Siempre que se abre un cuerpo muerto para su estudio, el aroma golpea al analista. Da igual que el objeto sea humano, animal, o en este caso, conceptual, ya que hablamos de la campaña del oficialismo que terminó la semana pasada, con un sonoro cachetazo de las urnas.
Es claro que no hay una única razón que explique la derrota de un gobierno que venía con números positivos y apoyo de más del 50% a su presidente. Pero hay un tema del que se habla mucho por estas horas que es la llamada “batalla cultural”. De hecho, un editorial publicado por El País el pasado martes, y que generó bastante ruido, lanzaba una tesis que después fue retomada por el amigo Rafael Porzekanski: el oficialismo no entendió que si no generaba una pugna que disputase el sentido común de la gente, iba a perder. Porque ante un choque simpático entre dos ofertas muy similares, el electorado opta por el FA.
Ahora bien, ¿de qué hablamos cuando decimos “batalla cultural? Tal vez es necesario empezar por lo que no es. No se trata de insultar, de descalificar, o de importar el lenguaje vituperante de Milei o Trump. No. Eso se justifica en sociedades agrietadas, o donde hay profundos rencores ocultos. Eso en Uruguay, por suerte, no existe.
Tampoco es disfrazarse Ayn Rand, y salir a ofrecer la motosierra como respuesta a todos los problemas del país. Si usted nos pregunta, el Estado uruguayo agradecería un tratamiento de motosierra en muchas partes. Pero no es lo que piede la gente, ni conseguiría inclinar la balanza electoral. Y tampoco sería consistente con un gobierno que ni cerró el portland de Ancap.
Pero la batalla cultural si implica polarizar. Una elección es una lucha entre distintas formas de ver la política, el Estado, la sociedad. Y en un país con matriz socialistoide como este, si vos no explicás por qué hace falta cambiar, si no mostrás claro cuál es el choque de fondo, marchás. Y lo increíble es que el Frente Amplio hoy da cachones enormes en ese sentido.
Por ejemplo, los sindicatos son la institución peor valorada en la sociedad. La gente sabe que lejos de ser el defensor de los pobres y oprimidos, hoy son un brazo político de ideas anacrónicas y minoritarias, que privilegian en muchos casos su interés corporativo, por sobre el general. Y que tienen un vínculo carnal con el FA.
Es una papa, políticamente, confrontar con esa visión, y plantear que la pugna era entre los Abdala, los Joselo López, los Molina, y quienes buscan modernizar el país. Entre la ley y la prepotencia, entre el statu quo y quienes los costos laborales impuestos por las demandas sindicales, tienen fuera del mercado de trabajo.
Nadie lo hizo. Tal vez Gonzalo Baroni que tuvo un choque al final de la campaña con los gremios educativos, pero nadie más. ¿Usted se lo explica?
Otro renglón donde las ideas del FA se han alejado del sentido común general es lo que tiene que ver con el feminismo, la diversidad sexual, y toda esa agenda identitaria y “woke”. Hay temas que estamos todos de acuerdo, pero a medida que esos se han ido resolviendo, las demandas van por carriles que alienan a la mayoría de la sociedad. Los abusos en materia judicial contra los padres, los tratamientos de cambios de sexo en menores, los discursos al estilo Lilián Abracinskas, etc, etc.
Es verdad que el MPP es tal vez dentro del FA el que menos va por ese lado. Pero confrontar en esa línea genera un corte claro que te pone mucho más cerca del uruguayo medio.
No se hizo nada en ese sentido, salvo una salida de la pro secretaria Mariana Cabrera hace meses hablando de las injusticias del sistema judicial con los padres, sola y mal organizado.
Estos son apenas dos temas, pero hay muchos más. El enfoque buenoide sobre la marginalidad que campea en las calles, el rol aplastante del Estado versus el derecho a diseñar tu propia vida, el acoso a la libertad de expresión, y la histeria “generación de cristal” con los microfascismos.
¿Sabe qué? A esta campaña, y tal vez al gobierno, le faltó más Cabildo Abierto y menos Partido Independiente. Lo decimos de manera conceptual y a la hora de apuntar al electorado, no porque hubiera que reivindicar el clienteleismo en el Ministerio de Vivienda, y ponerse facho con las drogas.
¿Por qué? Y porque si voces claramente interesadas te están insistiendo que es todo lo mismo, que no importa quien gane, o que las dos ofertas electorales son “Atchugarry”, es porque te están cocinando. Por el contrario, si te peleás con los conductores de los matinales de TV, si te putean en Twitter, si te condenan Unicef y el Sindicato Médico... bueno. Eso quiere decir que tenés más chance de estar conectando con el electorado que te puede ganar una elección.
La política, como bien dice Milei, a diferencia de la economía es un suma cero. Si vos no ganás el poder, lo tiene otro. Y un político al que no le gusta pelear, intelectualmente hablando, es como un forense al que le da asco hundir el cuchillo en un cuerpo maloliente.