Paternalismo y bicicletas

Uno de los grandes dilemas de las sociedades actuales, es el paternalismo de las elites. Los sectores con ciertos niveles de ilustración, muchas veces asumen que el mismo les debería dar una autoridad superior sobre el simple mortal, para llevarlo por el camino del bien, de la convivencia armoniosa, de la “sustentabilidad”.

Este es uno de los motivos por los cuales las elites sociales, pero sobre todo las culturales y académicas, son tan refractarias a las ideas liberales. Les resulta imposible aceptar que haya cuestiones de la vida social que puedan quedar en manos de fuerzas que no sean controladas por ellos. El tema de los ordenes espontáneos, o la “mano invisible”, les genera dosis de irritabilidad pasmosa. Lo curioso es que para intentar imponer su punto de vista, suelen apelar a una representativdad democrática, que ni siquiera es real. Como si eso fuera suficiente para llevarse por delante los derechos de las minorías.

Este dilema se puede percibir en muchos aspectos. Pero hoy nos queremos enfocar en uno en especial: la imposición de la bicicleta como elemento moralmente superior, como pináculo del desarrollo humano, y reina excluyente de la ciudad, que nos quieren forzar a aceptar ciertos operadores del debate público. Sin ir más lejos, este domingo se publicó en El País un simpático reportaje donde los tres entrevistados de manera monolítica nos presentaban a la bicicleta como la gran arma civilizadora contemporánea, como el elemento revolucionario que vendría a hacer justicia proletaria respecto a los “privilegios” viales.

Allí se sostiene, a partir de la polémica por una nueva ciclovía generada por la intendencia de Montevideo, que existe un choque frontal entre las diversas formas de transporte en la ciudad. Y que las autoridades deben impulsar el uso de la bicicleta como medio de transporte. Se llega a hablar de una especie de guerra, más bien una cruzada en favor del birrodado.

Hay en esa nota picos de fascismo, que generarían rubor al propio Benito Mussolini. Por ejemplo, una urbanista sostiene que “Hay gente que se va a enojar, claro”. “Porque no se puede promover una movilidad activa -o sea, peatones y ciclistas- sin desmantelar los privilegios que tiene el auto”. No contenta con lo cual, agrega que este tipo de enfoque debe hacerse aún contra la voluntad de las personas, porque eso es algo que va a tener que realizarse sí o sí. “No hay atajos y es necesario que la clase política esté convencida, para así poder convencer a la población”.

Tras leer esas declaraciones, es difícil no recordar aquel scketch de Capusotto, que termina cantando “un poco de fascismo, viene bien, viene bien, viene bien...”

Vamos a empezar por los números. Según la nota en cuestión, en Montevideo hay unas 400 mil bicicletas, lo cual sería un montón, y señal de un componente mayoritario. No dice que en Montevideo hay 505.000 autos empadronados, y que ellos además puede movilizar a 4 o 5 personas por vehículo. La realidad es que apenas el 1,7% de los viajes que se hacen en Montevideo son en bicicleta.

Las razones son muchas. La falta de infraestructura adecuada es una, claro. Pero también que no todos estamos en condiciones físicas de usar la bicicleta. Ni todos podemos hacer 7 km pedaleando a la oficina, como narra un entrevistado, y ser compatibles luego con un ambiente cerrado con otros seres humanos con olfato.

O sea, que si hablamos de grandes mayorías sociales, no hay elemento alguno que haga pensar que la bicicletas más democrática que el auto privado.

Un segundo elemento es la permanente referencia a los “privilegios” del auto. Parece mucho. Las calles asfaltadas se crearon principalmente para los autos. Y estos pagan una cosa por la cual la autoridad municipal ingresa muchos millones al año, y que se llama “patente de rodados”. ¿A que no adivina cual es al excusa para cobrar ese dinero? ¡Sí! El desarrollo y mantenimiento de la red vial para uso de los autos. Por lo visto, es un “privilegio” bastante oneroso.

Pero, volviendo un poco al inicio, lo más preocupante es la forma en que algunos técnicos se creen con derecho a apelar al poder público para imponer lo que a ellos les gusta al resto de los ciudadanos. ¿Y si hiciéramos una consulta a la gente antes de tomar esa decisión? Seguramente eso no sería de recibo, porque la gente está condicionada por las prácticas culturales, y no sabría ver bien lo que le conviene. Necesitamos que los sabios nos iluminen.

Está muy bien hacer bicisendas y estimular otras formas de movilidad. Como también es positivo fomentar un transporte público limpio, eficiente, y barato, cosa que no tenemos ni cerca en Montevideo. Lo que es una ridiculez es generar una especie de clima de lucha de clases en el tránsito, denunciar “privilegios” que no existen. Y, sobre todo, creerse con derecho a imponerle a la gente, lo que un grupúsculo de iluminados creen que es mejor para todos.

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