Amigables u hostiles: vivir el barrio.

El problema de la vivienda hoy en España, es una emergencia social, dice Margarita Barañano, socióloga de la Universidad Complutense de Madrid, y lo vincula a la imposibilidad para muchos de seguir viviendo donde fueron creando vínculos emocionales que les mejoraba el día a día. Defensora de los servicios públicos, cree además, que deberían ser más efectivos. Nada que no nos suene familiar…

Vista de la ciudad en el barrio de San Blas, Madrid.
Vista de la ciudad en el barrio de San Blas, Madrid.
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En medio de ese mundo áspero de soledades y desapegos sociales en el que los vecinos de un mismo bloque ya ni se saludan, sumado a la estrategia de expansión comercial que avanza imparable en su conquista de locales a la calle, alterando la dinámica y el paisaje de los barrios que van perdiendo su identidad, resulta que la vida en comunidad sigue renaciendo una y otra vez por cada grieta, sea en formas viejas o renovadas. ¿Por qué? Simplemente porque hace el día a día más agradable, más fácil, más seguro, y probablemente un poco mejor. Así lo ve Margarita Barañano, profesora de Sociología de la Universidad Compluten, quien lleva varios lustros estudiando los arraigos y las redes de cuidados en barrios de Madrid y otras ciudades de España, e incluso del sur de Europa.

Margarita Barañano
Margarita Barañano.
Socióloga de la Universidad Complutense de Madrid.

“Aunque las cosas más llamativas ya estén cambiando, hay otras que permanecen, se transforman, y siguen estando ahí”, dice la experta convencida, y asegura que “la vida en proximidad ha sido siempre importante, que no ha desaparecido, y da unas sinergias muy fuertes”. Por eso surgen resistencias a los procesos de gentrificación y turistificación, que en ondas concéntricas van expulsando cada vez a más vecinos de muchas ciudades, del lugar en el que un día, por la razón que fuera, decidieron quedarse.

“Si puedes vivir en proximidad, genial; si luego el mundo te lo impide, pues te tienes que montar la vida de otra forma”, añade Barañano, nacida en Madrid hace 70 años, codirectora del Grupo de Estudios Socioculturales Contemporáneos; firme defensora de los servicios públicos en general, y particularmente de la Universidad, habiendo sido vicerrectora de la Complutense de 2003 a 2011.

–¿Sigue funcionando el barrio como unidad básica de arraigo geográfico?

–Sí. Y no solo; ya que es la referencia básica a algo propio. La gente habla de su barrio como de su pueblo, su casa, su familia; aunque la mayor parte de las veces no se sabe exactamente cuáles son sus límites geográficos. Es verdad que los espacios cambian, pero eso no significa que el territorio ya no cuente, que te dé igual vivir en Madrid, París, Nueva York o Bogotá. No te da igual desde el punto de vista social, emocional ni vital. Otra cosa es que quieras vivir en una determinada zona y te veas obligado a ir a otra, lo cual, en nuestros días, por desgracia, es cada vez más frecuente. Pero mira de dónde venimos: según una encuesta del Ayuntamiento de Madrid, de 2018, el 70 por ciento de la gente que cambiaba de casa, se quedaba en el mismo barrio, el mismo distrito o en otro adyacente.

–¿Por qué?

–Porque en ese espacio tienes familiares, amigos, redes de personas, o vínculos sociales débiles o fuertes, que pueden suponer un apoyo diario importante. Primero, porque es agradable vivir en un sitio donde eres conocido y reconocido, y tú conoces y reconoces. También es un espacio de seguridad. Lo decía Jane Jacobs en Muerte y vida de las grandes ciudades: ‘la seguridad está en los ojos de la calle, en la gente que conoces y los otros saben quién eres’. No digo que sean íntimos amigos, que te vayan a dar el dinero para comprarte la casa, pero es ese entramado cotidiano de micro interacciones diarias que hace la vida más agradable, y supone un apoyo importante para hacer frente al día a día.

–¿Qué pasa entonces, con esas ideas tan repetidas de que hoy, en las ciudades, ya nadie conoce al vecino y da un poco igual dónde caiga?

–Al menos en los barrios que hemos estudiado (Embajador, Entrevías, y Bellas Vistas, en Madrid; Sant Antoni y Montbau, en Barcelona; y otros vecindarios de Bilbao, Zaragoza, Valencia, Málaga y Sevilla, entre otros), la gente sigue hablando de esta noción de barrio como un espacio propio, donde conocen a los vecinos, los comerciantes o hasta quienes trabajan en los servicios públicos, generando entramados de provisión de bienestar y cuidados. Esto es muy importante para la cohesión social, y mucho más en espacios urbanos donde por ejemplo, no suele ser posible contratar a una persona para que colabore con los cuidados, y la ayuda pública a domicilio todavía no alcanza. Allí puede pasar que te dejen llevarte la compra, aunque en ese momento no la puedas pagar; o que alguien deje a su hijo un momento en una peluquería que conoce de siempre, mientras hace un mandado. Si es un sitio anónimo, donde cada día hay un empleado distinto, nadie lo dejaría, ¿no? Por eso la gente echa mucho de menos el comercio local cuando cierra. Los barrios pierden parte importante de su vida.

–Así que defender el comercio local no es solo una cuestión sentimental.

–Se debe cuidar porque es muy importante para mantener la vida del barrio, porque es un espacio de intercambio y socialización, con nombre y apellido, porque es útil para muy distintos aspectos de la vida diaria, incluso en momentos de necesidad, y porque es también relevante para sentirse seguro y en casa. En un momento puntual de necesidad, dejar a tu hija con un cuaderno y unas pinturas con la señora de la tienda que conoces desde hace 20 años, o en la casa de unos vecinos, es bastante más sencillo que hacer venir a un pariente que vive lejos o contratar a alguien; y desde luego es mejor que dejarla sola en casa. Estamos hablando de muchas pequeñas interacciones... Durante la pandemia de Covid, o la nevada de Filomena (que en enero de 2021 colapsó Madrid), mucha gente estuvo pendiente de la vecina que estaba sola, para dejarle la comida en la puerta. Los comerciantes le subían la compra o los medicamentos...

–¿Y esto ocurre en todos los barrios?

–Sobre todo en contextos sociales en los que el bienestar es difícil de conseguir por otras vías. Desde luego, sigue estando más presente en los barrios periféricos obreros; no estamos hablando de barrios marginales, en absoluto; sino de espacios urbanos que tienen ciertas precariedades, pero que han sabido mantener una vida asociativa, una vida en la calle, y una cantidad de intercambios nada desdeñables. Y ello, pese al impacto de procesos como la turistificación, la gentrificación o la entrada de fondos financieros comprando viviendas, que están llegando por ondas concéntricas a casi todo Madrid y a otras grandes ciudades. Es cierto que su impacto es mucho más intenso en los centros históricos, pero incluso allí, donde es cada vez más difícil contar con familiares que vivan cerca, se configuran otras redes de relación, de personas amigas y conocidas, de vecinos del edificio, de personas que habitan en la misma manzana o que coinciden en los mismos lugares... Estos entramados suelen combinarse con el mantenimiento del contacto a distancia, mediante grupos de WhatsApp, por ejemplo.

–¿Y cómo se forman esas nuevas redes?

–Muchas veces, alrededor de espacios públicos, parques, el colegio, incluso los centros de salud, las asociaciones de vecinos. La cuestión es organizarse en un mundo de cuidados. Esas relaciones son fundamentales para la provisión de los cuidados cotidianos, en definitiva, para sostener la vida. Los sectores de clases favorecidas, si lo necesitan, recurren al mercado privado. España es uno de los países de Europa con más trabajadoras domésticas. Pero claro, mucha gente no puede disponer de eso, y entonces, aparte de ciertas contrataciones puntuales e informales, y de la ayuda pública, si la hay; se apoyan en un conjunto de micro intercambios construidos alrededor de esos espacios públicos, o en iniciativas comunitarias como las que proliferaron durante la pandemia, las despensas comunitarias o iniciativas como Somos Tribu (red de apoyo mutuo nacida en Vallecas, Madrid). En ocasiones, la ayuda mutua se vincula a nuevos activismos más institucionalizados, o de clases medias que disponen de más recursos, más nivel económico, más tiempo libre. En otros momentos, puede darse de manera más informal, vinculada a la propia vida cotidiana, en la que se van creando redes de relación y de intercambio. Esas redes no han desaparecido del todo, y se recrean sin cesar alrededor de la gente que conoces, la gente de tu barrio…

–¿La pandemia fue un punto de inflexión?

–Hay muchos tipos de vínculos, incluidos los que son a distancia, digitales, porque puedes tener a tu familia lejos, a los amigos de la infancia en otro país... Pero los vínculos en presencia continúan siendo fundamentales. La pandemia nos volvió a demostrar que necesitamos tener gente cerca, escucharnos, vernos y hablarnos. Podríamos haber tenido esta conversación por teléfono o por Internet, pero no habría sido igual... Necesitamos tener relaciones mucho más encarnadas, mucho más situadas en territorios concretos donde te encuentras con otras personas.

–¿Cómo afecta a esos ecosistemas de vínculos, el hecho de que muchos ya no pueden seguir viviendo donde lo hacían, y deben mudarse?

–El problema de la vivienda hoy, en España, es realmente una emergencia social. El enorme despliegue de oferta pública de educación y sanidad que se hizo con la democracia, no se llevó a cabo con la vivienda. La vivienda social apenas alcanza un minúsculo dos por ciento y creo que cada vez hay más consciencia de que el problema de la vivienda se extiende al de la localización. No vale con hacer cinco barrios nuevos en las afueras, porque habrá quien quiera ir, por supuesto, pero habrá muchos otros para los que suponga un gran trastorno. Hay que tener cuidado con estas expulsiones que producen movilidades forzosas.

“El tejido social de los barrios es un patrimonio que hay que proteger”, afirma la socióloga.

–¿Por qué?

–Porque tienen consecuencias a mi entender, muy negativas. Al desplazarse lejos de sus redes de apoyo, se produce un desarraigo que conlleva graves costos sociales, emocionales y vitales, dificultando la conciliación y el cuidado de los mayores y también de los niños. Se resiente, además, ese espacio de seguridad del que hablábamos. Es cierto que esos procesos afectan a entre un 20 a un 30 por ciento de la población, y que históricamente ocurrieron en España grandes movilidades forzosas del campo a la ciudad, por motivos laborales. Ello aparejó procesos de re-arraigo en los lugares de destino. Pero creo que deberíamos ver el tejido comunitario, los vínculos, las redes de apoyo, como un patrimonio inmaterial fundamental que hay que proteger para tener además una mejor calidad de vida; y para garantizar el bienestar y la seguridad de las personas que viven en esos espacios, con sus comerciantes y sus vecinos. Creo que en España esos vínculos sociales no se han perdido del todo y tienen que ver con eso que tantos investigadores y psicólogos llaman felicidad; o algo parecido a ella. Tampoco se trata de negar las tensiones y conflictos que se suelen atravesar, pero en conjunto, creo que suponen un importante soporte social frente al extendido individualismo rampante de esta época.

–¿Por eso tanta gente se resiste a dejar su barrio, aunque cada vez se lo pongan más difícil?

–Efectivamente, hay resistencias, que en muchos casos se dan en forma de nuevos activismos, pero también mediante los activismos clásicos; las asociaciones de vecinos en general han desempeñado un papel muy importante y lo siguen haciendo. Además, no se trata de movimientos sin relación entre sí: hay cierta permeabilidad entre ellos, porque suelen estar arraigados en los barrios, con iniciativas situadas en territorios concretos. No hablamos de megaproyectos, ni de grandes partidos u organizaciones. Son personas concretas que colaboran. Pero esas estructuras informales a veces surgen para paliar la ausencia o escasez de servicios públicos, y pueden ser una excusa para no ofrecerlos. Los servicios públicos deben estar ahí, y si no están, deben exigirse; son derechos. Pero, además, podrían ser más eficaces apoyando a estas estructuras informales, dándoles espacios y trabajando con ellas-. ¿Cómo? Identificando y colaborando con esas redes de la comunidad, con esas personas concretas que te pueden informar sobre quién está realmente en situación de emergencia social, y sobre cuáles son las necesidades sociales reales, actuando en consecuencia de manera flexible. En 2003, después de una brutal ola de calor en Chicago, el sociólogo Eric Klinenberg llegó a la conclusión de que en unos barrios vulnerables habían muerto menos personas que en otros similares, porque en ellos se habían movilizado inmediatamente estas infraestructuras sociales de relaciones, lo que condujo, por ejemplo, a abrir durante todo el día los colegios y las bibliotecas que disponían de aire acondicionado.

Barañano conoce muy bien los movimientos vecinales. En uno de sus primeros trabajos entrevistó a más de 50 asociaciones para ayudar a redactar el Plan de Acción Inmediata, del Distrito de Vallecas-Mediodía para la Coplaco (Comisión de Planeamiento y Coordinación del Área Metropolitana de Madrid), organismo público creado en la década del 60’ para coordinar el desarrollo urbanístico de la capital. En poco tiempo, empezó a dictar clases en la universidad, formando parte de esa generación de profesores no numerarios (penenes) que supuso un enorme impulso para la transición democrática y la mejora de la enseñanza de los campus españoles. Ella los reivindica: “la Universidad necesitaba abrir puertas y ventanas; no solamente democratizar, sino reforzar su relación con la sociedad”, y aceptó implicarse en la gestión de su campus.

Barrios vulnerables
Aquí, un completo análisis que tiene en cuenta factores específicos como la dimensión de género en la provisión de cuidados y bienestar, la situación de las personas jóvenes, mayores o migrantes, o el impacto creciente del turismo sumado a la gentrificación en el acceso a la vivienda y en las formas de arraigo local. Todo eso sin obviar los efectos y respuestas ante las crisis recientes, como la de la pandemia y de las experiencias de vulnerabilidad socioexistencial.

Ya en la recta final de su carrera, en el próximo curso pasará a ser profesora emérita— recuerda satisfecha los trabajos que realizó como vicerrectora de la Complutense primero, para medir la desigualdad social en el acceso a la educación superior; para reducirla luego. Hoy sigue defendiendo, si cabe con más fuerza, a la Universidad pública como derecho básico. “La educación superior no puede ser un lujo”, defiende. “La Universidad es fundamental para muchos de los empleos actuales, para la formación de la ciudadanía y para generar conocimiento y cultura críticos”.

–¿Cómo ve el futuro de la Universidad pública?

–El lenguaje de nuestra época es el científico, esto no tiene vuelta atrás, por tanto, la Universidad sigue siendo central. Si nos quitan la Universidad pública nos pueden hacer mucho daño. Igual que con las ciudades: si a la gente la expulsan de su ciudad, de su barrio, esos espacios urbanos perderán buena parte de su vitalidad. Aunque quiero pensar que pese a todo, tanto nuestros barrios como nuestras universidades públicas conseguirán superar esta difícil situación, y que saldrán adelante, pese a este contexto de ataques, porque han sido muy importantes para las oportunidades vitales de muchas personas, y lo van a seguir siendo.

(Derechos exclusivos, El País de Madrid).

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