¿Quienes son los nuestros?

Ayer, en Montevideo, el expresidente de Ecuador Guillermo Lasso participó de un coloquio organizado por el Centro de Estudios para el Desarrollo sobre el nuevo escenario político de América Latina. Pocos tienen tanta autoridad para hablar del tema. Lasso llegó al poder en 2021 por las urnas, gobernó dos años con un Congreso que le bloqueó casi todo y, cuando ese Congreso inició un juicio político para destituirlo, hizo algo que en la región es una rareza: en lugar de resistir, comprar lealtades o buscar un atajo, aplicó una herramienta constitucional, disolvió la Asamblea, convocó a elecciones en las que no se presentó y entregó el poder al ganador.

Perdió el cargo para preservar las reglas.

Su argumento de ayer fue el mismo que su conducta. “Ya no podemos, al menos en América Latina, decir que el debate es entre derecha e izquierda. El debate hoy es entre democracia y populismo”, dijo. Y desconfió del diagnóstico, tan repetido, de que el continente está girando hacia la derecha o el liberalismo: hay presidentes que llegaron “bajo el paraguas de derecha o liberal pero son populistas”, y “el populismo, sea de izquierda o de derecha, es malo para el desarrollo de una nación”. Democracia, precisó, no es solo ir a votar y elegir un presidente: es respetar las instituciones, las libertades civiles y los otros poderes del Estado.

Esa es la vara que importa, y es más vieja y más exigente que la de la ideología. Aceptar la alternancia y los límites del poder propio. Respetar a los jueces, a la prensa y a la oposición aun cuando estorban. Defender el comercio abierto y la propiedad privada. No necesitar un enemigo interno para gobernar. Con esa vara, un conservador en lo cultural puede aprobar sin problema, y un liberal de manual puede reprobar. Lo que descalifica no son las convicciones sino la disposición a saltearse las reglas cuando resultan incómodas.

Con ese criterio, la región tiene buenas noticias que no siempre se ven. Sebastián Piñera perdió un plebiscito y una elección y respetó ambos resultados. Mauricio Macri fue el primer presidente no peronista en terminar su mandato en décadas y le entregó la banda a su adversario sin una queja. Luis Lacalle Pou dijo dictadura cuando la región prefería el eufemismo, lo dijo igual cuando el que hablaba era Trump, y transfirió el mando a Yamandú Orsi con una normalidad que en otros países sería noticia. Lasso hizo lo que hizo. No son líderes que hayan ganado siempre. Son líderes que supieron perder, y esa es la prueba que separa a los demócratas de los otros.

El contraste más nítido está en Washington. Lasso recordó que hubo una época en que el libre comercio con Estados Unidos era el camino de oportunidades del continente, y que “hoy el presidente Trump lo ha roto como cuando uno rompe la vajilla de cristal de la abuelita“, porque “todos los días se levanta y nos la cambia”. A eso se suman los jueces tratados como enemigos cuando fallan en contra y un Congreso convertido en trámite. Se puede simpatizar con parte de su agenda y aun así reconocer lo evidente: alguien que cierra el comercio y trata a los otros poderes como obstáculos no representa las ideas de la libertad, por más que las invoque. Lasso dejó abierta una pregunta que no tiene todavía respuesta: si el trumpismo sobrevivirá a Trump.

Aquí está el nudo del asunto. La cultura de bandos es una trampa que no distingue ideologías. La izquierda uruguaya la conoce bien: durante veinte años subordinó su juicio sobre Venezuela a la afinidad, y todavía paga el costo. Pero el mecanismo es el mismo del otro lado. Basta que alguien hable contra el adversario de siempre para que uno sienta la tentación de aplaudirlo, y termine defendiendo a quien no comparte ninguna de sus convicciones de fondo. Preguntarse quiénes son los nuestros no es un ejercicio de pureza sino de claridad: sirve para no descubrir demasiado tarde que uno estuvo del lado equivocado por reflejo.

Uruguay es un país centrípeto e institucionalista, donde izquierda y derecha se entregan el poder sin drama y discuten dentro del sistema. Es un activo enorme. Pero la polarización y el desprecio por las formas no piden permiso en las fronteras. Nadie está vacunado. De hecho la izquierda uruguaya, que ha respetado las reglas internamente, se alineó internacionalmente sin pudor con todos y cada uno de los populistas y dictadores de “su palo”.

Eso muestra que no estamos tan lejos de que pase acá. “Los nuestros” deberían ser no los que gritan más fuerte, sino los que se van, sin chistar, cuando pierden.

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