Se están avivando

La escena del lunes en Torre Ejecutiva tenía algo de ceremonia de graduación. Para celebrar los 80 años de relación con el Banco Mundial, el gobierno reunió a todos los ministros de Economía vivos desde 1985 y a dos expresidentes, y los premió por haber construido la estabilidad que hoy distingue al Uruguay en la región. Fue un homenaje merecido. Pero la invitada de honor, la vicepresidenta del organismo para América Latina, Susana Cordeiro, vino a decir algo menos cómodo: que el capital acumulado ya no rinde solo. La inversión, del 16% del producto, es baja incluso para la región. El crédito privado es escaso. Solo cinco de cada diez jóvenes terminan secundaria. Y la energía, ese orgullo nacional, es limpia pero cara. “Uruguay ya tiene energía limpia, ahora hay que convertirla en precios más competitivos que atraigan la inversión privada”, dijo. El título de la jornada lo resumía todo: “De la credibilidad a la competitividad”. La credibilidad ya se obtuvo. La competitividad es lo que falta.

No es una voz aislada. Hace menos de dos años The Economist se preguntaba si Uruguay no era “demasiado estable para su propio bien”, recordando que el producto por habitante creció más de 50% entre 2005 y 2014 y apenas 7% en los nueve años siguientes, menos que Bolivia, Paraguay o Colombia. El BID, en su estrategia para el país, calificó de “inquietante” la desaceleración de un 5% anual a menos de 1%. Y a fines de julio la directora del FMI, Kristalina Georgieva, dejó en el Banco Central la frase más precisa de todas: “su estabilidad es una gran publicidad para el país, pero no se puede poner la estabilidad en el refrigerador; realmente se necesita crecimiento”.

Pidió dejar de mirar por el espejo retrovisor, tomar más riesgos, ser más valientes. Cuatro instituciones, dos años, un mismo mensaje.

Lo que cambió no es Uruguay sino la mirada sobre Uruguay. Durante mucho tiempo la elite económica mundial nos observó con una condescendencia amable: el país chico, simpático, previsible, la Suiza de América. Ese trato tenía una ventaja y una trampa. La ventaja era que la estabilidad bastaba para recibir elogios. La trampa era que los elogios no exigían nada. Eso se terminó. Los organismos que financian y aconsejan al país descontaron la estabilidad como se descuenta cualquier activo conocido, y ahora preguntan por el retorno. El grado inversor está, el riesgo país es el más bajo de la región, y sin embargo la inversión cayó en el primer trimestre a su nivel más bajo desde la pandemia. Esa es la paradoja que los de afuera vieron antes que nosotros: un país en el que nada es riesgoso y casi nada es rentable.

La energía es el ejemplo donde la abstracción se vuelve plata. Uruguay hizo bien la transición renovable, y el mundo lo reconoce. Pero el mérito ambiental no se traduce en precio. Paraguay ofrece energía a 25 dólares el megavatio-hora; acá tenemos un lío para que UTE pueda brindar energía a precios bastante menos ambiciosos, y las inversiones que necesitan electricidad barata, desde los centros de datos hasta el riego y los combustibles sintéticos, miran el número y no la bandera.

Mientras tanto, UTE conserva el monopolio de hecho de la generación y cobra peajes que ningún competidor puede sortear. El caso HIF, la mayor inversión privada jamás propuesta al país, lleva dos años trabado en esa diferencia. El pedido de comprarle (y venderle) energía a UTE a un precio de entre 35 y 40 dólares el megavatio-hora parece demasiado para la ministra Cardona. Es lo mismo que vienen diciendo los empresarios locales, con la diferencia de que ahora lo dice el Banco Mundial.

Queda la pregunta de si el gobierno también se está avivando. Las señales son contradictorias. El ministro Oddone reconoce el diagnóstico y afirmó en la Expo Prado que “el país que da subsidios se terminó“. Pero el presidente Orsi, cuando Georgieva le pidió audacia, celebró que “el Fondo Monetario te diga eso es maravilloso”, como si fuera un elogio y no una advertencia, y su coalición discute reducir la jornada laboral y subir impuestos mientras la inversión se retrae. Cordeiro dejó una idea que merece atención: “no hay reforma sin lucha”, con ganadores y perdedores, y el desafío uruguayo es preservar los consensos “abriendo espacios para la divergencia”. El consenso que tanto celebramos es también el mecanismo por el cual nadie paga el costo de cambiar nada.

El lunes Orsi dijo que Uruguay necesita al Banco Mundial “para saber que vamos por el camino correcto, y si no es así, que nos lo indique”. Se lo indicaron.

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