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El Reino Unido está de fiesta. Se cumplen 70 años del reinado de Isabel II y la nación entera salió a celebrarlo con emoción y alegría. Los festejos presentan dos facetas.
Por un lado, las multitudes salen a ver los desfiles, participan de eventos populares y presencian las grandes ceremonias. Por otro lado, éstas se realizan con una solemnidad que impresiona. Tal vez sean dos las instituciones en el mundo que puedan realizar sus ceremonias cuidando ritos que se remontan a siglo pasados y que a la vez son modernamente cinematográficas: la corona británica y la Iglesia Católica.
Visto desde nuestro rincón del mundo donde la política se vive con austero espíritu republicano, las imágenes que llegan desde Londres pueden resultar ajenas. ¿Qué tienen que ver esos carruajes, esos uniformes vistosos, ese boato, con nosotros? ¿Qué valor puede tener para una pequeña república liberal y democrática, que existan monarquías que despliegan sus lujos y que son hereditarias (en el caso del Reino Unido la sucesión está asegurada por varias generaciones), con tradiciones tan antiguas y ajenas a las nuestras?
Nuestro Estado de Derecho, nuestras instituciones liberales, no nacen de gajo. Cuando Artigas pronuncia su famosa “Oración de abril” en Tres Cruces y elabora las históricas Instrucciones del año XIII, estaba tomando ideas que venían de mucho antes y de muy lejos.
Sin embargo, hay una conexión que no debe subestimarse, más en estos tiempos en que los valores democráticos son despreciados en tantos lugares del mundo.
Es que nuestro Estado de Derecho, nuestras instituciones liberales y republicanas, no nacen de gajo. No fueron un invento uruguayo. Cuando Artigas pronuncia su famosa “Oración de abril” en Tres Cruces y elabora las históricas Instrucciones del año XIII, indica un rumbo que con los años pasó a ser nuestra marca de identidad. Pero de hecho, estaba tomando y adaptando para estas provincias, ideas que venían de mucho antes y de muy lejos.
Lo mismo puede decirse de los constituyentes de 1830. Tenían convicciones firmes y asumían ideas que en ese momento estaban en la vanguardia del pensamiento político mundial. Buena parte de ellas venían de un largo proceso histórico con origen en las mismas islas que hoy celebran los 70 años del reinado de Isabel II.
Ideas que responden a un lento proceso de varios siglos y que arrancó en 1215 cuando el rey de Inglaterra fue obligado a reconocer ciertos derechos a sus súbditos a través de la Magna Carta. Surge luego, con el tiempo, una embrionaria idea de parlamento que se fue perfeccionando (con aportes del pensador francés Montesquieu, que a su vez observó con interés lo que sucedía del otro lado del canal) hasta llegar a nuestra moderna definición del Poder Legislativo.
Otro mojón que avanzó en esa dirección fue la Revolución Gloriosa de 1688, en la que los británicos derrocan a un rey que no respetaba sus libertades y ponen a otro. Surge entonces el llamado “Bill of Rights” con conceptos que eventualmente aparecerán en los capítulos de derechos, deberes y garantías del ciudadano, tal como existen en nuestra Constitución. Fue crucial en ese proceso el pensamiento del filósofo inglés John Locke, que trazó ideas que luego inspiraron a todas las democracias modernas y que recogieron los colonos norteamericanos para su Declaración de la Independencia y su Constitución.
Muchas de estas ideas se tomaban prestadas y a la vez se prestaban con las de los pensadores franceses de la Ilustración. Así fue confluyendo una forma de concebir gobiernos de origen popular, en un marco institucional en el que los gobernantes debían, en primer lugar, garantizar los derechos y libertades de los individuos, ya no otorgados por el monarca en un gesto magnánimo, sino reconocidos como inherentes a cada persona. Todo este valioso paquete de ideas fue desarrollándose en constituciones modernas, democráticas y liberales.
Paradójicamente en el Reino Unido, la monarquía con sus símbolos e historia, se transformó en la garantía de la vigencia constitucional de su Estado de Derecho. La misma monarquía que con su Parlamento fue un crucial baluarte democrático cuando el mundo fue amenazado con el avance nazi. Al celebrar los 70 años de un reinado que marcó una época, importa entonces tener en cuenta esta otra historia. Más en tiempos en que en tantos lugares del mundo la democracia está tan devaluada.
Uruguay todavía puede jactarse de sus convicciones, pero es bueno recordar que nada debe darse por sentado. Nuestra democracia, austera, republicana, anclada en valores liberales fundamentales que garantizan nuestras libertades, debe ser retroalimentada día a día, y alejada de las tentaciones populistas y autoritarias que parecen seducir a tantos países en estos tiempos complicados.