Hay algo llamativo -y francamente inverosímil- en la reacción del Frente Amplio ante las críticas que recibe desde la oposición. Dirigentes que durante años hicieron de la dureza, la descalificación y la sospecha moral permanente una herramienta política cotidiana, hoy se muestran sorprendidos, ofendidos y escandalizados cuando se les habla en un tono apenas elevado. A quienes fueron, por lejos, los campeones de la polarización política en Uruguay la piel se vuelve finita cuando gobiernan.
El episodio con los pasacalles que decían “el gobierno te mintió” es el mejor ejemplo de esto. El presidente del Frente Amplio, Fernando Pereira dijo que “quien colocó esa porquería perdió plata” y que es un “mensaje violento y atrevido”. ¿De verdad Pereira cree que le puede dar alguna lección de prudencia para declarar? Este es el mismo Fernando Pereira que como presidente del PIT-CNT, promovió un caceroleo contra un gobierno que llevaba apenas días en funciones, en medio de una pandemia, con incertidumbre sanitaria y económica. Además acusó directamente a Lacalle Pou de “gobernar para favorecer a los ricos” y mintió reiteradas veces en cifras básicas como por ejemplo diciendo que el pasado gobierno dejaba peores salarios lo cuál es simplemente falso.
En aquel momento, la prudencia institucional no parecía ser una preocupación central de Pereira, su vara era otra.
Algo similar ocurre con la indignación generada por las declaraciones del senador Sergio Botana, quien sostuvo que algunas decisiones del actual gobierno favorecen indirectamente al narcotráfico. La reacción fue inmediata y escandalizada, la bancada de senadores oficialistas aprobó tratar como “asunto político” los dichos de Botana y exigieron que “se retracte públicamente”. Corta memoria la de estos senadores, se olvidan que en agosto de 2022 el hoy ministro de Educación, José Carlos Mahía, publicaba en X que el anterior era un “narcogobierno”. No que algunas políticas podían tener efectos indeseados, sino que el gobierno en sí era narco. Una descalificación falsa y canalla.
Los ejemplos se acumulan. Durante el quinquenio anterior, el Frente Amplio no dudó en recurrir a los golpes bajos más diversos. Se instaló la idea de que la LUC era poco menos que un atropello autoritario, se agitó el fantasma de una deriva represiva, se cuestionó sistemáticamente la legitimidad de decisiones adoptadas en contextos excepcionales. Se habló de “hambre” y “olla vacía” en términos burdamente exagerados.
También se le contaba a la gente que la iban a desalojar exprés e iba a quedar en la calle, o que Antel se iba a fundir porque la portabilidad numérica era para darle todo el negocio a las otras dos telefónicas. Los que mintieron o avalaron la mentira a cara descubierta no pueden hoy asustarse por un tranque un poco firme.
Son los mismos que ponen el grito en el cielo por una frase de Da Silva o Bianchi porque representa “un peligro para la democracia” pero fingen demencia cuando una canal estatal se convierte en un medio partidario financiado por todos los Montevideanos.
En materia social, dirigentes como Gonzalo Civila o Micaela Melgar fueron particularmente duros con el abordaje del gobierno hacia las personas en situación de calle. Se habló de “criminalización de la pobreza”, de “represión”, de falta total de sensibilidad. Hoy, desde el gobierno, enfrentan el mismo problema -agravado- y reaccionan con incomodidad cuando se les recuerda aquellas afirmaciones o se les exige resultados concretos.
Lo mismo podría decirse de los pedidos que hoy hacen a “la prudencia” por la suba de los combustibles en un contexto internacional complejo.
Pocas ganas le debe dar a la oposición de ser prudente al releer los tuits de Alejandro Sánchez en plena guerra de Ucrania exigiéndole al gobierno no subir un peso las naftas.
El Frente Amplio parece manejar dos reglamentos distintos sobre lo que vale y lo que no vale en política. Cuando es oposición, todo está permitido: la crítica sin matices, la sospecha permanente, la atribución de las peores intenciones al adversario. Pero cuando le toca gobernar, se transforma en un celoso guardián de las formas, un defensor estricto de la institucionalidad, un crítico severo de cualquier desborde verbal.
Entonces, cualquier frase que se salga apenas de la penillanura del discurso políticamente correcto genera escándalo. Entonces, una consigna tan básica y verdadera como “el gobierno te mintió” es presentada como un ataque inadmisible.