El riesgo es que el ajuste anunciado por el gobierno de Milei tenga un efecto similar al de la ofensiva israelí en la Franja de Gaza.
Nadie está en desacuerdo con el objetivo de destruir totalmente a Hamas. Después del pogromo sanguinario del siete de octubre, todos avalan la eliminación total de la organización terrorista, desde los milicianos rasos hasta los comandantes y dirigentes políticos. Pero la operación en marcha para alcanzar ese objetivo cuesta una inmensidad de vidas y sufrimientos civiles por cada terrorista abatido. Y el resultado es que en la retina de la humanidad ya no está el crimen abominable que cometió Hamas en los kibutzin y aldeas agrícolas de Israel, sino las muertes de miles de civiles, incluidos millares de niños, y la destrucción de sus hogares, hospitales y escuelas.
A esta altura, hasta las potencias aliadas de Israel le reclaman treguas y le reprochan los daños que está provocando en la población civil la ofensiva contra Hamas. La señal más contundente del revés político que le está causando a Netanyahu su probable éxito militar en la Franja de Gaza, es que Estados Unidos haya empezado a exigir un cambio de gobierno en Israel, señalando el extremismo de la administración que el Likud comparte con partidos del fundamentalismo hebreo y la necesidad de volver a avanzar hacia la creación del Estado palestino que se había acordado en Oslo.
Netanyahu prometió liquidar a Hamas, pero los que están cayendo de a miles son los civiles. Y esas muertes y destrucción entre los gazatíes es el combustible que alimenta a la organización terrorista y el cincel que talla el estigma sobre Israel.
En otras palabras, eso es exactamente lo que quiso Hamas al lanzar el sanguinario pogromo del siete de octubre: el ataque terrorista de aquel sábado negro fue el movimiento táctico, mientras que el objetivo estratégico era provocar el ataque israelí tal cual ocurrió.
En otra dimensión de la realidad, el aislamiento de Israel por la ofensiva que lanzó Netanyahu puede aportar una clave sobre el riesgo social y político de la implacable embestida que lanzó Javier Milei contra el déficit fiscal que lleva décadas devorando la economía argentina.
El economista que logró un respaldo abrumador en las urnas, fue el primer candidato que prometía un durísimo ajuste en la campaña electoral. Pero decía que el peso de ese ajuste caería sobre “la casta” política. Esa nomenclatura de burócratas que viven del Estado y son la causa de la decadencia económica, política y social de la Argentina.
El grueso de la gran masa de votantes que depositó a Milei en la Quinta de Olivos, lo veía diferente. Él no miente ni actúa personajes correctos y sensibles. No se saca fotos besando bebés sino acariciando perros. No abraza abuelas ante las cámaras ni exhibe el mate y el termo sobre el escritorio para hacerse pasar por “uno más” de las desventuradas clases medias y bajas de Argentina.
En síntesis, a Milei lo votaron porque lo ven auténtico en un escenario colmado de hipócritas y simuladores. Pero lo votaron para que al ajuste imprescindible lo pague una “casta” privilegiada de inútiles. Y es probable que el ajuste anunciado por el ministro Luis Caputo desgarre aún más a las clases media y media baja. Que achique aún más su poder adquisitivo. Que les complique la realidad más de lo que ya la tienen complicada.
Si la suspensión de la obra pública y otras medidas anunciadas, al mismo tiempo que encarecen la vida provocan el cierres masivos de negocios y empresas, un mar de gente será empujada a la desesperación. Los seis meses que pasarán hasta que la economía vuelva a emerger, curada de los tumores cancerosos que la devoran por dentro, serán una costa demasiado lejana para llegar a ella sin naufragios y ahogamientos masivos.
Si eso ocurre, el de Milei no habrá sido un buen plan, sino uno más de los intentos de refundación económica saneada de populismos calamitosos, que naufraga antes de llegar a puerto. El éxito de una operación no está sólo en extraer la totalidad de un tumor, sino en que el paciente sobreviva. De poco sirve un cuerpo totalmente liberado de tumores malignos, si la forma de extraerlos causó tanto dolor y sangrías que hizo colapsar el corazón.
El dolor debe ser soportable para las clases medias y medias bajas. Lo que debe colapsar es “la casta” que prometió extirpar Milei. Y aún en ese caso, resulta indispensable que destruir esa “casta” no tenga el precio que está teniendo la destrucción de Hamas en la Franja de Gaza. Que el cálculo de Netanyahu no fue el más acertado sino, por el contrario, funcional a la organización terrorista Hamas, se lo acaban de señalar Estados Unidos y la votación en la ONU.