Mientras en Uruguay seguimos realizándole un análisis exegético a cada chat de Astesiano, con el giro de la oscura participación de Gustavo Leal, la situación local contrasta claramente con la realidad regional. Uruguay es un paraíso de estabilidad política, institucional y económica en una región convulsionada. Los ejemplos abundan y vale la pena contrastarlos con los problemas que inventamos en nuestro país.
Comenzando por la realidad cercana, Argentina, está al borde del precipicio pero es difícil dilucidar cuando finalmente caerá. Es evidente que el plan del actual Ministro de Economía es el “plan llegar”. ¿A dónde? Hasta las elecciones sin que le explote la bomba. El detonante podría ser el agotamiento de las reservas del Banco Central y una disparada del tipo de cambio. En un país que ya tiene una inflación anual del 100% y una pobreza cercana a la mitad de la población una nueva crisis podría tener consecuencias sociales devastadoras y consecuencias políticas impredecibles. En todo caso, ese país extraordinario que supo ser uno de los más ricos del mundo, hoy, como consecuencia de la degradación cultural que arrastra desde hace décadas, de groseros errores de política económica y de su gran corrupción muestra un camino de involución del que no saldrá en el futuro cercano.
Por otro lado, Brasil se debate entre el Lula moderado de los discursos en el exterior o el Lula radical que amenaza al Banco Central y dice que no firmará el tratado de la Unión Europea de los discursos vernáculos. El Ministro de Economía designado, por cierto, no ayuda a traer tranquilidad y es evidente que las inversiones se encuentran en stand-by en espera de tratar de discernir cuál es el verdadero rumbo. Si gana el pragmatismo tendrá problemas con su base electoral enardecida en el enfrentamiento electoral con Bolsonaro. Si responde a su base, la economía enfrentará serios problemas. Y todo lo anterior en el contexto de un Parlamento que no le responde y con el que tendrá que negociar cada medida con grandes esfuerzos.
Chile, por su parte tiene un presidente que ha demostrado una capacidad extraordinaria para dilapidar un enorme capital político en muy poco tiempo. Ha logrado decepcionar a sus partidarios y a sus detractores con el mismo éxito, mostrando una impopularidad récord que en algunas encuestas supera el peor momento de su antecesor en medio del estallido social. Con un agravante, que es que mientras el gobierno de Piñera tenía ministros y funcionarios que tomaban medias y reaccionaban a la realidad que sufrían, la administración de Boric no encuentra la manija para conducir las políticas públicas. Chile sufre un gobierno radical e improvisado, que pese a el sentido común que ha mostrado su presidente para denunciar con claridad las dictaduras del continente, en materia de políticas internas no encuentra ni las medidas adecuadas ni quienes puedan ejecutarlas. El giro que parece haber tomado para basarse en la experiencia de políticos de la extinta Concertación puede darle una mejor base de sustentación, pero desde una posición muy compleja que parece difícil que pueda revertir.
Ecuador, por su parte, pese a los empeños del presidente Guillermo Lasso, parece estar cerca de perder una gran oportunidad. El gobierno en las elecciones de este mes fue claramente derrotado en las elecciones locales y en el referéndum al que convocó a la población. El resurgimiento de Rafael Correa, pese a la acumulación de causas en su contra y que esté prófugo de la justicia en el exterior, es una realidad dolorosa para el país del Atlántico.
La Colombia de Petro parece dirigirse sin escalas a un gobierno socialista que pondrá severas limitaciones al desarrollo del sector privado, cortando el surgimiento económico que ese país había vivido con Iván Duque. Las siempre fracasadas recetas del socialismo se encaminan a brindar una nueva demostración de su infalibilidad para hundir en la pobreza a las sociedades dónde se aplican.
Perú, por su parte, se sumerge en una profunda crisis luego del intento de autogolpe del presidente Castillo, apoyado insólitamente por la izquierda de nuestro país, mostrando nuevamente las falencias de sus credenciales democráticas.
En definitiva, una vuelta a la región alcanza para ver que Uruguay, sin estridencias y con buenas políticas logra lo que ningún otro: crecer, crear empleos, mejorar los ingresos y avanzar en la calidad de vida de sus habitantes.