La historia de Almir: el Pelé blanco que "vengó" a Brasil del Maracanazo a los puños y fue asesinado en un bar

Empezó mil grescas, se dopó para ser campeón del mundo y se enamoró de las playas y la vida nocturna de Río de Janeiro.

El brasileño Almir Albuquerque en medio de una gresca
El brasileño Almir Albuquerque en medio de una gresca.
Foto: Arcihvo

Redacción El País
"Yo fui un marginal del fútbol”. Así comenzaban las memorias de Almir Albuquerque, un jugador de gran fama en el Brasil en la década de 1960, que la revista Placar comenzó a publicar en enero de 1973. Esa fama le correspondía por crack pero también por ser un hombre violento, de reacciones intempestivas. Tanto que antes que terminara la publicación de esas memorias fue asesinado en un bar de Río de Janeiro.

“Pelée mucho, hice jugadas desleales, pero dentro del límite normal en el mundo del fútbol, que no tiene la pureza que se piensa”, se explicaba.

A diferencia de otros futbolistas de su país, no vino de una favela ni sufrió hambre en su infancia, sino que pertenecía a una familia de clase media de Recife, donde nació en 1937. Pero en el fútbol no soportaba perder y estaba dispuesto a todo por lograr el triunfo.

Se hizo conocido por haber sido uno de los iniciadores de la descomunal gresca entre brasileños y uruguayos en el Sudamericano de Buenos Aires 1959. La pelea duró largos minutos, luego se reanudó el partido y tras el pitazo final se volvieron a tomar a golpes.

En aquel momento, Almir fue considerado un héroe por muchos en su país por haber “vengado” con los puños la derrota de Maracaná. Sin embargo, poco después, cuando defendía a Vasco da Gama le quebró la pierna a un rival, Helio, del América carioca. Helio nunca pudo volver a jugar y Almir comenzó a ser señalado como un hombre violento.

Jugaba muy bien, al punto que lo llegaron a apodar “Pelé blanco”, pero pese a pasar por importantes equipos nunca terminaba de consolidarse debido a un temperamento explosivo. Estuvo en Corinthians, Boca Juniors, Fiorentina y Genoa, hasta que en 1963 lo contrató el Santos, en plena época dorada de Pelé.

Allí era el suplente de O Rei, pero lo llamaron justo para una instancia clave: el segundo partido por la Copa Intercontinental de 1963, en Maracaná contra el Milan. El equipo italiano había triunfado 4-2 en su casa y para esta revancha Pelé estaba lesionado.

Santos ganó ese partido y luego la finalísima para consagrarse bicampeón mundial. Y Almir resultó gran figura. En sus memorias, confesó que había jugado dopado, por sugerencia del ayudante técnico del club. No sería tampoco la última vez que se dopaba.

Almir contó que el premio por ganar la copa era de 2.000 cruzeiros, con los que se podía comprar un Volkswagen cero quilómetro y entonces no lo pensó dos veces. No solo jugó bien, sino que le pegó a cuanto italiano encontró, así como su compatriota Amarildo, que defendía al Milan.

Después, Almir se fue al Flamengo. Con esa camiseta, en 1966 protagonizó otra gresca monumental, por iniciativa propia. Cuando su equipo perdía la final del Campeonato Carioca contra el Bangú, empezó a repartir puñetazos entre sus rivales para que no pudieran festejar. Y lo logró.

Terminó su carrera en el América de Río, en 1968. Solo tenía 31 años, pero ya estaba gordo, con el físico minado por el alcohol y las sustancias dopantes.

El retiro le trajo una paz aparente. Se enamoró de Río, especialmente de Copacabana, donde pasaba los días en la playa (se le atribuye ser uno de los inventores del fut-volei) y las noches en los bares.

La madrugada del 6 de febrero se produjo un incidente en un bar de la galería Alaska y un portugués llamado Artur García Soares lo mató de un tiro. También murió un amigo de Almir. Nunca quedó claro lo que ocurrió, pero hay versiones de que Almir, esta vez, no había tenido la culpa. La violencia que tanto buscaba lo encontró a él.

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