En un tiempo en el que la política ha perdido toda vocación intelectual, y se ha limitado a ser un torneo de emociones, el debate sobre el ya célebre “impuesto a los ricos”, es la máxima expresión de esta deriva.
En las últimas horas, la alianza entre el marxismo sesentero irredento y la izquierda caviar académica culposa nos ha regalado una andanada de resentimiento disfrazado de discurso técnico. Todo en busca de convencer a la gente de que su propuesta de que gravar al 1% de los millonarios del país, alcanzaría para eliminar la pobreza infantil en Uruguay. Allí se han juntado los siempre ocurrentes directivos del Pit-Cnt, con el habitual grupo de académicos rentados por las arcas del estado, más los infaltables “técnicos” de ciencias sociales, para explicarnos su proyecto. Este implica poner un impuesto al capital a toda persona que tenga más de un millón de dólares, como si en el año 2025 ello implicara ser un magnate de galera y bastón.
El ropaje técnico para una propuesta que mal disimula su obsesión ideológica por condenar a quien le va más o menos bien en la vida, pretende convencernos que la misma es racional y legítima. Y que de ninguna manera implicaría “espantar” a los capitales que están en el país.
Pero nadie fue tan explícito como el dirigente sindical de la educación privada, Sergio Sommaruga, quien dijo que “el que es rico, no lo es por su propio mérito”, sino que lo debe a la familia, a la educación, y a la alimentación que recibió en su vida. Habría que preguntarle entonces al señor dirigente sindical, cómo es que en países que ensayaron el modelo socialista, donde se aseguraba educación y alimentación igual para todos, no se logró nunca generar usinas de creatividad y prosperidad. Mientras que en países capitalistas “duros”, las listas de los más ricos están dominadas por hijos de inmigrantes, y gente que se hizo desde bien abajo.
Pero es sabido que esta gente no gusta de las comparaciones. Si no, nunca propondrían algo como esto.
Alcanza ver lo que sucede en todo el mundo, donde este tipo de impuestos al capital, están en retroceso ostentoso, porque no sólo son imposibles de ejecutar, sino que dañan a la economía de sus países. P
odemos hablar del ejemplo de Francia, donde el “mentor” de buena parte de los impulsores de este dislate, Thomas Pikkety, terminó echado del gobierno socialista, por el fracaso que implicó su propuesta. O el de Noruega, donde la inclusión de un gravamen similar generó el éxodo de gente adinerada, y donde el estado terminó perdiendo recaudación, en vez de aumentarla. Esto sin mencionar la pérdida de masa intelectual y emprendedora que optó por mudarse a países donde el éxito es festejado, no sancionado.
Pero no hace falta irse tan lejos. En las últimas horas, el flamante presidente boliviano, Rodrigo Paz, anunció la eliminación de impuestos similares al que se busca imponer en Uruguay, como forma de revivir una economía que está agonizante después de 20 años de gobierno de gente que pensaba como Sommaruga, como el Pit-Cnt, y como los iluminados de la UdelaR que sostienen este disparate.
Hay dos cosas bien simples que esta gente no quiere aceptar.
La primera, es que los impuestos tienen el efecto implacable de desestimular el hecho que gravan. Si usted pone un impuesto al tabaco, se consume menos tabaco, al menos en forma legal. Si grava la renta, esta cae, y la gente busca formas oblicuas de ganar dinero que no figure como tal. Y si impone tasas al capital, en un mundo donde los países matan por recibirlo, este emigrará a climas más cálidos, como cualquier ave migratoria.
Lo segundo es que, en políticas públicas, las intenciones no importan, solo los resultados. Y que cuando se toman medidas, sobre todo impositivas, estas no se pueden medir por nuestra escala de valores, sino por lo que las mismas generan. Y la experiencia es implacable en mostrar que esto no sirvió nunca.
¿Por qué se plantea entonces? Porque existe una mirada comunitarista en muchos activistas, que gustarían de vivir en una gran cooperativa a cielo abierto. De nuevo, pese a que todos los experimentos en ese sentido han sido un fracaso, y a que la mayoría de la gente no quiere vivir así. Por eso todos los socialismos, terminan en autoritarismos.
Segundo, porque esta gente sabe que el apelar al resentimiento, a culpar a una élite de ricos insensibles, es una gran forma de lavar las culpas de la inoperancia estatal y política para resolver los problemas sociales. Por suerte, en Uruguay hay anticuerpos liberales para enfrentar esta campaña suicida.