¿Un fiasco libertario?

Al final bien dice el dicho que sabe más el diablo por viejo que por diablo: muchos dicen ya que toda la parafernalia innovadora y rupturista en Argentina que llevó al poder a Milei terminó siendo, una vez más, fuego de artificio sin mayores derivaciones, en un país dominado hace décadas por una mayoría, absoluta o relativa, de corazón peronista.

Esos viejos que saben por viejos recuerdan, por ejemplo, todo el sentido rupturista con el que llegó Menem al poder en 1989. Aquello de la revolución productiva duró poco, es verdad. Pero el oficialismo se adaptó enseguida a su nuevo tiempo liberal internacional y, con aquel programa del 1 a 1 de paridad del peso y el dólar, terminó dominando la inflación. Logró además, con su apertura comercial y su convicción privatizadora, una ola de inversiones que cambió el rostro de Argentina, mejorando radicalmente sus infraestructuras y generando un boom de crecimiento económico que perduró durante casi una década.

Luego del cimbronazo enorme de la crisis de 2001 y 2002, esos viejos también recuerdan cómo llegó el kirchnerismo al poder en 2003. Fue, de nuevo, un discurso totalmente rupturista con lo anterior, fundado esta vez en bases totalmente izquierdistas con lógicas peronistas e incluso filo- montoneras. Aquello significó la ruptura con el FMI, la progresiva intervención estatal en la economía, el no pago de gran parte de la deuda externa, y todo con un crecimiento económico sustentado en un boom agrícola totalmente ligado al auge descomunal de China, particular protagonista del comercio mundial y plenamente necesitada de materias primas para apuntalar su propio crecimiento de vértigo.

Los más viejos dicen también que todo aquello no tenía salida razonable posible y la bomba explotó con el desquicio de la presidencia de Alberto Fernández, puesto allí por Cristina Fernández. De nuevo, quien evalúe que Argentina vive de ciclo en ciclo dirá que con el triunfo de Milei en 2023 ocurrió lo previsible: una elección ganada por quien prometió salir de ese pantano lleno de corrupción y miseria, sobre la base de un ajuste económico enorme y que asentaría las bases de un crecimiento futuro posible y de larga duración.

La etiqueta del discurso de Milei ha sido la de “libertario”. Así fue que en estos dos años se estabilizó la economía, se procesaron reformas desregulatorias y se ordenó un poco la casa. Pero no porque se esté realmente ante un verdadero proceso refundacional, sino porque, como viene ocurriendo hace tantas décadas, esta ha sido la forma que encontró esta vez la Argentina para narrase a sí misma una especie de nueva etapa disruptiva. No es que se crean en serio, allende el Plata, todos los excesos y los discursos agresivos de su presidente. Simplemente, ha representado el camino posible que han encontrado para salir del atolladero kirchnerista.

¿Estamos iniciando entonces, quizás más rápidamente que en épocas anteriores, el ocaso del período de renovación argentino, esta vez de Milei y llamado libertario? Hay algunos indicios potentes que así lo indican. Por un lado, todo aquello de diferenciarse de la casta quedó sepultado tras el conjunto de sospechosas actuaciones del mano derecha del presidente, Adorni. Como si fuera una película siempre repetida, de nuevo aparecen fondos extraños, enriquecimientos rápidos y explicaciones insuficientes. Sin contar, claro está, episodios que van en el mismo sentido pero más cercanos aún al presidente, como por ejemplo todo el operativo financiero llamado Libra, que explotara hace más de un año y que sigue pendiente como una espada de Damocles sobre la credibilidad presidencial.

Por otro lado, importa entender que el triunfo de 2023 de Milei, y su posterior ratificación legislativa de octubre del año pasado, de ninguna forma se asienta únicamente sobre bases propias. El discurso libertario, la posición de Milei, el cerno oficialista, son una parte de los apoyos al gobierno que, además, para formar mayorías más amplias, precisa de sustentos políticos distintos: por ejemplo, el macrismo, que sigue teniendo su qué decir en el escenario partidario argentino. Y todos esos apoyos, de círculos concéntricos, no creen fanáticamente en los discursos del presidente: si la inflación no baja como prometido y si la corrupción se empieza a notar, pueden perfectamente dejar de apoyar el proyecto rupturista iniciado en 2023.

Es difícil saber si estamos ya ante un fiasco libertario en Argentina. Pero el mero hecho de que la pregunta no resulte extraña ya está marcando un cambio.

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