Los cambios demográficos que sufrimos los uruguayos son enormes y de consecuencias importantes: una baja de la natalidad al punto de que hace ya al menos cinco años que hay más muertes que nacimientos en el país, y un envejecimiento poblacional que se agrava y que repercute inevitablemente en dimensiones sociales -salud, ocupación- y económicas -sostenimiento de las cuentas de la previsión social y gasto público social-.
El espejo argentino en este sentido es muy ilustrativo para darnos cuenta de que, en realidad, no somos para nada una excepción en la región. Recordemos que Argentina tiene unos 46 millones de habitantes y que allí también se verifica el proceso de envejecimiento que se constata en todo Occidente: la población de más de 65 años era del 2% del total en el primer censo de 1869, y representa hoy más del 11% del total. Hay picos muy llamativos dentro de lo grande que es el vecino país: en la ciudad de Buenos Aires, que tanto más parecida a nosotros es que, por ejemplo, la provincia de Tucumán, el envejecimiento es tal que ya hay más población de adultos mayores que de menores de 15 años.
Pero lo que realmente impacta de la evolución argentina es la baja de la natalidad. En cifras absolutas, os nacimientos en Argentina pasaron de 777.012 a 413.135 entre 2014 y 2024. La tasa de fecundidad, que precisa presentar una cifra de 2,1 para poder asegurar el reemplazo generacional de población y que por lo tanto ella no disminuya con el tiempo, está en apenas 1,2 hijos por mujer. Esa cifra es de las más bajas de Sudamérica, junto con Chile (0,9) y Uruguay (1,2). De nuevo, la lógica de comportamientos regionales ilustra sobre una evolución que es más importante que lo verificado solamente en Uruguay, porque en Argentina también la caída se profundizó luego de la crisis de la pandemia.
A partir de estos datos el Instituto de Ciencias para la Familia de la Universidad Austral hizo un estudio sobre la familia argentina. Presentado hace un par de meses, mostró que solo el 46% de los argentinos considera que es muy importante tener hijos, frente al 77% de hace diez años. Y la clave no es solamente ese cambio tan sustancial de comportamiento social y cultural, sino los motivos para ello: por primera vez, la principal razón para no tener hijos ya no es un problema económico o laboral, sino que es que la maternidad o la paternidad no forma parte del proyecto de vida personal.
El cambio es particularmente fuerte entre los jóvenes argentinos. Según el estudio, solo el 34% de las personas entre 18 y 34 años considera que tener hijos es muy importante para una vida plena. Para dar más complejidad al análisis, sería un error pensar que estos resultados implican que los argentinos no den importancia a la institución familiar. Al contrario, nuestros vecinos señalan en el estudio que la vida familiar continúa siendo su principal fuente de satisfacción personal. Sin embargo, una parte importante de los jóvenes no cree que por ello haya que a su vez formar familia y dedicarle prioridad a ese proyecto personal y social.
Todos estos datos tienen dos tipos de consecuencias. Hay una que es evidente, y que es compartida en Uruguay, que refiere al gasto en educación pública: más pronto que tarde las nuevas generaciones de argentinos serán la mitad de lo que fueron en número, y por lo tanto quedará infraestructura dedicada a la educación que ya no podrá tener esa finalidad: clubes deportivos, escuelas, etc. La otra es que es claro que el gasto social debe pasar a atender mucho más que antes a los más viejos de la sociedad, que pasarán a ser más numerosos en términos absolutos -porque hay más esperanza de vida que antes- y también en términos relativos sobre el total de la población.
Siendo como es Argentina, y en particular Buenos Aires, tan cercano a nosotros en su composición social y cultural, y también ahora en esta evolución demográfica actual, importa mucho prestar atención a las políticas públicas que puedan llevarse adelante con el fin de revertir o paliar este vacío poblacional que se está forjando lentamente con el paso de los años. Porque es evidente que hay que respetar la voluntad individual de elegir el proyecto de vida que se prefiera. Pero también es obvio que hay un discurso maltusiano que lleva décadas en expansión y que es el que está detrás de esta baja de la población esperada de un lado y del otro del Río de la Plata.
Enfrentamos problemas globales. Importa ver qué soluciones se llevan adelante en la región y aprender de ellas.