Este Brasil, ¿es o se hace? ¿Está hecho pedazos o está para irse armando con el rodaje y el punto físico-futbolístico que puedan ir agarrando algunas de sus principales figuras -como Emerson, Adriano y Ronaldo- con el transcurso del campeonato?
A estar por el festejo del agónico segundo gol con que aseguraron lo que hasta esa altura del partido era un resultado incierto frente a Australia, que más que una celebración pareció una expresión de alivio y desahogo, Brasil es y no se hace. Es decir, los brasileños ganan, ya se clasificaron para la segunda fase y van a ser los primeros del Grupo, pero el volumen de juego que muestran está muy -pero muy- por debajo de sus posibilidades.
Es más, el de Parreira por muchos momentos es un equipo lento, estático, carente de explosión y dinámica, que es algo que sólo adquiere cuando Kaká arranca proponiendo jugadas individuales o cuando Roberto Carlos se desdobla para meter centros o zapatazos en el ataque.
Ahí está el alma del cuadro. Y basta. O poco más, como pudo ser la ejecutividad que mostró Adriano para convertir el gol a los 4` de la segunda etapa, aprovechando las ventajas que le dio en la ocasión la defensa australiana.
Después, al menos ayer, Emerson pareció un veterano que acusó el cansancio del trajín realizado contra Croacia, Ronaldo está impreciso y parece una estatua, y Ronaldinho también empezó a caminar con la pelota, más que nada porque, salvo a Kaká, no sabe a quién dársela.
Ante este Brasil, Australia pegó casi tanto como contra Uruguay en el repechaje, se paró a marcar en zona sin establecer marcas personales, y con tres en el fondo, cuatro en el mediocampo, dos enganches y el siempre tosco Viduka adelante, primero se mantuvo fuera del poder de fuego que tienen las individualidades brasileñas en materia atacante hasta que llegó el gol de Adriano, y de ahí en más Hiddink empezó a hacer cambios ofensivos, pa-ra terminar jugando con Aloisi, Viduka y Kewell arriba y crear tres o cuatro jugadas de real peligro -una de ellas la sacó Dida en gran atajada- para la valla adversaria.
Parreira, por su parte, también jugó sus cartas: de nuevo hizo entrar a Robinho por Ronaldo, que esta vez se fue enojado, y -fundamentalmente- incluyó a Gilberto Silva para que ayudara a Ze Roberto, que al fin de cuentas es el que sostiene el techo de la casa. Y así, aunque sufrió, porque pasó más de un susto, ganó. Primero aguantó el 1-0 y después lo remachó con el gol de Fred, de contragolpe, en los últimos instantes.
Pero eso no es lo que está en tela de juicio, al fin y al cabo. La cuestión es que no hay alegría. No hay "jogo bonito". No hay espectáculo. Y eso, ante rivales como Croacia y Australia, da para pensar; o al menos para preguntarse: ¿Brasil es así, o se hace?