Treinta y ocho años después de Juan Pablo II, un Papa vuelve a pisar suelo uruguayo. León XIV llegó el viernes a Montevideo, ayer celebró misa en Paysandú y presidió la vigilia en el Estadio Centenario, y hoy estará en Florida, a los pies de la Virgen de los Treinta y Tres, la misma imagen ante la que rezó su antecesor en 1988. Es apenas el segundo Pontífice que visita el país en toda nuestra historia.
Juan Pablo II llegó en 1987 a un Uruguay que recién salía de la dictadura, todavía con heridas abiertas, y volvió al año siguiente para recorrer Melo, Salto y Florida. Quienes lo vivieron recuerdan aquellas jornadas como un momento de reencuentro, en que un país dividido se juntó en la calle por algo que trascendía las diferencias políticas. Algo de eso se vuelve a sentir ahora.
León XIV es el primer Papa nacido en América, un agustino de Chicago que pasó buena parte de su vida como misionero y obispo en Perú, que conoce de primera mano la realidad de este continente y que eligió empezar por Uruguay su primer viaje apostólico a Sudamérica. No es un detalle menor para un país chico, acostumbrado a que los grandes de este mundo pasen de largo rumbo a Brasil o Argentina.
Su figura trasciende largamente lo religioso. Es el líder espiritual de casi 1.400 millones de católicos en todo el planeta, y de más de un millón de uruguayos, pero además es una de las pocas voces que todavía se escuchan con respeto en un mundo crispado, con guerras abiertas en Europa y Medio Oriente y una polarización que envenena todo tipo de debates. Millones de personas que no pisan una iglesia ven en él a un mensajero de la paz y del amor, y eso en estos tiempos no abunda.
Sus primeras palabras desde el balcón de San Pedro fueron “la paz esté con todos ustedes”, y habló de una paz desarmada y desarmante. Desde entonces no ha dejado de repetirlo, con una serenidad que contrasta con el griterío ambiente. La paz espiritual que ha reinado en nuestro territorio por estos días, junto a una profunda emoción dan cuenta de la enormidad del episodio.
Todo esto ocurre en el país más laico de América Latina. El Uruguay que le cambió el nombre a la Semana Santa por Semana de Turismo y a la Navidad por Día de la Familia, el que hace un siglo sacó los crucifijos de los hospitales y que en 1987 discutió en el Parlamento si la cruz de la misa de Juan Pablo II podía quedarse en Tres Cruces. La cruz se quedó, y hoy forma parte del paisaje sin que la República se haya derrumbado.
Por eso para quien no comprende la fe católica puede haber imágenes que le llamen la atención. Familias enteras viajando a Paysandú y a Florida, parroquias organizando excursiones desde hace meses, jóvenes que nunca habían visto a un Papa más que en una pantalla, y muchos uruguayos que no son católicos ni practicantes siguiendo la visita con genuino interés. Es un resurgir espiritual que va bastante más allá de los fieles, y que demuestra que la laicidad bien entendida nunca puede ser hostil hacia la fe, sino respeto por la libertad de cada uno. Este viaje le hace mucho bien al país. Uruguay necesita ese mensaje, y lo necesita más de lo que muchos están dispuestos a admitir. Un país donde barrios enteros viven con miedo, las familias se rompen, los problemas de salud mental crecen sin que nadie sepa bien qué hacer y la violencia es parte de lo cotidiano, necesita que alguien hable de paz.
También lo necesita la vida pública. El debate político se ha vuelto áspero, cargado de rencores y de ganas de destruir al adversario más que de convencerlo. Un poco de la templanza que transmite León XIV no le vendría mal a más de un dirigente, de un lado y del otro.
No se trata de pedirle al Papa que resuelva lo que nos toca resolver a nosotros. La seguridad, la educación, la pobreza infantil, son responsabilidad de los uruguayos y de sus gobiernos. Hay algo que ningún plan de gobierno puede dar, y que una visita como esta sí puede despertar, la conciencia de que sin paz, sin amor al prójimo y sin un mínimo de concordia, ningún proyecto de país llega muy lejos.
Hoy, cuando León XIV se despida desde Florida dejará algo más que imágenes para el recuerdo. Dejará un mensaje resonando en los espíritus y las conciencias al que vale la pena hacer lugar.