La primera vez que hablé con Martín Lasarte se enojó. Lo entendí. Antes de mí, lo habían llamado siete u ocho periodistas para preguntarle por lo mismo: qué opinaba del regreso de Luis Suárez a Nacional. Así y todo, al rato accedió y muy amablemente me contó con lujo y detalle los pormenores de la charla de padre a hijo que tuvo con aquel guacho porfiado, que ya le decía que iba a terminar en el Barcelona.
Replicamos la entrevista años después, cuando todavía ni asomaba su chance de volver a dirigir. Me di cuenta de que era un señor.
Hablamos por última vez el martes y dijo que no quería hacer de su dolor -por los dichos de Flavio Perchman- una “telenovela”. Pero ya era tarde. Para entonces, era el rehén de un embudo, donde cada nota periodística relacionada a las elecciones de Nacional terminaba con una pregunta con su nombre.
Está bien, sí; Lasarte se equivocó en el Parque Viera cuando pensó que, en un momento de presión, dos pibes de 18 y 19 años le iban a solucionar un partido tan apretado. También en la final de la Copa Uruguay, cuando cambió a una línea de cinco improvisada, y cerró el año con un trago amargo. Pero perdió solo dos de los 28 partidos que dirigió, se sacó el mote de que no ganaba clásicos, terminó el año con un récord histórico de puntos en la Tabla Anual (86) y, como dijo Gerardo Pelusso, tiene “kilómetros de vueltas olímpicas”. ¿La solución será cambiar el DT?