El PIT-CNT ha propuesto reducir la jornada laboral de 48 a 40 horas sin discutir productividad, con el mismo salario y sin discutir otros asuntos. Básicamente quieren un incremento real en todos los salarios en torno al 20% sin ninguna justificación y sin prestar atención a si las empresas pueden pagarlos en un contexto en que el mercado laboral se viene enfriando rápidamente. Pare absurdo, si no fuera porque el Ministerio de Trabajo también está instalando el tema con mesas de diálogo y, por tanto, el gobierno se muestra afín a la iniciativa.
Conviene empezar por lo obvio, nadie está en contra de que la gente trabaje menos y viva mejor. El agotamiento existe, los padres que no ven a sus hijos existen, y la jornada uruguaya se rige por una ley de 1915 que ya cumplió más de un siglo. Todo eso es cierto y no está en discusión. Lo que está en discusión es el orden de los factores, primero las condiciones -productividad, inversión, formalización-, después el reparto de esas ganancias, que perfectamente puede incluir menos horas. Al revés, es poner el carro delante del caballo, y después extrañarse de que no avance.
El estado de situación no ayuda al entusiasmo. La economía creció apenas 1,8% en 2025 y se proyecta 1% para 2026, la productividad media del trabajo lleva una década prácticamente planchada, seguimos arrastrando un atraso cambiario que castiga a cualquiera que exporte, el desempleo juvenil trepa al 25% y la informalidad, que es la más baja de la región, supera el 35% en el norte y la frontera. Sobre ese cuadro se propone encarecer la hora un 20%. El propio presidente Orsi puso la condición con claridad, la reducción tiene que ir atada a la productividad, “porque la ecuación tiene que cerrar”. Hoy no cierra, y no hay forma de que cierre por decreto.
Se dirá que la productividad ya subió y se la quedó el capital. Parte de esa ganancia se distribuyó, subió el salario real y bajó la informalidad, eso también está en los números. Y lo que subió, subió despareja, se concentró en los sectores intensivos en capital, no en el comercio, la gastronomía, los cuidados o la construcción. A eso se suma que la discusión en el marco de consejos de salarios vetustos a todas luces, con categorías de trabajo absurdas e imponiendo las mismas condiciones a empresas grandes y chicas, de Montevideo y del interior, a las que les va bien y a las que le va mal es un absurdo gigantesco. Esta sí es una discusión pendiente para mejorar la suerte de los trabajadores en nuestro país.
Después está el argumento de que se paga solo, que con menos horas sube la productividad por hora y bajan las licencias, así que la empresa termina ganando. Si se pagara solo no haría falta una ley, las empresas lo adoptarían por conveniencia y a nadie le haría falta una movilización.
Que haya que obligar es la mejor prueba de que en buena parte de la economía no se paga solo. Los pilotos que se citan a grito pelado -Islandia, Reino Unido, Francia- fueron voluntarios, en sectores autoseleccionados de oficina y con rediseño de procesos. Eso no se generaliza por decreto a la industria, al agro, a la salud o al mostrador de un almacén.
Hay una injusticia adicional que suele quedar fuera del relato. El ahorro en salud pública es difuso, futuro e incierto, mientras que el costo del incremento salarial es inmediato, cierto y concentrado en las Pymes. Quien ahorra no es quien paga. Y la reducción por ley beneficia a quien ya tiene empleo formal, mientras que al informal, uno de cada cinco uruguayos, sobre todo jóvenes, le encarece la puerta de entrada. Si la conversación es sobre justicia social, habría que empezar por los que no tienen ni jornada que reducir.
La agenda laboral que Uruguay necesita está en otro lado y es bastante menos épica. Desburocratizar, porque una empresa promedio destina unas 50 jornadas al año a trámites, abrir mercados, atacar la informalidad juvenil y fronteriza, modernizar la negociación colectiva. Nada de eso da para una consigna en una pancarta, pero es lo que mueve la aguja.
En veinte años seguramente vamos a trabajar menos horas, y está muy bien que así sea. Va a llegar por productividad, automatización, inteligencia artificial, teletrabajo, esquemas híbridos y jornadas adaptadas a cada actividad, negociadas sector por sector. Llegará, pero el momento no es ahora en que estamos discutiendo como evitar cierres de empresas a diestra y siniestra. La discusión ahora es como mejorar un mercado laboral aletargado, rígido y con serios problemas.