experiencia de control y previsibilidad que la catástrofe nos había arrebatado. Incluso cuando no se puede ‘volver a la plena normalidad’, conseguir espacios y tiempos que nos resulten naturales, arreglarse el pelo, ver una película con la familia, practicar un deporte, nos devuelve el contacto con nosotros mismos y nos ayuda a recomponernos ante el efecto disociador de la identidad que tienen estos eventos”.
Otros episodios
La dimensión de sucesos es inabarcable, sin embargo, recordar puede ayudar a valorizar y continuar con el trabajo de prevención. En julio de 2025, un terremoto de magnitud 8,8 sacudió la península rusa de Kamchatka y generó alertas y advertencias de tsunami en el Pacífico. El Servicio Geológico de Estados Unidos lo situó entre los mayores terremotos registrados desde que existen instrumentos sísmicos modernos. En Francia, los incendios que afectaron desde el 21 de julio de 2026 a Gironda, Landes y Var provocaron la evacuación de cientos de miles de personas y daños en otros tantos edificios. En 2023, Uruguay experimentó una de las crisis hídricas más graves de la historia reciente. En junio de ese año, el gobierno declaró la emergencia para Montevideo y el área metropolitana ante el deterioro de las reservas de agua y del caudal del río Santa Lucía. La medida fue levantada en agosto, después de que las lluvias permitieran recuperar parte de las reservas.
También hay catástrofes sin origen meteorológico. Una de ellas en India, el 12 de junio de 2025, el vuelo AI 171 de Air India se estrelló poco después de despegar de Ahmedabad rumbo a Londres. De las 242 personas que viajaban a bordo, 241 fallecieron, quedó solo un sobreviviente y además, hubo víctimas en tierra.
Juzgados por separado, son acontecimientos de naturaleza, escala y consecuencias diferentes. En conjunto, ilustran una misma característica: pueden alterar en poco tiempo las referencias que sostienen la vida diaria.
Mirar el futuro
Actualmente, la Facultad de Psicología de la Udelar consolida su capacidad de respuesta ante emergencias y desastres en nuestro país a través de una línea académica coordinada por Loarche. Este trabajo pretende desarrollarse en articulación con el Sinae y el Grupo de Gestión Integral del Riesgo (GGIR), un espacio que reúne a docentes, investigadores y estudiantes de diversas disciplinas para abordar las emergencias desde una perspectiva holística, preventiva y social.
A ello se suma una herramienta de acceso gratuito: la Guía Rápida sobre Primeros Auxilios Psicológicos, elaborada por Graciela Loarche, Mariana Pereira y María Virginia Dutra, ofrece pautas para acompañar a personas afectadas por acontecimientos extremos y contempla el autocuidado de quienes intervienen. Disponible en https://salud.psico.edu.uy