Renegando de nuestra historia

El jueves Yamandú Orsi habló 15 minutos ante la Asamblea General de Naciones Unidas y dejó claro, una vez más, la falta de rumbo del gobierno en materia de política exterior. Así como en la gestión interna nadie sabe bien hacia dónde va el país, en política exterior tampoco, y el discurso de Nueva York fue difícil de entender si uno lo mira desde el interés nacional. Si se lo mira desde las resoluciones del Frente Amplio, en cambio, se entiende perfecto.

El presidente habló de paz, de humildad, de que ningún país es dueño de la verdad absoluta y de rechazar modelos impuestos desde afuera. Hasta ahí, un catálogo de buenas intenciones que podría firmar cualquiera. El problema empezó cuando le tocó ponerle nombre a las cosas.

De Cuba dijo que Uruguay no puede ser indiferente ante el sufrimiento que provoca un férreo bloqueo económico. Del partido único, de los presos políticos, de los jóvenes condenados por salir a la calle en julio de 2021, de los apagones que dejan a la isla a oscuras días enteros, de la miseria que produce un régimen que lleva 67 años en el poder, ni una palabra. La dictadura más vieja de América Latina recibió en la ONU la defensa de un presidente uruguayo, cumpliendo, según trascendió, un pedido expreso de su fuerza política.

Hablar de modelos impuestos desde afuera con Cuba en la misma página tiene su gracia, el único modelo impuesto en la isla es el que le impusieron a los cubanos hace casi siete décadas y sólo le trajo sufrimientos, exilio, muerte y hambre.

Venezuela y Nicaragua directamente no aparecieron. Ni el fraude, ni los exiliados, ni los opositores a los que el régimen de Ortega y Murillo les quitó la nacionalidad, ni las elecciones libres que se reclaman en todo el continente. Silencio absoluto, que en diplomacia nunca es neutral. Tampoco Ucrania, sobre la que el presidente se limitó a sugerir que tomar partido en una guerra no necesariamente ayuda a resolverla, una forma prescindente de tomar partido por el invasor.

Lo más llamativo es que Orsi había convocado a los partidos de oposición para escuchar su opinión antes del viaje. Como dijo Álvaro Delgado, terminó diciendo lo mismo que ya decía su partido, mucho mensaje para la interna y muy poca política de Estado. El diálogo sirvió para la foto, demostrando una vez más que la oposición debería dedicar mejor su tiempo.

Uruguay no tiene poder militar ni peso económico para imponer nada en el mundo, su único capital internacional es la coherencia. Un país chico se hace respetar defendiendo reglas, el derecho internacional, la democracia, los derechos humanos, porque son las reglas que lo protegen a él. Cuando elige a quién denunciar según la afinidad ideológica del dictador de turno, dilapida lo único que tiene.

Y esa coherencia tiene historia. En 1945 el canciller Eduardo Rodríguez Larreta propuso que las naciones americanas actuaran en conjunto frente a los regímenes que violaran los derechos esenciales de sus pueblos, porque la no intervención no podía ser un escudo para la tiranía. Esa doctrina lleva un apellido uruguayo.

Durante décadas nuestra diplomacia fue sinónimo de apego al derecho, y después de 1985 el país que había sufrido una dictadura hizo de la defensa de la democracia un compromiso de Estado, más allá de quién gobernara.

Justamente por eso lo del jueves es una afrenta. Que un presidente uruguayo vaya a la tribuna del mundo a callar sobre los presos políticos y encima a compadecer a una dictadura por las sanciones que recibe, es indignante. Los derechos humanos no pueden ser universales cuando conviene y relativos cuando el que reprime es un compañero. Por hacer puntos para el plenario Orsi comprometió el prestigio de nuestro país, algo a lo que sencillamente no tiene derecho.

Tampoco se entiende el cálculo. Mientras el presidente pedía inversiones a empresarios en Nueva York, su discurso alineaba al país con La Habana y Managua en lugar de con las democracias con las que comerciamos y de las que esperamos capitales. Se distanció de Trump y de Milei, que es un gusto que puede darse, pero se acercó a Díaz-Canel y a Ortega que es un error grosero además de una inmoralidad.

El Frente Amplio lleva años explicando que la política exterior debe ser política de Estado. En Naciones Unidas, Orsi prefirió que fuera política de comité. El costo no lo paga el gobierno, lo paga la credibilidad de un país que a lo largo de la historia había construido una reputación de defensa de valores democráticos, no de secuaz de criminales.

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