¿Mujeres víctimas en política?

Una de las consecuencias indirectas de la manija de ciertas agencias internacionales que propagan la agenda woke-izquierdista por el mundo, es dar un pretendido marco de legitimidad a un discurso que, de otra forma, sería muy difícil de sostener. Es el caso de la violencia contra las mujeres en la actividad política.

En efecto, la consecuencia más grave y visible de esta embestida ideológica fue una declaración del 7 de setiembre pasado del secretariado ejecutivo del Frente Amplio, que sostuvo que hubo “situaciones de violencia política basada en género” por críticas provenientes de dirigentes del Partido Nacional contra actuaciones y declaraciones de la ministra Cristina Lustemberg y de la subsecretaría Gabriela Valverde. ¿Dónde se encuentra el marco de legitimación de semejante discurso victimista que mezcla a sabiendas discrepancia política con violencia contra la mujer?

Se halla en el informe de este año de ONU Mujeres hecho por investigadoras de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de la República, titulado: “ser candidata en las elecciones uruguayas 2024. Violencia contra las mujeres en política”. Hace unos meses aquí mismo nos ocupamos de señalar que su factura técnica fue muy mala. Uno de sus principales problemas metodológicos era que pretendía sacar conclusiones generales de una encuesta que, por ejemplo, entre otros gravísimos defectos, entendía legítimo y pertinente que sólo debían de ser entrevistadas mujeres para analizar cuestiones de violencia contra las mujeres en política.

La conclusión de ese informe, y que está detrás de toda esta campaña, es que “los resultados revelan niveles llamativamente altos de violencia contra las mujeres candidatas electas en las elecciones uruguayas de 2024: cuatro de cada cinco (81,3%) parlamentarias reportaron haber experimentado al menos una forma de violencia relacionada con su candidatura durante la campaña electoral”.

Pero aquí también hay un gigantesco problema metodológico, ya que el informe en cuestión hace una definición de violencia que lo abarca casi todo. Y tan amplia es, que el tipo de violencia mayormente reportado por las encuestadas (más de 80%) es “violencia psicológica”. Esa violencia está definida como “abuso verbal de género” y sus tres principales categorías son: comentarios despectivos sobre el papel y la capacidad como mujer para estar en política o sobre las mujeres en política en general; comentarios que llegó a ser candidata solo porque hay cuota de género; y comentarios sobre su apariencia en vez de sus propuestas electorales.

De esta manera se intenta sesgar un estado de opinión para legitimar que habría violencia en política contra las mujeres por ser tales: se promociona un informe, endeble metodológicamente, que sostiene que sobre todo hay “violencia psicológica”, y que ella se basa sobre todo en estas tres categorías que son las tres más mencionadas.

La verdad es que quizás haya llegado ya el momento de explicar a la mentalidad cristal que inspira la redacción de este tipo de informes, que la política es un lugar de enfrentamiento de ideas y de confrontaciones duras y radicales. Si comentarios despectivos por cómo se va vestido o por lo qué se opina sobre tal o cual cosa implican sentir que se está sufriendo “violencia psicológica”, entonces lo que hay que evaluar es cambiar de trabajo.

Es seguro que Golda Meir, Margareth Thatcher, Giorgia Meloni o Michelle Bachelet, o la que se quiera poner como ejemplo de izquierda o de derecha, sufrieron en algún momento comentarios despectivos por sus ideas o sus atuendos. Como también seguro los sufrieron Winston Churchill, José Batlle y Ordóñez, Líber Seregni o Charles de Gaulle. Pero ninguno se bajó de sus posiciones por ello ni reculó frente a los improperios de tal o cual. Ninguno pretendió sufrir violencia psicológica y por ello tratar de acallar las voces que criticaban, con razón o sin ella, sus acciones o sus personas.

Hubiera sido ridículo que así actuaran, y jamás habrían llegado a los encumbrados lugares que todos ocuparon.

La política siempre ha sido y será duro terreno de enfrentamientos y ataques personales mezclados con políticos, entre tantas otras cosas desagradables. Generar un discurso victimista completamente artificial, basado en una pretendida violencia contra la mujer, sirve sobre todo a intereses de burócratas internacionales e izquierdistas globales. Pero, también, en todos los casos, termina dañando al pluralismo y a la democracia. Debe ser combatido.

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