Julio Moreno da la impresión de tener menos años de los que dice su cédula, pero tiene cosas de la vieja escuela. Prefiere el encuentro con el periodista café de por medio; le gusta mirar a la cara y con frecuencia tiene una sonrisa en su cara. Disfruta de la charla como pocos, se lo nota distendido y feliz. Trabajó más de tres décadas en Nacional hasta que a fines del 2024 se jubiló.
-En 2024 empecé con dolores en la cadera. Fui al médico, me dijo que tenía artrosis, que la fuera llevando como pudiera. De mitad de año hacia adelante ya me empezó a costar, y decidí jubilarme para operarme tranquilo en 2025. Me operó el médico del club, Álvaro Arsuaga. Hoy estoy bárbaro, haciendo actividad física todos los días.
Precisamente, la entrevista se pactó mientras el profe estaba caminando por la rambla. Después se iba al club y llegó al diario El País antes de lo estipulado, como un niño que espera ansioso el momento del recreo.
-Me costó tomar la decisión y más aún porque me encantaba lo último que estaba haciendo, que era en la parte de rehabilitación de los lesionados. Tenía un muy lindo ida y vuelta con los jugadores, disfrutaba de la actividad. Lo que más extraño es el ida y vuelta con los jugadores, las conversaciones que tenía. Pasaba muy bien, trabajaba y disfrutaba, eso es un plus. Que te guste tu trabajo y lo disfrutes, realmente no tiene precio.
Julio Moreno comenzó a trabajar como preparador físico de Nacional en 1991, con Séptima y Octava División. Recuerda con lujo de detalles cada uno de los entrenadores con los que trabajó en cada una de sus etapas. Hizo todo el proceso de formativas como si fuera un jugador, hasta que llegó a Primera ni más ni menos que con el “Muñeco” Marcelo Gallardo. Se transformó en profe institucional (lo que también le dio estabilidad, pues no dependía del entrenador de turno) hasta que en los últimos años se encargó de la rehabilitación de los futbolistas.
-¿Qué implica ser el profe institucional de un club grande como Nacional?
-En primer lugar tenés un conocimiento de todo el funcionamiento del club y podés guiar a los muchachos que vienen en cuanto a cómo está funcionando el club. Tenés conocimiento de todos los jugadores, no solo de Primera, sino también de juveniles, que yo venía trabajando con ellos durante mucho tiempo. Pero el rol que más me gustó fue el de rehabilitador, en el final, por el contacto con los futbolistas que generás.
-¿Qué tuvo Julio Moreno para estar tantos años de forma ininterrumpida trabajando en Nacional?
-Lo primero es que tuve la suerte de tener excelentes compañeros de trabajo y muy capacitados, tanto en el área juvenil como en Primera División. Y lo que fui aprendiendo lo fui volcando a los demás compañeros de trabajo que tuve. Trabajé con Carol Nitzof, César Vega, Gerardo Panizza, Luis González, Alejandro Garay, Gustavo Bueno (con el que trabajé más tiempo: ocho años), Cacho Blanco, Marcelo Gallardo, Vasco Arruabarrena y todos los últimos técnicos pero ya como profe institucional o encargado de la rehabilitación de las lesiones.
-¿Qué significa Nacional para vos?
-Es todo. Pasé muy bien y estoy ultra agradecido. Me dio la oportunidad de desarrollar mi carrera profesional en primera instancia, disfrutarla y siempre me sentí muy valorado. Es un orgullo, nunca me pesó ir a trabajar.
Para Julio los vínculos, la parte humana, el intercambio, los valores, tienen una importancia notoria a la hora del desarrollo de las relaciones dentro de un equipo de fútbol. Por ello, quizás, es que quedó tan feliz de trabajar en la parte de recuperación y justo se dio en el tramo final de su carrera, cuando el don de la escucha se fortalece y la capacidad de aconsejar está más pulida. Pero la carrera de preparador físico también tiene sus momentos ingratos, que no solamente están asociados a los malos resultados. “Yo agarro mucho aprecio por la gente que trabajo, me involucro demasiado. Yo tenía la seguridad de que seguía más allá de los resultados, pero a su vez, cuando no se dan los resultados, ves preocupación, ves mal a los muchachos, no pasas bien y el día a día se hace tedioso. Nacional tiene muchas aristas, hay muchas presiones”, dice.
“Lo humano es la clave de todo. Hoy que estoy jubilado estoy disfrutando de las relaciones humanas que coseché en mi carrera y en los ámbitos que tuve. Las relaciones humanas son fundamentales, es lo que te hace tener la chispa de estar vivo, contento, de tener objetivos”, puntualiza quien ya lleva un año como jubilado.
“Tomo el mismo que vos”, dice Moreno frente a la consulta de qué café quiere tomar. Aunque cuando la charla se aproxima al final, la infusión ya está tibia porque apenas le dio el tiempo de probar un par de veces mientras el periodista pregunta. Se le llenan los ojos de lágrimas al hablar de Juan Izquierdo, a quien acompañó durante varios meses en su recuperación, cuando pudo jugar poco y nada fruto de una rebelde lesión.
-Con Juancito... Pah, me emociono, perdón... Él viene de México a Nacional, estuvo todo el año conmigo prácticamente, la pasó horrible. Tengo las dos camisetas que debutó; lo hizo con Miramar en Paysandú por Copa Uruguay, que terminó el partido y me vino a traer la camiseta, y después me trajo la de Liverpool cuando fue campeón... (llora). ¡Las vivencias que tuve con él en el día a día! Fueron charlas espectaculares, me contaba de la familia, de su pasaje por otros equipos, de sus inicios... Era un botija divino, disfrutaba del día a día con él. También fue muy feo lo del Morro García, lo del Oreja. Moreno también recuerda un hecho en particular.
-Recuperación compleja fue la de Facundo Waller. Se rompió los ligamentos en Plaza, hace la rehabilitación y viene a Nacional a terminarla y se me rompe, me quería matar, te hacés 50.000 cuestionamientos. Había creado un vínculo impresionante con él. Muchas veces los jugadores te piden un consejo, los escuchás, los intentás guiar. Yo era muy cercano, me daba cuenta cuando no los veía bien, porque algún problema traían de la casa. Si vos estás con un problema, no estás pum para arriba, estás más callado, no estás igual, el comportamiento te cambia. Sobre todo los gurises son muy genuinos, no te muestran dos caras. Si todos los días trabaja de una manera, y otro día no está igual, es porque evidentemente le pasa algo, no es porque se le ocurrió hacer las cosas diferentes.
“Pará, ¿Ese es el hijo del Cañón?”. Se levanta y se funde en un abrazo con el periodista Mateo Vázquez y se quedan hablando por unos minutos. Justo, Manuel “El Cañón” Vázquez había sido su compañero en el ISEF y son grandes amigos hasta el día de hoy. Es que los vínculos son el gran tesoro de Moreno... La entrevista no podía terminar de otra manera.
Moreno, el profe de Gallardo en su primera experiencia como DT
“Lo que más me sorprendió es que en los momentos que estaba más álgida la cosa, la tranquilidad que el loco tenía y demostraba. Tuvimos momentos complicados, aquel momento con Bella Vista que perdimos 1-0 en el Estadio, que el run run del vestuario era que lo cambiaban. Hubo una reunión con Alarcón, y Daniel Enríquez lo apoyó a muerte, ahí se decidió que seguía y a partir de ahí hicimos un clic y se dio vuelta la cosa", sostuvo.
"Lo otro que me llamaba la atención es que cuando me juntaba a hablar con él, el loco me miraba y no me contestaba rápido, como que pensaba lo que me iba a decir; al principio, cuando no lo conocía, como que me ponía nervioso. Él meditaba la respuesta y después te la decía y eso es muy bueno, porque yo soy en cuanto a eso muy atropellado para hablar, lo estás viendo ahora, ja. Soy ultra atropellado, y eso no es bueno. Y hay que darse una pausa para escuchar al otro, y eso él lo tenía muy marcado y lo hacía bárbaro. Lo empecé a conocer con el trabajo, yo con el que tenía más afinidad era con el profe Tulbovitz, que habíamos sido compañeros de clase”, sentenció.
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