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Vení Víctor, que algo tuviste que ver en esto”. Con esas palabras, el Presidente invitó a Víctor Rossi a acercarse a cortar la cinta inaugural de la Terminal de UPM en el puerto de Montevideo.
Quien fuera Ministro de Transporte y Obras Públicas de los dos gobiernos de Tabaré Vázquez dijo que fue “un reconocimiento generoso”. En realidad el reconocimiento existió, pero más que generoso fue fundado y veraz, ya que el acuerdo con UPM no nació en este período y proviene del gobierno anterior.
Con sus alegres expectativas económicas y con el claroscuro constitucional de sus cláusulas secretas, el contrato con UPM fue faena del Frente Amplio, cumplida con disciplina aplicada a hacer desde el poder lo que había condenado desde la oposición. El actual gobierno se limitó a ejecutar lo que encontró ya firmado y atado. Cumpliendo su palabra, respetó la tradición nacional de obedecer la regla internacional “pacta sunt servanda”, según la cual los tratados obligan a las partes y deben mantenerse y cumplirse de buena fe.
Por tanto, si un “reconocimiento” hizo el primer mandatario al llamar al estrado al exministro, lo reconocido fue el origen de la obra que inauguraba, es decir, la verdad histórica de la que fue testigo el país entero. Eso merece destaque, ya que el tributo honesto al papel positivo del adversario merece constituirse en ejemplo, en un país que soporta desde hace largas décadas el repicar de fanáticos que juegan a las escondidas con la memoria, flechan su sensibilidad y en vez de dialogar, agreden.
El hecho merece destaque también por otra razón: haber cortado juntos Lacalle y Rossi la primera cinta solemne de la mayor obra que tenemos en el horizonte, actualiza el viejo proyecto constitucional de un Uruguay forjado por luchas cívicas recias pero respetuosas y constructivas. Si viviéramos tiempos de alto civismo y plena conciencia de fines comunes, el episodio del miércoles no sería ni anécdota. Pero venimos de una etapa en que para muchos la alineación y la militancia valen más que el pensar y el reflexionar, con lo cual la pertenencia ululante rinde más que la libertad reflexiva y creadora.
Por tanto, hay que desear que el gesto del Presidente Lacalle Pou y la benevolencia con que lo recibió el exministro Rossi sirvan para mucho más que la inauguración que compartieron. Si simbolizan la concordia -es decir, la conjunción de corazones-, hagamos que el símbolo se haga carne y obra.
No bastan las tomas de unos con otros ni bastan los pedidos de bajar tonos y moderar confrontaciones, como el que formuló hace cuatro semanas el expresidente del Pit-Cnt -ungido Presidente y vocero del Frente Amplio. Hace falta enriquecer al país con la puesta en valor de conceptos básicos en que podemos y debemos coincidir. Y hace falta cultivar el pensamiento, el diálogo y el sentido común por encima de lemas.
La convivencia cívica, igual que la convivencia familiar o laboral, no se agota en ponerse unos al lado de los otros, con el gobierno en manos de los últimos que ganaron las elecciones y con la oposición obsesionada por azuzar votantes en busca de revancha. La vida republicana requiere diálogos de calidad, que no se ahoguen en relativismos paralizantes y preludien acciones vigorosas. Ese es un mandato universal, porque el Estado de Derecho es la consagración institucional del pensamiento libre de origen socrático. Pero además es un imperativo específico para esta época, donde las elecciones -en estos días, Brasil e Italia- se definen por opciones binarias que contraponen populismos de izquierda y de derecha, agitando consignas intolerantes en vez de impulsar ideales inspiradores.
El tributo honesto al papel positivo del adversario merece constituirse en ejemplo, en un país que soporta desde hace largas décadas el repicar de fanáticos que juegan a las escondidas con la memoria.
Todas las experiencias hechas, en el Uruguay ningún gobierno suprimió la iniciativa privada, ningún gobierno borró al Estado, ningún gobierno canceló la asistencia a los desvalidos. La protección a los débiles y la cooperación público-privada integran nuestro modo de ser y se asientan en la Constitución. Por tanto, más allá de sesgos ideológicos y de intereses, tenemos amplio margen para ordenar el clima público y reencontrarnos no solo en algún festejo ocasional sino en la búsqueda común de luces y caminos para los próximos 20 o 50 años, sin los bolsones de miseria, ignorancia y drogadicción que hoy nos avergüenzan.
Eso requiere reconstruir la idealidad, la lógica y el rigor del pensamiento, suscitando inquietudes e ideas sobre lo que debe ser, en vez de recopilar datos para tabular lo que va siendo.
Y requiere vivificar el clima de un país que, en el mundo de hoy, tiene todo para ser feliz y sobresalir, a condición de que gobernantes y gobernados ampliemos nuestra conciencia.