Corre por tu vida

El planeta Tierra se queja, y muestra sus dolencias. Este año comenzó con una serie de catástrofes provocadas por fallas en su sistema dañado, Pese a haber sido advertidos, no parecía preocuparnos. Sin embargo, basta con observar algunos de los graves sucesos que más nos sacudieron en estos nueve meses pasados, para entender que hay cambios a encarar, por lo menos en el trato con el que nos soporta.

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Los Gallardos, Spain - July 11, 2026: Residents use tree branches to desperately battle and extinguish flames from a raging wildfire in Los Gallardos, Almeria, southern Spain, in a dramatic community emergency response.
ataurrahmanstudio/Shutterstock

Tan solo basta un breve ejercicio de memoria como para recordar, si no todos, algunos de los dolorosos desastres que nos tuvieron en vilo a lo largo de un 2026 que todavía no termina. Algunos más graves que otros, con más o menos víctimas que otros; pero todos cargados de sufrimiento. La Naturaleza es pródiga y a la vez cruel. Tal vez nosotros crecimos a imagen y semejanza; por eso queriendo un bien no valoramos el daño. Aquí, un repaso:

• El 24 de junio pasado, dos fuertes terremotos consecutivos sacudieron Venezuela, uno de magnitud 7,2 y el otro 7,5. Tomada por sorpresa, la población hizo lo posible por protegerse del caos que estaba viviendo. El saldo fue de miles de heridos, y fallecidos, con otros tantos edificios afectados. La Guaira, al norte de Caracas, fue declarada zona de desastre, junto a las áreas que rodean el aeropuerto y la localidad de Caraballeda.

• Apenas dos meses después, otro terremoto asoló regiones del centro y oeste de Colombia. Fue el 10 de agosto para ser exactos, y alcanzó una magnitud de 7,4. Ocurrió durante la mañana, con epicentro en las proximidades de San José del Palmar, en el Chocó. El movimiento fue percibido en una extensa parte del país, incluidas otras ciudades como Bogotá, Cali, Medellín, Pereira, Manizales y otras, así como también en países vecinos: Ecuador, Panamá y Venezuela.

• Una alta y constante actividad volcánica conmocionó a Indonesia, dada su ubicación sobre el Cinturón de Fuego del Pacífico, con más de cien volcanes activos debido a la velocidad y extensión de la placa de subducción, proceso por el cual una capa tectónica se ubica por debajo del borde de otra. Tales eventos impactan en el sudeste asiático y el Pacífico. Lo llamativo fue que el 31 de agosto, seis de sus tantos volcanes entraron en erupción el mismo día, de manera totalmente independiente. Esta zona permanentemente azotada por la naturaleza vivió en enero de este año los efectos del ciclón Senyar, uno más de los tantos desastres que sufre.

• En Italia se comprobó una intensa actividad volcánica concentrada en sus tres sistemas más monitoreados: el Etna en Sicilia, el Stromboli en una pequeña isla vecina, que lleva su nombre, y La Caldera de los Campos Flégreos, a solo 9 km de Nápoles. El 8 de febrero pasado se inició en el Etna una erupción alimentada por chimeneas (conductos subterráneos por donde asciende el magma) ubicadas a 3050 metros sobre el nivel del mar. Dicha erupción estuvo acompañada por actividad stromboliana, de intensidad moderada. El 5 de julio volvió a erupcionar con una nueva emisión de cenizas, afectando el funcionamiento del aeropuerto. Entre el 30 de julio y el 2 de agosto, el Etna produjo un episodio eruptivo corto pero intenso, caracterizado por fenómenos diferentes. Poco antes del amanecer, el volcán volvió a encenderse. Fragmentos incandescentes comenzaron a elevarse sobre el cráter La Vorágine, en la cumbre. En pocas horas produjo fuentes de lava; una columna de cenizas de varios kilómetros de altura; y una pequeño flujo ardiente en dirección al Valle del Bove. Nuevas bocas se abrieron a unos 2700 metros de altura, y a la noche, los flujos incandescentes descendieron por las laderas creando imágenes únicas.

• El 26 de agosto a las 9 de la mañana, ocurrió una devastadora avalancha y riada en la región fronteriza de Nepal y el Tibet. Un colapso glaciar con deslizamiento de tierra y rocas en el Parque Nacional de Langtang, provocó una repentina inundación de escombros, agua y lodo, afectando gravemente la región con importantes pérdidas humanas.

• Las intensas lluvias monzónicas en el norte de India debilitaron la estructura de las montañas escarpadas, provocando graves deslizamientos. El 7 de julio en particular, tuvo lugar una avalancha de lodo y rocas en la zona de Wayanad en el estado de Kerala, que sepultó a un campamento de obras y maquinaria a cargo de la construcción de un túnel vial, destruyendo viviendas, y arrastrando un bus, entre otros daños.

• Japón sufrió este año potentes terremotos y lluvias extremas con órdenes masivas de evacuación. El 25 de junio, un terremoto de magnitud 7,2 sacudió la costa oriental de la prefectura de Iwate, al norte del país. El 28 de julio, otro potente terremoto magnitud 7,1 sacudió la isla de Kyushu al sur, causando daños generalizados, edificios derrumbados con personas atrapadas, y alertas de tsunami. A fines de junio tormentas tropicales consecutivas azotaron varias regiones, debiendo evacuar preventivamente a casi un millón de personas debido al riesgo de desbordamientos. Finalmente, el 27 de agosto, lluvias torrenciales severas obligaron otra evacuación masiva (180 mil residentes) en Toyama e Ishikawa.

• Las altas temperaturas alcanzadas durante el verano 2026 en España, favorecieron la profusión de incendios en varias comunidades: Castilla y León, Galicia, Castilla La Mancha, Andalucía y Madrid, por citar algunas. Igualmente da para pensar si no hubo también distracción en los veraneantes, colillas de cigarrillos, pastizales sin cortar, en fin, condiciones que pudieron haber generado una chispa imparable, sin o con mala intención. El punto es que pasó lo que pasó, con eventos de muy difícil contención. Lo real, es que España lleva registrado un total de 296.815 hectáreas quemadas entre el 1º de enero y el 16 de setiembre, según datos del Sistema de Información de Incendios Forestales. Un daño que tendrá múltiples implicaciones, como la disminución de la diversidad de las aves. Entre los incendios graves se cuenta el de Burgohon. Se originó el 22 de julio y llegó a ser uno de los más devastadores, habiéndose calcinado más de 50 mil hectáreas en el Valle del Arbeche y el Tiétar. También vale nombrar al de Los Gallardos en Almería con 13 víctimas mortales. Y por supuesto, también el terrible fuego de finales de julio en Madrid, Ávila y Toledo, que avanzó sobre un área de 77 mil hectáreas que quedaron arrasadas.

Incendio forestal en España
Zona afectada por el fuego en Courel. La ola de incendios arrasó buena parte de la provincia de Ourense. Los vecinos ayudaron en la lucha contra el fuego.
Eliseo Trigo, EFE.

Y podríamos seguir, no solo enumerando desastres planetarios, puesto que además nos quedan los daños infligidos por nosotros, los terrícolas. Las guerras, la polución, el cero cuidado del entorno, la basura. Un ejemplo pasó en India: el derrumbe de una montaña de deshechos que colapsó y cayó sobre un edificio dejando al menos tres muertos y una decena de atrapados. El desastre ocurrió a causa de las fuertes lluvias que hicieron inestable el cúmulo de residuos que terminó por derrumbarse.

Dicen que la naturaleza despierta cuando el hombre abusa de su bondad. Y estamos en eso. Porque todos estos desastres los sufrimos con pérdidas que nos pueden cambiar la vida en un instante.

¿Qué se siente cuando uno comprende que queda solo en este mundo, sin nada ni nadie que lo proteja? ¿Cómo se rehace una vida dedicada a construir un hogar cuando todo se pierde en un alud o una tormenta? Lo increíble es que somos arte y parte de este juego, sufrimos, pero somos resilientes; aceptamos la vulnerabilidad, pero gestionamos las emociones, y nos superamos pese al dolor y al miedo de afrontar grandes adversidades.

Nosotros los humanos

Las reacciones ante un cataclismo, sea que se trate de una gran catástrofe producida por un fenómeno natural, o de una tragedia en el ámbito familiar, social, político o económico, son impredecibles, y nadie sabe cómo se podría comportar. Sin embargo, a través de tantas experiencias terribles a las que poblaciones enteras se vieron sumidas, o a otras también duras que se nos presentan en el entorno personal, se han podido observar repetidas demostraciones humanas frente a situaciones extremas. Se trata de respuestas inmediatas que obedecen al propio instinto de supervivencia, con dinámicas sociales de cooperación. Aunque en las películas se suelen retratar escenas caóticas de pánico generalizado, la sociología del desastre indica que las comunidades tienden a organizarse y ayudarse mutuamente.

Se podría decir que existe una cronología de cómo los humanos reaccionamos ante un evento catastrófico:

Primero, un impulso inmediato de apenas segundos, revela que se activa el sistema nervioso: el cerebro libera adrenalina y cortisol en cuestión de instantes, y la amígdala cerebral toma el control, priorizando la supervivencia básica. Es cuando se produce lo que lo expertos llaman el dilema de las 3F: Fight, Flight, y Freeze, de acuerdo al comportamiento de cada uno en ese fatal instante. Fight, o lucha, es cuando de inmediato se intentan acciones rápidas para ponerse a salvo y/o rescatar a otros. Flight, o huida, es cuando se procede al escape rápido del epicentro del peligro. Y Freeze o parálisis, es cuando se produce un shock o bloqueo temporal, debido a la incapacidad de procesar la magnitud de lo que está viviendo.

Ya en las primeras horas de lo sucedido, ocurre el efecto de convergencia. En esta etapa es observable el comportamiento pro-social. Contrario al mito del saqueo masivo inmediato, la reacción más común es el altruismo de urgencia. Los supervivientes forman los primeros grupos de rescate improvisado, mucho antes de que llegue la ayuda, y se crea la mentalidad de colmena. Se suspenden temporalmente las barreras sociales, económicas y políticas. Los desconocidos colaboran estrechamente unidos por compartir un destino común.

Luego sobreviene la fase de asimilación y duelo; etapa en la que se transita por diferentes estados de ánimo. El proceso va a depender de cada uno, y su pérdida. Puede llevar días, semanas o más.

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Avalancha de agua y fango en Trishuli, distrito de Nuwakot, al norte en Nepal (agosto 2026). La inundación arrasó el distrito de Rasuwa.
Prabin RANABHAT / AFP

Es largo el camino

Al principio, tiene lugar el efecto Luna de Miel. Si se trata de un hecho compartido, la comunidad va a experimentar un fuerte sentido de orgullo y optimismo por haber logrado sobrevivir, y haber contado con ayuda externa. A esa suerte de sentimiento positivo sobreviene luego la aparición del trauma, puesto que a medida que la adrenalina baja, emergen los síntomas del trastorno de estrés postraumático (TEPT), a saber: insomnio, hipervigilancia, ansiedad extrema y el "síndrome del superviviente" (culpa por haber sobrevivido a la catástrofe cuando otros no lo hicieron).

Llegará entonces la etapa de adaptación y reconstrucción. Puede llevar meses o años. Todo depende del daño y la capacidad de rehacerse. El optimismo inicial decae cuando la ayuda se retira y los recursos de reconstrucción se retrasan. Sobreviene la desilusión, la frustración y el sentimiento de abandono.

A largo plazo, las sociedades adaptan sus infraestructuras, y las normativas de reconstrucción en casos de reactivar el desarrollo en zonas sísmicas o destruidas por atentados u otros episodios de guerra, como se hizo en Nueva York con la creación de una memoria histórica del desastre de las Torres Gemelas.

El retorno de experiencias tan duras exige voluntad, tenacidad y resistencia para salir adelante. El camino es duro, y cuesta recorrerlo, pero al final siempre espera la luz. Cada uno a su paso, haciendo frente a su sentir.

Terremoto en Venezuela
Sismo en Venezuela, derrumbes y escombros. Más de tres mil muertos, heridos y desaparecidos (julio 2026).
Federico PARRA / AFP

Volver a nacer

Retornar de experiencias tan duras exige voluntad, tenacidad y resistencia para salir adelante. El camino es duro, y cuesta recorrerlo, pero al final siempre espera la luz. Cada uno a su paso, haciendo frente a su sentir.

Trastornos de estrés postraumático. Se manifiestan como recuerdos repentinos o flashbacks, hipervigilancia, pesadillas y rechazo a todo lo relacionado con el evento causante.

Trastornos de ansiedad. Miedo intenso, ataques de pánico, ansiedad generalizada e irritabilidad constante ante la incertidumbre.

Sentimientos de culpa. Es común sentir culpa por haber sobrevivido mientras otros no lo hicieron; o por no haber podido evitar las pérdidas.

Somatización y fatiga. Se traducen en dolores físicos sin causa médica a meta de los primeros auxilios psicológicos es restablecer el enfrentamiento inmediato ante la crisis que se está viviendo, ya que la persona se siente incapaz debido a un colapso aparente. Insomnio crónico, cansancio extremo y pérdida del apetito.

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