La pobreza en Uruguay y otros países de América Latina, es enfocada muy seriamente a través de un informe elaborado por el Banco Mundial, bajo el título "Reducción de la pobreza y crecimiento: círculos virtuosos y círculos viciosos".
Pobres, a los fines de este trabajo, son considerados aquellos que viven con menos de dos dólares diarios.
Reconforta comparativamente, el que Uruguay, al igual que Chile, presente los índices más bajos de pobreza (5 por ciento de la población en ambos casos) de la región. Les sigue Costa Rica con el 9 por ciento. En Argentina, por ejemplo, un 16 por ciento de los habitantes vive con menos de 2 dólares diarios. En el extremo más agudo de pobreza está Haití, donde el Banco Mundial estima que entre el 73 y el 83 por ciento de los habitantes se encuentran en esta penosa coyuntura. Bolivia, Ecuador, Honduras, El Salvador, Guatemala y Jamaica, tienen cerca del 40 por ciento de la población por debajo de la línea de pobreza.
Reiteramos que es relativamente bajo el índice de Uruguay. Esto no quiere decir que nos podamos declarar complacidos. Con un cinco por ciento, la pobreza se percibe entre nosotros, se traduce en tragedias diarias, en dramas que vemos en las calles, gente que habita viviendas insalubres, niños que no reciben educación y deben salir a las calles a mendigar o a hacer trabajos impropios, así como en creciente delincuencia. Evidentemente que en naciones donde la pobreza se eleva por encima del 70 por ciento a menudo se dan circunstancias de vida que para nosotros serían inimaginables. Pero el 5%, para quienes lo sentimos a diario, duele.
Es por esta razón y porque estamos insertos en este Continente, que hay que también prestar atención a otros lineamientos que emergen del estudio del BM. Allí se afirma: transformar al Estado en un agente que promueva la igualdad de oportunidades y practique la redistribución eficaz es quizás el desafío más urgente que enfrenta América Latina. Enfatiza además la necesidad de apostar a la calidad de la enseñanza y la de que se realicen mayores inversiones en infraestructura, las cuales beneficiarán a las regiones rezagadas y aumentarían el acceso de los pobres a los servicios públicos.
Se afirma que si la pobreza cayera un 10 por ciento en América Latina, el crecimiento económico aumentaría el 1% anual. Entraríamos entonces en un "círculo virtuoso" puesto que dicho crecimiento a su vez ayudaría a reducir la pobreza.
Salir de esta circunstancia se impone en todas las naciones americanas, tengamos el 5 o el 80 por ciento de los nuestros viviendo la tragedia de la existencia marginal.