Editorial

El legado de Mujica

No le importó mucho la suerte del país: el foco de su gobierno estuvo en su propio ego. La historia pondrá las cosas en su lugar, y dirá que su gestión fue desastrosa, en especial para los uruguayos con más dificultades, de cuya suerte de desentendió.

En el día de ayer renunció a su cargo de Senador, para el que fue electo en las pasadas elecciones nacionales, José Mujica. El acto, breve y protocolar, contó con sendos ditirambos de legisladores oficialistas, un discurso de circunstancia de menos de un minuto de Pablo Mieres y el piadoso silencio del resto de la oposición. Mujica alega en su carta de renuncia "motivos personales" y alega el "cansancio de largo viaje" pero alega que, al mismo tiempo, no puede "renunciar a la solidaridad y a la lucha de ideas".

Esta renuncia de Mujica al Senado de la República, largamente demorada de acuerdo a sus propios anuncios anteriores de comienzo del actual período legislativo, parece estar ambientada por otras razones que las alegadas en su carta. De acuerdo a lo anunciado por diversos medios, Mujica se dedicará a viajar, primero a Argentina y luego a España, Italia y Francia donde se dedicará a promover su propia película dirigida por Emir Kusturica. Luego, qué duda cabe, participará de la campaña electoral, quizá incluso como candidato presidencial, pero en todo caso como un actor relevante que azuzará lo peor de la naturaleza humana: el odio y la división que han caracterizado siempre su discurso.

Hizo bien la oposición en no caer en los clásicos elogios que suelen pronunciarse ante la despedida de un Senador renunciante, porque la actuación de José Mujica en la política uruguaya no merece ningún homenaje, solamente el mero respeto institucional a la figura de un expresidente de la República. Lo cierto es que el Mujica que conocemos los uruguayos es muy distinto al rock star que ha comprado cierta parte frívola y superficial del primer mundo, mintiendo sobre su pobreza, sus ideas y su trayectoria.

Muchos mitos rodean la figura de nuestro expresidente. El primero es que fue un "luchador contra la dictadura" cuando lo cierto es que simplemente cometió delitos comunes en democracia y estuvo en prisión desde mucho antes de que se produjera el golpe de estado, juzgado por esos actos.

Posteriormente, ya recuperada la democracia luego de la dictadura, entre 1985 y 1995 por lo menos, los tupamaros con Mujica como uno de sus líderes siguieron alentando la posibilidad de un movimiento armado, lo que está documentado, entre otras investigaciones, en la realizada por Adolfo Garcé en su libro Donde hubo fuego. Ejemplo de esto fue el triste episodio del Hospital Filtro en 1994 en que provocaron una asonada para defender a terroristas etarras, culpables de múltiples crímenes en España.

Hacia fines de los noventa y comienzos del siglo XXI nació el personaje del "Pepe". Mujica fue desarrollando un lenguaje bucólico y pseudofilosófico en el que, entre los lugares comunes y el insulto, logró conectar con cierta parte del electorado. En ese proceso los radicales lograron cooptar al Frente Amplio, con la anuencia de sus sectores más razonables, finalmente cómplices de esta operación. Finalmente Mujica fue presidente de la República entre 2010 y 2015 en el peor gobierno que recuerda la democracia restaurada desde 1985. Llegó a esa posición dividiendo a los uruguayos, a los ricos contra los pobres, a los formados contra los que no tuvieron esa posibilidad, a unos barrios contra otros, y a los buenos (pretendidamente ellos) contra los malos (todos los que no lo apoyaban). Insultó soezmente a periodistas y rivales políticos y cultivó el enfrentamiento como estrategia política. Lamentablemente le dio resultado.

Una vez en el poder, entre otras infamias, humilló a los militares, permitió el desarrollo de hechos de corrupción que hoy están saliendo a la luz de los que el caso Ancap es solo quizá el más costoso para el país. Durante su gobierno se deterioró a pasos agigantados la educación, la salud, aumentaron los asentamientos y solo se vieron privilegiados algunos pocos amigos del poder, del que el tristemente célebre Pato Celeste es solo su ejemplo más patético.

Pero lo más grave es que fue un gobierno profundamente antinacional. No le importó nada la suerte del país, el foco del gobierno estuvo en su propio ego, en la desquiciada idea de hacer méritos ridículos para obtener el Premio Nobel y en construir un personaje de ficción para consumo de los esnobs del mundo rico. La historia pondrá las cosas en su lugar, y dirá que su gobierno fue desastroso para el país, y en especial para los uruguayos con más dificultades de cuya suerte de desentendió. Dirá también que fue un político profundamente egoísta y mezquino, a contrapelo de su discurso prefabricado, que dejó todo lo que tocó peor que lo que lo encontró.

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