La vida loca de Sebastián Abreu

| "En mi casa nunca hubo manteca para tirar al techo, pero eso me ayudó a saber valorar", dijo

SILVIA PEREZ

Le dicen "Loco", pero sus locuras siempre tienen que ver con la alegría. Son las mismas que hacía en la escuela de su Minas natal, donde las maestras comenzaban el año quejándose de él y terminaban rindiéndose ante su picardía y sus bromas. Y son las mismas que hoy le gasta a su hija Valentina de 4 años, quien disfruta y se ríe como loca (cosa de familia), aunque se defiende diciendo: "¡Salí bobo! ¡Tonto!".

Es que Sebastián Abreu no cambia y tiene dentro de las cuatro paredes de su casa la misma buena onda que demuestra siempre en los entrenamientos de Los Céspedes o antes de un partido en el vestuario del Estadio. "Es pesadito así siempre", aclara su esposa Paola. "Salvo cuando llega muy cansado del entrenamiento, pero duerme una siesta y enseguida carga las baterías. A veces hay que decirle que afloje, porque hace bromas con gente que no lo conoce y en ocasiones se pasa un poco".

El atribuye su particular manera de ser a la mezcla de caracteres de sus padres Miguel y Marita y a algunas carencias materiales que tuvo en su niñez y que le enseñaron a valorar y a disfrutar al máximo de todo.

HIJO DE POLICIAS. Pasó sus primeros años de vida como un nómade, pero siempre dentro de la ciudad de Minas. Hasta los seis años vivió en el barrio Zamora y luego la familia se mudó para el Centro. Cuando tenía 10 años volvieron a Zamora, luego pasaron al barrio Molino y finalmente se instalaron en la céntrica 18 de julio. "Muchas veces no se podían pagar los alquileres, por eso nos mudábamos tanto. Cuando pasé de Defensor Sporting a San Lorenzo, con el porcentaje de la transferencia, con el famoso 20% que le corresponde al jugador, le compré la casa a mis viejos para que no tuvieran que cambiarse más. Mis padres eran policías y los ingresos que tenían eran bajos. Mi padre agarraba una plata extra jugando al fútbol y mi madre pintaba cuadros y los vendía. También se rebuscaban porque la policía les daba la carne, la leche y el pan y así me alimentaban, porque yo fui hijo único hasta los 9 años. Después vino Rodrigo y más tarde Clarisa. Recuerdo una vez, yo tendría siete u ocho años, en que la situación estaba muy complicada y casi no daban carne. En esa época todo lo que comíamos era con arroz: arroz con cebolla, arroz con atún, guiso de arroz, arroz con arvejas y de postre ¡arroz con leche! Un día llegué de la escuela y vi un plato lleno de croquetas. Me ilusioné, por fin iba a comer otra cosa y cuando le pegué un mordisco a una... ¡era de arroz! ¡Me quería morir!".

PANZADAS. El domingo era el día preferido del pequeño Sebastián. "Era el mejor día. Ibamos a comer a lo de mi abuela "Chiquichi" y había ravioles o tallarines con pollo y hasta Coca-Cola. Y de postre flan con dulce de leche. Y mi otra abuela, Zulma Elsa, hacía una pizza exquisita cuando había cumpleaños. Nunca hubo manteca para tirar al techo, pero eso me ayudó a saber valorar". Hizo un silencio, miró a su hija y muerto de risa agregó: "No como otros que tienen todo, hasta barbies chinas y en cualquier momento piden la barbie extraterrestre".

LA BICI. Fue a la escuela Nº 8, que quedaba frente a la casa de la abuela "Chiqui-chi". "En el recreo me escapaba para ir a tomar la leche y comer bizcochos a lo de mi abuela. Algunas veces la ‘Chiquichi’ no estaba y esas tardes me pasaba con hambre".

Cuando estaba en Sexto se moría por tener una bicicleta BMX que en esa época estaba de moda. En el barrio había un niño, cuyos padres estaban bien económicamente, que tenía una. Sebastián le jugaba carreras con su Graziella del 81, con un rodado chiquito y por más pedal que diera era imposible ganarle. "Mi bicicleta era como una 4 x 4 y no podía levantar paños. Ya la habían pintado de todos colores. Como yo estaba tan pesado con lo de la BMX, mis padres me dijeron que si pasaba con Sote, me la compraban. Yo pasaba siempre con B y porque las maestras el último día ponían un B al lado del R y me hacían pasar porque las había hecho reír todo el año. Era imposible que pasara con Sote. Pero ese año tenía al maestro Tambasco, que me adoraba. Todas las maestras que había tenido antes le habían advertido que yo era fatal. En realidad era eléctrico y muy pícaro, pero alegre. Hacía bromas pero inocentemente. Al maestro le encantaban los deportes y teníamos eso en común. La cosa es que llegó fin de año y pasé con Sote. Salí corriendo para mi casa con las notas en la mano. Un día me dijeron que tenía la bicicleta esperándome... pero era la misma pintada de otro color. Siempre les digo a mis padres: ¡Todavía me deben la BMX! Para peor, después vino ‘pasarela’ y esa bici quedó para mi hermano y yo agarré una que usaba mi padre para ir a entrenar, y en la que me llevaba a la escuela cuando era chico. Yo iba sentado con un almohadón arriba del fierro. La habían heredado de mis abuelos y cuando se pinchó no se pudo arreglar más porque ya no había cámaras de ese tipo".

las MONJAS. Cuando llegó el momento del liceo, la abuela le pagó el Colegio del Huerto. Era de monjas y muy estricto: "Eran tres amonestaciones por semana seguro. Mi padre ya me había advertido y yo sabía que en cualquier momento aparecía el ‘loco paliza’. Aguanté 10 días portándome bien, hasta que me mandé una de mis bromas. No podía darle le amonestación a mi padre, entonces se me ocurrió falsificarle la firma. Yo estaba convencido que me había quedado igualita, pero en el colegio no se lo tragaron. Las monjas se pusieron como locas y me dijeron que lo que había hecho era un delito. Se me venía un ‘quilombo’ muy grande, entonces puse mi mejor carita de niño bueno y les expliqué que en mi casa había un problema muy grande y que no le había dado la amonestación a mi padre para no empeorar las cosas. Por suerte, zafé".

VAGO. Estuvo con la monjas hasta tercero, pero como su abuela no le pudo pagar más, pasó al liceo público del barrio Molino. "Aquello era un paraíso, dormía hasta las 11:30 horas, comía y picaba para el liceo. Por esa época había comenzado a viajar a Montevideo para entrenar con Trouville y no terminé cuarto de liceo. Me quedaron algunas materias. Por suerte tengo tercero terminado que es lo que te piden para hacer el curso de técnico. Un tiempo después, cuando estaba en las inferiores de Defensor Sporting, hice un curso de computación porque te obligaban a estudiar algo. Elegí computación porque pensaba que era lo más fácil pero fui sólo un mes. Era muy complicado con los disquetes y todo eso. Además, había que estudiar. Yo no era burro, pero era muy vago y no estudiaba nada".

Cada vez que viaja vuelve con el firme propósito de estudiar inglés porque es consciente que es algo muy necesario. Cuando jugaba en México viajaban constantemente a jugar en Estados Unidos y se le complicaba. "Iba a comprar algo y empezaba con el ‘how much?’ y como no me entendían se me cruzaban las neuronas y era cada vez peor. Por suerte, apareció la maquinita traductora y me salvó la vida. Escribo la frase que quiero decir, aprieto el botón del idioma que necesito y les muestro. Con eso me hago entender".

EL "VIBORA". A los 16 años jugaba en Trouville y en la selección de Lavalleja de Básquetbol. Por esa época lo invitaron a un campamento de jugadores del interior para formar la selección uruguaya. "Yo había ido con otros dos de Minas y había uno de Salto, al que le decían el ‘Víbora’. Estábamos concentrados en San Carlos. Dormíamos todos juntos en cuchetas y en la esquina había un baile de hacha y tiza. El ‘Víbora’ me dijo para ir y apenas había pronunciado el ‘va’ de ‘vamos’ yo ya había dicho que sí. Nos escapamos por una ventana y volvimos a las 6 de la mañana. A las 9 entrenábamos y después el técnico iba a dar la lista de los que quedaban. Nosotros estábamos fascinados porque nadie nos vio, al menos eso creíamos. Pero el sereno nos había visto entrar por la ventana y le había contado al técnico. Cuando dio la lista nombró al ‘Víbora’ y a mí no. Es más, explicó que había uno que iba a estar pero por un acto de indisciplina quedaba afuera. Era yo. Al ‘Víbora’ lo llevó porque con 16 años medía 1m 98 y era su carta de gol. Agarré mis cosas y me volví a Minas. Le dije a mi padre que me habían eliminado sin darle más explicaciones, porque si no me mataba. El era un policía muy estricto, que siempre me había inculcado el deporte y la disciplina. Es más, cuando jugaba en Minas, si llegaba a salir la noche antes del partido, mi padre no me dejaba ir a jugar. Es así hasta el día de hoy. Para mí la peor crítica no es la de Jorge da Silveira, sino la de mi viejo. A veces le digo ‘después te llamo’ y le corto el teléfono porque me acalambra".

FUTBOL VS. BASQUET. De todas formas, la frustración de no haber quedado en la selección juvenil de básquetbol no duró mucho: "El fin de semana siguiente me llegó una citación de Rudy Rodríguez para la selección juvenil de fútbol que se preparaba para el Sudamericano de Colombia. Viajaban 20 y éramos 22. Eliminaron a Cabrera y se lesionó el hijo de Saúl Rivero. Me metí por abajo de la alfombra. Lloré abrazado de Cabrera, él lloraba por la eliminación y yo de alegría. Pasó así, fue Dios o el destino, pero en ese momento la balanza se inclinó para el lado del fútbol. En realidad, todo el mundo decía que lo mío era el básquetbol. Era habilidoso, desequilibrante y tenía buen tiro de afuera. Yo estaba jugado al básquetbol, pero el destino me hizo elegir el fútbol".

Y FUE VIOLETA. Viajó al Sudamericano, entró en el último partido y convirtió dos goles. A la vuelta Danubio, Nacional y Defensor Sporting se interesaron en su concurso. Iban a su casa en Minas a buscarlo y sus padres no sabían qué hacer. "La directiva del Nacional de Minas se quiso subir al caballo y pidió 10.000 dólares. Se pudrió todo. Mi padre fue a hablar con Aranbillete, uno de los directivos, y lo cazó del pescuezo. Se venían las elecciones en el club, entonces Bernardo Leis le dijo a mi viejo que se quedara tranquilo, que si ellos ganaban le iban a dar el pase a Defensor porque era amigo de Sobral y que los 10.000 dólares iban a ser para mí. Así fue y pasé a Defensor Sporting. De los 10.000 dólares, le di 2.000 al Nacional de Minas por el gesto. No tenía nada y ya andaba regalando".

Los primeros tiempos en la capital no fueron fáciles para el muchacho de 16 años. Vivía en la pensión de Defensor Sporting, en la calle Jaime Zudáñez y extrañaba muchísimo. "Comíamos como reyes. Nos traían 15 flautas y aquellos tarros de cinco kilos de dulce de leche. Queso Conaprole y Coca-Cola para acompañar las comidas. Tenía todo lo que nunca había tenido pero lloraba como un loco. Fadeuille me consolaba. Dormía en la cucheta de abajo y me tapaba para que no me vieran llorar. Por suerte tenía unos tíos, William y Quela, que me apoyaron mucho. El primer año fue el más duro, después uno empieza a conocer, hace amistades y se siente mejor".

El resto es historia conocida.

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