Chicago a los pies de los White Sox

| Con un plantel de latinoamericanos el equipo se consagró campeón después de 88 años y desató la locura

CHICAGO | ELBIO RODRIGUEZ BARILARI

Chicago es un locura. Después de 88 años la ciudad puede festejar un título en béisbol. Los White Sox, conducidos por un venezolano y con un batallón de jugadores latinoamericanos, lograron romper la larga maldición barriendo 4-0 a los Astros de Houston.

En la noche del miércoles la gente se abrazaba en las típicas tabernas y salía a la calle a festejar. Los equipos móviles de la TV recorrían el lado Sur de esta ciudad, la zona de los White Sox, la zona humilde, negra, latina, polaca, inmigrante.

En la mañana, la noticia de que el soldado número 2.000 de Estados Unidos había muerto en Irak, ocupaba un minúsculo espacio en los diarios, para dejar sitio a la "batalla" que se había desarrollado en Houston, meta bate y pelotazo.

Muy lejos estaban las épocas de Michael Jordan, por cierto, cuando Chicago y los Bulls reinaban en básquetbol. Dicho sea de paso, el dueño de los White Sox, el adinerado Jerry Reinsdorf, es también el dueño de los Bulls.

La última consagración deportiva chicaguense había sido cinco años atrás, cuando el Chicago Fire se coronó campeón en "soccer", fútbol del nuestro, ante la indiferencia general y la ignorancia más insultante por parte de la prensa, la misma prensa que ahora habla de "milagro", "justicia", "hazaña", "gloria", "valentía" y hasta de que "toda una vida de frustraciones se ha visto justificada por esta victoria".

LA MITAD MENOS UNO. La mitad más uno de los chicaguenses son hinchas de los Cubs y no de los Sox. La rivalidad es onda Peñarol-Nacional. Pero con una diferencia. Manyas y bolsos han ganado cosas. Ahora andarán de capa caída, pero cada uno tiene sus copas Libertadores y sus Intercontinentales en las vitrinas de la sede. Estos de aquí no habían ganado nada. Así que a la rivalidad se le sumaba la frustración de casi un siglo.

La lógica del fútbol y la del béisbol son completamente incompatibles. Nosotros festejamos cuando la pelota entra. Ellos festejan cuando la pelota sale. Nosotros veneramos la pelota, la cuidamos, la atesoramos. Ellos le pegan con un garrote llamado bate. Y si pueden, la sacan del estadio.

En EE.UU. el béisbol y el football americano se reparten las preferencias con el básquetbol. Pero no el de la NBA, que es más visto como un espectáculo, sino el básquetbol de las universidades.

Aunque, lo siento mucho, el deporte, si es que puede llamarse así, que atrae más público de todos, son las carreras de autos NASCAR. Y por lejos.

Hay que entender que hay una gran diferencia en la actitud del público. Los pueblos con mentalidad futbolística como los latinoamericanos y los europeos, queremos ver los partidos. Vas al estadio y no te querés perder ni una jugada. Cuando estás mirando un partido por tele y alguien se cruza, lo querés matar.

Bueno, en Estados Unidos no es así. En el béisbol NADIE mira. Los estadios son como desmesurados bares al aire libre, donde la gente va a chupar, a comer hot-dogs, a charlar y a tomar el sol.

Un partido puede durar 3 o 4 horas, y por largos períodos no pasa nada, hasta que alguien mete un "home-run", castellanizado como jonrón, o hay alguna carrera.

Cuando se juntan a verlo por la tele lo mismo. Queman un poco de carne en esas barbacoas a gas o carbón, se la comen negra por afuera y cruda por dentro, toman cerveza chirla, comen pop, papas chips y todo tipo de "junk food" y de a ratos, allá a las cansadas, miran a ver cómo van.

El béisbol es un deporte más de los récords y los números que para mirarlo, la verdad sea dicha. Y los que saben, te lo reconocen.

A LA DEFENSOR. Los Chicago Cubs son llamados por los latinos "Los Cachorros", mientras que a los White Sox se les traduce como "Medias Blancas".

Como juegan en ligas diferentes, rara vez se encuentran. El béisbol es lo que tiene, se juega en dos ligas nacionales, cada una con su torneo, y solo se topan en las finales, cuando se enfrentan los campeones de ambas ligas.

Lo más cómico es que esa serie final, al mejor de siete partidos, se llama SERIE MUNDIAL. Y el campeón es ¡Campeón del Mundo!

Sólo juegan equipos de Estados Unidos, pero con esa mentalidad tan especial de ellos, el ganador es el Campeón del Mundo.

Hay buen béisbol en Japón, Puerto Rico, República Dominicana, Venezuela y Cuba. Pero el título "mundial" se dirime entre equipos de EE.UU.

Claro que todos esos países están representados en los planteles profesionales, que son verdaderas selecciones multinacionales.

Una cosa que comparten los equipos de Chicago es que tanto los Cubs como los White Sox parecen haber sido víctimas de una maldición. Los Cubs no ganan un campeonato desde 1909. Los White Sox, flamantes "campeones del mundo", no ganaban desde 1919.

Los millonarios "Cubs" estuvieron a punto de pasar a las finales en el año 2002, cuando tenían al polémico —y deshonesto— astro dominicano Sammy Sosa. Pero la maldición pudo más.

Los White Sox, por su lado, no picaban desde 1959, cuando perdieron las finales contra el equipo de Los Angeles.

El gran cambio se dio al final de la temporada pasada, cuando los Sox decidieron vender a la mayor parte de sus estrellas, que no habían ganado nada, y armar un verdadero equipo de laburantes.

Se quedaron con un solo nombrete, un bateador llamado Paul Konerko. Y lo rodearon de juveniles y de jugadores desahuciados en otros equipos, por viejos o por problemáticos, como los exiliados cubanos Orlando "El Duque" Hernández y José Contreras.

"El Duque" Hernández llegó a Estados Unidos con un cartel bárbaro, ganado en el béisbol olímpico cubano. Pero nunca confirmó esos brillantes antecedentes. Hasta ahora.

Ingeniero del triunfo fue un ex beisbolista venezolano, Ozzie Guillén, tan carismático como parlanchín y bromista. Medio loquito, incluso. El desinhibido "coach" pasó de ser técnico asistente en Miami a DT de los White Sox. Menos de dos años después ha llegado a "campeón del mundo".

Así, con humildad y juego de equipo, como Defensor en la época del Profe De León, los "Medias Blancas" le pasaron por encima a todo el mundo. Entre los 17 partidos sumados, de semifinales y finales, solamente perdieron 1.

Y cuando se tuvieron que enfrentar, en las finales, a los Astros de Houston, les ganaron cuatro partidos seguidos, dos como locales y dos como visitantes, para alzarse con el mastodóntico trofeo, que mide como dos metros de alto.

El tercer partido, en Houston, tuvo una duración de 5 horas y pico, con 14 "entradas", el más largo de la historia. Los "White Sox" triunfaron 7 a 5.

Al día siguiente, en un partido muy malo pero muy dramático, despacharon a los Astros 1 a 0. Y a cobrar.

LA APOTEOSIS. Ahora, tras esperar esos 88 años, se está buscando fecha para el tradicional desfile entre los rascacielos, con las bandas de música tocando las marchas de Souza, las cataratas de papel picado cayendo de los edificios, las motos, los carros de bomberos, las sirenas y las limusinas abiertas y los jugadores haciendo "adiós" con la mano. Como en las películas.

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